En el tren (Reyes)

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En el tren de Arturo Reyes



-Señores, buenos días.

-Buenos días.

-¡Josús y lo que se suda, camará! ¡Como que esto de no parar más que un minuto en algunas estaciones, es el delirio!... Oiga usté, ¿es de usté esa niña que llora?

-Pa servir a Dios y a usté, caballero.

-Pos diga usté, señora, que tiée usté por niña una trompeta... ¡Josús y qué pito que tiée el ángel de Dios! ¡Alma mía! ¡Debe tener la campanilla de plata!... Oiga usté, amigo, ¿usté pa Ronda?

-No, señó; pa Lucena.

-Buena tierra y buenos velones; por cierto, que una vez por poquito si por mo de un velón tengo yo un enganche la mar de saborío con uno de Lucena en Cartagima.

-¿Dice usté que por mo de un velón?

-Sí, señó; por mo de un velón de cuatro mecheros. Supóngase usté que lo acababa de encender el amo de la posá, que era lucentino, y yo, que lo necesitaba, le digo: «Oiga usté, ¿me hace usté el favor de alargarme su paisano?

-¿Y el hombre se enfadó?

-¡Que si se enfadó! ¡Camará, si se enfadó! Como que por poquito si tengo necesidá de mandarles un recaíto a los del tricornio. A mí me han pasao la mar de cosas grandes... Oiga usté, ¿usté de dónde es, de Córdoba?

-No, señó; de Málaga.

-Pos yo de Sevilla, y la mar de ganitas tengo yo ya de ir a Málaga... Pero ¿no ve usté qué niña?... Por la Virgen de la Macarena, ¿usté no tiée na que arrimarle a la boca a ese angelito?

-Yo na..., ¿y usté?

-¿Yo? Las entrañas le arrimaría yo porque se callara a ese serafín, que es to un órgano.

-¿Y usté qué es?

-Eso usté lo dirá... Con que, amigo, ¿dice usté que usté va pa Ronda?

-No, hombre, no; pa la tierra de los velones.

-¡Ah, es verdá! Pos bien: yo vengo de Algeciras... Quise ver cómo se portaba Ricardo, y vaya una corriíta guasona. Y no se piense usté que era malo el ganao; no, señó, na de eso. No era malo ni muchísimo menos, porque, eso sí, pa mí la verdá es la verdá, y los bichos fueron superiores; pero el Bomba tuvo aquel día el santo de espaldas, y mire usté que yo soy de los que creen que al Bomba no lo coge un toro como no le tire un cuerno... ¿No estuvo usté en la corría?

-No, señor.

-Pos no se perdió usté na, y mire usté que estaba la plaza pa chillarla, parecía mismamente un muestrario de percales de colores, y llena, tan llena, que no había donde echar una salivilla... Y un mujerío..., ¡qué mujerío! Ese sí que es un ganao de chipé... ¡Josús, y qué niña! Me tiene ya nervioso, porque yo soy mu nervioso... no lo puedo remediar... Bueno, pos conforme iba diciendo, estaba la plaza de mujeres que daba pánico... Yo llegué al tendío una chispitilla antes de que encomenzara la faena, como que no había hecho más que sentarme cuando pun..., las cuadrillas en el reondel, y a poquito, tirirí..., tirirí..., tirirí, sale el primer bicho, y, ¡camará!, ni que el bicho fuera de azogue. Yo no le diré a usté sino que al minuto no había en mitá de la plaza ni la sombra de un torero. ¡Vaya unas barreeras que se traía el tal animalito, el de los pitones!

-Por lo que veo, a usté le entusiasman los toros.

-¿A mí? Supóngase usté... Yo he echao los dientes viendo toros, yo por los toros deliro; por los toros y por las telas. Porque, mire usté, yo creo que ca uno nace pa una cosa, y yo he nacío pa ver toros, pa bregar con telas, y le advierto a usté que los que vivimos detrás de un mostrador somos tan toreros como el mismísimo Guerrita. Como que una tienda es un reondel... ¿Qué? ¿Que no?... Se lo voy a probar a usté ahora mismito, y si no, fíjese usté: Una paroquiana, ¿qué es sino un bicho? Y la labia, ¿qué es sino un capote? ¿Y qué si no un estoque la vara de medir?

