Enciclopedia Chilena/Folclore/Romerías chilenas

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ECH 2985 16 - Romerías chilenas.djvu
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Romerías chilenas
Artículo de la Enciclopedia Chilena

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Este artículo es parte de la Enciclopedia Chilena, un proyecto realizado por la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile entre 1948 y 1971.
Código identificatorio: ECH-2985/16
Título: Romerías chilenas
Categoría: Folclore


Romerías chilenas.

 Una de las más fervorosas y originales instituciones votivas ofrece Chile cor el itinerario de sus peregrinaciones. Si aparecen éstas menos desarrolladas que las de Perú y Bolivia o las de Méjico, distínguense, en cambio, con más variables y mudadizas ceremonias y ritos. Más de un centenar de festividades, casi todas adscritas a loa homenajes y veneraciones patronales, señalan matices muy divergentes del maridaje o la burda mezcla de las tradiciones hispánicas y las indígenas; y, al través del desarrollo de cuatro siglos.

 Todas las razas autóctonas acusan influencias en el ritual hasta integrar un muestrario etnológico, bastardeado considerablemente en las regiones centrales por el embate del progreso material y manteniendo casi incólume en los extremos del suelo nacional. Músicas, bailes, trajes y disfraces, y los propios actos votivos, van acusando do, en cada latitud, el "substratum" étnico, ostensiblemente marcado por la impronta de la Conquista y de la civilización ibéricas.

 Escenas escogidas al azar recuerdan ese culto de los ídolos por medio de la danza en que, desde la prehistoria, se han venido empeñando los pueblos primitivos, muchas veces acoplado o influenciado con exterioridades, verdaderamente documentarias, de los ritos hispánicos que aún persisten intactos en la Península.

 Confrontando las estampas obtenidas de estos actos rituales en Chile, Méjico, Perú o España, resultan ellas muchas veces idénticas. Rasgos típicos en el indumento, pormenores de la escenografía y otros aspectos indican análogas exterioridades muy propias de los actos que aún se realizan en el Viejo y en el Nuevo Murdo. Las similitudes entre la Danza de los Cocheros de San Miguel de Allende (Méjico) con los ritos de Andacollo (Chile) y las de las Móndigas de San Pedro Manrique (Soria, España); así como imitaciones de disfraces en los bailes rituales hispánicos de la Fuente del Penado (Fuentecaliente, España); o bien los de la Alberca y Fuentelcesped del mismo país, corresponden con los de la Candelaria de Copiapó (Chile) y tantos otros ejemplos. Con raigambre atribuible o al blanco o al indio siguen "ejerciendo" en todas esas ceremonias las cohortes de danzantes, los cuerpos de ejecutantes, los grupos de cantantes, en desfiles, rondas y rogativas que con significado ancestral han llegado a alinearse en una clasificación propiamente chilena.

 Todas estas romerías pueden provenir de motivos relacionados con la fé, pero la realización logra acumular elementos sociales y raciales bien distintos y al mismo tiempo transmontar situaciones cronológicas bien disimiles. Así no se podría encontrar analogías entre la romería chilena de la colectividad española que se realiza (24 de abril) en la Rinconada de Silva (Aconcagua), con el peregrinaje urbano de la "Virgen de las Cuarenta Horas" en Limache (provincia de Valparaíso), o con la afluencia de promesantes de Almirante Latorre (en loor de Santa Teresita) en las desoladas montañas de la provincia de Coquimbo, o con el festival verdaderamente cosmopolita honrando a Nuestra Señora de Guadalupe en las sierras de Ayquina (provincia de Antofagasta); o, aún, con la fiesta magna de Andacollo o con la procesión flotante de San Pedro, en la caleta vecina a Valparaíso. En compensación a ese hetereogeneo desarrollo es fácil situar en nuestro suelo verdaderos focos de peregrinaje.

