Elvira (Zorrilla)

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Elvira de José Zorrilla
del tomo primero de las Poesías.


Con furia en el bosque luchaban los vientos,
Del pino tronchado sonoro estallido
Se oía crujir;
Y el ave agorera sus tristes lamentos
Callaba, y del trueno lejano el bramido
Se hacía sentir.
Y lluvia copiosa los cielos enviaban,
Que en surcos deformes la tierra partía,
De angustia colmada;
Y al ver que en el monte mil rayos brillaban,
El hombre dijera que el mundo se ardía
Tornando a su nada.


Encina nudosa nacida entre peñas
Por donde derrumba su espuma un torrente,
Se mira a lo lejos;
Y apenas alumbra el rayo en las breñas
El arco ruinoso de gótico puente
Con tibios reflejos.


Suspenso en la cima del árbol añoso,
De ramas tejido desciende un asiento:
En él aparece
Fantástica bruja de aspecto asqueroso
Sentada y serena. Con ímpetu el viento
Silbando la mece.


-Vi palacios magníficos un día
Cuando fortuna en torno me reía,
Vi donceles y dueñas,
Que humildes me acataban;
Los vientos no zumbaban
Entre las rudas peñas.


Y oía yo cantares regalados,
Y oía al par los ecos apagados
De una lira distante;
Porque es grato a las bellas
Escuchar las querellas
De su bizarro amante.


Gimió el clarín y se lanzó la guerra
Bramando de furor: mustia la tierra
Lloró por su venida,
Y vestido de acero
Fue al campo el caballero,
Y allí perdió la vida.
Y entraron victoriosos los contrarios
Respirando venganza. ¡Sanguinarios!
Mis tierras, ¿qué se hicieron?
Mis fieles servidores
En medio estos horrores
Luchando sucumbieron.


Y el último era un héroe, ¡y yo vagaba
Allá en su mente a tiempo que expiraba!
Muriendo ¡ay! me decía:
«Mi Elvira encantadora,
Llora tu esposo, llora
Sobre mi tumba fría.»


Lloré y venganza le juré a mi esposo,
Y se la dí, que incendio estrepitoso
Consumió los salones
Que vivió su asesino;
Sólo halló cuando vino
Denegridos torreones.


Contra su altiva frente el cielo mismo
Vibró su rayo, y el ruidoso abismo
Le tragó del torrente.
Yo le miré suspenso
Sobre el espacio inmenso
Maldecirme demente.


Y me gozaba, y aplaudía en tanto,
Y daba al viento el desacorde canto
De la venganza mía;
Y oí sonar cercana
La lúgubre campana
Al tiempo que moría.
Crece ahora, huracán: alza bramando
Tu saña contra mí, yo iré cantando
Mis himnos funerales;
Con mis manos heladas
Yo romperé selladas
Las puertas infernales.


Cantaba la vieja: con sordo mugido
Los vientos llevaron su triste canción:
Del rayo en un punto el árbol herido,
Con ella caía:
Su grito de muerte se oyó, y todavía
Vagó por sus labios postrer maldición.