Examen de ingenios:24

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Capítulo XII [XIV de 1594][editar]

Donde se prueba que la teórica de la medicina, parte della pertenece a la memoria y parte al entendimiento, y la práctica, a la imaginativa


En el tiempo que la medicina de los árabes floreció, hubo en ella un médico grandemente afamado, así en leer como en escrebir, argumentar, distinguir, responder y concluir: del cual se tenía entendido (atento a su gran habilidad) que había de resucitar los muertos y sanar cualquiera enfermedad. Y acontecíale tan al revés, que no tomaba enfermo en las manos que no lo echase a perder; de lo cual, corrido y afrentado, se vino a meter fraile, quejándose de su mala fortuna y no entendiendo la razón y causa de donde podía nacer. Y porque los ejemplos más frescos hacen mayor probación y convencen más el sentido, es opinión de muchos médicos graves que Juan Argenterio, médico moderno de nuestro tiempo, hizo gran ventaja a Galeno en reducir a mejor método el arte de curar; y con todo eso se cuenta de él que era tan desgraciado en la práctica, que ningún enfermo de su comarca se osaba curar con él, temiendo sus malos sucesos.

De lo cual parece que tiene el vulgo licencia de admirarse, viendo por experiencia (no solamente en estos que hemos referido, pero aún en otros muchos que traemos entre los ojos) que, en siendo el médico muy gran letrado, por la mesma razón es inhábil para curar. Del cual efecto procuró Aristóteles dar la razón y causa, y no la pudo atinar. Él pensaba que no acertar los médicos racionales de su tiempo a curar nacía de tener conocimiento del hombre en común, e ignorar la naturaleza del particular; al revés de los empíricos, cuyo estudio y diligencia era saber las propriedades individuales de los hombres y no darse nada por el universal. Pero no tuvo razón, porque los unos y los otros se ejercitan en curar los singulares y trabajan cuanto pueden en averiguar esta naturaleza particular. Y, así, la dificultad no está sino en saber por qué razón los médicos muy letrados, aunque se ejerciten toda la vida en curar, jamás salen con la práctica; y otros, idiotas, con tres o cuatro reglas de medicina que aprendieron en las escuelas, en muy menos tiempo saben mejor curar. La respuesta verdadera desta duda no tiene poca dificultad, pues Aristóteles no la alcanzó, aunque en alguna manera dijo parte della. Pero restribando a los principios de nuestra doctrina, la daremos enteramente.

Y, así, es de saber que en dos cosas consiste la perfección del médico, tan necesarias para conseguir el fin de su arte, cuanto son dos piernas para andar sin cosquear. La primera es en saber por método los preceptos y reglas de curar al hombre en común, sin descender en particular; la segunda es haberse ejercitado mucho tiempo en curar y conocer por vista de ojos gran número de enfermos. Porque los hombres, ni son tan diferentes entre sí, que no convengan en muchas cosas, ni tan unos que no haya entre ellos particularidades de tal condición, que ni se pueden decir, ni escrebir, ni enseñar, ni recogerlas de tal manera que se puedan reducir a arte, sino que conocerlas, a solos aquellos les es dado que muchas veces las vieron y trataron.

Lo cual se deja entender fácilmente considerando que, siendo el rostro del hombre compuesto de tan poco número de partes como son dos ojos, una nariz, dos mejillas, una boca y frente, hace Naturaleza tantas composturas y combinaciones, que, si cien mil hombres se juntan, cada uno tiene su rostro tan singular y proprio, que por maravilla hallarán dos que totalmente se parezcan. Lo mesmo pasa en cuatro elementos y cuatro calidades primeras, calor, frialdad, humidad y sequedad, del armonía de las cuales se compone la salud y vida del hombre. Y de tan poco número de partes como éstas hace Naturaleza tantas proporciones, que si cien mil hombre se engendran, cada uno sale con su sanidad tan singular, y propria para sí, que si Dios milagrosamente de improviso les trocase la proporción de estas calidades primeras, todos quedarían enfermos, si no fuesen la mesma consonancia y proporción. De lo cual se infieren necesariamente dos conclusiones. La primera es que cada hombre que enfermare se ha de curar conforme a su particular proporción, de tal manera que si el médico no le vuelve a la consonancia de los humores y calidades que él antes tenía, no queda sano. La segunda es que, para hacer esto como conviene, es necesario que el médico haya visto y tratado al enfermo muchas veces en sanidad, tomándole el pulso y viendo qué urina es la suya, y qué color de rostro, y qué templanza; para que, cuando enfermare, pueda juzgar cuánto dista de su sanidad, y, curándole, sepa hasta dónde lo ha de restituir.

Para lo primero (que es saber y entender la teórica y compostura del arte) dice Galeno que es necesario tener grande entendimiento y mucha memoria. Porque parte de la medicina consiste en razón, y parte en experiencia e historia; para lo primero es menester el entendimiento, y para lo otro la memoria. Y como sea tan dificultoso juntar estas dos potencias en grado intenso, por fuerza ha de quedar el médico falto en la teórica; y, así, vemos muchos médicos grandes latinos y griegos, grandes anatomistas y herbolarios (que son obras de la memoria), y, metidos en argumentos y disputas y en averiguar la razón y causa de cualquiera efecto (lo cual pertenece al entendimiento), no saben nada.

