En la carrera: 14

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Capítulo V
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En la carrera- Segunda parte Felipe Trigo


Pasaba el tiempo.

En los primeros días, en el primero, sobre todo, desde la casa de Mauricia habíase ido Esteban a su casa cierto de que recibirían, él y su madre, por parte de la Antonia la visita que iba a decidirle el porvenir. La esperó con la inquietud de lo solemne. Sabía encontrar en las complejidades su significación de resumen, y había visto que no debía sino alegrarse del suceso; «principio del fin»: descubierta Antonia..., los casarían. Pensó más de la mitad de aquella tarde, en lo que se llama el sino de las criaturas. Algo que va recto a su objeto bajo no importa qué apariencias. Obstáculos y contrariedades les habían servido, mejor que dispuestos por él mismo, para la rápida realidad de su esperanza. Un más que mucho imprevista y estupenda habría que resultarle a su familia la cuestión, y a él, y principalmente si la Gamboa no supiera reportarse un más que poco ruborosa; pero... trámite que tenía detrás la eterna dicha conquistada, bien para el hombre merecía el primero y el último rubor de las mejillas del muchacho.

Cuando transcurrió la tarde; cuando transcurrió el siguiente día; cuando fue transcurriendo luego, como ya iba transcurriendo, una semana sin que nadie apareciese..., reformó sus cálculos: la Gamboa no debió enterarse de nada trascendental; puesta en la huella por lo de San Francisco y por lo del pañuelo, espió sin duda a su hija, la vio escribir, y la siguió y la quitó la carta; no diría la carta de Antonia cosas importantes y ella creería que todo se redujo a que Mauricia le estuviese sirviendo de correo... ¿Cuándo Antonia, más encerrada que nunca, resolveríase a plantearle su conflicto?... Porque esta vez, a él y a mayor o menor distancia, ¡cómo dudarlo!, la seguridad le acompañaba: «una señorita que le ha entregado al novio la honra, es del novio..., por encima de cualesquiera extrañas voluntades y hasta por encima de su misma voluntad». Inevitable. Fatal. Absoluto. Desconfiar porque pasasen días de gris y siniestra calma, fuera como temer en días nublados que jamás volvería a salir el sol.

Descansaba, pues, en una evidencia que tenía aquellos tres adjetivos: «¡Inevitable!», «¡Fatal!»,«¡Absoluto!». Eran tres clavos que fijaban a su suerte la de ella.

¡Oh, ELLA!... En la premura un tanto impía con que el sino de los dos quiso precipitar los acontecimientos, sólo le quedaba a Esteban, ante este paréntesis de ausencia, que no había más remedio que afrontar, el egoísta dolor de su carne y de su alma por la gloria viva de la amada. Él hubiera dispuesto el providencial dilema de otro modo: o la sorpresa e inmediatamente detrás del semiescándalo y la boda, o un plazo previo mayor, siquiera de medio mes, en que haberse saturado de divina confianza y de delicia bajo el cielo. Pesábale no haber hecho noches antes lo que hizo en la que nunca olvidaría..., en la que, sin embargo, fue breve el triunfo y como deslumbrado por su propia inmensidad.

Mas, ¡ah!, ¡cuán díficil sostener ni el secreto más secreto! Imposible que hubiese rodeado el suyo de tantas prudencias y misterios ningún enamorado de la tierra. No obstante, lo desveló una seña, un simple buscarse en el paseo... ¡Verdad que... a una madre, a la Gamboa, experta por demás! Ahora, el ansia del que a pesar de todo seguía siendo el guardador del «gran secreto», cifrábase en que también aquella madre lo supiera, pronto, pronto..., a la vez que él se lo seguía ocultando a las gentes como un «depósito sagrado».

Arbitrio de una honra que se le sometió con tanta fe..., primero que dañarla dejaría que le matasen. Y augusto, solemne de orgullo como quien sabe que guarda el formidable poder de los césares romanos, capaz de disponer con un solo gesto de una vida. Esteban compadecía la frivolidad y la charlatana ligereza de sus amigos..., de los pobres amigos con quienes volvía a reunirse por distraer los tedios de este nuevo y triste lapso de su existencia atormentada. Al recordar algunas veces que les contó lo de Renata punto por punto, conocido desde entonces por todo Badajoz, tranquilizábase pensado: «¡Hay mujeres... y mujeres! ¿Qué mal pudo causarle a una... pública e idiota aventurera la propalación de mi aventura?»...

Uno de estos días (sin objeto, en realidad, y sabiendo sólo que no sabía qué hacer por salir de lo insufrible) se fue en busca de Mauricia. Era su ánimo informarse, preguntarla, oírla otra vez lo que aquella noche le escuchó a escape con el susto...; saber acaso, al mismo tiempo, si ella sentía por los corrales escándalo o algo que pudiera indicar mal trato para Antonia... Entró y un ¿quién está ahí? estentóreo le detuvo. Voz de hombre. Del mismo cuarto que salía, salió descalza Mauricia y poniéndose la falda. «¡Nada -le dijo al de dentro, viendo a Esteban-, uno que viene por melones!», y cauta, veloz, llevó a la sala al visitante, le manifestó que no había vuelto ni volvería a saber nada de nadie, porque unos albañiles habían alzado la tapia tres metros; le anunció que desde el jueves estaba aquí «su hombre -muy celoso y muy reaquel para andarse con tapujos», y le condujo a la calle.

