Exposición que el General Don Manuel Bulnes dirige a la Nación Chilena

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<< Autor: Manuel Bulnes


Conciudadanos:

Depongo la autoridad suprema con la conciencia de haber hecho, en el alto puesto a que me elevasteis, cuanto me era dado para corresponder a vuestra confianza.

Un sencillo paralelo del estado de la república al principio de mi administración con el que hoy presenta; una rápida ojeada sobre el espacio recorrido, bastará para que reconozcáis que no han sido infructuosos en este período los trabajos del gobierno; que las instituciones se han afianzado; que la organización de los poderes públicos ha recibido mejoras; que la prosperidad del país (excepción no sé si diga solitaria entre las jóvenes repúblicas que se alzaron al mismo tiempo que la nuestra sobre los dominios de España) ha hecho y hace cada día visibles progresos.

La paz exterior no ha sido turbada en este decenio. Estamos en paz con todas las naciones de la tierra, y debemos contar con la permanencia de este bien precioso, mientras respetemos los derechos ajenos tan cuidadosamente como hemos hecho hasta ahora, como el mejor título para obtener de parte de las naciones extranjeras igual consideración a los nuestros. De la influencia de estos sentimientos de justicia ha dado pruebas repetidas la república en los reclamos que se le han hecho por alegados agravios contra las personas o propiedades extranjeras, y creo que en esta parte hemos llevado nuestro propósito de mantenernos en amistad y buena inteligencia con otros Estados, hasta el último límite, compatible con el honor y la independencia de la república.

Nuestras relaciones diplomáticas y comerciales, reducidas antes a un pequeño círculo, abrazan hoy a todos los países del mundo civilizado, con excepciones, que provienen únicamente de no haber por ahora objeto en algunos de ellos para las comunicaciones directas. Debo recordar como un timbre de la primera época de mi administración, el reconocimiento de nuestra independencia y soberanía por la España, consignado en el tratado de 25 de abril de 1844.

Miembros de una familia de Estados, a que nos ligan afecciones tradicionales e intereses comunes, no hemos sido espectadores indiferentes de los sucesos que se desarrollaban en el seno de las repúblicas hermanas, y especialmente de las que ocupan el continente austral. Hemos adherido escrupulosamente a la antigua política de este gobierno: imparcialidad hacia los varios partidos y facciones que han agitado las repúblicas vecinas, y circunspecta reserva en lo concerniente a sus negocios interiores, absteniéndonos de mezclarnos de modo alguno en ellos. Si no hemos logrado evitar quejas y reclamaciones, si se nos ha acusado de dar una extensión peligrosa al derecho de asilo; si se nos ha querido hacer responsables de los ataques de la prensa, porque dejábamos el conocimiento y represión de sus extravíos a la judicatura especial establecida por la constitución; si hasta se nos ha imputado connivencia con las secretas maniobras de emigrados que desde nuestras costas trabajaban por excitar revueltas y trastornos en su país nativo; el tiempo hará ver al fin, que colocados entre deberes al parecer opuestos, celosos por una parte de la estricta observancia de las garantías constitucionales, obligados por otra a precaver en lo posible que se abuse de ellas, hemos conciliado en cuanto era dado a la prudencia, lo que la amistad y la neutralidad exigían con el amparo hospitalario que el espíritu suave y humano de la civilización moderna, y el mismo derecho público, cada día más liberal e indulgente, aseguran al infortunio. Sí: llegará el día en que calmadas las pasiones, mirados los hechos en su verdadera luz, se nos haga en todas las cuestiones de esta especie la justicia que ya hemos obtenido en algunas.

A la regla de no intervenir en los asuntos domésticos de los otros Estados no se oponía, sino al contrario, estaba en completa armonía con ella, el contrariar la indebida intervención, y mucho más los proyectos de usurpación de los otros Estados, en detrimento de la paz y seguridad común. Las repúblicas del Sur formaban, a mis ojos, un sistema político que no podía ser herido violentamente en uno de sus miembros por una acción externa, sin que se resintiesen los otros: la independencia de cada una de ellas es un interés solidario para todas. Yo debía mirarme como representante, en cierto modo, de este principio de natural e implícita alianza, en cuyo sostenimiento tuve la dicha de prestar a la patria servicios que os dignasteis acoger y recompensar con una benevolencia que vivirá eternamente grabada en mi alma. Elevado a la silla presidencial debía proceder en el mismo sentido; debía, sobre todo, evitar por los medios que a mi alcance estuviesen, que no se malograse el fruto de los costosos sacrificios que había hecho esta república para salvar la independencia recíproca de dos Estados, y derribar la confederación Perú-Boliviana, que inspiraba justas alarmas a los otros, y muy particularmente a Chile. Recordáis las tentativas del ex protector, y el desastrado remate de una de ellas, que terminó en el apresamiento del jefe proscrito. Chile fue elegido de común acuerdo para su confinación. Si fue preciso imponer restricciones a su libertad personal por motivos de incuestionable justicia, se logró poner fin a ellas en términos que aseguraron al ex protector una existencia decorosa y preservaron a las tres repúblicas de nuevas alarmas.

