Enciclopedia Chilena/Folclore/Creación del mundo, Mito Araucano

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ECH 2902 06 - Creación del mundo, Mito araucano.djvu
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Creación del mundo, Mito araucano
Artículo de la Enciclopedia Chilena

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Este artículo es parte de la Enciclopedia Chilena, un proyecto realizado por la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile entre 1948 y 1971.
Código identificatorio: ECH-2902/06
Título: Creación del mundo, Mito araucano
Categoría: Folclore


Creación del Mundo, Mito Araucano.

 En su colección de "Cuentos Populares Araucanos y Chilenos" (Pub. en la Rev. Chil. de Hist. y Geog., N° 26, Santiago, 1917), S. de Saunière incluye la relación hecha por un araucano que trabajaba en la construcción del ferrocarril de Pitrufquén a Loncoche y cuyo nombre parece haber sido Ñamco (Aguilucho).

 En los tiempos más remotos no existía la tierra, ni el agua, ni la vegetación, pero en los aires vivía un espíritu poderoso dueño de ellos, como también otros espíritus menos poderosos y que eran mandados por él.

 Esos espíritus se sublevaron contra el Gran Espíritu. Para lograrlo, se basaron en su gran número, mientras que él era uno sólo.

 Pero en realidad, el Gran Espíritu no estaba tan sólo, pues algunos de los espíritus menores eran de buenas intenciones y le querían obedecer. Con su ayuda, mandó reunir a todos los espíritus malos. Se negaron éstos a obedecer, pero el Gran Espíritu lanzaba fuego por sus ojos y temblaba de ira, lo que los hizo someterse.

 Fueron apilados hasta formar un gran montón, y cuando se tuvieron todos reunidos, el Gran Espíritu ordenó a sus colaboradores que escupieran encima de ellos, y el mismo también lo hizo. Donde cayeron los escupos, los cuerpos de los malos espiritus se endurecieron y transformaron en piedras. Tenían éstas el tamaño de una manzana grande.

 Entonces el Gran Espíritu colocó el pié encima de ellas, y por el mucho peso se abrieron los aires y cayó la gran bola que formaban los cuerpos de aquellos espíritus transformados en piedras, y sus partes quedaron diseminadas sobre la tierra, formando las montañas.

 Pero no todos los malos espíritus habían sido transformados en roca, porque los que estaban en el interior del montón no habían sido alcanzados por los escupos. Esos espíritus eran de fuego vivo y estaban encerrados entre las piedras que formaban los cuerpos de sus hermanos. Querían librarse de la prisión en que se encontraban, y comenzaron a cavar túneles para poder escapar por ellos. Como no lo podían lograr, rabiaban y se peleaban entre ellos, echándose mutuamente la culpa de lo sucedido. Tanto fuego tenían en su cuerpo, que el mismo casi los consumía, por lo cual reventaban a veces las montañas y salían de ellas grandes chorros de ceniza y un humo muy negro, pero el Gran Espíritu no permitía que salieran ellos mismos. Solamente lograron escapar con las cenizas y las llamas algunos espíritus menos malignos, pero que también habían participado en la lucha: a ellos se les permitió salir, pero el Gran Espíritu se negó a recibirlos entre sus mocetones. Quedaron colgados en los aires y se les vé de noche, cuando brillan como luces por el fuego que tienen en sus cuerpos. Los llamamos estrellas.

 Debido a que el Gran Espíritu no les permitió vivir con él, esos espíritus comenzaron a llorar. Lloraban día y noche, y sus lágrimas caían sobre las montañas y arrastraban las cenizas y las piedras, y así se formaron las tierras. Esas lágrimas, que nosotros llamamos lluvia, dieron orígen a los ríos, y éstos, a los lagos y mares.

 Los espíritus malos, que se quedaron dentro de las montañas, son ahora los pillanes que hacen reventar los volcanes, de los que sale humo y fuego.

