Exhortación (Balart)

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El sol de nuestra vida
desde su alegre aurora palidece,
y su antorcha encendida
rayo a rayo decrece,
hasta que en el ocaso desparece.
¡Placer, amor, belleza
(frutos precoces que jamás maduran),
honor, gloria, riqueza,
cuando mejor fulguran,
destellos son no más que un punto duran!
No pongas tu esperanza
jamás en tan efímeros trofeos,
y, con mayor pujanza,
a más altos empleos
encamina tu audacia y tus deseos.
Nunca pechos honrados
con aplausos humanos se enardecen:
los laureles sagrados
que eternos reverdecen
al otro lado de la tumba crecen.
Allí la soberana
luz del Supremo Bien pura destella,
y la gloria mundana
parece, a la par de ella,
lo que a la par del sol pálida estrella.
Mas, si gozarla quieres,
con incesante afán trabaja y suda:
no esperes ¡ay! no esperes
que a tu codicia ruda
sin labor ni semilla el campo acuda.
Los inquietos cuidados,
los duros sacrificios, los desvelos
en el bien empleados,
los férvidos anhelos
llaves son de la puerta de los cielos.
No en inacción menguada
mires las prestas horas ir volando;
la bóveda estrellada,
vueltas y vueltas dando,
va el hilo de tu vida devanando.
Ni el nocturno beleño
esperes al nacer el alba fría,
ni al entregarte al sueño
en la noche sombría
cuentes con el albor del nuevo día.
¿Piensas, piensas acaso
que eterna dura la existencia humana?
¿O, al teñir el ocaso
de ópalo y oro y grana,
te ha prometido el sol volver mañana?
En las claras auroras
como en la sombra de la noche oscura,
pasa en afán tus horas:
¡no esperes la futura,
¡ay! que ni la presente está segura!