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A Manuel del Palacio



más allá de los cielos estrellados,
más allá de los pálidos nublados,
más allá de los cielos estrellados,
donde acaban los tenues elementos,
penetran mis altivos pensamientos
buscando a Dios, inquietos y obstinados,
y en tinieblas se pierden abismados,
siempre de luz y de verdad sedientos.
¡Silencio!... ¡Soledad!... ¡Sombra!... ¡Vacío!...
Del Ser Eterno, en vano, pido nuevas
al antro enorme, pavoroso y frío;
sólo una voz me dice: ¿A qué te elevas?
¿A qué con temerario desvarío,
buscas lejos de ti lo que en ti llevas?