 Otro de los aspectos más atrayentes y originales de la vida piadosa de nuestras clases humildes la imponen los romeros chilenos con los santos y vírgenes caminantes, al ser transportados en procesión, de un pueblo a otro, dejándolos algunos días "en depósito" o en custodia, en las iglesucas que practican el intercambio. Recorren las imágenes grandes distancias, ya sea a través de los inhóspitos desiertos del norte o de las tupidas selvas sureñas. No son solamente translaciones sino principalmente "encuentros", de virgen con virgen, en las fiestas patronales. De Mamiña a Macaya, de Pica a Matilla (Tarapacá), de Ayquina a Caspana (Antofagasta) pueden divisarse desde el aire, y cual una serpentina, los cortejos de fieles encabezados por el anda, cruzando desiertos con intento de voto y penitencia. En el extremo sur pase lo propio en la espesa selva del confin austral de la provincia de Llanquihue. La estatua de Nuestra Señora de la Candelaria, de Carelmapu, cambia visitas con la de Nuestra Señora del Rosario de Maullín varias veces al año.

 No pudiendo hablar de liturgia sino más bien de ceremonial en lo que atañe al orden y forma establecidos por los congregantes para celebrar estos actos votivos debemos admirar las múltiples organizaciones chilenas. Dependientes éstas de la tradición ibérica en la cual dominan las hermandades y cofradías, vigiladas por los "mayordomos" y "hermanos mayores", ofrecen sin embargo jerarquías y cometidos diversos que sugieren reglamentos por demás singulares.

{brecha}}Es una convención privativa de todo el norte chileno denominar "bailes" a las cohortes y hermandades en razón de su capacidad coreográfica. Rige sus actos y actúa de instructor el "caporal" o jefe del baile, para supeditarse todos, al ejemplo de la romería de Andacollo, al "cacique", casi siempre vitalicio. Decorativamente dirige cada cohorte un "corrector", llevando una espada envuelta en cintas y ramilletes.

 En general estas falanges o comparsas han tenido nacimiento en el voto de un católico que "levantó el altar" en un acto recordativo (difunto, enfermedad y mejoría, etc.) y reunió un grupo de fieles para formar una hermandad. dad. En esta misma línea herárquica quedan las "Instituciones" o sea los conjuntos que ostentan características de grupo y rasgos determinantes de su cohesión. Es la influencia peruana y boliviana lo que da variedad a las instituciones, con ordenanzas seculares muy teñidas da indigenismo, y por lo mismo mediocremente imitadas en tierras chilenas. Chunchos, cuyacas (hermandades femeninas), morenos, pampinos, chinos, llameras, cambas y un medio centenar de designaciones distinguen el personal congregado y determinan el natrón de sus vestimentas, la especialidad de sus disfraces, el estilo de sus danzas y sus preferencias instrumentales, con una tendencia uniforme a todo el ambiente norteño. Muy propensa a simplificarse se muestra ésta a medida que se avanza hacia el sur y se cristaliza en la romería de Andacollo con sólo tres jerarquías y una organización inconmovible.

 Referencias de esta festividad coquimbana se tienen desde el año 1596, época en que actuaban los cuadros danzantes llamados "chinos". Hacia 1752 aparecieron los "turbantes" y en 1798 los "danzantes", con categorías bien definidas y cometidos diversos que al precisar una de estas instituciones pueden multiplicarla en muchos "bailes" (falanges) del mismo rito y finalidades. Avanzando hacia la provincia de Aconcagua dejan estas hermandades de acatar ese protocolo, prevaleciendo únicamente la divisa institucional de los "chinos", aún más inconocible y descolorida en las provincias de Valparaíso, Santiago, O'Higgins y Colchagua, para desaparecer y olvidarse en la zona del Maule. Allende este río, y en tierras sureñas, los ritos se transforman, casi hasta su extinción, transformándose en meras acumulaciones de devotos empeñados en cumplir sus deberes religiosos. A causa de la ausencia de los oficiantes adscritos a estos ritos pegaros tan arraigados en el norte del país, las romerías cercanas a la Metrópoli llegan a perder muchas características propiamente folkló­ricas. Santa Rosa de Pelequén (Provincia de Colchagua) y San Sebastián de Yumbel (provincia de Concepción) representan las regulares peregrinaciones católicas, relegando el aspecto costumbrista a la presencia de bardos campesinos, adivinas y mercachifles que amenizan las concurrencias a estos ac­tos piadosos. Hacia al Archipiélago de Chiloé vuelven a presentarse rasgos propiamente folklóricos, especialmente en las concentraciones marítimas algunas de las cuales se clasifican como auténticas procesiones flotantes.

