Enrique IV: Segunda parte, Acto III, Escena II

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Enrique IV
Segunda parte: Acto III, Escena II
de William Shakespeare




ACTO III

ESCENA II

Un patio delante de la casa del Juez Trivial, en el Glocestershire

(Entran Trivial y Silencio por diferentes lados; luego Mohoso, Sombra, Verruga, Enclenque, Becerro y criados, que se mantienen en el fondo de la escena.)

TRIVIAL.- Adelante, adelante, adelante; dadme la mano; ¡un buen madrugador por la Salita Cruz! ¿Y cómo va mi buen primo Silencio?

SILENCIO.- Buen día, buen primo Trivial.

TRIVIAL.- ¿Y Cómo va mi prima, vuestra compañera de cama? ¿Y vuestra brillante hija y mía, mi ahijada Elena?

SILENCIO.- ¡Ay! un mirlo, primo Trivial.

TRIVIAL.- Por sí o por no, señor, me atrevo a decir que mi primo Guillermo está hecho un buen estudiante. Está siempre en Oxford, ¿no es así?

SILENCIO.- Cierto señor, a mi costa.

TRIVIAL.- Pronto irá pues a la escuela de derecho. Yo estuve en la de San Clement, donde pienso que todavía se ha de hablar de este loco de Trivial.

SILENCIO.- Os llamaban entonices el fornido Trivial, primo.

TRIVIAL.- ¡Por la misa, me daban mil nombres! Porque en efecto, habría hecho cualquier cosa, y sin el menor reparo. Éramos yo, el pequeño Juan Sueldo de Staffordshire, el negro Jorge Raido, Paco Roedor y Will Squele, un muchacho de Costwold; no habríais encontrado en todo el colegio cuatro matasietes como nosotros; y puedo decir que bien sabíamos donde estaban las buenas faldas; teníamos lo mejor de entra ellas a nuestra disposición. Entonces Jack Falstaff, hoy Sir John, era un niño y paje de Tomás Mowbray, duque de Norfolk.

SILENCIO.- Ese Sir John, primo, ¿que va venir en busca de reclutas?

TRIVIAL.- El mismo Sir John, el mismísimo. Le vi rajar la cabeza a Skogan en la puerta del colegio, cuando era un mocoso de este tamaño; y el mismo día me batí con un Sanson Stockfish, un frutero, detrás de la posada de Gray. ¡Oh! ¡los locos días pasados! ¡Y ver cuántas de mis viejas relaciones han muerto!

SILENCIO.- Todos hemos de seguir, primo.

TRIVIAL.- Sin duda, sin duda; seguramente, seguramente. La muerte, como dice el Salmista, es segura para todos. Todos morirán. ¿Cuánto una buena yunta de bueyes en la feria de Stamfort?

SILENCIO.- A la verdad, primo, no he estado allí.

TRIVIAL.- La muerte es segura.. ¿Vive aun el viejo Double de vuestra ciudad?

SILENCIO.- Ha muerto, señor.

TRIVIAL.- ¡Muerto!- ¡Toma! ¡Toma!- ¡Tiraba tan bien el arco! ¡Y muerto! Hacía unos golpes excelentes; Juan de Gante le quería bien y apostaba mucho dinero por él, ¡Muerto! Habría dado en el blanco a doscientos cuarenta pasos; lanzaba una flecha a doscientos ochenta, hasta doscientos noventa mismo, de tal manera que alegraba el corazón verle... ¿Cuánto la veintena de ovejas?

SILENCIO.- Depende de como son; una veintena de buenas ovejas puede valer diez libras.

TRIVIAL.- ¡Y el viejo Double ha muerto!

(Entran Bardolfo y otro con él)

SILENCIO.- Ahí vienen dos de los hombres de Sir John Falstaff, según creo.

BARDOLFO.- Buenos días, honorables caballeros. ¿Cuál de vosotros es, os ruego, el Juez Trivial?

TRIVIAL.- Yo soy Roberto Trivial, señor, un pobre hidalgo de este condado y uno de los jueces de paz del rey. ¿Qué se os ofrece de mí?