Esteban sufrió la contrariedad retrospectiva de este hombre. Sacando la cuenta halló que había venido, si vino el jueves, un día después del 20, tan esperado como término de la odiosa feria. Es decir, que aunque no hubiese sorprendido a Antonia la mamá, el contrabandista les hubiera hecho interrumpir su encuentro tras otro único embeleso de otra noche.

Le admiraba la serie de obstáculos que están siempre suspendidos encima de una dicha. Le irritaba la humana y colosal dificultad, para entenderse, de dos seres cuyas voluntades se correspondían de un modo tan profundo, y pertenecientes, según los psicólogos estudios, a la única raza dotada de perfecta libertad, en la creación...

¡Oh, si fuesen pájaros..., si fuesen tigres, ellos! ¡Los tigres, al menos, eran fieras nada más con las demás... y se amaban y querían a sus cachorros y no tenían estas estupideces de «honra» y de «virtud» que a los humanos les servían para que les pegasen las madres a las hijas!...

¡Pobre Antonia!... Figurábasela abofeteada cada día por aquella madre indigna..., y no podía sufrirlo sin un salto al corazón. Abofeteada. La niña, ¡la mujer tan suya! ¡La faz en que él depositó y depositaría tantos besos religiosos!... Un sarcasmo, un sacrilegio, un absurdo..., y a ratos, porque lo toleraba él, parecíase un cobarde y un canalla!

Mas, ¿qué hacer para impedirlo?... Volvíase loco, loco de rabia y de impotencia, loco de dolor y de amargura... y se iba a distraer con los amigos de este infierno.

-¡Qué estúpido eres, tú! ¡Qué verano te has perdido! -solía reprocharle Sergio, al verle al fin con ellos y «aprovechando» el rabo de agosto que quedaba.

Y Esteban, abandonando el estudio, los acompañaba a todas horas. A sus preguntas respondía que... lo de Antonia estaba muerto. La misma terquedad en que encerrábase diciéndoles que lo dejaron porque no simpatizaban, o acaso por estudiar para ir adelantando el año, los intrigaba más. Por lo pronto, en sus comentarios entre sí, tuvieron ellos que rectificar el juicio «de los suspensos»: no tendría que examinarse Esteban, puesto que dejábase de libros cuando se acercaban los exámenes. Además, Antonia no debió de «darle calabazas», sino él a ella..., puesto que, por no verle, como si sufriese con la presencia de un ingrato, ahora que él venía a la calle de San Juan, ella volvía a encerrarse. A la Gamboa se la encontraban por las noches, con Clarita.

Por lo único que podía Esteban alegrarse de su «desarmonía» con Antonia, y de las diversiones en que andaban tan metidos estos tres era porque ambas cosas habíanse concertado para ahogar el conato de amorío entre su hermana Gloria y el cadete. ¡Mejor! ¡Demasiado niña, Gloria, y Ahumada demasiado... juerguista e informal! De su hermana, con una madre que tenía sentido común, al menos, no es que temiese él que pudiera ser lanzada al camino de violenta insensatez que Antonia por su madre...; pero ¡veía tan delicado, tan difícil de llevar, tan propenso a empañar la fama de una novia esto de las relaciones!... ¿Y dónde encontrar el novio religiosamente respetador de las mujeres, capaz, según él lo estaba siendo, de convertirse en guardián de la dicha de una, incluso contra las torpezas y sandeces de su madre?

¡A los hombres así, podrían abandonárseles la muchachas por las rejas!... Él no había avanzado un paso en el calvario de su amor sin ver anticipadamente qué grado de venturas para Antonia afianzaría. En cambio, Sergio, Ahumada, Ruiz..., los demás de Badajoz y aquellos paisanos de la corte, rabiaban por tener cualquier secreto y pregonarlo..., y cuando no, lo inventaban. Sergio contaba horrores y mentiras de Charito López, su novia del pasado invierno, y prima hermana. ¿No era casi reciente en Badajoz la historia de aquella Juana, artesanita, que se mató al verse despreciada, porque dos novios jactáronse de haberse acostado con ella... y se vio en la autopsia que era virgen!

Se indignaba Esteban. ¡Pobres muchachas! ¡Carrera de ellas, y única carrera, cuesta arriba de su honor, esta de la boda, el calumniarlas era algo tan criminal y tan cobarde como calumniar a un estudiante con calumnia de tal laya que le echasen de la universidad!

¡Oh, sí, en la carrera..., en igual carrera de fijación de porvenir estaban unos y otros!

Triste y mudo entre la alegría de los amigos, pensaba estas cosas crueles; pero al fin, procuraba aturdirse dando tiros, nadando, bebiendo copas..., haciendo las mismas insípidas majaderías que los demás. Los tiros, por las mañanas, en los fosos. Habían comprado dos cajas de pistolas de combate. Al blanco, y apuntando, a la señal o la voz. Habían comprado también un Lances entre caballeros, y lo leían por las siestas. Idea de los cadetes, que no se quitaban nunca el uniforme y que ya iban sabiendo andar sin que se les metiese el sable entre las piernas...; pero pistolas y cadetes y paisanos tenían que salir alguna vez más que a la uña delante de los toros del encierro... Y entonces, o mejor dicho, después, el artillero y el infante, no enterados aún de la Ordenanza, trababan discusiones sobre si estuviese o no permitido que un militar huyese de los toros... ¡Diablo, a no estarlo tampoco parecíale a Esteban menos dura esta carrera que la suya con los muertos!