 La organización de los promeseros, principalmente de los fieles y penitentes, y en todo lo que se refiere a la asistencia, translación y manutención, es muy variable en las diversas latitudes. Hay algunas afluencias como las de la Tirana y Andacollo en las cuales los concurrentes se reunen a su arbitrio y contribuyen en forma estrictamente personal; pero, en el extremo norte las condiciones son diversas. En Tarapacá rige la asistencia de los fieles la corporación social da los "alféreces" (de ambos sexos), convocando a las más representativas personalidades de la comarca y el Presidente de esta institución se entiende directamente con las autoridades religiosas en lo que atañe al socorro da los promesantes. Este auxilio queda confiado más al sur a los directores de los "bailes", al Cacique, a los Caporales, al Primero y Segunde Alféreces y a los Tambores mayores. En el confín sureño el escalafón tiende a complicarse con diferentes autoridades. Hay una cofradía de seglares denominada Cabildo y se conocen como cargos El Supremo, El Gobernado, Primer y Segundo Alcaldes Ayudantes, La Suprema y las Princesas; y como los más vinculados con los ritos El Fiscal y el Alcalde.

 Tomando las romerías de Andacollo, de La Tirana y de San Femando de Copiapó cono los tres actos rituales mas representativos podemos destacar diversas faces que implican repertorios distintos y la nomenclatura de los números del programa señala las actuaciones de grupo. En la fecha patronal aún en su víspera se inician diversas actuaciones los toques de diana y marcha ejecutadas por los grupos instrumentales despiertan a los fatigados peregrinos. Una ves reunidos todos los oficiantes comienzan los ritos con tres "dentradas al templo" (entradas), un "Cántico de adoración" ante el altar mayor, un "Saludo", y una "despedida", una "Retirada" y una serie de himnos y cantos de "Buenos Días". Acto primordial es la Venia del Cacique pare dar comienzo a la celebración con el "avance" de las falanges danzantes, como asimismo para formular en los postreros momentos la "Despedida del Santuario". Alternando con otros números de danza y música se suceden los actos individuales como ser las muestras de expiación y penitencia, las promesas, las preces, los agradecimientos y ofrendas, las quejas y reclamos, los votos solemnes y la constante presentación de penitentes por los caporales.

 En el contenido coreográfico reside la mayor origina­lidad de estos concursos, aunque la ausencia de reglas y regulaciones previas no logra, en cada caso, infringir el ancestral orden establecido. En el aspecto visioauditivo de los ejercicios reside el punto saliente y los rasgos de­terminantes del voto. Las filas de danzarines promueven avances o retrocesos modulados con una lentitud estudiada que se disgrega en efectos de balance y ondulación de la maá rigurosa uniformidad y disciplina individual; y, confirmando la absoluta fusión del cariz visual y el efecto auditivo. Con sus tambores y "flautones" imponen los "ragidos" característicos que no corresponden a ningún género musical del arte culto. Esta mezcla óptica y acústica se exacerba en las alteraciones, en las mudanzas, en los esguinces, en las genuflexiones, en los saludos, en las "paradas", en los saltos y en los inconcebibles alardes de flexibilidad; correspondiendo a la poliritmia impetuosa e implacable del tamborileo.

 Prevalece, sin embargo, la medida binaria, simple y compuesta, alterada a veces y burlada por los desapacibles alaridos, bufidos y bagidos del instrumental de soplo. Es un concertante montruo del más arrobador efecto, en el cual los componentes de las ondulantes columnas, sin perder el juego colectivo, pereces sumidos en un sueño hipnótico y como si todos y cada uno estuvieran transfigurados por la creencia y la fé cristianas.

