Error de diagnóstico

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Error de diagnóstico
de Emilia Pardo Bazán



La profesión médica tiene horas terribles, y por muy curtido que esté el corazón, se pasan las de Caín. Los materialmente compasivos y bondadosos sufren al ver dolores y agonías; los más refinados sufren en especial al comprobar los límites de la ciencia, lo nulo del saber, lo fatal de las leyes naturales... A los primeros les duele la carne; a los segundos, el espíritu.

El doctor Cano era de estos últimos. Estudió lleno de ilusión. El ídolo de nuestra edad le contaba entre sus devotos. Soñaba mucho, y no daba forma poética, sino científica, a sus sueños. Descreído y hasta unas miajas enemigo personal del que nos mandó amar a nuestros enemigos, se forjaba en su fantasía planes de sustituir a la Providencia por el conocimiento. Era estrictamente leal, estrictamente honrado, y su culto a la verdad rayaba en fanatismo. Dos o tres veces había arriesgado la vida oscuramente, en secreto, inoculándose sueros y cultivos microbianos para experimentar esto o lo de más allá. La abnegación propia de su labor la tenía en grado sublime, y el desinterés y el desprendimiento que demostraba siempre le valían una aureola de respeto; entre sus mismos compañeros no se decían de él sino bienes.

Un día recibió por teléfono urgente recado. Su cliente la condesa de Arista le avisaba de que pasase a verla sin demora. El coche de la condesa había salido ya a buscarle.

«Será el cólico nefrítico de costumbre», pensaba el doctor, reclinado en la berlina azul, tan confortable y flamante, de la aristocrática señora.

Se engañaba en sus presunciones el médico. Tratábase de un ataque repentino de sofocación, y la paciente no era la condesa, sino su hija, muchacha de unos dieciséis años. La enferma, con la boca muy abierta, el pecho aún jadeante, yacía tendida en la meridiana de su dormitorio. Antes de que el doctor pisase la escalera, sobrevino el alivio; pero la madre, oprimida todavía por el terror, estaba medio loca.

-¡Creí que se moría, doctor! ¡Creí perderla!

Cano sonrió con la sonrisa bien informada, algo irónica, que reservan los médicos a las alarmas extremosas de las familias. La condesa no correspondió al gesto profesional con otro de tranquilidad y calma recobrada. Al contrario, tirando disimuladamente de la manga al doctor, le llevó hacia un gabinete contiguo, y cerciorándose de que no podían oírles, le acorraló trémula, ardiente:

-¡La verdad, doctor!... ¡Sólo la verdad! ¿Se muere la niña?

-¡Friolera, señora! ¿De dónde saca usted eso?

-¡De que la he visto con el ataque, y eran las ansias de la agonía! ¡Si estuve por llamar al cura al mismo tiempo que a usted... o antes que a usted!

-Hizo usted bien en contentarse conmigo..., o conmigo y dos de mis colegas si tanto apremiase el caso, que de seguro no apremiaría... Vamos, tranquilícese usted. ¿Ha tenido otras veces estos ahogos?

-Sí, pero mucho más leves. Ya le hablé a usted de eso alguna vez. Usted no le dio importancia.

-Es que no la tiene en la edad de la chiquilla. ¿Dieciséis? La lucha por el desarrollo. A cada momento vienen a mi consulta señoritas quejándose de algo muy parecido, y algunas con síntomas rarísimos.

-Dirá usted lo que quiera, doctor; figúrese usted si respeto su opinión; pero ¡aquello era morirse por instantes! No tengo otro cariño en el mundo sino mi Lenita... ¡Por amor de Dios, le pido a usted que la mire despacio!