Por las tardes, a las cinco, luego de leer hora y media en Montalbán los Lances entre caballeros, se iban al gimnasio; y cuando caía el sol, al Guadiana, para bañarse y nadar persiguiendo una sandía..., una colosal sandía de Villanueva, que echaban en el agua para que se fuese refrescando.

Pero las noches, principalmente, inundaban a Esteban con su gran melancolía. «¡Éste está mochales!», pensaban los otros, resignados a verle como aparte y distraído, mientras bebían ellos cazalla en un puesto de San Juan. Los «militares», sin uniforme, desde la vuelta de la cena, por si se ofrecía ir a ciertos sitios a enamorar a una criadita, no hablaban con el «sevillano» más que... de esto, de niñas y de conquistas de aguja o de estropajo...; y los tres contemplaban con lástima al cobarde «madrileño» que nunca tenía nada que contar, y que, en cambio, los dejaba cuando ellos se iban de juerga seria, como si fuese todavía un pipiolín del instituto.

¡Oh, qué brava humildad en las sonrisas de Esteban al tenerlas que sufrir hasta sus burlas! ¡Qué piedad la suya al verlos tan contentos de sus lances idiotas y vulgares!... Oíalos, mudo, con la silla contra un tronco, y los podría maravillar, si quisiese, con decirles que a él le daban asco aquellos pingos..., ¡porque habíale consagrado de bellezas y purezas, con su ser, la muchacha que pasaba en Badajoz por más linda y elegante!

Marchábanse los tres; y él, solo y orgulloso con la pesadumbre de su mundo, se encaminaba al paseo para contemplar los eucaliptos.

«Antonia, así que se convenza de que las lágrimas no conmueven a su madre, le dirá todo.»

Jamás nadie, en la total seguridad de una esperanza, se desesperó como Esteban. El límite de sus inquietudes marcábaselo, un mes al medio, puesto que agosto terminaba, aquel principio de octubre en que tendría que volverse a Madrid. Ir... con su Antonia, sin que ella sufriera más ni le apenasen a él las perspectivas de la vida fría y horrible de estudiante. Harto comprendía lo que son los respetos a una madre; pero, ya sin otro recursos que saltarlos, ¿no reflexionaba ella que exigirían todo septiembre los arreglos de la boda?... Partir él, con el tormento indeciso «del plazo», valdría por hacerle perder para el estudio el tiempo que tardaran en llamarlo..., el tiempo que tardaran en hacerle regresar de un modo inútil.

No estudiaría, sabíalo bien; como no estudiaba ahora, ni cuando en julio creyó su existencia rota sin Antonia. En cambio, mientras la habló por la reja, y cuando tomó más poderosamente a recobrarla en el misterio de las noches, los libros fueron sus amigos.

Sobrábanle las horas en que meditar, y de recuerdo en recuerdo y de idea en idea llegó una vez a tener que sorprenderse ante la estrecha, ante la constante, ante la perfecta armonía de las mujeres con el orden mismo, de su vida. Una mujer, siempre, una complaciente mujer, detrás de más o menos engaños de fealdad, o frivolidad, coincidía con cada esencial y favorable transformación de su conducta. La Coja le desvaneció los miedos infantiles atraído por su belleza con plena valentía a aquella casa abandonada. La pobre asturiana horrible le dio la calma necesaria para sacar siquiera algunas notas en San Carlos. Antonia, en fin, salvándole de bestias y de feas, le había dado alternativamente, cuando contaba con su paz, el gusto de todas la serenidades y deberes nobles y cuando sentíasela robada, como ahora, el tedio y el desbarajuste indomables... Una que quedaba, Renata, funesta en aquellos meses de Madrid, no hacía sino confirmar la observación, por contraprueba: Renata habíale sido perturbadora, justamente, como... «negación de amor y de mujer...», ¡coqueta!... ¡Oh, porque eso sí, pero y más vil coqueta que cocota! ¡Peor la que tiene por oficio negarse con la boca y ofrecerse con los ojos!... Y la alteza de este bien que podían causarle las mujeres, con las ansias satisfechas de la carne o con el desinterés purísimo del alma, teníala harto evidente en que igual se lo hubo causado Antonia con su amor honesto de la reja.

Así la paradoja perpetua de su vida veíase resuelta en una gama donde todo era armonía. Nada tan natural como que un estudiante, que él, en la edad en que la naturaleza despierta con más bríos que a la inteligencia al corazón, necesitase para las calmas y firmezas de su mente una base de ternuras. Los estudiantes deberían ser, todos, casados: salir del instituto, y a la iglesia, con sus niñas novias, y a Madrid, y el gasto de la pareja encantadora no subiría muy por encima del que, yendo solo, iría el muchacho a derrochar para hacerse un miserable. ¡Y ésta, además, seria la única y gentil manera de conseguir que fuese una verdad de pureza del matrimonio, porque los novios también, como las novias, fuesen ángeles y siguiesen siendo ángeles!...