Otro incidente más ruidoso, y preñado de más ominosas consecuencias para la estabilidad de los gobiernos y las instituciones de nuestra América fue la expedición proyectada por el general Flores, con fuertes apoyos, cuya magnitud se traslucía suficientemente en la escala de los aprestos. Conjuróse la tempestad por las enérgicas y unánimes manifestaciones de las repúblicas del Sur, por los esfuerzos de sus agentes en Europa, por los clamores del comercio contra la supuesta connivencia de ciertos gabinetes y la positiva cooperación de alguno, y por una inopinada mutación política en aquella parte del mundo: suceso providencial que nos preservó de una lucha en la que la victoria estaba asegurada a la buena causa, pero no sin sacrificios costosos.

Se hicieron durante mi administración repetidos esfuerzos para llevar a efecto la reunión de una asamblea de plenipotenciarios americanos con objetos en la verdad grandiosos, pero inasequibles por aquel medio, como creo que la experiencia lo ha demostrado. Recordáis que se inició este pensamiento en un tratado entre la república mexicana y la nuestra, y no dejó de eclipsarse desde el principio todo lo que había de embarazoso, de complicado y lento, de ilusorio en una palabra, en la creación de un cuerpo, que impotente por sí, si sus acuerdos necesitaban de la ratificación de las repúblicas concurrentes, era inconciliable con los principios constitucionales de las mismas repúblicas, si se le autorizaba para dar leyes a todas, pues por determinadas y circunscritas que fuesen las atribuciones del cuerpo, hubieran menoscabado en parte la independencia y soberanía de los miembros. Chile, ligado por estipulaciones solemnes, no pudo menos de esforzarse sinceramente en la realización de aquel plan. Pero sus inconvenientes y su ineficacia han resaltado cada día más, y pienso que nos hallarnos en el caso de abandonarlo y de limitarnos a promover por los medios ordinarios de la correspondencia internacional los objetos seguramente grandes y benéficos, a que se creyó proveer por medio de una institución o ineficaz o ilegal.

No me detengo a recordaros la multitud de negociaciones, terminadas unas, pendientes otras, que han ocupado la atención del ministerio de Relaciones Exteriores, y de las que se ha dado suficiente noticia en las memorias anuales de los ministros, y en los mensajes dirigidos por mí a las cámaras siempre que ha sido necesaria su aprobación. Pero no debo olvidar la particular importancia de los que tenían por objeto la demarcación de los límites que separan al territorio chileno del boliviano y del argentino. Sensible es, que a pesar de las instancias del gobierno, aún estemos expuestos a las disputas y dificultades consiguientes a la indeterminación de fronteras.

El gobierno ha trabajado en todos los ramos de administración interior sometidos a su acción o influencia. Se han creado tres nuevas provincias; la de Valparaíso en 27 de octubre de 1824; la de Atacama en 31 de octubre de 1843; y la de Ñuble en 2 de febrero de 1848; y se han modificado y demarcado del modo que ha parecido más conveniente las subdivisiones territoriales que lo exigían. Pero un trabajo esencial, un complemento necesario a la carta constitucional, era el arreglo del régimen interior. Presentóse a las cámaras la primera parte de este arreglo, destinada a deslindar la jerarquía de la administración ejecutiva, y regularizar las funciones de sus varios empleados. Sancionada la ordenanza de intendentes, gobernadores, subdelegados e inspectores, se ha sometido a la deliberación de vuestros representantes la segunda parte, que determina todo lo relativo a la perfecta organización de las municipalidades, a la elección de sus principales miembros y al ejercicio de sus atribuciones.

De tiempo atrás se había sentido la necesidad de conceder a los empleados del orden ejecutivo en las provincias y departamentos, una recompensa proporcionada a sus tareas, indemnizándoles en algún modo el sacrificio que debían hacer de su tiempo y de sus intereses privados para consagrarse al servicio público; medida doblemente necesaria por la dificultad de encontrar personas idóneas, dispuestas a ocupar destinos de que sólo reportaban gravámenes, trabajo y delicada responsabilidad. En la ley de 3 de noviembre de 1847, se realizó al fin este acto de rigurosa justicia.