-Sí, pudiera ser.

-¿No ha de poder ser? Y si no, vamos alla. Supóngase usté que estamos en mi establecimiento y que, de pronto, se nos mete por las puertas una gachí en busca de lo que más necesita. Pos bien: yo todavía no la he visto de entrar cuando ya le estoy a usté diciendo: «Este bicho es noble y bravucón y no hay que aburrirlo mucho con el capote». U: «Ese es no vivo y me va a hacer sudar tinta china». U: «Ese es de los que se entableran en el último tercio y no hay quien haga con él naíta de lucimiento». U bien: «Esta prójima se trae mu malitas intenciones y me va a da una corná que me va a dejar lisiao».

-¿Y no se equivoca usté nunca?

-¿Yo? Como el Guerra... Como que yo tengo fama. Mire usté: un día estaba yo en la tienda (esto pasó en Osuna), estaba yo en la tienda de palique con un viajante (un hombre mu simpático, mejorando lo presente). Pos bien: estaba yo de palique con él, como le digo, cuando, de pronto, se nos mete por las puertas un bandurrio de gentes de las que vuelven de la siega en la campiña, que es cuando están esos pobreticos pa que se les metan los cimbeles. Yo, que no había hecho más que verlos entrar y ya sabía la faena que necesitaban, le digo al comisionista: «¿Quiere usted ver trabajar a un hombre?». «Con mucho, gusto», me responde. Yo sigo hablando con él, y mi compañero se va a los bichos, les da cuatro de las que dan tos los novilleros y, total, que los de la siega emplean entre tos ellos veintisiete pesetas y noventa y cinco céntimos y toman las de Villadiego.

-Pues no veo el trabajo de usté -me dice el viajante.

Y yo, que me estaba reservando, como es natural, me queo mirándolo con una miajita de zumba, me sonrío y le respondo:

-Ahora, yo, y la faena, por usté.

Y diciendo esto, pego un brinco, me voy a la puerta de la calle y le grito al que capitaneaba el pelotón, que era uno al que le decían el Moreno, y el cual ya estaba casi en los límites de la provincia:

-Oye, tú, ven acá, que voy a hacerte un regalo.

-¿Qué quiées, Rubio? -me dice el Moreno, porque allí toíto el mundo me llamaba el Rubio.

-Hombre, que vengas acá, que se me ha olvidao enseñarte una reliquia.

-¿El güeso de algún santo?

-Yo no te enseño a ti nunca un güeso, guasón.

-Pos no me enseñes ya más na, porque yo ya no tengo más haberes que gastarme.

-Si no vas a gastar naíta; si lo que vas a hacer es recrear los ojos de tu cara en una cosa maravillosa, una pana que acabo de recibir, y que ya tengo vendía; una pana que sólo las personas de gusto, como tú, son capaces de apreciarla.

-Yo no quiero ya más pantalones de pana, que dan mu mal resultao.

-Pero si yo no quiero más sino que lo veas, y no pienses tú que te voy a cobrar na por verlos, na de eso. Te los voy a enseñar de balde, pero que completamente de balde.

Ya en esto, ya tenía yo tos los pájaros otra vez dentro del jato, y al verlos ya dentro, salto el mostrador y saco una pieza de pana gris, que ya estaba yo tentao de regalársela a los ratones, porque no había un alma caritativa que la metiera el diente.

-¿Y ésta es la pana que tú dices que es tan regüena? -me pregunta el Moreno, metiéndole el puño a la tela, porque la pana, pa conocerla bien, hay que meterle bien la mano.

Yo, que vi que la pana no le gustaba, le digo:

-Esa es una parienta de la que yo digo; porque es que yo quiero enseñarte toa la familia.

-Pos saca otro pariente más cercano, porque lo que es éste no me gusta.

-Eso ya lo sabía yo, y, pa no marearte, límpiate bien los ojos, que te voy a traer dos cortes que tengo separao pa que tú los veas; pero na más que pa que los veas, porque los tengo ya vendíos.