BARDOLFO.- Mi capitán, señor, os presenta sus cumplimientos; mi capitán, Sir John Falstaff, ¡un apuesto caballero, por el cielo! y un muy bravo oficial.

TRIVIAL.- Me congratulo en extremo señor; le he conocido como un hombre de armas excelente. ¿Cómo va el buen caballero? ¿Puedo preguntar cómo va milady su esposa?

BARDOLFO.- Perdón, señor; pero un soldado se acomoda mejor sin mujer.

TRIVIAL.- Bien dicho, a fe mía, señor; perfectamente dicho. ¡Se acomoda mejor! ¡Excelente! Es la pura verdad: una buena frase es seguramente y siempre fue muy recomendable. ¡Acomoda! Eso viene de accommodo; muy bien; ¡buena frase!

BARDOLFO.- Perdón, señor; he oído esa palabra. ¿Frase, la llamáis? ¡Pardiez! No conozco la frase; pero mantendrá con mi espada que esa palabra es una palabra militar y digna de todo respeto. ¡Se acomoda! Esto es, cuando un hombre, como se dice.., se acomoda, o cuando se encuentra en un estado en que, puede decirse, que... se acomoda; lo que es una cosa excelente.

(Entra Falstaff)

TRIVIAL.- Justísimo; pero ved, he aquí al buen Sir John. Dadme vuestra buena mano, dadme la buena y excelente mano de vuestra señoría. Por mi alma, tenéis un soberbio aspecto y lleváis los años admirablemente; bien venido, buen Sir John.

FALSTAFF.- Encantado de veros en buena salud, mi querido señor Roberto Trivial... ¿El señor Carta-Segura, creo?

TRIVIAL.- No, Sir John; es mi primo Silencio, mi compañero de comisión.

FALSTAFF.- Querido señor Silencio, os sienta muy bien ese empleo de paz.

SILENCIO.- Bien venida Vuestra Señoría.

FALSTAFF.- ¡Ouf! ¡hace un tiempo muy caluroso! Caballeros, ¿me habéis encontrado aquí una media docena de hombres aptos para el servicio?

TRIVIAL.- Por mi fe que sí, señor. ¿Queréis sentaros?

FALSTAFF.- Os ruego que los hagáis ver.

TRIVIAL.- ¿Dónde está la lista? ¿Dónde está la lista? ¿Dónde está la lista? A ver, a ver; eso es, eso es. Pardiez, aquí está, señor... ¡Rodolfo Mohoso! Que todos se presenten a medida que les llame. Que ninguno falte, que ninguno falte. A ver, ¿dónde está Mohoso?

MOHOSO.- Aquí, con vuestro permiso.

TRIVIAL.- ¿Qué os parece, Sir John? Un mocetón bien plantado, joven, fuerte y de buena familia.

FALSTAFF.- ¿Te llamas Mohoso?

MOHOSO.- Sí, con vuestro permiso.

FALSTAFF.- Entonces hay que hacerte servir pronto.

TRIVIAL.- ¡Ha! ¡ha! ¡ha! Excelente, palabra de honor. ¡Lo que está mohoso hay que emplearlo pronto! ¡Eso es particularmente excelente! Bien dicho, Sir John, por mi fe; muy bien dicho.

FALSTAFF.- (A Trivial) Apuntadlo.

MOHOSO.- Ya me han pinchado bastante, bien podíais dejarme en paz. Mi vieja patrona va a desesperarse, sin tener quien le haga la labranza y las bajas faenas. No necesitabais apuntarme: hay otros hombres más a propósito que yo para marchar.

FALSTAFF.- Vamos, ¡Silencio y Mohoso! Partiréis, Mohoso, ya es tiempo que seáis utilizado.

MOHOSO.- ¡Aniquilado!

TRIVIAL.- Silencio, patán, silencio. Pasad a este lado. ¿Sabéis dónde estáis? A los otros, Sir John. A ver... ¡Simón Sombra!

FALSTAFF.- Pardiez, dadme ese para sentarme debajo. Ese parece ser un soldado fresco.

TRIVIAL.- ¿Dónde está Sombra?

SOMBRA.- Aquí, señor.

FALSTAFF.- Sombra, ¿de quién eres hijo?

