En el patio del Cotufas

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En el patio del Cotufas



I[editar]

Reunidos en el patio de la casa, que inundaba la luna con sus argentados resplandores y una frondosísima dama de noche llenaba de cálidos perfumes, charlaban animadamente varios de los más caracterizados prohombres del barrio, entre los cuales oficiaba de pontífice máximo el señor Curro el Cotufas -decano de la gente de ácana del distrito-, un casi ochentón de tez rugosa y pelo blanquísimo, el cual en los momentos en que lo sacamos a escena decía a los que lo rodeaban:

-Lo que yo sus digo, caballeros, es que lo que ha hecho el Tobi con su chanelo con Joseíto el Carambuco está pidiendo a voces que lo manden no a Ceuta ni a Melilla, ni al Peñón, sino a ca del veterinario a que le ponga dos pares de calzapollos.

-No diré yo que no tenga usté razón -exclamó con expresión respetuosa Juanico el Talabartero-, pero sa menester pensar tamién que eso de que vengan a cimbelearle a uno a la que es o puée ser madre de sus gurripatos, eso es más grande que el día del Corpus Cristi.

-Tamién eso es verdá, pero ¿qué ha conseguío er Tobi con jacerle un dibujo a punta de toloseño en el interior a Joseíto el Carambuco?, ¿me quieres tú decir qué es lo que el mozo ha conseguío?

-Hombre, lo que ha conseguío es que se arremate ya de una vez una cosa que no lo dejaba vivir y que lo traía más reloco que un cencerro -dijo, anticipándose al Talabartero, Perico el Tabarreroso.

-Por vía e la Malena, que tenéis dambos los sesos de lo que son los tapones; si precisamente lo que ha conseguío el Tobi con darle la puñalá al Joseíto es condenarse a dos cosas, a tres u cuatro años de trena y a perpetuidad a lo que él sólo de pensar que podría ocurrir lo llevó al disparaéro.

Y como todos los allí congregados posaran en él los ojos con interrogadora expresión, continuó el decano de los hombres valientes del distrito.

-Lo que yo sus digo, señores; yo estoy la mar de bien enteráo y sus voy a contar lo que pasó, lo que pasa y lo que va a pasar, y si me equivoco, yo pago a tós ustedes un garrafón de solera.

-Yo pago cinco ná más que por enterarme bien de lo que usté quiere decir -murmuró Juanico el de los Caracoles, poniendo en el anciano una mirada que no hablaba de modo muy lisonjero de sus dotes intelectuales.

-Eso de jacer que tú te enteres bien de una cosa es pa mí más difícil que pintar un techo al temple -dijo el señor Curro; y al ver cómo el de los caracoles miraba con torva expresión al Tabarreroso que habíase echado a reír oyéndole, continuó con voz reposada.

-Pero en fin voy a ver si puéo a probarte más pronto que un tiro que lo que ha jecho el Tobi no ha sío más que trabajar como un peón porque las cosas lleguen a donde él no quería que llegaran, y si no, vamos a ver -¿por qué ha sío el meterle la puñalá que le ha metío a Joseíto el Carambuco?

-¡Toma! porque el Carambuco andaba siempre pillándole las vueltas pa rizar la pluma delante de su gachí, a la que no dejaba ni a sol ni a sombra.

-¿Y a su mujer por qué le ha jecho dos carrillos de uno?

-Pus porque el hombre se sospechaba que a su gachí no le ponía agria la boca el que el otro le tirara los chambeles.

-¿Y qué ha con conseguío con ponerle a su gachí, sin que ésta le haiga faltao, una alcancía en la carita gitana?, ¿y qué ha conseguío con poner al Carambuco goliendo a algodones fenicáos?

-Pos aliviarse de la bilis -le repuso el de los Caracoles encogiéndose de hombros.