Y diciendo esto, me meto dentro, saco las tijeras, corto en menos que se dice dos pares de pantalones, vuelvo y se los tiro encima del mostrador, diciéndole:

-Ahora mételes el puño a ésos. Esos sí que son canela; como que traje dos piezas na más y no hay uno en Osuna que sea hombre de gusto y que chanele que no tenga un par de pantalones de esta pana.

-Sí, ésta sí es güena. ¿Y dices tú que éstos los tiées ya vendíos?

-Hace ya tres días que estoy esperando que vengan por ellos; pero si algún día recibo más de esta clase, yo te prometo reservarte a ti el primero que se corte de la pieza.

-La custión es que como yo ahora tengo dinero, y aluego, cuando puea venir otra pieza, yo no sé si lo tendré...

-Tu cara pa mí vale más que un billete de Banco.

-Muchas gracias; pero el caso es que yo me lo quería llevar ahora.

-¿Y cómo voy yo a dejar plantao a otro marchante casi tan bueno como tú? Por más que el otro me dijo que mandaría por él al día siguiente, y la verdá es que yo quisiera darte gusto a ti, porque tú eres un buen parroquiano y no compras más que en mi tienda.

-Pos cuando venga el otro, le dices que tu compañero se distrajo y lo vendió, sin que tú ni tan siquiera te enteraras.

-No; lo que yo puedo hacer por ti, y por tratarse de ti, es venderte uno de los dos cortes.

-Pero si tú sabes mu bien que yo no me merco una prenda sin mercársela tamién a mi zagal, que se viste siempre lo mismo que yo me visto.

-¡Por vía e la Macarena, y, camará contigo, que aprietas más que un dolor! Pero, en fin, no quiero yo que tú te vayas desazonao con la casa. Voy a liar los cortes enseguiíta, no sea cosa de que, por parte del demonio, vaya a venir el otro marchante.

-Y oye tú, Rubio, ¿esto no será mu caro, mu caro?

-No te asustes, hombre, que cuando yo hago una gracia, la hago completa. ¿Tú sabes a lo que nos cuesta a nosotros esta pana? Pues esta pana nos cuesta a nosotros a dos pesetas el metro; es decir, que nos viene a salir el corte por seis pesetas aproximadamente, y, por tanto, te creerás tú que yo te voy a poner nueve por el corte, porque ¿qué menos nos vamos a ganar que tres pesetas en cada uno?

-Eso es mu caro, hombre; yo no pueo gastar tantos dineros.

-Cállate tú, guasón. Si tú eres aquí el amo. A ti no te pongo yo nueve pesetas por el corte..., ni ocho tampoco..., ni tampoco siete siquiera; porque como tú ya en lo que te has llevao nos has dao a ganar unos ochavos, te voy a tratar como tú te mereces y te voy a poner..., te voy a poner... ¡ea!, te voy a poner lo mismito que nos cuesta: doce pesetas na más por los dos, y vete ya, hombre, vete pronto, no sea cosa que me arrepienta y te quite los pantalones.

Total, que se fue el Moreno con su pana, y que yo me fui a la presidencia y me quité la montera y que el viajante me dijo:

-Es usté más torero que el que vive tan cerca de la Mezquita.

-Y tuvo razón el viajante.

-¡Que si la tuvo! Mire usté: estando yo una vez en Algeciras... Pero ¿qué es esto, camará, ya hemos llegao?

-¡Ronda, quince minutos!

-¡Chavó, y cómo juye este argaijo! ¡Bueno, qué se le va a hacer!... Pues, amigo, en otra ocasión ya se lo contaré... Quédese usté con Dios, y ya sabe usté, Antonio Urdiales, en Morón.

-Pues hasta otra vez, si Dios quiere.

-Buen viaje, y muchas, muchísimas, pero que muchísimas gracias.

-Gracias, ¿por qué?

Y retirándome bruscamente de la ventanilla, me hice el sordo a la pregunta de aquel sevillano franco y alegre, locuaz y ponderativo.