Al revés acontece en otros, que en la dialéctica y filosofía del arte muestran grande ingenio y habilidad, y metidos en latín y griego, en yerbas y anatomía, jamás salen con ello por ser faltos de memoria. Por esta razón dijo Galeno: mirum non est, in tanta hominum multitudine qui in medica et philosophica exercitatione studioque versantur, inveniri tan paucos qui. recte in illis profecerint; como si dijera: «no me maravillo que en tanta muchedumbre de hombres como se da a la medicina, tan pocos salgan con ella». Y dando la razón, dice que apenas se halla el ingenio que esta ciencia ha menester, ni maestro que la enseñe con perfección, ni quien la estudie con diligencia y cuidado. Pero con todas estas razones y causas anda Galeno a tiento, por no saber puntualmente en qué consiste no salir ningún hombre con la medicina. Pero en decir que apenas se halla en los hombres el ingenio que esta ciencia ha menester, dijo la verdad, aunque no tan específicamente como ahora lo diremos: que por ser tan dificultoso de juntar grande entendimiento con mucha memoria, ninguno sale perfectamente con la teórica de la medicina; y por haber repugnancia entre el entendimiento y la imaginativa (a quien ahora probaremos que pertenece la práctica y el saber curar con certidumbre) por maravilla se halla médico que sea gran teórico y práctico ni, al revés, gran práctico y que sepa mucha teórica.

Y que la imaginativa sea la potencia de que el médico se aprovecha en el conocimiento y cura de los particulares, y no del entendimiento, es cosa muy fácil de probar supuesta la doctrina de Aristóteles. El cual dice que el entendimiento no puede conocer los singulares, ni diferenciar uno de otro, ni conocer el tiempo y lugar, ni otras particularidades que hacen diferir los hombres entre sí y curarse cada uno de diferente manera. Y es la razón (según dicen los filósofos vulgares) ser el entendimiento potencia espiritual y no poderse alterar de los singulares por estar llenos de materia; y por eso dijo Aristóteles, que el sentido es de los singulares, y el entendimiento de los universales. Luego, si las curas se han de hacer en los singulares y no en los universales (que son ingenerables e incorruptibles), impertinente potencia es el entendimiento para curar.

La dificultad es ahora: ¿por qué los hombres de grande entendimiento no pueden tener buenos sentidos exteriores para los singulares, siendo potencias tan disparatas? Y está la razón muy clara; y es que los sentidos exteriores no pueden obrar bien si no asiste con ellos la buena imaginativa. Y esto hemos de probar de opinión de Aristóteles; el cual, quiriendo declarar qué cosa es la imaginativa, dice que es un movimiento causado del sentido exterior: de la manera que el color (que se multiplica de la cosa colorada) altera el ojo, así es que este mesmo color, que está en el humor cristalino, pasa más adentro a la imaginativa: y hace en ella la mesma figura que estaba en el ojo. Y preguntando con cuál de estas dos especies se hace el conocimiento del singular, todos los filósofos dicen (y muy bien) que la segunda figura es la que altera la imaginativa, y de ambas a dos se causa la noticia conforme aquel dicho tan común: ab objecto de potentia paritur notitia; pero de la primera, que está en el humor cristalino, y de la potencia visiva, ningún conocimiento se hace si no advierte la imaginativa. Lo cual prueban claramente los médicos, diciendo que si a un enfermo le cortan la carne o le queman, y con todo esto no le causa dolor, que es señal de estar la imaginativa distraída en alguna profunda contemplación. Y así lo vemos también por experiencia en los sanos, que si están distraídos en alguna imaginación ni ven las cosas que tienen delante, ni oyen aunque los llamen, ni gustan del manjar sabroso o desabrido, aunque lo comen.

Por donde es cierto que la imaginativa es la que hace el juicio y conocimiento de las cosas particulares, y no el entendimiento ni los sentidos exteriores; de donde se sigue muy bien que el médico que supiere mucha teórica, o por tener grande entendimiento o grande memoria, que será por fuerza ruin práctico por la falta que ha de tener de imaginativa; y por lo contrario, el que saliere gran práctico forzosamente ha de ser ruin teórico, porque la mucha imaginativa no se puede juntar con mucho entendimiento y memoria. Y ésta es la causa por donde ninguno puede salir muy consumado en la medicina ni dejar de errar en las curas; porque, para no cosquear en la obra, ha menester saber el arte, y tener buena imaginativa para poderla ejecutar; y estas dos cosas hemos probado que son incompatibles.

Ninguna vez llega el médico a conocer y curar cualquiera enfermedad, que tácitamente, dentro de sí, no haga un silogismo en Darii aunque sea empírico; y la primera de las premisas pertenece su probación al entendimiento, y la segunda a la imaginativa. Y, así, los grandes teóricos yerran ordinariamente en la menor y grandes prácticos en la mayor. Como si dijésemos desta manera: «Toda calentura que depende de humores fríos y húmidos se ha de curar con medicinas calientes y secas» (tomando las indicaciones de la causa); «esta calentura que padece este hombre depende de humores fríos y húmidos»; «luego hase de curar con medicinas calientes y secas». La verdad de la mayor bien la probará el entendimiento (por ser universal), diciendo que la frialdad y humidad piden para su templanza calor y sequedad, porque cada calidad se remite con su contrario. Pero venidos a probar la menor, ya no vale nada el entendimiento, por ser particular y de ajena jurisdicción, cuyo conocimiento pertenece a la imaginativa, tomando de los cinco sentidos exteriores las señales proprias y particulares de la enfermedad. Y si la indicación se ha de tomar de la calentura o de su causa, no lo puede saber el entendimiento. Sólo enseña que se ha de tomar la indicación de aquello que promete más peligro. Pero cuál de las indicaciones es la mayor, sola la imaginativa lo alcanza, cotejando los daños que hace la calentura con los del síntoma y la causa, y la poca fuerza o mucha de la virtud.

