Ellos y nosotros

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​Ellos y nosotros​ de Pablo Feced
Nota: Quioquiap «Ellos y nosotros» (13 de febrero de 1887) El Liberal, año IX, nº 2.808, p. 2.
ENTRE PARENTESIS
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DESDE FILIPINAS
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ELLOS Y NOSOTROS

 No creo fuera debilidad mia, creo más bien que no hay castila bago, á quien no cause impresión indefinible, al poner el pié en Manila, el abigarrado conjunto de desgarbados cuerpos, rostros lampiños y fisonomías muertas.
 El grave y majestuoso árabe que en Port-Said se tropieza y se vé cruzar impasible por las orillas de aquella enorme acequia, causa respeto: es un antiguo rival. Horror y repulsión inspira el hijo de los peñascales de Aden, con su negruzco, su sucio traje y la cabeza cubierta por casquete de cal. Mezcla de atracción y desconfianza el vivo é inquieto parsi, el mercachifle del Indico. Extrañeza y antipatía el grave cíngalo de atusadas patillas, moño femenil y largo sayal; repugnancia, por fin, el rudo cooli de largo cuerpo y larga trenza.
 La impresión que en Manila recibe el viajero, es distinta. Esta colección de adolescentes, de niños grandes, como los llama un escritor del país, dan á la capital del Archipiélago cierto aspecto de hospicio suelto. La barba es en los individuos y en las razas signo de virilidad.
 Así al primer encuentro, el filipino es simpático; vésele acercarse sin miedo ni desconfianza, y al contemplar de cerca estos rostros inmóviles, tan limpios de pelo como de signos de energía, estos ojos medio dormidos y medio entornados, la actitud humilde, y al escuchar su voz oscura y temblorosa, imagínase uno tener á su lado un sonámbulo.
 Hay sobre todos éstos un motivo de simpatía profunda. Sin barbas y sin fisonomía, sin apellido a veces y á veces casi sin ropa, el filipino es un español, es nuestro compatriota. Esto no lo saben los españoles netos hasta no poner el pié en las sucias y desiertas calles de la Perla del Oriente.
 No se ha hecho todavía, que sepamos, un detenido estudio científico de éstos cuerpos, con relación á su especialidad orgánica, hoy que tanta importancia se dá á esta rama de la antropología. El eminente Virchou, al examinar algunos cráneos filipinos, anota entre otras particularidades diferenciales del tipo caucásico, cierta conformación de las regiones frontal y nasal, el aplastamiento anormal de la nariz y el estado prognático tan marcado de las mandíbulas.
 Este aplanamiento frontal, el prognatismo facial, la rudimentaria naríz, la desproporción entre el tronco y las extremidades inferiores, la estrechéz torácica, la color rojiza y el aspecto general de esta raza, recuerdan habitualmente, aún entre gente indocta, la teoría darwiniana y el antecedente antropóide de estas gentes.
 Así el grave Bowring, dice del indio que «tiene más de cuadrumano que de bípedo, pues sus manos son largas y los dedos de los pies tan ágiles y diestros, que se sirve de ellos perfectamente para trepar á los árboles, por la jarcia de los buques y para otras varias funciones activas.»
 Gagor habla de mujeres y niños que por no encorvarse cogen con los dedos de los piés los cangrejos y moluscos apresados en sus redes, y también por no encorvarse se ve á todas horas convertir al indio en agiles monos sus anchos y desnudos piés.
 Así la Fisiología marca en él signos acentuadamente diferenciales; la Etnología establece distancias con las familias superiores humanas, y la Antropología rudimentaria aquí en sus varios aspectos hace punto y aparte en sus aspectos todos.
 Y es que por cualquier lado que se les mire siempre aparece el pigmeo y siempre un abismo entre ellos y nosotros. Lástima que estas diferencias, estas distancias, estos abismos, no los vea la ciencia oficial, la rutina burocrática, ni desde tras las ahumadas conchas de las oficinas de Manila, a veces ni desde los confortables despachos de la plazuela de Santa Cruz otras.
 «Aquí no hay más que españoles», dice al poner el pie en Malacañán cada gobernador general, y sazona su arenga de rúbrica recalcando con atildada oratoria esa fraternidad imaginaria. «Es altamente justo y oportuno», decía hace tres años la Intendencia de Manila á sus jefes de provincia, dando instrucciones para el establecimiento de la cédula personal que V. patentice cómo el Estado, al necesitar reponer sus perdidos ingresos (por el desestanco), aprovecha la ocasión de añadir una más á la serie de sus reformas sociales y políticas, inspiradas en la igualdad para todos los hijos de España... borrando de la ley toda diferencia de razas.