 Confundidos con los oficiantes actúan los instrumentistas, en agrupaciones variables, pero dando especial preferencia al soplo y al parche. Imponiéndose más a la multitud se prodigan las comparsas de "diablos" o "diablillos" exhibiendo los mas estrafalarios disfraces y alternando permanentemente con sus mofas, burlas y bailetes el desenvolvimiento de los ejercicios y las preces. Por momentos pasan a ocupar esos mimos toda la atención representando fragmentos de las "logas" medioevales que impusieron los Conquistadores en reemplazo de los aparatosos misterios; y, por ello, el secular "sketch" de la lucha de moros y cristianos revive a través de toda América.

 Una inconcebible promiscuidad de instrumentos universales y precolombinos se hace notar en los conjuntos del Extremo Norte. Desde la banda de instrumentos de bronce hasta el grupo de pitos y tambores toda una variedad organográfica impide las clasificaciones. Hacia la provincia de Atacama la simplifación es evidente, dominando al instrumental de los "chinos", a base de "flautones" que emiten sólo dos sonidos y tamboras diversos. En el centro y sur del país la más abigarrada organografía ofrece un irrisorio concurso a los ejercicios y ritos, restando así el mayor atractivo a las procesiones y actos de conjunto. En todo el territorio rige el tono responsorial para los cantos y promesas. Las formas corales, usadas esporádicamente en el Septentrión, pierden en el Valle Central toda calidad folklórica, adaptándose rigurosamente al repertorio universal; pero, en tierras sureñas recobran originalidad en los cantos chilotes.

 Los actos rituales da este archipiélago prestan un lucido concurso a la fiesta las ofrendas de flores y el tiro a fogueo; y, antes de la procesión grupos de la mayoría de los fieles se reunen alrededor de masas bien servidas con los platos y frutos nacionales.

 La increíble diversidad de los disfraces y uni­formes de los oficiantes en el cuadro general de estos rituales queda confinada en las provincias del norte, paro desaparecer en Aconcagua y todo el sur, restando a las reuniones el atractivo folklórico más evidente.

 Una referencia especial merece la disciplina que rige todas estas concentraciones. Devotos, penitentes y oficiantes imponen sus ritos y reglas con un sentido cla­ro y preciso de su responsabilidad y con el dominio y buen uso de sus prerrogativas quieren prepararse a la virtud y elevar los espiritus.

 Solamente una nómina detallada de las peregrina­ciones chilenas podría dar una idea de sus variadas formas y de su desarrollo tradicional. Si los sitios de peregrinaje alcanzan al centenar, las eldehuelas y campamentos (minas, salitreras, fábricas) que mantienen hermandades y "bailes" organizados doblan ese numero y su diversidad resulta como las formas del culto y el proteiforme desa­rrollo de sus actos rituales.

 Hay comarcas y zonas de atracción para estos fes­tivales muchas veces confundidas con las celebraciones ya reseñadas, especialmente las "fiestas de la cruz" de las provincias centralas, a cuyo lucimiento también concurren los "bailes" y cofradías. Son regiones preferidas pare las peregrinaciones los valles de Arica y Tarapacá, los oasis del desierto y como la sede de las más fervorosas concen­traciones la red de los valles coquimbanos, especialmente los de Elqui y Limarí. Estas rutas de expiación vuelven a estrecharse en las cinco islas grandes que hacen frente, en Chiloé, al puerto de Castro; pero, acogiendo da diverso modo a los devotos.

 En las inmediaciones de la Metrópoli persisten algunos cultos desvirtuados pon el cosmopolitismo y convertidos en procesiones de barriada, pese a su sede y exterioridades enteramente campesinos. Puede ser el modelo de un verdadero despojo de la alegórica imposición del pasado la parroquial convocación de la Virgen de las Mercedes de la Isla de Maipo (provincia de Santiago), con un desfile de músicos de feria anunciando el cortejo de vehículos motorizados que en otras épocas del año, sirve de atractivo y en las inmediaciones, a las romerías del Niño Dios de Malloco y a Nuestra Señora del Rosario de Valdivia de Paine.



Bibliografía

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