Para alcanzar este conocimiento tiene la imaginativa ciertas propriedades inefables con las cuales atina a cosas que ni se pueden decir ni entender, ni hay arte para ellas. Y, así, vemos entrar un médico a visitar el enfermo; y por la vista, oído, olfato y tacto, alcanza lo que parece cosa imposible. De tal manera, que si al mesmo médico le preguntásemos cómo pudo atinar a conocimiento tan delicado no sabría dar la razón, porque es gracia que nace de una fecundidad de la imaginativa que por otro nombre se llama solercia, la cual con señales comunes, inciertas, conjeturales y de poca firmeza en cerrar y abrir el ojo alcanzan mil diferencias de cosas en las cuales consiste la fuerza del curar y pronosticar con certidumbre.

Deste género de solercia carecen los hombres de grandes entendimiento, por ser parte de imaginativa; y, así, tiniendo las señales delante de los ojos, que los están avisando de lo que hay en la enfermedad, no les hace en sus sentidos ninguna alteración por ser faltos de imaginativa. Preguntóme un médico muy en secreto qué podía ser la causa que habiendo él estudiado con gran curiosidad todas las reglas y consideraciones del arte de pronosticar, y estando en ellas muy bien, jamás acertaba en ningún pronóstico que echaba. Al cual me acuerdo haber respondido que con una potencia se aprendía el arte de medicina, y con otra se ponía en ejecución. Este tenía un buen entendimiento y era falto de imaginativa. Pero hay en esta doctrina una dificultad muy grande. Y es: ¿cómo pueden los médicos de grande imaginativa aprender el arte de medicina siendo faltos de entendimiento? Y si es verdad que curan mejor que los que la saben muy bien, ¿de qué sirve irla a aprender en las Escuelas?

A esto se responde que es cosa muy importante saber primero el arte de medicina, porque en dos o tres años aprende el hombre todo lo que alcanzaron los antiguos en dos mil. Y si el hombre lo hubiera de adquirir por experiencia, había menester vivir tres mil años, y experimentando las medicinas matara primero (antes que supiera sus calidades) infinitos hombres; todo lo cual se excusará leyendo los libros de los médicos racionales y experimentados, los cuales avisan por escrito de lo que ellos hallaron en el discurso de su vida, para que de unas cosas usen los médicos nuevos con seguridad, y de otras se guarden por ser venenosas.

Fuera desto, es de saber que las cosas comunes y vulgares de todas las artes son muy claras y fáciles de aprender, y las más importantes en la obra; y por lo contrario, las muy curiosas y delicadas son las más oscuras, y menos necesarias para curar. Y los hombres de grande imaginativa no están totalmente privados de entendimiento ni memoria; y, así, con la remisión que tienen de estas dos potencias, pueden aprender lo más necesario de la medicina por ser lo más claro, y, con la buena imaginativa que tienen, conocer mejor la enfermedad y su causa que los muy racionales. Aliende que la imaginativa es la que alcanza la ocasión del remedio que se ha de aplicar, en la cual gracia consiste la mayor parte de la práctica; y, así, dijo Galeno que el proprio nombre del médico es inventor occasionis; y saber conocer el tiempo, el lugar y la ocasión cierto es ser obra de la imaginativa, pues dice figura y correspondencia.

La dificultad es ahora saber, de tantas diferencias como hay de imaginativa, a cuál de ellas pertenece la práctica de la medicina, porque cierto es que no todas convienen en una mesma razón particular. La cual contemplación me ha dado más trabajo y fatiga de espíritu que todas las demás; y con todo eso aún no le he podido dar el nombre que ha de tener, salvo que nace de un grado menos de calor que tiene aquella diferencia de imaginativa con que se hacen versos y coplas.

Y aun en esto no me afirmo del todo. Porque la razón en que me fundo es que los que yo he considerado buenos prácticos, todos pican un poco en el arte de metrificar, y no suben mucho su contemplación, ni espantan sus versos. Lo cual puede acontescer también por pasar el calor del punto que pide la poesía; y si es por esta razón, ha de ser tanto el calor, que tueste un poco la sustancia del celebro y no resuelva mucho el calor natural. Aunque si pasa adelante, no hace mala diferencia de ingenio para la medicina (porque junta el entendimiento con la imaginativa por el adustión), pero no es tan buena la imaginativa para curar, como la que yo ando buscando; la cual convida al hombre a ser hechicero, supersticioso, mago, embaidor, quiromántico, judiciario y adivinador, porque las enfermedades de los hombres son tan ocultas y hacen sus movimientos con tantos secreto, que es menester andar siempre adivinando lo que es.

Esta diferencia de imaginativa es mala de hallar en España, porque los moradores desta región hemos probado atrás que carecen de memoria y de imaginativa, y tienen buen entendimiento. También en la imaginativa de los que habitan debajo el Septentrión no vale nada para la medicina, porque es muy tarda y remisa. Sólo es buena para hacer relojes, pinturas, alfileres y otras bujerías impertinentes al servicio del hombre. Sólo Egipto es la región que engendra en sus moradores esta diferencia de imaginativa. Y, así, los historiadores nunca acaban de contar cuán hechiceros son los gitanos y cuán prestos en atinar a las cosas y hallar los remedios para sus necesidades. Para encarecer Josefo la gran sabiduría de Salomón dice de esta manera: tanta fuit sapientia et prudentia quam Salomon divinitus acceperat, ut omnes priscos superaret, atque etiam aegiptios, qui omnium sapientissimi habentur. Los egipcios dice también Platón que exceden a todos los hombres del mundo en saber ganar de comer, la cual habilidad, pertenece a la imaginativa. Y que sea esto verdad, parece claramente porque todas las ciencias que pertenecen a la imaginativa, todas se inventaron en Egipto, como son matemáticas, astrología, aritmética, perspectiva, judiciaria y otras así.