Llegó el primero de septiembre, el 1, el 5, y Esteban ya no dudó: «Antonia, incapaz de decirle nada a su madre, confiría en... que su misma situación tendría que descubrirla.» ¡Oh, sí..., ella esperaba que otros cuantos días acabasen de hacerla saber, al menos, «si Dios no había querido ahorrarla, con otra vergüenza mayor, pero inocultable, la vergüenza de tener que desvelarse por sí propia».

Pero esto..., ¡ah, qué largo había de ser!... Meses, hasta no poder ocultar humanamente el embarazo, duraría la lucha del rubor con el amor. Meses. Tantos, quizá, que Esteban prefería que Dios quisiese que ella pudiera persuadirse en este mismo de la necesidad de su espontánea confesión. La haría, entonces..., ¡claro!, y para saber el impaciente si su dicha hubiese de tomar el camino largo o el breve y el mejor, se remitía a diez o doce fechas más..., ¡hacia el 20!

Sí, sí, hacia el 20. Se halló, pues, delante de una insulsa cadena de días que nada habían de resolverle, y se dedicó por entero a los amigos. Ya no se bañaban. Cedía el calor. Esteban bebía más vino que ninguno cuando se metían en los colmados a comer ajo de peces. Se medio emborrachaba, se aturdía..., y lograba así horas de miserable descanso que le hacían recordar las de las botellas que le robaba a doña Rosa.

Sino que, lo mismo que en Madrid, despertaba por las mañanas con la boca seca y con el alma triste. Siempre la infranqueza, los respetos. Allá habían sido los suyos por declararle su tormento de pavuras aunque fuese a la patrona. Aquí eran los de Antonia con su madre.

Comparando los de ella con los de él, se los explicaba, y disculpábala de más. ¡Mucho para una niña!

Tal vez debiera socorrerla. ¡Tal vez la valerosa-cobarde esperase de él la iniciativa!

Este pensamiento, que no se le había ocurrido antes, le alucinó, y le abochornó, porque siendo así, sería Antonía la que estaría aguardando en martirio sin comprender la pasividad de aquel cuya salvación ansiaba hora por hora.

Se consagró a desentrañarlo. Podía pedirle una audiencia a la Gamboa y contarle todo. «Señora, tengo que hablar con usted y quiero que me indique...» Pero a la carta, a la petición de cita, creyendo la buena señora que se tratase de la queja o del ruego impertinente de un contrariado, ni le daría contestación. ¿Era mejor abordarla por la calle?... ¡Ah, mayor le parecía la impertinencia!... Incapacitado para decirla su objeto delante de Clarita, tomaría la cosa a ridículo descaro de chiquillo. Restaba, pues, y nada más, una larga carta que explicase por sí propia la situación de Antonia y su propósito. Dos mañanas empleó escribiendo borradores. No hallaba la fórmula: sobraba mucho, mucho, de lo que decía apasionadísimo buscando la justificación de Antonia... y siempre, por otra arte, faltábale algo que pudiera llamarse... autoridad. Su buen deseo, aun suponiendo que a la burlada mamá no hubiera de servirle para romperle a la hija la cabeza, carecía de validez completamente; un niño, un irresponsable, sí, desde el punto de vista práctico, que informaba con voluntariosa y cándida insolencia a una madre...,para que ésta tuviese que humillarse y llorarle ruegos a otra madre. ¡Bah! ¡Lo mismo serviría un anónimo, si no fuese aún más expuesto y despreciable!... Rompió los borradores. Lo correcto era que su madre le hablase a la Gamboa. Y fatigado, entontecido de tanto escribir y pensar, se fue con los amigos; pero no bebió vino por la noche.

Invirtió la «claridad» de otra mañana en cavilar la entrevista con su madre. ¡Oh, sí, qué diferencia, yendo quien debía, quien podía, a pedirle a una amiga su hija para el hijo en matrimonio!... El ánimo que le faltaba a Antonia y dignamente, tendríalo él. Por ella y por los dos, dominándose él de sí propio, al mismo tiempo, todas sus pasadas y presentes cobardías. La entrevista debía empezar por confidencias que enterneciesen a la buena madre: diríala sus miedos de huésped solitario que tuvo que vencer a fuerza de torturas; diríala el horror de aquel Madrid en un abandono de afectos tan enorme y tan cruel, tan áspero e incómodo, que más dijérase que se mandaban allí los estudiantes a encanallarse que a estudiar...; y luego, cuando hubiera hecho una completa y sincera evocación del espantoso cuadro..., cuando la buena madre, herida en el mismo corazón, quisiera, antes de consentir ya su complicidad en tanto mal, incluso trasladarse con Gloria a Madrid mientras él terminaba sus estudios..., él la haría saber que no hacia falta el sacrificio, porque su compañía, su redención, era Antonia. ¡Contar la historia, en seguida, con lágrimas de lealtad y de amor... y mucho tendría que reaccionar su madre para verle en su conducata y sus anhelos egoísmos despreciables!

