Enrique IV: Segunda parte, Acto I, Escena II

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Enrique IV
Segunda parte: Acto I, Escena II
de William Shakespeare




ACTO I

ESCENA II

LONDRES- Una calle.

(Entran Sir John Falstaff, seguido de un pequeño paje que lleva su espada y su escudo)

FALSTAFF.- ¡Hola, gigante! ¿Qué dice el doctor de mis aguas?

PAJE.- Dice, señor, que las aguas en sí mismas, son aguas buenas y sanas; pero que la persona a quien pertenecen puede tener más enfermedades que las que supone.

FALSTAFF.- Gentes de toda especie hacen ostentación de mofarse de mí. El cerebro de ese estúpido compuesto de barro, el hombre, no es capaz de concebir nada que sea gracioso, sino lo que yo invento o lo que se inventa sobre mí. No solo soy espiritual por mí mismo, sino también la causa de que los otros hombres tengan espíritu... Andando así delante de ti, parezco una marrana que ha aplastado todos sus hijuelos menos uno. Si el príncipe te ha puesto a mi servicio con otro objeto que de servirme de contraste, confieso que no tengo criterio. Especie de bastardo de mandrágora, estarías mejor en mi sombrero como penacho que a mis talones como lacayo. Hasta ahora, nunca me vi en posesión de una ágata; pero no te engastará ni en oro, ni en plata, sino en vil metal y te devolverá a tu patrón, como una joya; sí, a tu patrón, el príncipe, ese jovenzuelo cuya barba no ha pelechado aún. Antes tendré barba en la palma de la mano que, él un pelo en la mejilla. Y sin embargo, no tiene escrúpulo en decir que su cara, es una cara-real. Dios la acabará cuando quiera, que lo que es un pelo de más no lo tiene. Puede conservarla como una cara-real; pero un barbero no daría seis peniques por ella. ¡Y sin embargo, pretende gallear, como si hubiera sido ya hombre hecho, cuando su padre era aun un jovenzuelo! Puede conservar cuanto quiera su propia gracia, que lo que es yo, no le encuentro ninguna, se lo aseguro... ¿Qué ha dicho Master Dumbleton respecto al raso para mi capa corta y mis calzones?

PAJE.- Dice, señor, que es necesario le deis una garantía mejor que la de Bardolfo; no quiere tomar su billete ni el vuestro; no le gusta esa canción.

FALSTAFF.- ¡Qué sea condenado como el glotón! ¡Qué arda su lengua más que la de aquel! ¡Achipotel, hijo de p..., indecente, marrano! ¡Tener un caballero en el aire y salir pidiendo garantías! ¡Esos cochinos de cabeza pelada no usan ahora más que tacones altos y un manojo de llaves en la cintura y cuando un hombre espera de ellos una honesta entrega, entonces se plantan pidiendo garantías! De tan buena gana les permitiría que me llenaran la boca de arsénico a que me la taparan con esa palabra: garantía! Como soy un verdadero hidalgo que, esperaba me enviara veintidós yardas de raso y lo que manda es un pedido de garantía. Bueno, puede dormir cori toda garantía, porque posee el cuerno de la abundancia y la ligereza de su mujer brilla a través. Y él no ve ni jota, aunque tiene su propia linterna para alumbrarse. ¿Dónde está Bardolfo?

PAJE.- Ha ido a Smithfield, a comprar un caballo para Vuestra Señoría.

FALSTAFF.- ¡Le he comprado en San Pablo, a él y me va a comprar un caballo a Smithfield! Si pudiera procurarme una mujer tan solo en un burdel, tendría criado, caballo y hembra.

(Entran el Lord Justicia mayor y un Ujier)

PAJE.- Señor, aquí viene el noble personaje que puso preso al príncipe por haberle pegado a causa de Bardolfo.

FALSTAFF.- No te me separes; no quiero verle.

LORD JUSTICIA.- ¿Quién es ése que va allí?

