Enrique IV: Primera parte, Acto IV, Escena I

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Enrique IV
Primera parte: Acto IV, Escena I
de William Shakespeare




ACTO IV

ESCENA I

El campamento de los rebeldes cerca de Shrewsbury.

(Entran Hotspur, Worcester y Douglas)

HOTSPUR.- Bien dicho, mi noble escocés; si hablar verdad, en estos tiempos refinados, no se tomara por lisonja, tales alabanzas daría a Douglas, que el más aguerrido soldado de esta época, no tendría fama más vasta en el mundo. ¡Por los cielos, no sé lisonjear! Desprecio las lenguas de adulones; pero mejor sitio, en el amor de mi alma, nadie lo tiene como vos. Ahora, cogedme la palabra y ponedme a prueba, milord.

DOUGLAS.- Eres el rey del honor. Ningún hombre tan poderoso respira sobre la tierra, que no le afronte.

HOTSPUR.- Hacedlo así y todo irá bien.

(Entra un mensajero con cartas)

¿Qué cartas traes ahí?- No puedo menos que agradecéroslo.

MENSAJERO.- Estas cartas son de vuestro padre.

HOTSPUR.- ¿Cartas suyas? ¿Porqué no viene él mismo?

MENSAJERO.- No puede venir, milord; está gravemente enfermo.

HOTSPUR.- ¡Pardiez! ¿Como, tiene la holganza de enfermarse, en la hora del choque? ¿Quién conduce sus tropas? ¿Bajo qué mando vienen?

MENSAJERO.- Esas cartas os informarán de sus intenciones, no yo, milord.

HOTSPUR.- Dime, te lo ruego, ¿guarda cama?

MENSAJERO.- Hacía cuatro días que la guardaba, milord, cuando me puse en camino. Y hasta el momento de mi partida, los médicos estaban muy inquietos por él.

WORCESTER.- A la verdad, habría deseado ver nuestras cosas en buen estado, antes que la enfermedad le visitase. Nunca como ahora fue su salud tan preciosa.

HOTSPUR.- ¡Enfermo ahora! ¡Desfallecer en este momento! Esa enfermedad infecciona la sangre vital misma de nuestra empresa, llega hasta nosotros, hasta nuestro campamento. Me escribe aquí que su enfermedad es interna, que sus amigos no podrían ser reunidos por otro con la rapidez necesaria y que no ha juzgado conveniente confiar una misión tan delicada y ardua a otra autoridad que la suya. Sin embargo, nos envía el atrevido consejo de ensayar, con nuestras pocas fuerzas reunidas, de ver como está la Fortuna dispuesta hacia nosotros. Por que, escribe, ya no es tiempo de retroceder, estando el rey en el secreto de todos nuestros planes. ¿Qué decís de esto?

WORCESTER.- La enfermedad de vuestro padre es una mutilación para nosotros.

HOTSPUR.- Una cuchillada peligrosa, un verdadero miembro amputado. Y sin embargo, no, por mi fe. La necesidad de su presencia parece menor que lo que la creemos. ¿Será bueno arriesgar la fortuna de todos nuestros estados en un solo golpe? ¿Jugar tan rica presa al vidrioso azar de una hora incierta? No creo, convenga; porque pondríamos en evidencia el fondo mismo y el alma de nuestras esperanzas, el límite, el más lejano término de todas nuestras fortunas.

DOUGLAS.- En verdad, así sería; mientras que aun tenemos una buena reserva, podemos gastar audazmente en la esperanza de lo que nos reserva el porvenir. Tenemos aquí la viva certidumbre de una buena retirada.

HOTSPUR.- Un lugar de cita, un sitio de retiro, si el diablo y la mala suerte amenazan la virginidad de nuestra empresa.