-Pos lo que ha conseguío además de aliviarse de eso amargo que tú dices, es que por fin ese velero tire el ancla en su bahía, porque ahora la Dolores está con él que echa más chispas que una fogata por lo del jabeque en el perfil y con razón, porque ahora toito el mundo al verla creerá lo que no es, que es una de las de ciento en boca, y además, ahora el Carambuco, al que tan de malas jechuras le ha jecho su hombre lo que le ha jecho, le parecerá a ella siete mil millones de veces mejor y más güen mozo, no va que su gachó, sino que los mismísimos serafines; y como el Carambuco, según aseguran los forenses, estará como quien dice de aquí a un rato jasta pa bailarse un bolero y el otro sacará dos o tres años de pensión y estará una temporaílla sin tener que jacer más que abanicarse en verano y que arroparse en invierno, y como tan y mientras el Carambuco y la Dolores podrán verse a tóas las horas del día, pos ya saben ustedes lo que la copla dice:


Yo no quiero más que verte
y hablarte y no quiero más,
que el trato jace el contrato
y el contrato lo demás.


Las palabras del pontífice de los de toma y daca fueron acogidas con un murmullo de asentimiento por aquellos ternes dignos todos de ser eternizados en mármoles y en bronces por sus arranques y bizarrías, y sólo el más duro de mollera de ellos exclamó dirigiéndose al anciano con voz irónica y campanuda:

-Pos entonces, chavó, ¿usté crée que cuando un gachó mos ronda a nuestra gachí lo que nosotros debemos jacer es darle un tres con tres o una toma de jarabe?

Ya se disponía a llamarlo bruto de nuevo el señor Curro cuando el Chivati, que no había despegado hasta entonces sus labios, dijo incorporándose y dirigiéndose al de los Caracoles:

-Camará, ¡y quién eres tú!, el señor Curro tiée más razón que naide; lo que ha jecho el Tobi no se jace más que cuando las cosas no tiéen compostura, y lo que el Tobi debió jacer fue lo que jizo mi compadre el de Tebas, Toñico el de la Jalapa.

-¿Y qué fue lo que jizo ese del mote tan peguntoso? -le preguntó con acento zumbón el Talabartero.

-Que lo cuente el señor Curro que lo sabe mejor que yo y que cuando explica una cosa es un fenómeno; yo no sus diré más sino que una vez que le oí contar un viaje que jizo a la sierra en invierno vestío de verano, aquella noche caí yo en cama con cuasi una purmonía.

El señor Curro, tras acoger con una sonrisa la exageración del Chivati, dijo con voz reposada:


II[editar]

-Pos lo contaré yo, caballeros, pero antes de ná sa menester que sepan ustedes quién era el de la Jalapa, que fue el que mató el Pollo del Trabuco en el camino en el camino de Ardales.

-Yo lo conocí mucho -dijo Perico el Tabarreroso-; un mozo güeno era el gachó sin más deferto que no saber soltar bien lo que bebía.

-Sí que era un mozo de chipé -dijo el viejo; y tras dedicar un breve suspiro a la memoria del difunto, continuó:

-Pos bien, el de la Jalapa, que era un róa de cuerpo entero y con un corazón más grande que el Martinete, vivía, cuasi como si estuviera jaciéndolo como manda Dios y la Santa Madre Iglesia, con Rosario la Paloma, una gachí de veinte abriles a la que no se la podía mirar dos minutos seguíos sin que se le descompusieran a uno toitos los resortes der corazón, por cuya gachí sentíase el señor Toño, no obstante sus cincuenta y pico y su miajita de panza, capaz de jacer más primores que una monja y más ruío que toito un campanario.

-Sí que la quería de chipé y que él era un hombre archisuperior, mejorando los presentes.

-Vaya si lo era, y además güeno y vivo y con parneses, con tantos parneses que cuando la Rosario le pedía algo, él le pagaba un chusco por cá beso que le daba.

-Cámara, pos no serían chuscos los que ganaría la gachí a toas las horas del día.

-No podía darle muchos seguíos, porque como se los daba en la boca y el de la Jalapa era la mar de simpático...