Pero el argumento que a mí más me convence en este propósito es que, estando Francisco de Valois, rey de Francia, molestado de una prolija enfermedad, y viendo que los médicos de su casa y Corte no le daban remedio, decía todas las veces que le crecía la calentura que no era posible que los médicos cristianos supiesen curar, ni de ellos esperaba jamás remedio. Y, así, una vez, con despecho de verse todavía con calentura, mandó despachar un correo a España, pidiendo al Emperador, nuestro señor, le enviase un médico judío, el mejor que hubiese en su corte, del cual tenía entendido que le daría remedio a su enfermedad si en el arte lo había. La cual demanda fue harto reída en España, y todos concluyeron que era antojo de hombre que estaba con calentura; pero con todo eso mandó el Emperador nuestro señor que le buscasen un médico tal, si le había, aunque fuesen por él fuera del reino, Y no lo hallando, envió un médico cristiano nuevo, pareciéndole que con esto cumpliría con el antojo del rey. Pero puesto el médico en Francia y delante el rey, pasó un coloquio entre ambos muy gracioso, en el cual se descubrió que el médico era cristiano, y, por tanto, no se quiso curar con él. El rey (con la opinión que tenía del médico que era judío) le preguntó, por vía de entretenimiento, si estaba ya cansado de esperar el Mesías prometido en la ley.

MÉDICO.- Señor, yo no espero al Mesías prometido en la ley judaica.

REY.- Muy cuerdo sois en eso, porque las señales que estaban notadas en la Escritura divina para conocer su venida son ya cumplidas muchos días ha.

MÉDICO.- Ese número de días tenemos los cristianos bien contados, porque hace hoy mil y quinientos cuarenta y dos años que vino, y estuvo en el mundo treinta y tres, y en fin de ellos murió crucificado, y al tercero día resucitó, y después subió a los cielos donde ahora está.

REY.- Luego, ¿vos sois cristiano?

MÉDICO.- Señor, sí, por la gracia de Dios.

REY.- Pues volveos en hora buena a vuestra tierra, porque médicos cristianos sobrados tengo en mi casa y corte. ¡Por judío lo había yo, los cuales en mi opinión son los que tienen habilidad natural para curar!

Y, así, lo despidió, sin quererle dar el pulso ni que viese la urina ni le hablase palabra tocante a su enfermedad. Y luego envió a Constantinopla por un judío, y con sola leche de borricas le curó.

Esta imaginación del rey Francisco, a lo que yo pienso, es muy verdadera; y tengo entendido que es así, porque en las grandes destemplanzas calientes del celebro he probado atrás que alcanza la imaginativa lo que, estando el hombre en sanidad, no puede hacer. Y porque no parezca haberlo dicho por vía de gracia y sin tener fundamento natural para ello, es de saber que la variedad de los hombres, así en la compostura del cuerpo como en el ingenio y condiciones del ánima, nace de habitar regiones de diferente temperatura, y de beber aguas contrarias, y de no usar todos de unos mesmos alimentos; y, así dijo Platón: alii ob varios ventos et aestus, et moribus et specie diversi inter se sunt; alii ob aquas; quidem propter alimentum ex terra prodiens; quod non solum in corporibus melius ac deterius, sed in animis quoque id genus omnia patere non minus potest; como si dijera: «unos hombres difieren de otros, o por ventilarse con aires contrarios, o por beber diferentes aguas, o por no usar todos de unos mesmos alimentos; y esta diferencia, no solamente se halla en el rostro y compostura del cuerpo, pero también en el ingenio del ánima».

Luego si yo probare ahora que el pueblo de Israel estuvo de asiento muchos años en Egipto y que, saliendo de él, comió y bebió las aguas y manjares que son apropriados para hacer esta diferencia de imaginativa, habremos hecho demostración de la opinión del rey de Francia, y sabremos de camino qué ingenios de hombres se han de escoger en España para la medicina.

Cuanto a lo primero, es de saber que, pidiendo Abrahán señales para entender que él o sus descendientes habían de poseer la tierra que se le había prometido, dice el Texto que, estando durmiendo, le respondió Dios diciendo: scito praenoscens quod peregrinum futurum sit semen tuum in terra non sua; et subiicient eos servittti et affligent quadringentis annis; veruntamen gentem cui servituri sunt ego iudicabo; et post haec eggredientur cum magna substantia; como si le dijera: «sábete, Abrahán, que tus descendientes han de peregrinar por tierras ajenas, y los han de afligir con servidumbres cuatrocientos años; pero ten por cierto que yo castigaré la gente que los oprimiere y los libraré de aquella servidumbre y les daré muchas riquezas».