 El Gran Espíritu, cuando contempló la belleza de su creación desde las alturas en que vive, preguntó:

 -¿Y para que sirve toda esa hermosa tierra?

 Tomó entónces a un jóven espíritu que era hijo suyo y lo envió sobre la tierra, dándole la forma de un hermosísimo hombre de carne y hueso. Fué echado sobre la tierra desde gran altura, y cuando cayó sobre ella quedó aturdido, como muerto. Entónces su madre se lamentó y pidió que se le permitiera bajar también a la tierra para acompañar a su hijo.

 Pero el Gran Espíritu se negó a acceder. En cambio, al mirar alrededor de él, descubrió una estrella que se le estaba acercando y que tenía un magnífico brillo. Se apoderó de ella, sopló encima de su llama, y la transformó en mujer. Siguió volando por los aires, pero en dirección al joven que se encontraba sobre la tierra, pues había recibido la órden de juntarse con él.

 Llegó a su destino un poco distante del lugar en que dormía el jóven, y tuvo que caminar para alcanzarlo. En aquel tiempo, el suelo estaba formado por piedras duras, que le lastimaban los pies de modo que padecía muchos dolores„ Al enterarse de ello el Gran Espíritu mandó crecer sobre ese piso duro y áspero, un pasto blando y hermoseó su camino con hermosas flores. Radiante de belleza, avanzaba la jóven, cogía las flores a la vera del camino, y para distraerse las deshojaba: esas hojas que dejaba caer, se transformaron en mariposas y en pajaritos, y detrás de ella la yerba creció tan grande, que muchas matas se transformaron en árboles de gran tamaño y adornados con fruta que ella comía.

 El hombre todavía estaba durmiendo. Cuando llegó al sitio en que se encontraba, como estaba muy candada, se tendió a su lado y comenzó a dormir también.

 Despertó entonces el hombre y vió a la jóven, que le pareció deslumbrante. Se apoderó de él una gran alegría por lo hermosa que era.

 Cuando ella también despertó, ambos recorrieron los montes y el mundo en que vivían les pareció hermosísimo, y mucho se amaron, pero lo hacían como hermanos y ya no pensaron más en volver a los aires.

 El Gran Espíritu estaba novedoso de ver lo que hacía la joven pareja, por lo cual abrió un portillo redondo en los aires, y por él miraba hacia la tierra. Cuando lo hacía, todo brillaba, y se sentía un gran calor que bajaba desde las alturas. Pero también la madre del jóven era novedosa, y cuando el Gran Espíritu no la observaba, abrió otro portillo por el que miraba hacia la tierra, y como temía que una luz demasiado fuerte pudiera molestar a su hijo, lo contemplaba con una luz blanca muy suave y que se podía mirar.

 Entónces los pillanes que moraban en los volcanes rabia­ban mucho. Uno de ellos se enamoró de la hermosa jóven e hizo lo posible para salirse del cerro y apoderarse de ella, pero no lo po­día, y en su rabia hacía estremecerse todo el cerro.

 En su furia, el pillán habló con una calcu, mal intencionada como él, que también rabiaba de envidia. Ella arrancó de su cabeza un cabelló largo, muy largo, y estirando el brazo lo tiró fuera del volcán. Apenas salió, entró la vida en él, comenzó a crecer, y se transformó en una delgada serpiente, la que se fué arrastrando hasta el lugar donde dormían los dos jóvenes, deslizándose entre ellos.


 El relato terminó bruscamente en este lugar. El indio que lo narró no supo o no quizo decir lo que ocurrió después.

 La cosmogonía precedente se inspira en influencias cristianas y araucanas. No hay otros relatos que la describa con tanto detalle y ocupándose de los diversos elementos que integran el universo. Es posible que la relación de la Biblia haya servido como un lejano modelo a la narración de Ñamco. Pero no sólo se aparta en sus detalles de ella, sino que hace intervenir a seres que son netamente araucanos.