-Pero, en fin, ¿se puée saber qué fue lo que le pasó a ese caballero y lo que le pasó a esa señora?

-Pos lo que le pasó fue que entre los muchos hombres que le tiraron los chambeles a la Rosarito, uno de ellos, un tal Curro el de Chiclana, que era un chavalillo la mar de gracioso, empezó a ganar terreno, y la Paloma que tenía güen fondo y güena voluntá a su hombre, encomenzó a ponerse cavilosa y a perder la alegría, lo cual hizo que el de la Jalapa empezara a filar más que un lince, y un día ya enteráo de que el chaval y ella estaban a pique de un repique, cogió a la Paloma y se encerró con la Paloma y le dijo a la Paloma:

-Mira tú, salero, no te asustes por lo que yo te voy a decir, pero ya estoy enteráo der pe ar pa de que a ti te gusta el de Chiclana y de que el de Chiclana está por tus güesos, y de que con el conque de preguntar por mí, viene un día sí y otro no en busca mía cuando sabe que estoy jugando al tute en el casino; yo sé tamién que tú andas defendiéndote como una leona de ti y de él, y yo que no tengo una jícara por mollera, yo que tengo en mi casa un espejo biseláo; yo que no sé de memoria el año en que yo ensuciaba la mar de meteores; yo que me sé, por experiencia, que cuando sus nace cierta yerba en el corazón no hay aráo que la arranque de raíz; yo que a ti te quiero más que a las niñas de mis ojos; yo que sé que manque seas como eres, de oro, puée llegar un día en que te orvíes de tó, en cuyo caso no tendría yo más remedio que matarte, he decidío que las cosas no vayan a más y, por eso, te digo como te digo con el corazón en la mano que si tú estás prendaíta del de Chiclana y el de Chiclana está tamién prendaíto de ti, yo sus dejo más libres que el viento a dambos, y lo único que le pío a un divé es que te jaga ese gachó tan dichosa como tú te lo mereces.

-¡Vaya un punto, camará! -exclamó Antoñico el Podadera.

-¿Y qué fue lo que le contestó la Paloma? -le preguntó al señor Curro el Tabarreroso, lleno de impaciencia por oír el final del relato.

-Pos la Paloma encomenzó a llorar como si estuviera abocaíta a morirse, y en las jieles se vio el Toño pa consolarla, y a los tres o cuatro días le estaba ella pidiendo perdón por sus alegrías de ojos con el de Chiclana, y el de Chiclana, que lo que andaba buscando era un recreo de upa, al ver la que se le venía encima, un día se largó a Ecija con un tío suyo juyéndole al calor, y desde aquel día no se le podía mentar el mozo a la Rosario sin que ésta tuviera que tomarse a escape un contra veneno.

-¡Por vía del de la Jalapa, chavó!, eso se llama tener luz en la pupila.

-Pero es que pa jacer eso se necesita tener agüita clara en las venas -exclamó el de los Caracoles con acento de protesta.

-Pa jacer eso lo que se necesita es que no lo paran a uno tan bruto como te parió a ti tu madre.

El Caracoles se incorporó bruscamente y miró un punto con amenazadora expresión al señor Curro, el cual tras sostener su mirada con expresión sonriente, le dijo con acento irónico:

-Hombre, siéntate y no me mires asín o te siento yo de un guantazo.

Paseó sus ojos el de los Caracoles por el pelo blanquísimo, por el semblante rugoso y por el cuerpo escuálido del señor Curro y tras un breve silencio se encogió de hombros y murmuró sentándose de nuevo:

-Pos me sentaré, porque, la verdá es que si se le pone a usté en la cabeza darme el guantazo me lo da, y si me da usté... pos que al que Dios se lo dé, San Pedro se lo bendiga.

Y un murmullo de aprobación acogió las frases del más bruto y más nobletón de los hombres de pelo en pecho del barrio de la Goleta.