La cual profecía se cumplió, aunque Dios, por ciertos respectos, añadió treinta años más; y, así, dice el texto divino: habitatio autem filiorum Israel, qua manserunt in Aegipto, fuit quadrigentorum triginta annorum, quibus expletis eadem die eggresus est omnis exercitus Domini de terra Aegipti; como si dijera: «el tiempo que estuvo el pueblo de Israel en Egipto fueron cuatrocientos treinta años, los cuales cumplidos, luego en aquel día salió de cautiverio todo el ejército del Señor». Pero aunque esta letra dice manifiestamente que estuvo el pueblo de Israel en Egipto cuatrocientos treinta años, declara una glosa que se entiende haber sido estos años todo el tiempo que Israel anduvo peregrinando hasta tener tierra propria, pero que en Egipto no estuvo sino doscientos y diez. La cual declaración no viene bien con lo que dijo san Esteban protomártir en aquel razonamiento que tuvo con los judíos; conviene a saber: que el pueblo de Israel es tuvo cuatrocientos y treinta años en la servidumbre de Egipto. Y aunque la habitación de doscientos y diez años bastaba para que al pueblo de Israel se le pegasen las calidades de Egipto, pero lo que estuvo fuera de él no fue tiempo perdido para lo que toca al ingenio. Porque los que viven en servidumbre, en tristeza, en aflicción y tierras ajenas, engendran mucha cólera requemada por no tener libertad de hablar ni vengarse de sus injurias; y este humor, estando tostado, es el instrumento de la astucia, solercia y malicia. Y, así, se ve por experiencia que no hay peores costumbres ni condiciones, que las del señor esclavo, cuya imaginación está siempre ocupada en cómo hará daño a su señor y se librará de la servidumbre.

Aliende desto, la tierra por donde anduvo el pueblo de Israel no era muy extraña ni apartada de las calidades de Egipto; porque, atento a su miseria y esterilidad, prometió Dios a Abrahán que le daría otra muy abundosa y fértil. Y esto es cosa muy averiguada, así en buena filosofía natural como en experiencia, que las regiones estériles y flacas, no paniegas ni abundosas en fructificar, crían hombres de ingenio muy agudo; y por lo contrario, las tierras gruesas y fértiles engendran hombres membrudos, animosos y de muchas fuerzas corporales, pero muy torpes de ingenio. De Grecia nunca acaban de contar los historiadores cuán apropriada región es para criar hombres de grande habilidad; y, en particular, dice Galeno que en Atenas por maravilla salía un hombre necio; y nota que era la tierra más mísera y estéril de toda Grecia.

Y, así, se colige que por las calidades de Egipto y de las otras provincias donde anduvo el pueblo de Israel, se hizo de ingenio muy agudo. Pero es menester saber por qué razón la temperatura de Egipto cría esta diferencia de imaginativa. Y es cosa muy clara sabiendo que en esta región quema mucho el sol, y por esta causa los que la habitan tienen el celebro tostado y la cólera requemada, que es el instrumento de la astucia y solercia. Por donde pregunta Aristóteles: cur blaesis pedibus sunt ethiopes et aegiptii? Como si dijera: «¿qué es la causa que los negros de Etiopía y los naturales de Egipto son patituertos, hocicudos y las narices remachadas?». Al cual problema responde que el mucho calor de la región tuesta la sustancia de estos miembros y los hace retorcer, como se encoge la correa junto al fuego; y por la mesma razón se les encogen los cabellos, y así también son crespos y motosos. Y que los que habitan tierras calientes sean más sabios que los que nacen en tierras frías ya lo dejamos probado de opinión de Aristóteles, el cual pregunta: cur locis calidis homines sapientiores sunt quam frigidis?; como si dijera: «¿de dónde nace ser más sabios los hombres en las tierras calientes, que en las frías?». Pero ni sabe responder al problema, ni hace distinción de la sabiduría. Porque ya dejamos probado atrás que hay dos géneros de prudencia en los hombres. Una, de la cual dijo Platón: scientia quae est remota a iusticia, calliditas potius quam sapientia est appellanda; como si dijera: «la ciencia que está apartada de la justicia, antes se ha de llamar astucia que sabiduría». Otro hay con rectitud y simplicidad, sin dobleces ni engaños; y ésta propriamente se dice sabiduría por andar siempre asida de la justicia y rectitud. Los que habitan en tierras muy calientes son sabios en el primer género de sabiduría, y tales son los de Egipto.

Veamos ahora, salido el pueblo de Israel de Egipto y puesto en el desierto, qué manjares comió, y qué aguas bebió, y qué templanza tenía el aire por donde anduvo, para que entendamos si por esta razón mudaron el ingenio que sacaron del cautiverio o el mesmo se les confirmó. Cuarenta años dice el Texto que mantuvo Dios a este pueblo con maná: manjar tan delicado y sabroso cual jamás comieron los hombres en el mundo, en tanto, que, viendo Moisés su delicadeza y bondad, mandó a su hermano Arón que hinchiese un vaso de ello y lo pusiese en el arca foederis, para que los descendientes de este pueblo, estando en tierra de promisión, viesen el pan con que mantuvo a sus padres andando por el desierto, y cuán mal pago le dieron a trueque de tanto regalo. Y para que conozcamos los que no vimos este alimento qué tal debía de ser, es bien que pintemos el maná que hace Naturaleza; y, añadiendo sobre él más delicadeza, podremos imaginar enteramente su bondad.

