En perpetua crisis

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<< Autor: José Batlle y Ordóñez


Sábado 5 de septiembre de 1891,EL DÍA

Editorial


EN PERPETUA CRISIS

El saldo, a veces de consideración , que en los momentos de crisis profunda arrojan las estadísticas de Aduana a favor de la exportación de la República, sobre su importación, es causa de contento para nuestros patrióticos escritores y da origen a inspiradas profecías de engrandecimiento futuro.

Si olvida, ciertamente, que estos saldos favorables, son arrancados no al trabajo, no a la abundante producción del país, sino principalmente a la restricción de los consumos, ocasionada por la miseria del pueblo, que a duras penas satisface sus más imperiosas necesidades en estas épocas luctuosas. Pero, bien; pase ese olvido: -queda al menos la certidumbre de que el país se enriquece anualmente en algunos millones y se sabe que vendrá un día en que esos millones convertidos en capital productivo nos colmarán de las holguras que ahora nos faltan. –Tal es la tesis de los órganos de la prensa constitucional.

Vamos a hacer a esa tesis, dueña ahora en toda la línea de la opinión pública, algunas breves objeciones. Casi no vale la pena hacer notar, por sabido, que la mitad del valor de ese exceso de producción originado por un exceso de miseria se vuelve anualmente a Londres en forma de intereses y amortizaciones de nuestras deudas. Hemos tenido crédito en el extranjero; pero ese crédito a sido caro y lo será más cada vez, en adelante. Nuestras industrias han sido habilitadas para el trabajo; pero a condición de entregar casi todo y quizás más del valor de su producción al prestamista. Preferíamos, impulsados por las doctrinas preponderantes, pagar carísimo el crédito en el extranjero, antes que hacernoslo barato, gratis, los unos a los otros en el país. La consecuencia es esa emigración real y permanente de la mitad de nuestras mayores ganancias anuales, que tan hondas perturbaciones produce en nuestras finanzas y en nuestra situación económica.

Sí no emigrara más que esas cantidades!... Pero en distintos rumbos, por distintas puertas, se van otras que no se anotan en las estadísticas de Aduana, pero que no por eso salen de una manera menos efectiva. Pero aunque esas cantidades no estén en los libros que se escriben en Europa sobre la balanza de comercio, y cuyas doctrinas no se aplican siempre aquí con entero buen juicio: hay que agregar a los intereses y a las amortizaciones de las deudas los pequeños y grandes capitales de los extranjeros que vuelven a sus lares, con una fortuna que colma sus aspiraciones, redondeada en años de trabajo y de economía entre nosotros. Y a estos capitales, el envío periódico y permanente de pensiones grandes y chicas con que los extranjeros que se quedan socorren y sostienen a sus parientes de Europa.

Estas corrientes emigratorias de oro no existen en los pueblos viejos, constituidos con elementos exclusivamente nacionales; pero no nos parece que carezcan de importancia en los cosmopolitas y jóvenes pueblos de América. Aumentan en los tiempos de crisis, porque espantan a los elementos conservadores que acumulan por medio del ahorro, y aumentan en los tiempos de prosperidad y de especulaciones, por la facilidad con que se improvisan las fortunas. Pero... ¿a cuanto ascienden?... No lo sabemos. Lo que si decimos, es que hay que deducirlos del excedente de producción que conquistamos con nuestra miseria.

Y no es esto solo: -hay otros rubros. Los capitales del país han sido hasta ahora escasos o nulos, inexpertos, y poco activos. Todas las grandes obras y un número considerabilísimo de las chicas han sido hechas o adquiridas por Sociedades y capitales extranjeros. Y todas estas obras, empresas y negocios, hábilmente administrados, dan pingües dividendos que salen perpetuamente del país. Ahí están los bancos; ahí esta el gas; ahí estan las aguas corrientes; ahí esta la fabrica de extracto de carne, los saladeros, las compañías de seguros y las sociedades anónimas en todo género con subas que chupan el oro en nuestro suelo para irlo a derramar en el de otros países. ¿No hay que deducir este oro del excedente de la producción sobre el consumo?....

Más aún. Casi todas las estancias del Norte de la República, pertenecen a fuertes capitalistas brasileros, que en su mayor parte no residen en el país. Todas, pues, casi todas las utilidades de esas vastas zonas van a parar al extranjero y se acumulan en los bancos de Río de Janeiro o Río Grande. La introducción de los alambrados la hecho innecesaria la población y la ha arrojado de los campos. ¡Ni la porción congrua necesaria para la modesta existencia de las familias desheredadas que la componían queda ya en el país! ¡Y todo esto agregado a las utilidades de los importantes establecimientos del Sud, pertenecientes a sociedades y propietarios, que residen fuera de nuestro territorio! -¿no hay que deducirlo del excedente de la producción sobre el consumo?... ¿Nos queda algo aún de ese excedente?... Pues ahí esta Buenos Aires a dos pasos. No puede enviarnos un solo peso, pero puede brindarnos, -con las ventajas del cambio,- sus fincas, sus terrenos, sus ganados a bajísimo precio. Además allí la vida es extraordinariamente barata para el metalista de Montevideo, pues aquel país se basta a sí mismo y los productos nacionales se sustraen en gran parte a las subas y bajas del oro. Nadie viene de allí sin sacrificios; pero muchos reducen a metal lo que aquí tienen y se van a vivir allá con ventajas. Sustrayendo todas estas sumas del excedente de la producción, - ¿queda algo aún?.

Pues, ese algo se lo engulle la usura, la usura de los partidarios del oro a todo costo, que hacen su botín en el desastre nacional, como el ave de presa su fiesta en el campo de la batalla. Tal es la situación de la República. Todo el oro se va y el que permanece en el país se encierra silencioso, a la espera de la almoneda que hunde a una familia en la desolación. No hay salida para el hijo del país, para el habitante del país, que aunque no haya nacido en él, este vinculado a su suerte. Es necesario cruzarse de brazos y esperar. Esperar, -¿qué? Nada: la ejecución, que en vano se aplaza. El que posee una finca, una suerte de estancia, una industria, nada tiene si debe algunos centenares de pesos. Recorrerá toda la República y no los hallará. Solo saldrán de las pesadas cajas, cuando se resuelva o se vea obligado a malbaratar cuanto posea. De esa manera irá paso a paso la nación a parar a manos de unos cuantos cada vez más poderosos, cada vez más absorbentes! Y como remedio para tanto mal -¿qué piden algunos órganos de la prensa? Que el país entregue a una compañía de extranjeros la única arma que le resta para combatirlos: -el Banco Nacional, el Banco de Estado! O bien: -que le abandone a los acaparadores de oro de la República! – Es decir: -que se cree una nueva compañía radicada en el exterior, para que continúe, amparada por concesiones y privilegios, la grande obra de la extracción del oro! –Es decir: -que se entregue una nueva arma a la usura del país para que pueda ejercerse en mayor escala, privilegiada, sin temor a competencia alguna, absolutamente en triunfo!

No, no saldremos del abismo, rodando más hacia su oscuro fondo! No se sale por ahí!

El Banco de Estado es la única salida, prestigiado por la opinión pública que vea en él, libre de las preocupaciones que ha difundido en el país una prensa exótica, su salvación única. Solo el Banco de Estado, en las condiciones que ha llegado el crédito nacional, puede habilitar al habitante del país para que continúe su interrumpida tarea, sin exigirle retribuciones que lo reducirían nuevamente a la ruina.