Fue en su busca, y le paralizó... ¡el respeto!... Cosía en la galería con Gloria y con Amelia.

¡El respeto y el pudor! Sólo de recibirla el beso de saludo matinal que le dio en la frente púsose encarnado. Sus entrañas le dijeron que bien podía morirse Antonia antes que decirle ni una letra a la Gamboa. Mas... era su deber salvarla, por lo mismo, y él sería capaz de decírselo a su madre..., haría por ser capaz, mañana..., pasado mañana, a lo sumo, ¡cuando se hubiese habituado un poco a esto tan fuerte...!

Pasó terribles horas, tremendos días. Aislado de los amigos otra vez, llevó a los campos su angustiosa reflexión. A ratos le parecía de una lógica intachable, imposible de rechazar por nadie con sentido, lo que para sí mismo, al menos, quería él de reforma en la vida estudiantil: esposa, en vez de perdidas o queridas; amor y calma y conciencia plena del deber, en una pequeña y propia vivienda (que costaría cada curso no más, quizá, que el pupilaje y los vicios), en vez de patronas y locos compañeros de bulla y de ruleta y de jarana... ¡Bah, tan cuerdo parecíale, que no dudaba que éste fuese el universitario porvenir! Pequeños pisitos destinados a parejas de estudiantes, en torno de las escuelas, como hoy los hay de obreros en torno de las fábricas...; y basta de inmundas hospederías y de casas de prostitución. Éstas, protegidas por el Estado, dejarían de serlo y dejarían de dar a la nación enfermos y gandules..., trocados por una juventud moral, fuerte, sabia, rica..., puesto que asimismo pudieran las muchachas seguir una carrera que no siguen, generalmente, más que por el hábito, por la dificultad de tener quien las acompañe al salir de sus familias... ¡Oh, los gobiernos, en nombre también de la moral, no querían establecer «casas de prostitutos» para uso de estudiantas!... Y, en fin, toda esa iniquidad de hasta «legales» diferencias con que se trata a los jóvenes y a las jóvenes, desaparecería borrada por una única decencia en que la pobre mártir honrada hubiera sido el modelo.

Otras veces, todo este castillaje se le hundía a golpes de la cruda realidad. Primeramente, la resistencia que a lo desacostumbrado y nuevo se le opone, por rutina, porque sí. Luego, con visos de razón, lo que pudieran los sensatos encontrar de irremediable error posible en esta elección conyugal de dos muchachos. Y, últimamente, los hijos, los cuatro o cinco hijos que en siete años de carrera amenazasen al joven matrimonio con haberle creado una familia costosísima sin los medios de sustento. Volvía entonces a comprender a las patronas, a las prostitutas y a las modistillas madrileñas, y su pensamiento debatíase abrumado entre dos absurdos: porque si atendible era «la moral matrimoniesca» que rechaza el evitarse con fraude los chiquillos, y más el que naciesen no pudiendo mantenerlos, igualmente atendible, y en nombre de la misma «moral matrimoniesca», era evitar que el hombre Degase al matrimonio podrido de vicios en la sangre y en el alma, y harto de emplear los mismos fraudes o de crear dispersas familias sin familia, sin hogar, hasta sin nombre, con incautas modistillas madrileñas. ¿Qué? ¿No eran, éstos, hijos también, y mujeres las incautas modistillas y las prostitutas?

Pero..., entre los dos absurdos, el último habíanlo preferido las costumbres y las leyes, y había entre cada señorito y su novia señorita dos severísimas mamás, la de él y la de ella, y en cambio había a la puerta de cada burdel un amable guardia de orden público, invitándole: «¡Hombre, aquí!... Esto es lo reglamentario, lo social... ¡Yo lo protejo!»... Una de las mamás, que tal vez viviese enfrente, sonreiría al ver así garantizada la honra de su hija...; la hija..., ¡supiese Dios lo que pensara!...; mas ya, sobre lo que pensara ella, y sobre lo que pudiesen pensar las pobres burdeleras que antes de serlo habían sido hijas y «familia» también, había pensado un pensador: La prostitución es la salvaguardia de las familias, con lo que, y con la sanción del guardia, el señorito, de vuelta, podría decirle en pleno rigor ético a su madre: «Vengo de salvaguardar a una familia, ¿sabes?... asistido y protegido por la competente autoridad, que ya ves cómo, por ser malos, no reglamenta a los ladrones asesinos!»

¡Ah, qué montaña de dislates!... Sin embargo, tal encima de sí propio y los demás la encontraba Esteban, y tenían a su peso que ceder sus impulsos, sus lógicas, sus nobles ideologías de innovador... Quedaba la REALIDAD, o lo que es lo mismo, un algo formidable y espantoso cuyo frío mataba al corazón, a cálculos y a números y respetos y a mil hipocresías.

En el mismo honorable hogar, junto a la hermana cándida que oliera a incienso, tenía que estar, y con el mismo aire de inocencias, el granuja hermano que quizá oliese a yodoformo; y la madre, adivinando en esta mezcla de templo y de botica travesuras del chiquillo, debiera sublevarse y creerle sinvergüenza y loco si él dijérala que tenía una novia y que quería casarse.