 La ley convencional y artificiosa podrá pretender borrar esas diferencias; pero la Naturaleza, incontrastable en su poder, echa por tierra todo el edificio oficinesco, y al querer tomar cuerpo y vida esos absurdos en este abigarrado cuerpo social, siempre allá en el fondo del cuadro se destaca altivo y de pié el castila, sumiso y de rodillas el malayo.
 Así, la Exposición que se proyecta y que en su día será juzgada, no dará, cualquiera que sea su éxito, el resultado de que «el peninsular se acostumbre a no ver en el filipino sino á un hermano al que está obligado a guardar las mayores deferencias y consideraciones;» ni tampoco dará el resultado de que el filipino no vea en la Península, sino «una madre cariñosa que se ha desvelado y desvela por elevarle á la altura de los pueblos más cultos y civilizados; y por último, que así el peninsular como el filipino, no tengan uno para otro sino motivos de gratitud y mutuo cariño
 ¿Qué entiende el pobre indio de cuerpo flaco y flaco cacúmen; qué entienden ni aún los de flamante camisa y bastón autoritario de todas las maternidades y fraternidades, civilizaciones y culturas con que quiere regalarle el oído la regia Comisaría? Con todos los trabajos de propaganda hechos aquí y desde allá, todavía ignoran las tres cuartas partes, por lo menos, de los indios que allá en los jardines del Retiro se les prepara espléndida fiesta; más de las cuatro quintas partes ni han leido ni oido leer la encomiástica y régia alocución, y más de las cinco sextas ni saben lo que es cultura y civilización, ni sospechan que son hermanos nuestros.
 La ignorancia de estas gentes de lo que es y de lo que en España pasa, corre parejas con la sabiduría oficial en lo que al Archipiélago concierne.
 Aquí ni en sueños existe entre estas gentes esa aspiración de que la Comisaría habla á «ocupar en el concierto de las naciones civilizadas el puesto distinguido que les corresponde,» ni en sueños se sospecha ese «nivel envidiable a que ha llegado la elevación moral del Archipiélago,» de que hablaba años atrás otro documento oficial.
 España implantó aquí su dominio cási desde el primer dia, organizó como pudo su administración, dió á esta raza sumisa tras largos años de contacto, cierta domesticidad social, la sacó en gran parte del atraso primitivo y de la oscuridad de las selvas, la libertó de la piratería y la morisma, pero, á pesar de esto, ó hay que volver del revés el castellano, o no puede en serio decirse, como muy sériamente decía hace tres años un centro administrativo, que «España ha colocado estas islas poco a poco al nivel de los pueblos cultos
 Ciudades de chozas, caminos de charcas, puentes de troncos, costas bravas, campos yermos, cuerpos sin ropa, cerebros sin ideas; en los montes todos tribus independientes y selváticas, y aqui en los llanos sus hermanos, ayer todavía, en 1850, cuando se les impuso apellidos, no muy seguros aún, monton inanimado de humanos séres; una civilización en embrión y una sociedad en pañales.
 No los culpemos á ellos, no nos culpemos tampoco nosotros. «Dios crió diversidades de razas,—decía el siglo pasado un fraile filipino—, así como formó diversidad de flores;» y á unas razas, debió añadir, les dió la energía de la voluntad, el vuelo del pensamiento, el impulso irresistible del progreso, y á otras les negó aquellos altos atributos, estrechó los horizontes del alma y las inmovilizó en las selvas.
 Ni es cuestión de educación y enseñanza; «poco más que la doctrina cristiana aprende una andaluza,—dice un viajero alemán, comparando con la nuestra esta raza,—y es, sin embargo, en su juventud una criatura encantadora». Menos educación, menos enseñanza que los indios de estas oficinas, recibe el gañán de nuestras montañas, y, sin embargo, bajo aquella corteza se ve palpitar una energía, una naturaleza moral, una personalidad, toda la majestad de un hombre, el corazón que luchó en las Navas, en Lepanto y Bailén; el brazo que levantó las moles de nuestras catedrales, el factor ignorado y potente que engendró a España.
 Contacto más largo, labor más enérgica no han borrado diferencias con el negro y el gitano. Tampoco aquí entre ellos y nosotros.

      Quioquiap.
 Catlagan 1.º Diciembre 1886.