Volvieron a la habitación de la enferma, que ya sonreía débilmente, medio incorporada sobre los almohadones de blanco encaje y pintado raso. El doctor se instaló en una butaca, procediendo a minucioso interrogatorio. Sus dedos cuidadosos, expertos, tactaron y reconocieron el torso de la niña. Procedía así por acceder al deseo de la madre; pero su opinión estaba formada: existía, sin duda, una grave alteración de la salud, un estado general alarmante, y no podía atribuirse sino a la causa indicada ya, a una lucha de la naturaleza con la debilidad orgánica. Preguntó antecedentes, historia de la familia; en suma, concedió al caso toda la atención que le ordenaba su alma abierta a la piedad, enternecida por el ruego doloroso de la madre. Enterado de cuanto deseaba saber, se acercó al elegante pupitre laqueado, donde había tintero, pluma, papel, entre mil cachivaches bonitos de escritorio, y con letra firme y clara de hombre estudioso trazó un régimen, un sistema completo. Hidroterapia, ejercicio, gimnasia, alimento, sueño, vestimenta, todo estaba previsto y regulado de antemano, a fin de auxiliar a la sabia naturaleza, defensora de aquel joven organismo.

-Y en junio les indicaré a ustedes qué aguas convienen a esta señorita -añadió sonriendo con bondad paternal.

-Llámeme usted Magdalena, Lenita -suplicó la enferma fijando en el médico sus ojos negros, apagados, en los cuales brilló con tenaz dulzura una chispa de esperanza-. Desde que está usted aquí, ya me siento mejor. ¿Verdad, mamá, que parezco otra? Vuelva usted, doctor, vuelva usted mañana por la mañana... si no le molesta.

Enternecido, el médico acarició la manita consumida y pequeña que le tendían para el shake hand. Cuando hubieron salido al pasillo, la condesa le acorraló de nuevo:

-¿Ve usted peligro inmediato? -interrogó con trágica ansiedad.

-¡Señora, qué pregunta! ¡Qué empeño el de usted! ¿No acabo de prescribir un régimen? Si viese peligro inmediato..., ¿no procedería de otro modo?

-¿De manera que mi hija vivirá?

-¿No ha de vivir?

-¿Me lo jura usted?

-¡Jurar! Yo no juro. Lo afirmo. Respondo con mi pequeña reputación, con mi pequeña autoridad científica.

-¡Qué peso horrible me quita usted del alma, doctor! Es que yo, en mi ignorancia, supuse que el mal era gravísimo. Encendidas tengo las velas en el oratorio, y expuesta una reliquia de un bienaventurado que fue de nuestros ascendientes...

-Apague usted las velas, condesa -dispuso entre chanzas y veras el doctor Cano-. Si la niña mejora, el bienaventurado va a llevarse la gloria de la mejoría, y si la niña empeorase, culparía usted al tonto del doctor...

-Ahora mismo las apago -respondió débilmente la madre, invadida por ese respeto supersticioso que infunde el médico en los momentos en que peligra una salud amada.

Cano pasó una noche inquieta. Sin saber por qué pensó mil veces en la cariñosa enfermita, oyó su vocecilla aflautada: «Vuelva usted, doctor...». ¡Qué alegría salvarla, fortalecer su débil cuerpo, darle belleza, vigor, resistencia para la maternidad feliz!... Su primer visita matinal fue para el palacio de Arista. El portero le dejó subir, silencioso. Las puertas estaban abiertas. Un criado bajaba tan aprisa, que por poco derriba a Cano. Se oían a lo lejos ruidos, pasos precipitados. El doctor se dirigió a las habitaciones de Lenita. Nadie le salió al encuentro. Llamó por discreción. No le contestó nadie. Entonces se precipitó sin reparo hasta el dormitorio... La niña, color de cera, yacía sobre la meridiana. La condesa, de rodillas, delirante, la cubría de besos... Al entrar el doctor se volvió, y señalando a la muerta, fulminó a Cano una mirada de acusación tan tremenda, que él, bajando la frente, huyó como huiría un criminal...

-¡Se trataba de una vómica! ¡Y no haberlo sospechado siquiera! -exclamó al contar el suceso a su colega don Salustio Martel-. ¡Y mi ridícula jactancia al oponerme a que ardiesen las velas en el oratorio!

-¿Ha cambiado usted de ideas? -dijo Martel incisivamente.

-He comprendido que la puerta de la ciencia es la humildad... y que no sabemos nada o casi nada -respondió el doctor, pensativo, frunciendo las cejas.