UJIER.- Si Vuestra Señoría me permite, es Falstaff.

LORD JUSTICIA.- ¿El que estaba complicado en el robo?

UJIER.- El mismo, milord; pero después ha prestado buenos servicios en Shrewsburg y, según tengo entendido, va con una misión cerca de lord Juan de Lancaster.

LORD JUSTICIA.- Cómo, ¿a York? Llamadle.

UJIER.- Sir John Falstaff.

FALSTAFF.- Muchacho, dile que soy sordo.

PAJE.- Hablad más fuerte; mi señor es sordo.

LORD JUSTICIA.- Estoy seguro que lo es, para oír buenas palabras; vamos, tiradle del codo, necesito hablarle.

UJIER.- ¡Sir John!..

FALSTAFF.- ¡Cómo, pilluelo! ¿Mendigar, a tu edad? ¿No hay acaso guerras? ¿No hay ocupación? ¿Acaso el rey no necesita súbditos y la rebelión soldados? Aunque es una vergüenza estar en otro partido que el del rey, mayor vergüenza aun es mendigar que servir en el peor partido, por más deshonrado que esté por el nombre de rebelión.

UJIER.- Os equivocáis, señor.

FALSTAFF.- ¿Acaso he dicho que erais un hombre honorable? Poniendo de lado mi hidalguía y mi calidad de soldado, habría mentido como un bellaco si tal hubiera dicho.

UJIER.- Y bien, señor, poned, os ruego, de lado vuestra hidalguía y vuestro título de soldado y permitidme deciros que habéis mentido como un bellaco, si decís que no soy un hombre honorable.

FALSTAFF.- ¿Yo, darte permiso para decirme tal cosa? ¿Poner de lado lo que es parte constituyente de mí mismo? Si obtienes de mí ese permiso, ahórcame; si te lo tomas, más te valiera ir a ahorcarte. Vamos, ¡fuera de aquí, sabueso!

UJIER.- Milord, mi amo querría hablaros.

LORD JUSTICIA.- Sir John Falstaff, una palabra.

FALSTAFF.- ¡Mi buen lord! Dios conceda un buen día a Vuestra Señoría. Me alegro infinito de ver a Vuestra Señoría en la calle; había oído decir que Vuestra Señoría estaba enfermo. Espero que Vuestra Señoría ha salido por consejo del médico. Aunque Vuestra Señoría no ha pasado aun la juventud, ya tiene sus añitos encima y empieza a resentirse de la acción del tiempo; ruego humildemente a Vuestra Señoría que tome un reverente cuidado por su salud.

LORD JUSTICIA.- Sir John, os mandé buscar antes de vuestra expedición Shrewsbury.

FALSTAFF.- Así he oído que Su Majestad había vuelto del país de Gales muy disgustado.

LORD JUSTICIA.- No hablo de Su Majestad. No quisisteis venir cuando os mandé buscar.

FALSTAFF.- Y además he oído que Su Alteza ha sido nuevamente atacada por esa p... de apoplejía.

LORD JUSTICIA.- Bien, que el cielo le restablezca. Os ruego que me dejéis hablaros.

FALSTAFF.- Esa apoplejía es, según yo colijo, una especie de letargo, si Vuestra Señoría permite; una especie de adormecimiento en la sangre, una J... puntada.

LORD JUSTICIA.- ¿Qué diablos estáis diciendo? Será lo que sea.

FALSTAFF.- Proviene de un sufrimiento agudo, de exceso de estudio y perturbación del cerebro. He leído en Galeno la causa de sus efectos; es algo como una sordera.

LORD JUSTICIA.- Me parece entonces que estáis atacado de esa enfermedad, porque no oís lo que os digo.

FALSTAFF.- Muy bien, milord, muy bien; pero, si permitís, es más bien la enfermedad de no escuchar, de no prestar atención, la que me aflige.

