Examen de ingenios:35

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[Digresión sobre la sal][editar]

« Pero es menester escoger la sal que sea muy blanca y que no sale mucho; porque la tal es de partes sutiles y muy delicadas, y, por lo contrario, la morena es muy terrestre y destemplada y sala mucho en pequeña cantidad.

Cuánto importe la sal echada en los alimentos, no solamente que comen los hombres y brutos animales, pero aun las plantas, notólo Platón diciendo 'que la sal no solamente da gusto y contento al paladar, pero da ser formal a los alimentos para que puedan nutrir'. Sola una falta tiene, y ésta es muy grande: que no habiendo sal, ninguna cosa hay criada en el mundo que supla por ella. Todas las demás cosas de que el hombre se aprovecha en esta vida tienen su lugarteniente si ellas faltan: sola la sal nació sola para el fin que fue criada. Porque si falta pan de trigo, hay de cebada, centeno, panizo, avena y escaña; y si falta vino para beber, hay agua, cerveza, leche, zumo de manzanas y de otras frutas; y si falta paño para vestir, hay pieles de animales, de las cuales vistió Dios a nuestros primeros padres para echarlos del Paraíso terrenal; y si no, lienzos, sedas, cáñamo y esparto. Y, así, discurriendo por las demás cosas, hallaremos que todas tienen quien supla sus faltas, sino es la sal, que nació sola para su fin.

A la cual propriedad aludiendo Cristo nuestro redentor en su Evangelio, dijo a sus discípulos: vos estis sal terrae: si sal evanuerit in quo salietur? Como si dijera: 'discípulos míos y doctores de la Iglesia, mirá que sois sal de tierra, y si vosotros os perdéis ¿en qué otra cosa que tenga las veces de sal salaremos al pueblo cristiano?' Porque sabe que no la hay. Y otro Evangelio dice: in quo salietur ipsum sal? Para darles a entender que si ellos, siendo sal, se pierden, ¿en qué otra cosa los salaremos a ellos proprios? Como si dijera: incantatori quis medebitur? Y pudiera decir el Evangelio: 'Vosotros sois el pan de trigo de mi Iglesia, para sustentar y dar alimento espiritual y doctrina a los fieles; y si vosotros os perdéis ¿en qué otra cosa alimentaremos al pueblo?' Pudiéranle responder: 'En pan de cebada, como vos lo hicisteis en el desierto'. Pero, porque la sal no tiene lugartenientes, la escogió Dios para darles a los discípulos su oficio.

De la sal dicen los médicos: omnis sal in communi calefacit, discutit, adstringit, siccat, cogit ac densat substantiam corporum quibus adhibetur; las cuales propriedades ha de tener también el que fuere sal de la Iglesia, y tales efectos ha de producir en el auditorio cristiano el buen predicador. Y si no, discurra por cada una de ellas el que tuviere invención, y vera cuán al propósito viene llamar Dios sal a los predicadores. Pero una cosa no han considerado los filósofos naturales ni los demás que han procurado buscar las propriedades de la sal. Y es que las cosas que tienen mucha sal, si las queremos brevemente desalar, echándoles sal en cierta medida y cantidad y hasta cierto tiempo, se vienen a desalar, y si pasan del punto, se hacen salmuera. De lo cual si alguno quisiere hacer experiencia, hallará que el pescado salado, puesto a remojar en agua de la mar (hasta cierto tiempo) se desala más presto, que en agua dulce, y si dos pedazos de pescados, igualmente salados, ponemos a desalar en dos vasijas de agua dulce, al que le echasen un puñado de sal se desalará más presto que el otro. El predicador que tuviese buena invención sacaría de esta propriedad una galana consideración para el púlpito.

En todas estas propriedades naturales que hemos dicho de la sal, o en parte de ellas, se debió fundar Elíseo cuando con un vaso de sal enmendó las aguas mortíferas de cierta región y hizo que la tierra fuese fecunda, siendo antes estéril. Lo cual es fácil de probar si convenimos primero en tres principios naturales tan ciertos y verdaderos que ninguno los puede negar.

El primero es: de cuatro juntas o combinaciones posibles que se pueden hacer de las primeras calidades (caliente y húmida, caliente y seca, fría y húmida, fría y seca), de la primera dicen todos los médicos y filósofos que es la causa total por donde las cosas naturales se pierden y corrompen. Porque el calor juntamente con la humidad, puesto en el ambiente, relaja y afloja los elementos que están en la compostura del mixto y los saca de la unión, y así cada uno (dice Aristóteles) se va por su parte.