WORCESTER.- Habría deseado, sin embargo, que vuestro padre estuviese aquí. La calidad y el carácter delicado de nuestra empresa no admite, ni apariencias de desunión; se pensará por algunos, que no conocen la causa de su ausencia, que la prudencia, la lealtad o simple antipatía a nuestra conducta, tienen al conde alejado. Pensad hasta qué punto esa aprehensión puede contener el ímpetu de una facción temerosa y poner en peligro nuestra causa. Bien sabéis que nosotros, la parte ofensiva, debemos alejar todo examen minucioso y tapar todos los claros, todas las aberturas a través de los que la mirada de la razón pueda acecharnos. Esta ausencia de vuestro padre es una cortina impenetrable, que suministra al ignorante un nuevo motivo de temor, en el que antes no soñó.

HOTSPUR.- Vais demasiado lejos. Más bien creo que esa ausencia producirá este efecto: dará a nuestra empresa mayor brillo, mayor autoridad, más prestigio heroico, que si el conde estuviera aquí. Porque la gente pensará que si nosotros, sin su ayuda, podemos hacer frente a toda la monarquía, con su concurso estamos seguros de dar la vuelta de arriba a abajo. Así, todo va bien, nuestros miembros aun están intactos.

DOUGLAS.- Sí, como lo anhela el corazón; en la lengua que se habla en Escocia, la palabra temor no existe.

(Entra Sir Ricardo Vernon)

HOTSPUR.- ¡Mi primo Vernon! ¡Bienvenido, por mi alma!

VERNON.- ¡Ojalá que mis noticias merecieran esa bienvenida, milord! El conde de Westmoreland, con siete mil hombres, marcha contra nosotros; el príncipe Juan viene con él.

HOTSPUR.- No veo daño en ello; ¿qué más?

VERNON.- He sabido, además, que el rey en persona se ha puesto en movimiento o se dispone a venir aquí rápidamente, con fuerzas poderosas.

HOTSPUR.- También será él bienvenido. ¿Dónde está su hijo, ese príncipe de Gales de pies ligeros y cabeza loca, y sus camaradas, que se burlan del mundo entero y le ordenan girar a su alrededor?

VERNON.- Todos equipados, todos en armas, todos emplumados como avestruces, a los que el viento da alas, agitándose como las águilas que acaban de bafiarse, relampagueando como imágenes, en sus doradas cotas de malla, llenos de vigor como el mes de Mayo, esplendorosos como el sol en pleno verano, retozones como cabrillas, salvajes como toros. He visto al joven Harry, calada la visera, armado de todas armas, alzarse del suelo como un Mercurio alado y saltar a caballo con tal soltura, que parecía un ángel bajado de las nubes, para dominar y guiar un fiero Pegaso y maravillar al mundo con su noble destreza.

HOTSPUR.- ¡Basta, basta! Peor que el sol de Marzo, ese elogio engendra la fiebre. ¡Dejarles venir! Llegarán ataviados como víctimas que ofreceremos sangrientas y calientes, a la ardorosa virgen de la guerra humeante. ¡Marte, cubierto de hierro, sentado sobre su trono, nadará en sangre hasta las orejas! Estoy en ascuas, cuando oigo hablar de esa presa tan próxima y que, aun no nos pertenece. Vamos, dejadme tomar mi caballo, que me lanzará, como el rayo, contra el pecho del príncipe de Gales. Harry contra Harry, corcel contra corcel, vamos a encontrarnos y no nos separemos hasta que uno de ellos deje caer un cadáver. ¡Oh! ¡que Glendower no haya llegado aún!

VERNON.- Hay más noticias; he sabido en Worcester al pasar a caballo, que no podrá reunir sus fuerzas antes de dos semanas.

DOUGLAS.- Es esa la peor de las noticias que he oído.

WORCESTER.- A fe mía, tiene un sonido glacial.

HOTSPUR.- ¿A cuánto asciende el total de las fuerzas del rey?

VERNON.- A treinta mil hombres.

HOTSPUR. - Pongamos cuarenta mil; estando ausentes mi padre y Glendower, nuestras fuerzas propias pueden bastar para la gran jornada. Vamos a revistarlas rápidamente. El día del juicio está próximo; si hay que morir, muramos alegremente.

DOUGLAS.- No hables de muerte; por seis meses aún, no temo a la muerte ni sus golpes.


Primera parte: Acto IV, Escena I