LORD JUSTICIA.- Castigándoos por los talones se corregiría la falta de atención de vuestros oídos. No tendría reparo en ser vuestro médico.

FALSTAFF.- Soy tan pobre como Job, milord, pero no tan paciente. Vuestra Señoría puede, a causa de mi pobreza, suministrarme la prisión como droga; pero, respecto a si tendría la paciencia de seguir vuestras prescripciones, es un punto sobre el que los sabios pueden tener un dracma de escrúpulo, casi diría un escrúpulo entero.

LORD JUSTICIA.- Os mandé venir a hablarme cuando había una grave acusación contra vos, a causa de vuestro género de vida.

FALSTAFF.- Y yo, siguiendo la opinión de mi consejero legal, un sabio legista de este país, no me presenté.

LORD JUSTICIA.- Bien, pero el hecho es, Sir John, que lleváis una vida grandemente infame.

FALSTAFF.- El que ciñe un cinturón como el mío, tiene que vivir en grande.

LORD JUSTICIA.- Vuestros recursos son escasos y vuestros gastos enormes.

FALSTAFF.- Quisiera que fuera al contrario; mis recursos enormes y mis gastos escasos.

LORD JUSTICIA.- Habéis corrompido al joven príncipe.

FALSTAFF.- El es quien me ha corrompido a mí; yo soy el compañero de la gran panza y él mi perro.

LORD JUSTICIA.- Bien; sentiría reabrir una herida recién cerrada. Vuestros servicios diurnos en Shrewsbury han dorado un tanto vuestra hazaña nocturna de Gadshill; debéis agradecer a la inquietud de los tiempos la quietud que gozáis después de esa acción.

FALSTAFF.- ¿Milord?

LORD JUSTICIA.- Pero ya que eso es así, estaos quieto; no despertéis al lobo que duerme.

FALSTAFF.- Despertar un lobo es tan desagradable como olfatear un zorro.

LORD JUSTICIA.- Pensad que estáis como una bujía cuya mejor parte se ha consumido ya.

FALSTAFF.- Una antorcha de alegría, milord, toda de sebo; y si hubiera dicho de cera, mi vegetación probaría la verdad de mi aserto.

LORD JUSTICIA.- No hay en vuestra cara un solo pelo blanco que no debiera inculcaros la gravedad.

FALSTAFF.- La gra...sa, la grasa.

LORD JUSTICIA.- Seguís a todas partes al príncipe, como su ángel malo.

FALSTAFF.- No así, milord; vuestro ángel malo no tiene peso; pero espero que aquel que me sirve, me tomará sin pesarme. Y sin embargo, confieso que no soy de curso corriente. La virtud es tan poco considerada en estos tiempos de verduleros, que el verdadero valor se ha hecho guarda-osos. El ingenio se ha convertido en tabernero y se gasta en preparar y llevar las cuentas; todos los otros dones inherentes al hombre, tales como los ridiculiza la maldad de este siglo, no valen un racimo de grosella. Vos, que sois viejo, no os dais cuenta de las facultades de nosotros los jóvenes; juzgáis del calor de nuestros hígados con la amargura de vuestra bilis. Nosotros, los que estamos en todo el vigor de la juventud, somos a veces, lo confieso, un poco calaveras.

LORD JUSTICIA.- ¿Cómo escribir vuestro nombre en la lista de la juventud, Vos, que todos los caracteres de la edad designan como un viejo? ¿No tenéis acaso los ojos llorosos? ¿La mano seca? ¿La mejilla amarillenta? ¿La barba blanca? ¿La pierna que disminuye? ¿El vientre que aumenta? ¿No tenéis la voz rota, el aliento corto, la papada doble, el espíritu simple, todas vuestras facultades, en fin, arruinadas por la edad? ¿Y todavía os llamáis joven? ¡Ta! ¡ta, ta! Sir John.