La causa material de que se engendra el maná es un vapor muy delicado que el sol levanta de la tierra con la fuerza de su calor; el cual, puesto en lo alto de la región se cuece y perficiona, y, sobreviniendo el frío de la noche, se cuaja, y con el peso torna a caer sobre los árboles y piedras, donde lo cogen y guardan en ollas para comer. Llámanle mel roscidum et aereum, por la semejanza que tiene con el rocío y por haberse hecho de aire. Su color es blanco y de sabor dulce como la miel; la figura, a manera de culantro. Las cuales señales pone también la divina Escritura del maná que comió el pueblo de Israel; por donde sospecho que ambos tenían la mesma naturaleza. Y si el que Dios criaba tenía más delicada sustancia, tanto mejor confirmaremos nuestra opinión; pero yo siempre tengo entendido que Dios se acomoda a los medios naturales cuando con ellos puede hacer lo que quiere, y lo que falta a Naturaleza lo suple con su omnipotencia. Dígolo, porque darles a comer maná en el desierto (fuera de lo que con ello quería significar) parece que estaba también fundado en la disposición de la tierra, la cual hoy día engendra el mejor maná que hay en el mundo. Y, así, dice Galeno que en el monte Líbano (que no está lejos de allí) se cría en gran cantidad y muy escogido; en tanto que los labradores suelen cantar en sus pasatiempos que Júpiter llueve miel en aquella tierra. Y aunque es verdad que Dios criaba aquel maná milagrosamente, en tanta cantidad a tal hora y en días determinados, pero pudo ser que tuviese la mesma naturaleza del nuestro; como la tuvo el agua que sacó Moisés de las piedras, y el fuego que hizo bajar del cielo Elías con su palabra, que fueron naturales, aunque milagrosamente sacadas.

El maná que pinta la divina Escritura dice que era como rocío: quasi semen coriandri, album, gustusque simile cum melle; como si dijera: «el maná que Dios llovió en el desierto tenía la figura como simiente de culantro, era blanco, y el sabor como miel». Las cuales condiciones tiene también el maná que produce Naturaleza.

El temperamento de este alimento dicen los médicos que es caliente y de partes sutiles y muy delicadas. La cual compostura debía tener también el maná que comieron los hebreos; y, así, quejándose de su delicadeza, dijeron de esta manera: anima nostra iam nauseat super cibo isto levissimo; como si dijera: «ya no puede sufrir nuestro estómago este alimento tan liviano». Y la filosofía de esto era que ellos tenían fuertes estómagos, hechos de ajos, cebollas y puerros; y viniendo a comer un alimento de tan poca resistencia, todo se les convertía en cólera. Y por esto manda Galeno que los hombres que tuvieren mucho calor natural que no coman miel ni otros alimentos livianos, porque se les corromperán y en lugar de cocerse se tostarán como hollín. Esto mesmo les aconteció a los hebreos con el maná, que todo se les convertía en cólera retostada; y, así, andaban todos secos y enjutos, por no tener este alimento corpulencia para los engordar: anima nostra arida est: nihil aliud respiciunt oculi nostri nisi manna; como si dijera: «nuestra ánima está ya seca y consumida, y no ven nuestros ojos otra cosa sino maná».

El agua que bebían tras este manjar era tal cual ellos la pedían; y si no la hallaban, mostraba Dios a Moisés un madero de tan divina virtud, que, echándolo en las aguas gruesas y salobres, las volvía delicadas y de buen sabor; y no habiendo ninguna, tomaba Moisés la vara con que abrió el mar Bermejo en doce carreras, y dando con ella en las piedras, salían fuentes de agua tan delicadas y sabrosas como su gusto las podía apetescer; en tanto que dijo san Pablo: petra consequente eos; como si dijera: «la agua de la piedra se andaba tras su antojo», saliendo dulce, delicada y sabrosa.

Y ellos tenían hecho el estómago a beber aguas gruesas y salobres. Porque en Egipto cuenta Galeno que las cocían para poderlas beber, por ser malas y corrompidas. Y bebiendo aguas tan delicadas, no podían dejar de convertírseles en cólera, por tener poca resistencia. Las mesmas calidades dice Galeno que ha de tener el agua, para cocerse bien en el estómago y no corromperse, que el alimento sólido que comemos. Si el estomago es recio, hanle de dar alimentos recios que le respondan en proporción; si es flaco y delicado, los alimentos han de ser tales. Eso mesmo se ha de mirar en el agua; y así lo vemos por experiencia, que si un hombre está hecho a beber aguas gruesas, nunca mata la sed con las delicadas ni las siente en el estómago, antes le dan más sequía, porque el calor demasiado del estómago las quema y resuelve luego en entrando, por no tener resistencia.

Del aire que gozaban en el desierto, podremos decir que era también sutil y delicado, porque andando por sierras y lugares sin población, cada momento les ocurría fresco, limpio y sin ninguna corrupción, por no haber asiento en ningún lugar. Y teníanle siempre templado, porque de día se ponía delante el sol una nube que no le dejaba calentar demasiadamente, y a la noche una columna de fuego que lo templaba. Y gozar de un aire de esta manera, dice Aristóteles que hace avivar mucho el ingenio.

Consideremos, pues, ahora, qué simiente tan delicada y tostada harían los varones de este pueblo comiendo un alimento como el maná y bebiendo las aguas que hemos dicho y respirando un aire tan apurado y limpio, y qué sangre menstrua tan sutil y delicada harían las hebreas. Y acordémonos de lo que dijo Aristóteles, que, siendo la sangre menstrua sutil y delicada, el muchacho que de ella se engendrare será después hombre de muy agudo ingenio. Cuánto importe comer los padres manjares delicados para engendrar hijos de mucha habilidad, probarlo hemos muy por extenso en el capítulo postrero de esta obra. Y porque todos los hebreos comieron un mesmo manjar tan espiritual y delicado y bebieron una mesma agua, todos sus hijos y descendientes salieron agudos y de grande ingenio para las cosas de este siglo.