El segundo principio es que no todas las tierras del mundo son de una mesma calidad. Unas, dice Hipócrates, son húmidas, otras secas, unas calientes y otras frías, unas dulces y otras amargas, unas insípidas y aguanosas y otras saladas, unas crudas y otras fáciles de cocer, unas ásperas y otras blancas. Lo cual no hizo Naturaleza acaso y sin pensar, sino con mucha providencia y cuidado, atenta a la gran variedad de plantas y semillas que de la tierra se habían de mantener, porque no todas usan de un mesmo alimento. Si en dos palmos de tierra (dice Hipócrates) se siembran ajos, lechugas, garbanzos y altramuces, los ajos toman de la tierra para su nutrición lo acre y mordaz, las lechugas lo dulce, los garbanzos lo salado, y los altramuces lo amargo. Y así, por consiguiente, no hay yerba ni planta que chupe de la tierra el alimento con quien tiene amor y semejanza y deje los demás en quien no halla familiaridad ni gusto. Pero de tal manera, que no deje de aprovecharse de las otras diferencias de tierra; porque, de todas juntas, hizo Naturaleza un guisado y condimento que lleva dulce, salado, agrio y otra que pica como pimienta y especias, a manera de cazuela mojí; porque de otra manera la experiencia nos muestra que muchas yerbas juntas, aunque sean de diferente naturaleza, la unas a las otras se quitan la virtud. Lo que Hipócrates quiso sentir es que las lechugas toman de la tierra dulce cuatro onzas, y un adarme de las demás; y los garbanzos toman de lo salado dos onzas, y muy poco de lo demás; y así, por consiguiente, de las otras diferencias. Pero si la tierra está insípida y sin ninguna sal, no hay planta que se mantenga de ella; porque el ser formal que tienen los alimentos por donde son aptos para nutrir (dijo Platón) lo toman de la sal, y no como las demás golosinas y sabores, que levantan el apetito para recrearlo y no más. Por donde es cierto que los alimentos y frutas que Naturaleza hizo sabrosas, no es otra la causa sino haberles dado en su formación el punto de sal que habían menester.

El tercer principio es que las plantas tienen gusto y conocimiento de los alimentos que son familiares a su naturaleza; y éstos, aunque estén distantes, los traen para sí, y huyen de los contrarios. Lo cual confiesa llanamente Platón; porque le parece cosa imposible que, estando junto a sus raíces tres o cuatros diferencias de alimentos, que elijan y escojan el que es para sí y semejante, y dejen los demás por desemejantes y extraños; y que saquen, de los que cuecen y alteran, lo puro y ahechado y se mantengan de ello, y lo otro aparten y desvíen de sí hasta echarlo fuera del cuerpo. La cual sentencia contentó grandemente a Galeno, y así dijo: Platonem commendo plantas animalium vocabulo nuncupantem: non enim alia ulla de causa germanum atrabere vel sibi ipsis assimilares, quam ob fruitionem et ingenitam eis voluptatem, dicere possumus. Por las cuales palabras confiesa llanamente Galeno, juntamente con Platón, que las plantas tienen gusto, y que se recrean con los alimentos que tienen buen sabor conforme a su apetito y con los malos y desabridos se afligen y entristecen como si fueran animales.

Con estos tres principios podemos ya responder al hecho milagroso de Elíseo. Porque si la tierra que curó y enmendó sembrando sal por encima estaba insípida y aguanosa, con la sal se hizo sabrosa y aparejada para nutrir; y si por el calor y humidad del aire (que estaba metido en las cavernas de la tierra) las aguas salían malignas y corrompidas, con las calidades que dijimos de la sal naturalmente se remediaron; y si la tierra era infecunda por la mucha sal que tenía, con la mesma sal, sembrada por encima, se vino a desalar. El milagro fue que con sólo un vaso de sal remediase Elíseo tanta tierra y tanta muchedumbre de aguas. Como el milagro del desierto: que con cinco panes de cebada y dos peces hartó Dios cinco mil hombre y sobraron doce cofines; en el cual hecho Naturaleza puso el pan y los peces, cuya propriedad era alimentar y nutrir, y Dios la cantidad que fue menester para hartarlos ».