FALSTAFF.- Milord, nací a eso de las tres de la tarde, con la cabeza blanca y el vientre asaz redondo. En cuanto a la voz, la he perdido a fuerza de gritar y cantar antífonas. No quiero daros otras pruebas de mi juventud; verdad es que soy viejo solo por la razón y el entendimiento. Y aquel que quiera brincar conmigo por mil marcos, que me avance el dinero y ¡ay! de él. En cuanto al bofetón que os dio el príncipe, os lo dio como un príncipe brutal y lo recibisteis como un lord sensible. Le he regañado por ello y el lioncillo hace penitencia, no a la verdad entre cenizas y ceñido el cilicio, sino vestido de seda y trincando vino añejo.

LORD JUSTICIA.- ¡Quiera el cielo dar al príncipe un compañero mejor!

FALSTAFF.- ¡Quiera el cielo dar al compañero un príncipe mejor! ¡No puedo zafarme de él!

LORD JUSTICIA.- Bien; el rey os ha separado ya del príncipe Enrique; me dicen que debéis marchar, con lord Juan de Lancaster; contra el arzobispo y el conde de Northumberland.

FALSTAFF.- Sí, gracias sean dadas a vuestro amable y delicioso espíritu. Pero, a vosotros todos que os quedáis en vuestras casas besando a milady la Paz, os pido invoquéis al cielo en vuestras preces, a fin de que nuestros ejércitos no se encuentren en un día caluroso. Porque ¡vive Dios! que no llevo sino un par de camisas conmigo y no pretendo sudar extraordinariamente. Si hace calor y se me ve blandir otra cosa que la botella, que no vuelva a escupir blanco en mi vida. Apenas asoma la cabeza un caso de peligro, que ya me meten dentro. Sin embargo, ¡yo no puedo durar eternamente! pero esa ha sido siempre la manía de nuestra nación inglesa; apenas tiene algo bueno, lo emplea para todo. Si os obstináis en llamarme viejo, debéis dejarme reposar. Quisiera el cielo que mi nombre no fuera tan terrible para los enemigos, ¡como lo es! Preferiría que el moho me carcomiera hasta la muerte, que ser reducido a nada por el movimiento perpetuo.

LORD JUSTICIA.- Vamos, sed hombre de bien, sedio y Dios bendiga vuestra expedición.

FALSTAFF.- ¿Vuestra Señoría querría prestarme mil libras para mi equipo?

LORD JUSTICIA.- Ni un penique, ni un penique; sois demasiado impaciente para llevar cruces; pasadlo bien y recomendadme a mi primo Westmoreland.

(Salen el Justicia Mayor y el Ujier)

FALSTAFF.- Si lo hago, que me aplasten con un mazo. El hombre no puede separar la avaricia de la vejez ni la lujuria de la juventud; pero la gota martiriza al mio y el gálico pincha al otro, lo que hace superfluas mis maldiciones... ¡Hola, muchacho!

PAJE.- ¿Señor?

FALSTAFF.- ¿Cuánto hay en mi bolsa?

PAJE.- Siete groats y dos peniques.

FALSTAFF.- No puedo encontrar remedio contra esta consunción de la bolsa. Tomar prestado sólo es hacerla languidecer, pero el mal es incurable... Lleva esta, a milord de Lancaster; ésta al príncipe; ésta al conde de Westmoreland; y ésta a la vieja mistress Ursula, a quien juro semanalmente desposarla, desde que apercibí el primer pelo blanco en mi barba. ¡Ya estás andando! Sabes donde encontrarme.

(Sale el Paje)

¡Que el gálico se lleve a esta gota, o que la gota se lleve a éste gálico! Porque una u otro danzan infernalmente en el dedo gordo de mi pie. No importa si cojeo, porque tengo la guerra para dar color a la cosa y así mi pensión parecerá más justa. Un hombre de espíritu debe sacar partido de todo; voy a hacer contribuir mis lacras a mi comodidad.

(Sale)


Segunda parte: Acto I, Escena II