-¡Sí! ¡Una cosa que era sólo de hombres hechos y derechos..., de casi gobernadores, por lo visto, con sus barbas y su sueldo y su grave seriedad!

Veía ahora imposible con su buena madre aquella gran franqueza, aquella enorme confesión de la nueva y peligrosa vida de estudiante...; imposible sin romper todos los recatos y decoros, y reduciásele, pues, la petición a una boda por simple antojo suyo... o por deber... Si «por antojo», reiríanse, lo primero, del extraño e infantil antojadizo, su madre, su cuñado, su hermana Amelia..., que representaba el «sentido práctico» en la casa...; y luego de que le viesen obstinado, vendrían los catecismos y aritméticas: «¡Dos monos! ¿A dónde iban a ir? ¿Y estudiar? ¿Quién los mantendría? ¿Era que fuese rica la novia, para que le pudiese su gente pagar, siquiera, otro pupilaje? ¿Era que les fuesen a ir facturando desde Madrid a las familias los chiquillos?»... ¡Horrible! ¡Horrible! Y si «por deber», es decir, porque declarase lo acaecido, contestaríanle (aparte de lo equivocado y triste que pudieran aducir contra Antonia sobre más que presuntas herencias morales de su madre) que, en todo caso, a ella, y no a él, le tocaría iniciar cualquier reparación... -con lo que dejarían, a lo sumo, aguardando, aguardando las decisiones de la novia- exactamente igual que antes de haberles dicho una palabra.

Lo vio definitivo.

Su papel era esperar.

Pero, ¡eso sí!..., esperar con la voluntad resuelta hacia su Antonia -hacia la vida- por encima de su madre y sus hermanas y de todos los sólidos absurdos, y así tuviesen que correr la tierra pidiendo una limosna.

Como quien consulta en un reloj, consultó en el Heraldo, de almanaque, la fecha a que se estaba: 9 de septiembre. Hasta el 20 le faltaban once días.

Volvió con los amigos. Volvió a aturdirse con vino por las noches.

Una, sin embargo, bien antes de la fecha indicada, tuvo el asombro de ver a Antonia en la calle de San Juan. Trepidó todo, de gozo. Era como si viese a un ensueño, a una maga. Le anunciaba esto una variación..., una habilidad de ella con su madre (para poder a él decirle algo con el alma y con los ojos), y claro es que se propuso recogerlo ávidamente. Por suerte, la Gamboa, muy preocupada con amigas y con compras en el interior de un comercio, no se cuidaba de la calle: érale dable a Esteban, pues, pasear cerca de la puerta: Antonia saldría...: le diría algo, o querría darle una carta, quizá... Mas, por desgracia, Antonia no salió, ni se movió de junto a su madre un momento... Obedecía, sin duda, a tan severas prevenciones, que ni osó dedicarle una mirada en la hora y media que estuvieron entre un bazar y dos pasamanerías...

No obstante, sí, indicaba esto una mudanza, y toda mudanza es buena en toda quietud de lo horroroso. La otra vez, la prisión fue levantada por disculpar la madre su gusto de los bailes; ahora, en el indulto de la reincidente, no figuraban ostensibles disculpas de la madre por bailes ni por fiestas..., luego había que ponerlo a cuenta de una calculada docilidad de la hija que envolvería algún plan..., en su apremio por el viaje aquel de octubre que a él le iba llegando. Supuso Esteban racionalmente que la forzada indiferencia de Antonia fuese un ardid más con que buscase confiar a la tirana para ampliar su libertad hasta poder ir sola con amigas..., y se encomendó, como debía, a la plena acción de la tímida tenaz que ya en otros difíciles momentos había sabido encontrar una Mauricia.

Muy pocas noches después volvió a verla. Continuaba ella siempre al lado de la déspota, fiel a la consigna, y él también disimuló sus ansiedades. Se conformó, igual que la otra noche, con tomar nota del adorable rubor que, al mismo tiempo que la veía bajar los ojos, encendíala su presencia.

Llegó un domingo y la encontró de nuevo en San Francisco. La Gamboa reteníala implacablemente junto a sí, codo a codo, en el corro de personas mayores formado al pie del quiosco de la música. Empezaba el triste a impacientarse. Antonia «llevaba con excesiva pausa su plan fuera el que fuese». Además notó Esteban que un señor alto, moreno, con gafas y barba muy espesa, y algo cana, pasaba de una manera sistemática ante el corro: ya se había advertido de él en las pasadas noches, en la calle de San Juan; debía de ser el ingeniero de que ella le había hablado. Preguntó, y... efectivamente, «el señor Navarro», le dijeron los amigos. Ahumada, por ser su padre ingeniero también, sabía que este señor Navarro pertenecía a una influyentísima familia en donde había senadores y ex ministros, y que venía de jefe por poco tiempo, pues iban a nombrarlo para Cádiz. Alto, corpulento y viejo, podía ser el abuelo de Antonia. No se comprendía que un señor así se dedicase a enamorar a una chiquilla de corto: indudablemente, con ella disimulaba su afición por la Gamboa.

