Enrique IV: Segunda parte, Epílogo

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Enrique IV
Segunda parte: Epílogo
de William Shakespeare




EPÍLOGO

DICHO POR UN BAILARÍN

Primero, mi temor; luego mi reverencia, último, mi discurso. Mi temor, es vuestro desagrado; mi reverencia, mi homenaje y mi discurso, mi disculpa. Si ahora esperáis un buen discurso, estoy perdido; porque lo que tengo que decir, es de mi propia cosecha; y lo que debo decir será, a la verdad, en mi propio perjuicio. Pero al grano y a la buenaventura... Sabréis, pues (como bien lo sabéis) que me encontraba aquí al final de una pieza desgraciada, para pediros paciencia para ella y prometeros una mejor. Pensaba, a la verdad, cumplir mi promesa con esta; pero, si, como una mala operación, no tiene éxito, quiebro y vosotros, mis amables acreedores, perdéis. Prometí que aquí estaría y aquí entrego mi persona a vuestra merced. Rebajad vuestro crédito y os pagaré una parte, haciéndoos promesas infinitas, como lo hacen muchos deudores. Si mi lengua no alcanza a induciros a darme carta de pago, ¿queréis que ponga en juego mis piernas? Pero sería pagar en moneda demasiado ligera, compensar mi deuda con cabriolas. Una conciencia sana debe dar todas las satisfacciones posibles y así quiero hacerlo. Todas las gentiles damas aquí presentes, me han perdonado; si los caballeros no lo hacen, entonces los caballeros no concuerdan con las damas, lo que nunca fue visto en una reunión como ésta. Una palabra más, os suplico. Si no estáis hartos de carne gorda, vuestro humilde autor continuará la historia, en la que seguirá figurando Sir John y os hará reír con la hermosa Catalina de Francia; donde, tanto como puedo saberlo, Falstaff morirá de un sudor resumido, a menos que no le hayáis ya inmolado por una injusta opinión; por que Oldcastle murió como un mártir y éste no es el mismo hombre. Mí lengua está fatigada; cuando mis piernas lo estén también, os desearé las buenas noches; así, doblo la rodilla ante vosotros, pero, a la verdad, para rogar por la reina.

FIN

Segunda parte: Epílogo
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