 Entre ellos figura en primer lugar el Gran Espíritu, nombre que corresponde en el antiguo lenguaje araucano a Fücha Pillán. Bajo la influencia de los misioneros, los araucanos dejaron de llamar Pillán a Dios y lo llaman actualmente Nguenemapun (Dueño o Dominador del Mundo) o Nguenechen (Dueño o Dominador de los Hombres), empleándose muchos otros adjetivos que se refieren a su omnipotencia, grandeza y demás excelsitudes. Siendo Dueño del Mundo, no cabe duda que el mismo es una creación de él, pero falta en otros relatos el detalle acerca de los actos de ella.

 En la mitología araucana, Nguenechen está integrado por cuatro personas, que en realidad se refunden en una sóla: es hombre y mujer, joven y viejo a la vez. De estas partes integrantes aparecen sólo tres en el relato, faltando en él la mujer joven. En otras versiones no se sostiene tampoco que el hombre sea en realidad su hijo. Seguramente, esta parte está influenciada por el cristianismo, de acuerdo con el cual Dios envía su hijo a la tierra.

 Especialmente interesante es la relación que se establece entre el Gran Espíritu y los pillanes que viven en los volcanes. En los orígenes más remotos sólo había espíritus en el mundo, los que eran de diversas categorías y eran dirigidos todos por el Gran Espíritu. No existía la tierra, ni el firmamento. Los espíritus se dividieron más tarde en dos grupos, constituídos por los buenos y los malos espíritus. La maldad de estos últimos se manifestó por su rebeldía contra el Gran Espíritu. Esta lucha revela sin duda, una vez más, una influencia del cristianismo, en que aparece la rebelión de los ángeles, transformándose los de malas inclinaciones en diablos, los que representan, por consiguiente, ángeles caídos, exactamente como en el relato los pillanes que viven en los volcanes son espíritus caídos y castigados por el Gran Espíritu.

 Aún aceptando la influencia cristiana, no cabe duda que ella no pudo cambiar la concepción netamente araucana de que los pillanes da los volcanes no se identificaban con Nguenechen, a pesar de que éste antiguamente también recibía el nombre de Pillán. De acuerdo con el relato, esos pillanes de los volcanes serían espíritus que acompañaban antiguamente al Gran Pillan, pero que se rebelaron contra Dios y que desde entonces son espíritus malignos.

 No obstante que la mujer joven enviada sobre la tierra no es descrita como hija del Gran Espíritu, sino que ha sido formada con una estrella, ella aparece con todos los atributos de Antümalhuén, es decir, de Jóven-Mujer-Sol y realiza actos propios de ella, pues contribuye a completar la creación en todo lo referente a la vegetación y de los animales voladores que viven de ella. Esta concepción es araucana y tiene sus raices en la cultura más antigua de los agricultores, que estuvo a cargo de la mujer. Fué por eso que los araucanos veneraran en forma especial a Antümalhuén.

 En la relación aparece el Gran Espíritu como casado, identificándose él con el sol y su mujer con la luna, concepción netamente araucana, pero con la diferencia de que muchos no reconocen la existencia de un matrimonio, ni que hayan nacido hijos en él. Simplemente, interpretan al Ser Supremo en el sentido de una fusión del principio masculino y femenino y de la ancianidad y juventud, unidas estas cuatro condiciones en una sois persona. Se explica así que se dé a Nguenechén también el nombra de Epunamun (de epu, dos; y namun, piés).

 De acuerdo con lo que se acaba de explicar, los dos jóvenes que viven sobre la tierra, no son descritos como un matrimonio, sino como hermanos. Antes de hablar de la serpiente, dice expresamente el narrador: "El Gran Espíritu quería que el hombre y la mujer fueran hermanos no más, y ellos eran hermanos no más, porque no sabían de otra cosa."

 De acuerdo con la creencia de los araucanos, y que ha conservado en el pueblo chileno, ciertos vermes tienen su orígen en un cabello que adquiere vida propia. En el relato, ese cabello se transforma en una culebra, interrumpiéndose en el momento en que se la hace deslizarse entre los dos jóvenes. Posiblemente, el narrador tomó este elemento de la Biblia, y la continuación del relato sería la caída ocurrida en el paraíso, pero que el narrador no quiso contar.