SOMBRA.- Hijo de mi madre, señor.

FALSTAFF.- ¡Hijo de tu madre! Es muy probable. Y la sombra de tu padre; así, el hijo de la hembra es la sombra del macho. Es el caso frecuente, en verdad, porque ¡el padre pone tan poco de su parte!

TRIVIAL.- ¿Os conviene, Sir John?

FALSTAFF.- Sombra servirá para el verano, apuntadlo. Tenemos muchas sombras para llenar el libro de revista.

TRIVIAL.- ¡Tomás Verruga!

FALSTAFF.- ¿Dónde está?

VERRUGA.- Aquí, señor.

FALSTAFF.- ¿Te llamas Verruga?

VERRUGA.- Sí, señor.

FALSTAFF.- Eres una verruga bien andrajosa.

TRIVIAL.- ¿Le apunto, Sir John?

FALSTAFF.- Sería superfluo, porque tiene el equipo sobre la espalda y toda la máquina reposa sobre alfileres; no le apuntéis.

TRIVIAL.- ¡Ha! ¡ha! ¡ha! Como gustéis, señor, como gustéis. ¡Os felicito! ¡Francisco Enclenque!

ENCLENQUE.- Aquí estoy, señor.

FALSTAFF.- ¿Qué oficio tienes, Enclenque?

ENCLENQUE.- Sastre para mujeres, señor.

TRIVIAL.- ¿Debo apuntarle, señor?

FALSTAFF.- Podéis hacerlo; pero si hubiera sido sastre para hombres, es él quien os hubiera dado puntadas. ¿Harás tantos agujeros en las filas enemigas como has hecho en las sayas mujeriles?

ENCLENQUE.- Haré lo que pueda, señor; no podéis pedirme más.

FALSTAFF.- ¡Bien dicho, buen sastre femenino! ¡Bien dicho, valiente Enclenque! Serás tan valeroso como el palomo enfurecido o el ratón más magnánimo; apuntad bien al sastre de mujeres, maese Trivial; marcadle bien.

ENCLENQUE.- Habría deseado que Verruga partiera también, señor.

FALSTAFF.- Habría deseado que fueses sastre para hombres; así podrías haberlo corregido y arreglarlo como para partir. No puedo hacer simple soldado un hombre que tiene a la espalda un escuadrón tan numeroso. Eso debe bastarte, pujante Enclenque.

ENCLENQUE.- Bastará, señor.

FALSTAFF.- Muchísimas gracias, reverendo Enclenque. ¿Cuál sigue?

TRIVIAL.- Pedro Becerro, de la pradera.

FALSTAFF.- Pues a ver ese becerro.

BECERRO.- Aquí está, señor.

FALSTAFF.- ¡Vive Dios! He ahí un mocetón bien plantado. Apuntarme ese becerro hasta que muja.

BECERRO.- ¡Ah! ¡milord! Mi buen lord capitán...

FALSTAFF.- Cómo, ¿no te han apuntado todavía y ya estás mugiendo?

BECERRO.- ¡Oh! milord, soy un hombre enfermo, señor.

FALSTAFF.- ¿Qué enfermedad tienes?

BECERRO.- Un j... resfriado, señor; una tos que he pescado a fuerza de repicar por los asuntos del rey, el día de su coronamiento.

FALSTAFF.- Bueno, irás a la guerra de bata colchada; ya te quitaremos tu resfriado y nos arreglaremos de manera a que tus amigos repiquen por ti. ¿Están todos aquí?

TRIVIAL.- Hay dos más que han sido citados con exceso del número que os corresponde; solo debéis tomar cuatro aquí, señor. Y ahora, os ruego que comáis conmigo.

FALSTAFF.- Vamos, quiero beber un trago con vos, pero no puedo quedarme a comer. Encantado de haber tenido el placer de veros, maese Trivial.

TRIVIAL.- ¡Oh, Sir John! ¿Os acordáis cuando pasamos toda la noche en el molino de viento del prado de San Jorge?

FALSTAFF.- No hablemos ya de eso, querido maese Trivial, no hablemos de eso.

TRIVIAL.- ¡Ah! fue una noche alegre. ¿Y Juana Faena-de-Noche vive aún?