Puesto ya el pueblo de Israel en tierra de promisión con tan agudo ingenio como hemos dicho, viniéronle después tantos trabajos, hambres, cercos de enemigos, sujeciones, servidumbres y malos tratamientos, que aunque no hubieran sacado de Egipto y del desierto aquel temperamento caliente y seco y retostado que hemos dicho, lo hicieran en esta mala vida. Porque la continua tristeza y vejación hace juntar los espíritus vitales y sangre arterial en el celebro, en el hígado y corazón; y estando allí unos sobre otros, se vienen a tostar y requemar. Y, así, muchas veces levantan calenturas; y lo ordinario es hacer melancolía por adustión (de la cual casi todos participan hasta el día de hoy), atento a lo que dice Hipócrates: metus et maestitia diu durans, melancholiam significat.

Esta cólera retostada dijimos atrás que era el instrumento de la solercia, astucia, versucia y malicia; y ésta es acomodada a las conjeturas de la medicina, y con ella se atina a la enfermedad, a la causa, y al remedio que tiene. Por donde apuntó maravillosamente el rey Francisco, y no fue delirio ni menos invención del demonio lo que dijo, sino que con la mucha calentura y de tantos días, y con la tristeza de verse enfermo y sin remedio, se le tostó el celebro y levantó de punto la imaginativa; de la cual hemos probado atrás que si tiene el temperamento que ha de menester, repentinamente dice el hombre lo que jamás aprendió.

Pero contra todo lo que hemos dicho se ofrece una dificultad muy grande. Y es que, si los hijos o nietos de los que estuvieron en Egipto y gozaron del maná y de las aguas y aires delicados del desierto, se eligieran para médicos, parece que la opinión del rey Francisco tenía alguna probabilidad por las razones que hemos dicho. Pero que sus descendientes hayan conservado hasta el día de hoy aquellas disposiciones del maná, del agua, de los aires, de las aflicciones y trabajos que sus antepasados padecieron en el cautiverio de Babilonia, es cosa que no se puede entender. Porque si en cuatrocientos y treinta años que estuvo el pueblo de Israel en Egipto, y cuarenta en el desierto, pudo su simiente adquirir aquellas disposiciones de habilidad, mejor se pudieron perder, y con mayor facilidad, en dos mil años que a la salida del desierto; mayormente venidos a España, región tan contraria de Egipto y donde han comido manjares diferentes y bebido aguas de no tan buen temperamento y sustancia como allí. Esto tiene la naturaleza del hombre y de cualquier animal y planta: que luego toma las costumbres de la tierra donde vive y pierde las que traía de otra; y, en cualquiera cosa que la pongan, en pocos días la hace sin contradicción.

De un linaje de hombres cuenta Hipócrates que, para diferenciarse de la gente plebeya, escogieron por insignia de su nobleza tener la cabeza ahusada; y para hacer con arte esta figura, en naciendo el niño tenían las comadres cuidado de apretarle la cabeza con vendas y fajas hasta imprimirle tal señal. Y pudo tanto este artificio, que se convirtió en naturaleza, porque andando el tiempo todos los niños nobles que nacían sacaban ya la cabeza ahusada. Por donde vino a cesar el arte y diligencia de las comadres. Pero, como dejaron a Naturaleza libre y suelta, sin oprimirla ya con arte, poco a poco se fue volviendo a la figura que ella solía hacer de antes.

Desta mesma manera pudo acontecer al pueblo de Israel: que, puesto caso que la región de Egipto, el maná, las aguas delicadas y la tristeza hicieron aquellas disposiciones de ingenio en su simiente, pero cesando estas razones y causas, y sobreviniendo otras contrarias, cierto es que se habían de ir perdiendo poco a poco las calidades del maná y adquiriendo otras diferentes, conforme a la región donde habitasen y los manjares que comiesen y las aguas que bebiesen y los aires que respirasen.

Esta duda, en filosofía natural, tiene poca dificultad. Porque hay accidentes que se introducen en un momento y duran toda la vida en el sujeto sin poderse corromper. Otros hay que gastan tanto tiempo en deshacerse, cuanto fue menester para engendrarse; y algunas veces más y otras menos, conforme a la actividad del agente y la disposición del que padece. Por ejemplo de lo primero, es de saber que de un grande espanto que hicieron a un hombre, quedó tan disfigurado y perdido el color, que parecía difunto; y no solamente le duró a él toda su vida, pero los hijos que engendraba sacaban el mesmo color, sin hallar remedio para quitarlo. Conforme a esta cuenta, bien pudo ser que en cuatrocientos y treinta años que estuvo el pueblo de Israel en Egipto, y cuarenta en el desierto y sesenta en el captiverio de Babilonia, que fuesen menester más de tres mil años para que la simiente de Abrahán acabase de perder las disposiciones de ingenio que hizo el maná; pues para corromper el mal color que en un momento hizo el espanto fueron menester más de cien años.