 En otra ocasión, el mismo indígena ofreció otro relato, que la autora ha reproducido con los nombres de "El Primer Fraticida.- Origen del Copihue Rojo". Comienza como si representara una con­tinuación de la anterior, pero después de una interrupción y sin explicar lo que hizo la serpiente.

 Expresa que el Gran Espíritu se irritó porque la pareja que había enviado a la tierra la habían escuchado. Tan descontento estaba que hizo temblar fuertemente la tierra. Incluso los grandes fueron arrancados y se precipitaron a tierra; obscureció; y los volcanes reventaron, arrojando piedras y cenizas que quemaban todo el paisaje.

 El jóven y la mujer, que se estrechaban el uno al otro, fueron precipitados en un barranco lleno de piedras, del que no podían salir porque era demasiado hondo.

 Ya nada quedaba de las hermosas plantas y de los árboles llenos de fruta. Se conservaron únicamente algunos copihues blancos, que el hombre había colocado como collar en el cuello de la hermosa jóven.

 Los dos yacían heridos en el precipicio y sufrieron hambre, mucha hambre. Buscaron algo de comer entre las piedras del barranco, pero sólo encontraron un poco de pasto, yerbas amargas y agua amarga y salada.

 No indica el relato si lograron salir de la quebrada en que habían caído, pues continúa contando que la mujer dió a luz, pero la creatura que nació fué un animal cubierto de pelos y con garras extraordinariamente largas. En vez de alimentarse de leche, le sacó sangre del pecho a su madre y la bebió. No quería ella lo besara, y tan pronto pudo andar, huyó de sus padres y se fué a vivir al fondo del barranco. Tratábase de un tigre.

 También el segundo hijo fué un animal muy grande y muy fuerte que también poseía garras, pero no sacó sangre del pecho de su madre, sino que se alimentó de leche. No le hizo ningún daño, sino que le lamió la cara y se dejó besar por ella. Fué un león y por ser tal, pronto abandonó a sus padres.

 Dió a luz la mujer en seguida a una zorra, que era muy hermosa, pero que también se fué pronto.

 En ese tiempo, el portillo del cielo que dejaba pasar la luz de oro estaba cerrado, de modo que reinaba obscuridad, y sólo por el portillo de la luz blanca pálida pasaba un poco de ésta, pues por él se asomaba la madre para ver cómo se encontraba su hijo.

 En realidad, éste y la jóven tenían mucho frío y se lamentaban también que se les había terminado el pasto, de modo que padecían hambre.

 La madre se compadeció de ellos, abrió un poco más su portillo y dejó caer por él algunas semillas, a fin de que las sembraran.

 Los dos jóvenes se pararon entónces las piedras que cubrían el suelo, y con un palo aguzado el hombre preparó hoyos en la tierra del barranco y la mujer sembró la semilla que la madre había arrojado desde el cielo, como también otras que había aportado el viento y que correspondían a árboles.

 Habían cavado una cueva para dormir en ella, y a su entrada la mujer había plantado la guía de copihues blancos, cuya mata daba flores. Por eso, la mujer cuidaba mucho la planta.

 Por tercera vez dió a luz la mujer, y ésta vez nació un varón, pero que tenía todo el cuerpo cubierto de pelos. Se crió con sus padres, y no los abandonó, como el león y la zorra. Más tarde nacieron otros niños más, que ya no tenían ese vellón. Entre esa descendencia había unas hermosas mujeres, tan lindas como la madre, pero que vivían en constante riña. La pobre madre lloraba mucho por ello.

 Pero finalmente volvió a nacer un varón, que no sólo fué extremadamente hermoso, sino también muy bueno: quería mucho a sus padres.