Observó Esteban, y notó, ¡claro!..., que Antonia no hacía caso del extraño paseante. Siempre solo, fúnebre, elegante. Parecía un rey en el desierto. Pero un rey aficionado a las mujeres...: más abajo miraba a otra, y más arriba a otra, con el mismo augusto descaro silencioso y con la misma insolencia de sus lentes de oro y roca.

Llegó el día 20. Pasó el día 20. Volvió Esteban a encontrarse varias veces con Antonia por el puente y las murallas y la calle de San Juan, siempre con iguales reservas, siempre con la misma forzada indiferencia al lado de su madre. Volvió a verla otro domingo en el paseo, clavada en la tertulia... y empezó a desorientarse. No lo concebía. Una de dos..., o ella sabía que le había quedado consecuencias de... la noche célebre, o sabía que no, y que tendría por tanto que descubrirse voluntariamente. En uno y otro caso era incomprensible su calma, su resignación, su miedo a lanzarle siquiera una mirada..., como si importase que cualquier rebeldía o cualquier pequeño incidente perturbador con su madre la precipitara a la indispensable confidencia.

¡No lo concebía!... El respeto aquel, por muy grande que fuese, resultaba absurdo y casi indigno en la lucha con su amor y con su honra.

Cada nuevo día pasado sin cambio alguno era un precioso plazo perdido en la breve semana que faltaba para el viaje, cuya sensación de inminencia le dieron en su casa los preparativos de ropa, de camisas, de pañuelos...

Le ahogaba la imposibilidad de transmitirle a ella este grito de su corazón en una carta, y le irritaba y casi llenábale de odio, a momentos que ella, que podría mejor, o con riesgos de todas suertes favorables, no hiciese una escapada a misa, por ejemplo, para dejarle a él una en el correo.

Además, hallaba exagerado su poder de disimulos. Ni su adorno demostraba el menor detalle acusador del desastre de su alma, ni su rostro la más leve injuria del dolor. Al revés..., una frescura de nardo, y más gruesa y más guapa con la no se supiese qué expresión dolorosa y sabia de mujer, que había adquirido en la sonrisa. ¿Se pintaba? ¿Se tapaba las palideces de la pena en fuerza de crema y de carmín?

Problemas insolubles.

Y el calendario se había constituido en su martirio, y le arrancó por fin la hoja del 30 de septiembre. La partida estaba dispuesta para el 6. Antonia, si no por Gloria, puesto que habían dejado de visitarse desde julio, debía saberlo por las amigas de Gloria.

Esperó en cada correo la carta que no acababa de llegar.

Trató, con los amigos, de mitigar las rabias de su espera bebiendo vino y aguardiente. Y el misántropo y el tímido de un mes atrás era el que excitaba ahora a los otros a esta especie de perpetua «juerga de bebida». No emborracharse; mas sí aturdirse un poco el pensamiento.

Lo extraño estaba en que ni la influencia del alcohol se lo apartaba de Antonia, logrando únicamente imprimirle nuevos giros, y saturarle de una como rabia por decirle su pena a todo el mundo. Así llegó a pensar verdaderos disparates. Así llegó a creer incluso que Antonia le aborrecía, no por obediencias a nadie, sino por propio impulso. Si la impresión que guardase Antonia de «aquella noche» correspondiera..., ¡ah, qué horrible!, correspondiera al tedio, al inmediato asco que él sintió también cuando abrazó por primera vez a una mujer, se explicaría que hubiese cambiado su amor instantáneamente a todas las más yertas aversiones...

Pero en otros ratos parecíale locura todo esto con sólo recordar sus dos o tres cartas posteriores de infinita gratitud y las últimas miradas de inmensa fe que pudieron cruzarse en el paseo. El amor, ni aun en la posesión más fugaz e inquieta podía dar la tremenda desilusión que una prostituta. Entonces falló de un modo definitivo: «Está encinta; lo sabe ya, espera que su estado la descubra, y confía en mí y no le importa que me marche.» ¡Cuán bella, pues, su resignación bajo el despotismo de la madre!

Las vio otra noche en los comercios, y él mismo procuró adaptarse a la heroica pasividad con que ella decíale sin duda su amor y su martirio. En premio y confirmación, quiso la suerte que en un descuido de la Gamboa pudiese Antonia dedicarle una mirada larga, infinita, celestial..., en que le daba toda la fe y la esperanza, y precisamente cuando pasaba cerca el lúgubre ingeniero... ¡Qué raro este señor! A semanas enteras se anublaba; y de improviso aparecía y volvía a hacerle la corte a unas cuantas.

Otro señor, otro encuentro notable de esta noche..., fue... ¡Antonio Mazo! Solo también, elegantísimo y respetabilísimo con su seriedad irreprochable y con sus barbas, le vio Esteban venir, y le paró. Se saludaron. Estaba recién llegado de la corte, en donde «había pasado el verano para doctorarse». Como ejercer, no pensaba ejercer. ¡El colmo! Concluida la carrera..., tan fresco, y sin tener aprobado ni un curso. ¿Se habría agenciado un título de otro y lo colgaría en el despacho... con las convenientes raspaduras?... Menos mal que érale posible no ejercer, como rico. Esteban se guardó muy bien de aludir a nada de esto, y menos delante de Sergio López. Mazo, en cambio, como comprobación, le enseñó un periódico local, que llevaba en el bolsillo y que decía: «Después de verificar brillantemente los ejercicios de doctor en Medicina, nuestro querido amigo don Antonio Mazo ha regresado»...

