En la profesión

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​En la profesión
de la señorita Petronila Ramos​
 de Clemente Althaus


¿Y de padres y hermanos te alejas,
y adiós dices por siempre a la vida?
¿Y tus tiernos abriles convida
a sus goces en vano el amor?
¿Y renuncias al fausto y riqueza
que adornaron, oh virgen, tu cuna
y a los bienes que brinda fortuna
ni una lágrima da tu dolor?
La ardua vía te muestra la hermana
que ya guardan las santas paredes.
Tú, que a su alto heroísmo no cedes,
fuerte cargas tan áspera cruz:
quiso haceros el rey de los cielos
como en sangre en virtudes hermanas,
y al desprecio de dichas mundanas
os dio presto clarísima luz.
¿No te arredra el tristísimo llanto
que derrama tu madre afligida,
ni la tierna postrer despedida
que tu amante familia te da?
¿No el oír, tras tus pasos cerrada,
resonar hondamente la puerta
de tu sacra prisión, que ni abierta
a tu helado cadáver será?
Di ¿no sientes al ronco sonido
toda tu alma ocupar temblorosa
el horror que al cerrarse su fosa,
siente viva enterrada vestal?...
No, que nada tu pecho conturba,
ni te arredras, oh virgen, de nada,
bien juzgando con clara mirada
lo que juzgan los hombres un mal.
¡Ah! ¡cuán dulce y gloriosa es la suerte
a que te alza la gracia divina!
No la mente más gloria imagina
que logró tu feliz vocación:
si himeneos humanos esquivas,
otro logras más alto y glorioso;
que es Dios mismo tu amante, tu esposo,
y testigos los ángeles son.
En los altos palacios del cielo
pulsar oigo las harpas de oro
al ardiente seráfico coro,
inflamado en más vivo placer:
y con voz cuya inmensa dulzura
no adivina el humano deseo,
solemniza el feliz himeneo
entre Dios y una humilde mujer.
Hoy se digna con nudos eternos
enlazarse ¡oh portento! a su sierva
el que cielos y tierra conserva
con su eterna mirífica ley.
Un Señor de inefable grandeza
a mortal himeneo se allana,
cual se uniera a una pobre aldeana
poderoso magnífico rey.
El nupcial juramento resuena,
ya te liga perpetua lazada:
¡ah! no vuelvas jamás la mirada
al vil mundo que dejas atrás:
¡Mundo vano, traidor, engañoso,
precipicio cubierto de flores,
nos prometes eternos amores,
y placeres de un día nos das!
Dar humanos amores al alma
es dar sólo una mísera gota
a profunda vasija que, rota,
no llenarán las ondas del mar:
lo creado este abismo no colma;
y esta sed tan tenaz e infinita
todo un Dios, todo un Dios necesita,
y Dios sólo la puede apagar.
El amor de terrenos esposos
ve nacer y morir breve día,
y su fuego se cansa y enfría,
y se muda en amargo desdén:
mas del célico esposo las llamas
se conservan por siempre ardorosas,
y jamás sus amantes esposas
desdeñoso o ingrato le ven.
Cruda hiriendo tu cándido pecho,
a su pie los sagrados altares,
que tus lágrimas rieguen a mares,
noche día te escuchen orar:
en tu echo durísimo el sueño
breves horas cobije tu frente,
ni te dé tu virtud penitente
sino tosco y escaso manjar.
No por ti, tierna virgen sencilla,
darte debes tan crudo martirio:
no por ti, que eres cándido lirio,
trasparente cristal, no por ti;
mas ofrece al Señor tus dolores
tu oración, penitencia y gemidos,
por los tristes mundanos perdidos,
por tu patria doliente... por mí.


(1865)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)