 Ahora los padres estaban muy felices, y la madre dejó de llorar. Pero las hermanas de malas inclinaciones se volvieron tan envidiosas, que huyeron de la cueva y se fueron a vivir con los animales del barranco.

 La madre se quedó aún más contenta, y se lo pasaba cantando con su hijito.

 Sucedió entónces que el Gran Espíritu escuchó ese canto y quiso saber de donde provenía. Para establecerlo, abrió el porti­llo de la luz de oro y observó la hermosa creatura, hijo del espí­ritu hecho hombre que él había enviado sobre la tierra y que era su propio hijo.

 Tanto le gustó la creatura, que de ahí en adelante abría todos los días el portillo para mirarlo. De este modo, volvió a la tierra la luz de oro y su calor, y crecieron de nuevo las plantas, las flores y los árboles y maduraron las frutas.

 Estuvo sorprendido de este cambio el primer hijo cubierto de pelos, quien volvió a juntarse con sus padres. Pero de inmediato volvió a cerrarse el portillo, pues el Gran Espíritu no quería mirar al hombre con los pelos. Cortó la luz, porque lo encontró muy feo.

 Esta actitud desagradó a aquel hijo, y le comenzó a tener gran envidia a su hermano bonito.

 Este se había quedado dormido al pié del copihue. El hermano peludo se le acercó sigilosamente y atravesó su cuerpo con un puña de colihue, dándole la muerte.

 El hermoso joven derramó sangre, mucha sangre, la que brotó de la herida y tiño las flores del copihue blanco. Esas flores se llenaron de sangre, y la planta también la bebió. Es por eso que las flores blancas del copihue se hicieron desde entónces rojas. Así lo han informado nuestros antepasados, y es por eso que esas flores son tan rojas.

 Cuando los padres regresaron, lo encontraron muerto, muerto para siempre, y lloraron desconsoladamente.

 El hijo con pelos había emprendido la fuga. Las hermanas se casaron con animales, con los que tuvieron familia. De ellos descienden los araucanos. Por eso son valientes como el tigre y el león y prudentes como la zorra. Por eso fueron capaces de luchar contra los españoles que les robaban sus tierras.

 Así me lo contaron a mí; así lo he oído contar.


 En este relato es especialmente interesante el hecho de que los araucanos no se consideran como descendientes directos de los dos seres enviados por Gran Espíritu a la tierra, sino de los hijos de éstos que contrajeron matrimonio con animales. Trátase de una manifiesta influencia totemística. Aún cuando la organización política-social de los araucanos no consultaba una división en clanes, como es característica para el totenismo, existía la creencia de que provenían de una alianza entre un hombre y un animal, la que es netamente totemística.

 Muy características son también las alusiones que relacionan al Gran Espíritu con el sol y a su mujer con la luna. No se trata, sin embargo, de una religión solar o lunar definidas, sino de una combinación de ambas y su influencia sobre la araucana, que en el fondo es monoteísmo, pero en la que el Ser Supremo tiene un aspecto múltiple, como ya se explicó, sin perder por ello la unidad expresada por medio del nombre de Epunamun que se le dá. Podría citarse como paralelo la trinidad que representan en el cristianismo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que también son conceptuados como una unidad.

 En la religión solar son atributos del sol los animales feroces diurnos, como el león y el tigre; y en la lunar, los animales feroces nocturnos, como la zorra. Todos ellos aparecen en el relato y comprueban claramente su carácter mítico. Ello explica al mismo tiempo por qué la hermosa jóven genera un león y una zorra.

 La caida en el barranco pedregoso reemplaza la expulsión de Adán, y Eva del paraíso terrenal.

 Es sabido que la cultura de los agricultores tenía religión lunar y que atribuía una gran influencia a la luna en el crecimiento de las plantas, en la relación es el Ser Supremo en su carácter femenino y lunar el que arroja las semillas sobre la tierra. Aún cuando es el varón el que prepara el suelo, la siembra se hace por la mujer. También en ésto se manifiesta la influencia lunar.