FALSTAFF.- Vive, maese Trivial.

TRIVIAL.- No podía separárseme.

FALSTAFF.- ¡Qué había de poder! Siempre decía que no podía pasar a maese Trivial.

TRIVIAL.- Por la misa, ¡como sabía hacerla rabiar! Era entonces una real hembra. ¿Se conserva bien?

FALSTAFF.- Una conserva, maese Trivial.

TRIVIAL.- Sí, tiene que ser vieja; no puede menos que serlo; ciertamente, es vieja; tuvo a Robín Faena-de-noche, del viejo Faena-de-Noche, antes que yo fuera a San Clemente.

SILENCIO.- Hace de eso cincuenta y cinco años.

TRIVIAL.- ¡Ah, primo Silencio! ¡Si hubierais visto lo que este caballero y yo hemos visto! ¿Digo bien, Sir John?

FALSTAFF.- Hemos oído el toque de medianoche, maese Trivial.

TRIVIAL.- Eso sí, eso sí; ¡ah! Sir John, eso sí. Nuestra palabra de orden era: ¡Hem! muchachos. Vamos a comer, vamos a comer. ¡Ah! ¡los días que hemos visto! Vamos, vamos.

(Salen Falstaff, Trivial y Silencio)

BECERRO.- Mi buen señor caporal Bardolfo, sed mi amigo y aquí tenéis para vos cuatro Enriques de diez chelines en escudos de Francia. La pura verdad es que me gustaría tanto ser ahorcado como partir; no es que, por mi parte, se me importe nada; pero me siento sin gana y, por mi parte, preferiría quedarme con mis amigos; sin eso, por mi parte, personalmente, no se me importaría nada.

BARDOLFO.- Vamos, pasad a este lado.

MOHOSO.- Mi buen caporal capitán, por la salud de mi vieja patrona, sed también mi amigo; no tendrá nadie a su lado para ayudarla, cuando yo me vaya; es vieja y no puede hacer nada, tendréis cuarenta chelines, señor.

BARDOLFO.- Vamos, pasad también a este lado.

ENCLENQUE.- Por mi alma que me es indiferente. Un hombre no puede morir más que una vez. Debemos a Dios una muerte; nunca tendré el alma ruin; si ese es mi destino, sea; si no lo es, sea. Nadie es demasiado bueno para servir a su príncipe; suceda lo que suceda, el que muere este año, queda libre para el año próximo.

BARDOLFO.- Bien dicho; eres hombre de corazón.

ENCLENQUE.- Por mi fe, no tendré el alma ruin.

(Vuelven Falstaff, Trivial y Silencio)

FALSTAFF.- Veamos, señor. ¿Cuáles son los hombres que debo llevar?

TRIVIAL.- Los cuatro que elijáis.

BARDOLFO.- (Bajo, a Falstaff) Señor, una palabra... Tengo tres libras por dejar libres a Mohoso y Becerro.

FALSTAFF.- Comprendido; está bien.

TRIVIAL.- Vamos, Sir John, ¿cuáles cuatro elegís?

FALSTAFF.- Elegid por mí.

TRIVIAL.- ¡Pardiez! Mohoso, Becerro, Enclenque y Sombra.

FALSTAFF.- Mohoso y Becerro... Vos, Mohoso, quedaos en vuestra casa, porque ya no sois apto para el servicio. En cuanto a vos, Becerro, quedaos hasta que os hagáis apto para el mismo. No quiero ninguno de los dos.

TRIVIAL.- Sir John, Sir John, no os perjudiquéis vos mismo; son esos los hombres más sólidos y desearía serviros con lo mejor.

FALSTAFF.- ¿Queréis enseñarme, maese Trivial, a elegir un hombre? ¿Acaso me preocupo de los miembros, del vigor, de la estatura, del tamaño y de la corpulencia exterior de un hombre? Dadme el espíritu, maese Trivial. Aquí tenéis a Verruga: veis que mezquina apariencia tiene; pues os cargará y descargará su arma tan pronto como el martillo de un estañador; le veréis ir y venir con la misma rapidez que el mozo que llena los jarros de cerveza. Y ese mismo tipo de media cara, Sombra, ese es un hombre; no presenta blanco al enemigo. Lo mismo valdría que apuntara al filo de un cortaplumas. Y para una retirada, con que ligereza este Enclenque, sastre de mujeres, sabrá correr ¡Oh! dadme esos hombres de deshecho y descartadme los elegidos. Pon un arcabuz en manos de Verruga, Bardolfo.