-Oye, Estebita, ¿sabes? -cortó él mismo la lectura-; a quien vi ayer bajar del cruce en Puertollano, sin duda para tomar las aguas, es a Renata, ¡con el garañón del marido! ¡Ea, adiós! ¿Cuándo te marchas tú?

-¿Yo?... El miércoles..., dentro de tres días.

-¡No, hombre, de dos; traspasado mañana! -corrigíó Sergio.

-¡Ah! ¡Es verdad, de dos!..., que hoy es lunes... -rectificó disgustado Esteban.

Partió Antonio, y se quedaron Sergio y Esteban hablando de Renata. Esta mujer pasábase la vida por los balnearios y las dehesas..., buscándose amoríos. Nunca volvía a Badajoz hasta el invierno. Del lío de la carrera de Mazo nada le dijo a Sergio, el que al fin tenía que agradecerle al singularísimo doctor los libros y los huesos y la blusa y el estuche.

Por cuanto a los cadetes, hacía ya media semana que fuéronse a sus academias. Esto estrechó más la intimidad entre Sergio y Esteban; y aquél en los dos últimos días que le restaban en Badajoz (Sergio no se iba a Sevilla hasta el 12) hizo que le acompañara el buen amigo muchas veces por la calle de Menacho. La noche última, sobre todo, no acertaba a salir de allí. Pasaban, se alejaban, e inventaba Esteban, para volver a pasar, cualquier pretexto. A la tercera vez, le fue imposible ocultar la realidad.

-¡Vaya, tu estás chalado por Antonia!

-¡Bueno, Sergio, pues sí! ¿A qué negártelo? ¡Muerto por ella!

Prefirió decírselo, ya que no podía desprenderse de él, por haber acordado rato antes cenar en un mesón, en despedida. La mala estrella quiso que no viera a Antonia hoy ni ayer, y ansiaba saber si querría ella salir en esta última noche a la reja. Si temprano, para verse, al menos..., y si resuelta a hablarle, tarde, a medianoche, Dios supiese a qué horas y buscando qué descuidos de su madre.

En fin, ya sabido, Sergio le acompañó. Y, naturalmente, hablaron de «ella», al doble impulso de la sorpresa y la curiosidad de Sergio, y de la enorme pena del triste.

A las once abandonaron la calle de Menacho para cenar en una taberna-restaurante de la de Palmas.

¡Bebe, hombre! -animaba Sergio, viéndole a Esteban la creciente ternura dolorosa.

Seguía de Antonia la conversación. No podía ser de otro modo. Esteban bebía y sentía ganas de llorar. Entre lo dicho antes en las calles y lo dicho aquí, hasta la mitad de la cena, había contado ya que se adoraban los dos..., que el único obstáculo era la madre.

-Pero... ¿por qué? -preguntaba por cuarta vez, lo menos, el asimismo enternecido Sergio.

Y como hubo un momento en que la congojade Esteban llegó resueltamente a las lágrimas..., a unas lágrimas de muda desesperación que hacíanle temblar de frío, con el codo en el mantel y con el pañuelo en los ojos..., Sergio se levantó y tuvo que consolarle tocándole y casi abrazándole los hombros:

-¡Vamos! ¡Hombre! ¡Tonto!... ¿Qué te pasa?... Pues ¡no sé!... Ya querrá la madre... Y si no quiere... ¡Bah, ni que no hubiese más muchachas en el mundo!

-¡No, Sergio, no!... Antonia y yo... ¡Ah, tú no sabes lo que la quiero... y qué drama hay entre nosotros!

Unos segundos después, comiendo peces, y malenjuto el llanto de Esteban, sorprendióse Sergio (el Sergio que había sabido en su semiborrachera también quedar respetuoso hacia el drama del amigo), al oír que éste, en un brusco estremecimiento, le increpaba:

-Mira, Sergio. ¿Me das palabra de guardarme un secreto para siempre?

-¡Para siempre!

-¡Júralo!

-¡Lo juro!

-Pues... sí, te lo diré... Voy a contártelo todo... ¡todo!... ¡Oh, tú no sabes lo que ahoga el tener que comerse una pena, día tras día... tanto tiempo! Y además, necesito que me aconsejes. ¡Mi situación es espantosa!

Entró el mozo con pájaros, y en cuanto salió empezó Esteban a contar la historia sin fin de su desdicha...

Al día siguiente, miércoles, a las siete de la mañana, el tren se lo llevaba a Madrid.

Al día siguiente, jueves, a las cinco de la tarde, Sergio, que aburrido había ido a pasar la tarde con su coqueta y loca prima, y medio novia, Charito López, la escandalizaba contándole lo de Antonia con todos los detalles, Mauricia y tapia alzada inclusive.

-¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!

Dos horas después en casa de Carmen Prida, Charo, siempre bajo promesa de secreto, contábaselo a otras tres amigas, que exclamaban igualmente:

-¡Qué barbaridad!

-¡Qué barbaridad!

-¡Qué barbaridad!

-¡Así se explican esas encerronas por la madre!

-¡Qué barbaridad!


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