Pero, para que de raíz se entienda la verdad de esta doctrina, es menester responder a dos dudas que hacen a este propósito y nunca se acaban de soltar. La primera es: ¿de dónde nace que cuanto los manjares son más delicados y sabrosos (como son las gallinas y perdices), tanto más presto los viene el estómago a aborrescer y tener hastío de ellos? Y por el contrario, vemos comer un hombre carne de vaca todo el año sin darle molestia ninguna; y comiendo tres o cuatro días arreo gallinas, al quinto no las puede oler sin revolvérsele el estómago. La segunda duda es: ¿qué es la razón que siendo el pan de trigo y la carne del carnero, no de tan buena sustancia ni sabrosa como la gallina o perdiz, jamás el estómago los viene a aborrescer, aunque usamos de ellos toda la vida? Antes faltando el pan, no podemos comer los demás alimentos ni nos saben bien. El que supiere responder a estas dos dudas entenderá fácilmente la causa por donde los descendientes del pueblo de Israel aún no han perdido las disposiciones y accidentes que el maná introdujo en la simiente, ni se les acabará tan presto el agudeza de ingenio y solercia que les vino por esta razón.

Dos principios hay en filosofía natural, ciertos y muy verdaderos, de los cuales depende la respuesta y solución de estas dudas. El primero es que todas cuantas potencias gobiernan al hombre están desnudas y privadas de las condiciones y calidades que tienen su objeto, para que puedan conocer y juzgar de todas sus diferencias. Esto tienen los ojos, que, habiendo de recebir en sí todas las figuras y colores, fue menester privarlos totalmente de ellas; porque si fueran amarillos (como en los que padecen itericia) todas las cosas que mirasen les parecieran tener el mesmo color. También la lengua, que es el instrumento del gusto, ha de estar privada de todos los sabores; y si está dulce o amarga, ya sabemos por experiencia que todo cuanto comemos y bebemos tiene el mesmo sabor. Lo mesmo pasa en el oído, olfato y tacto. El segundo principio es que todas cuantas cosas están criadas apetecen naturalmente su conservación, y procuran durar para siempre jamás y que no se acabe el ser que Dios y Naturaleza les dio, aunque después hayan de tener otra mejor naturaleza. Por este principio, todas las cosas naturales que tienen conocimiento y sentido aborrescen aquello que altera y corrompe su composición natural y huyen de ello.

El estómago está desnudo y privado de la sustancia y calidades de todos los manjares del mundo, como lo está el ojo de los colores y figuras; y cuando alguno de ellos comemos, puesto caso que el estómago lo vence, pero el mesmo alimento rehace contra el estómago (por ser al principio contrario) y le altera y corrompe su temperamento y sustancia; porque ningún agente hay tan fuerte que, haciendo, no repadezca. Los alimentos muy delicados y sabrosos alteran grandemente al estómago: lo uno porque los cuece y abraza con mucho apetito y sabor; lo otro, por ser tan sutiles y sin excrementos, embébense en la sustancia del estómago, de donde no pueden salir. Sintiendo, pues, el estómago que este alimento le altera su naturaleza y le quita la proporción que tiene con los demás alimentos, lo viene a aborrescer, y si lo ha de venir a comer, es menester hacerle muchas salsas y apetitos para engañarlo.

Todo esto tuvo el maná desde el principio: que aunque era manjar tan delicado y sabroso, al final fastidió al pueblo de Israel; y, así, dijeron: anima nostra iam nauseat super cibo isto levissimo; queja indigna de pueblo tan favorecido de Dios, que les había proveído del remedio, que fue hacer que el maná tuviese los sabores y apetitos que a ellos se les antojase, para que lo pudiesen pasar: panem de caelo praestitisti eis, omne delectamentum in se habentem. Por donde lo vinieron a comer muchos de ellos con muy buen gusto, porque tenían los huesos, nervios y carne tan empapados en maná y de sus calidades, que por la semejanza no apetecían ya otra cosas. Lo mesmo acontesce en el pan de trigo que ahora comemos, y en la carne del carnero. Los manjares gruesos y no de buena sustancia (como es la vaca) son muy excrementosos, y no los recibe el estómago con tanta codicia como los delicados y sabrosos, y así tarda más en alterarse de ellos.

De donde se sigue que para corromper el alteración que el maná hacía en un día, era menester comer un mes entero otros manjares contrarios; y según esta cuenta, para deshacer las calidades que el maná introdujo en la simiente en cuarenta años, son menester cuatro mil y más. Y si no, finjamos que como Dios sacó de Egipto las doce tribus de Israel, sacara doce negros y doce negras de Etiopía, y los trujera a nuestra región. ¿En cuántos años fuera bueno que estos negros y sus descendientes vinieran a perder el color, no mezclándose con los blancos? A mí me parece que eran menester muchos años, porque con haber más de doscientos que vinieron de Egipto a España los primeros gitanos, no han podido perder sus descendientes la delicadeza de ingenio y solercia que sacaron sus padres de Egipto, ni el color tostado. Tanta es la fuerza de la simiente humana cuando recibe en sí alguna calidad bien arraigada. Y de la manera que los negros comunican en España el color a sus descendientes (por la simiente, sin estar en Etiopía) así el pueblo de Israel, viniendo también a ella, puede comunicar a sus descendientes el agudeza de ingenio sin estar en Egipto ni comer del maná; porque ser necio o sabio también es accidente del hombre, como ser blanco y negro.

Ello verdad es que no son ahora tan agudos y solertes como mil años atrás; porque dende que dejaron de comer del maná lo han venido perdiendo sus descendientes poco a poco hasta ahora, por usar de contrarios manjares, y estar en región diferente de Egipto, y no beber aguas tan delicadas como en el desierto; y por haberse mezclado con los que descienden de la gentilidad, los cuales carecen de esta diligencia de ingenio. Pero lo que no se les puede negar es que aún no lo han acabado de perder.