BARDOLFO.- Toma, Verruga. ¡Apunten! Así, así.

FALSTAFF.- Vamos, manéjame ese arcabuz. Así; muy bien; vamos; bueno, bueno; excelente. Oh, dadme siempre un tirador pequeño, descarnado, viejo, huesoso, pelado. Perfectamente, Verruga; eres un buen chico; toma, aquí tienes seis peniques, para ti.

TRIVIAL.- No domina bien ese arte, no lo hace como es debido. Me acuerdo que en el prado de Mile-End (cuando estaba en el colegio de San Clemente) yo hacía entonces el papel de Sir Dagonet en la pantomima de Arturo, había un diablillo de muchacho que os manejaba el arma así, moviéndose para acá, para allá, para adelante, para atrás. ¡Ra! ¡ta! ¡ta! chillaba y luego ¡Bounce! y partía de nuevo y volvía. Nunca veré un demonio semejante.

FALSTAFF.- Estos muchachos servirán, maese Trivial. Dios os guarde, maese Silencio. No usaré muchas palabras con vosotros. Quedad con Dios ambos, señores. Tengo que hacer una docena de millas esta noche. Bardolfo, dad el uniforme a estos soldados.

TRIVIAL.- Sir John, ¡el cielo os bendiga, haga prósperos vuestros negocios y nos envíe la paz! A vuestro regreso, visitad mi casa; renovaremos nuestra vieja relación. Quizá vaya con vos a la Corte.

FALSTAFF.- Mucho me alegraría, maese Trivial.

TRIVIAL.- Vamos, he dicho. Adiós.

(Salen Trivial y Silencio)

FALSTAFF.- Adiós, gentiles caballeros. Adelante, Bardolfo; llévate esos hombres.

(Salen Bardolfo, reclutas, etc.)

A mi vuelta, sondearé estos jueces de paz; veo ya el fondo del juez Trivial. ¡Señor, señor, cuan sujetos estamos nosotros los viejos a ese vicio de la mentira! Este hambriento juez de paz no ha hecho más que charlar sobre las extravagancias de su juventud y las hazañas que llevó a cabo en Turnbull-Street; cada tres palabras, una mentira, tributo al auditor, pagado con más exactitud que el del Gran Turco. Le recuerdo en San Clemente, como una de esas figuras hechas después de comer con las cortezas del queso. Cuando estaba desnudo era, para todo el mundo, como un rábano torcido, terminado por una cabeza fantásticamente tallada con el cuchillo; era tan enjuto, que sus dimensiones habrían sido invisibles para una vista medio confusa; era el verdadero Genio del hambre y sin embargo, lujurioso como un mono; las p... le llamaban Mandrágora: iba siempre a retaguardia de la moda; cantaba a sus sucias hembras las tonadillas que oía silbar a los carreteros, jurando que eran fantasías o nocturnos de su caletre. Y ahora tenemos a esa espada de palo del vicio convertido en caballero; habla tan familiarmente de Juan de Gante, como si hubiera sido su hermano de armas. Juraría que no le ha visto más que una vez, en el campo del torneo, el mismo día que le rajaron la cabeza por haberse metido en el séquito del mariscal. Yo le vi y dije a Juan de Gante que batía su propio nombre, porque se le podía meter, con toda su vestimenta, en una piel de anguila; el estuche de un oboe habría sido para él un palacio, un patio; ¡y ahora tiene tierras y ganados! Bien está; estrecharemos relaciones, si vuelvo. Muy mala suerte tendrá, si no le convierto en piedra filosofal por partida doble para mi uso propio. Si la pescadilla joven es una buena carnada para el viejo lucio, no veo razón porque yo, siguiendo la ley de la naturaleza, no me le he de tragar. Que la ocasión ayude y hecho está.

(Sale)

Segunda parte: Acto III, Escena II