No ha pasado año alguno en el que no se revelase la actividad del gobierno, ya extendiendo, organizando, dotando la policía de seguridad, salubridad y ornato, y concurriendo con las municipalidades a su mejor arreglo; ya promoviendo el aumento de los recursos de estos cuerpos importantes, cuya acción, comprimida por la penuria de sus rentas, en muy pocos pueblos puede desplegar con suficiente energía las atribuciones que les están designadas; ya dando ensanche a los establecimientos de beneficencia, creando algunos cuya necesidad era más imperiosa, dictando, iniciando, sancionando providencias para la mejora de su estado material y de su dirección económica. La humanidad doliente va a ser asistida por religiosas del instituto de caridad, que llegarán pronto de Europa, y formarán el primer plantel de su especie en Chile. Y si por otra parte se ha procurado proporcionar alivio a las necesidades y males a que toda sociedad está permanentemente sujeta, por otra parte se han erogado socorros y se ha excitado la caridad pública a favor de los pueblos afligidos por inopinadas calamidades. Medidas sanitarias han opuesto oportunas barreras a la invasión de epidemias funestas; y sin perder de vista la indispensable protección de la salud pública, se han relajado las rigurosas cuarentenas que trababan innecesariamente el comercio exterior. El precioso preservativo de la vacuna difundido por toda la república hace cada día más raro y menos temible el aparecimiento de aquella plaga desoladora que ha diezmado tantas veces las poblaciones americanas.

La experiencia ha demostrado que las más eficaces precauciones contra la irrupción y desenvolvimiento de enfermedades epidémicas se encuentran en el aseo, en el moderado trabajo y la instrucción del pueblo. Notorios son los males físicos y morales que proceden de su falta de previsión, compañera inseparable de la ociosidad y de los hábitos viciosos. Como uno de los arbitrios que pudieran poco a poco corregirlos, se inició por la Sociedad de agricultura la caja de ahorros, establecimiento que ha producido en Europa los mejores efectos, y que entre nosotros, siento decíroslo, a pesar de los esfuerzos del gobierno, permanece estacionario y apenas da señales de vida.

Me extendería demasiado si os hablase de todo lo que se ha hecho para sacar partido de los recursos naturales de nuestro suelo y para vivificar la industria en sus variados departamentos.

Nuevos canales de regadío han fertilizado terrenos condenados antes a la esterilidad o a una mezquina producción. Se han habilitado nuevos puertos para facilitar la exportación de nuestros productos y para alimentar con menos dispendio las industrias nativas. Las vías interiores de comunicación, materia de tan trascendental importancia para acelerar los progresos industriales y el bienestar común, han ocupado sin cesar la solicitud del gobierno. La ordenanza de caminos, puentes y calzadas promulgada en diciembre de 1842, dio a esta parte del servicio público la organización que hasta entonces le faltaba, creando las juntas provinciales y el cuerpo de ingenieros; señalando las atribuciones de unos y otros, como de las municipalidades, gobernadores, subdelegados e inspectores, en todo lo relativo a las vías de comunicación; y fijando reglas para su conservación, construcción y policía. Después, como un auxilio necesario y al mismo tiempo económico, se encomendó la dirección de la mayor parte de los caminos a comisiones especiales, formadas por personas que por su interés particular, unido a su inteligencia práctica y su espíritu público, daban garantías de acierto, que podían suplir en gran parte la falta de conocimientos científicos. No hay año que en el curso de mi administración no presente notables trabajos en este ramo, y apenas hay mes en que no se hayan dictado providencias para su adelanto y mejora. Es sin duda de lamentar que en algunos de los principales se haya luchado hasta ahora con poco fruto contra la naturaleza del suelo que obligaba a reparar cada año las obras del anterior, y a consumir en meras reparaciones gran parte de lo que las cámaras habían podido asignar a este objeto. A pesar de estos inconvenientes, se han obtenido o aproximativamente van a obtenerse, mejoras de consideración. Sobre el impetuoso Maipó se ha levantado al fin un sólido y hermoso puente, que con las modificaciones mecánicas y económicas que sugiera la experiencia, será un excelente punto de partida para construcciones de la misma especie, cuya necesidad se hace sentir en tantas localidades. La opulenta Copiapó, uno de los principales centros de actividad industrial en nuestro suelo, va a tener expeditas sus comunicaciones con el mar por medio del ferrocarril que está construyendo, y que llegará muy presto a la capital de Atacama. Pero otra obra más grandiosa y de más vastas consecuencias se prepara. Santiago y Valparaíso, aproximadas una a otra por un medio semejante, centuplicarán sus comunicaciones y cambios, disminuirán los costos de producción y transporte para un ámbito no pequeño del territorio de la república, y en época no muy lejana verán partir de esta primera arteria ramificaciones numerosas que animarán puntos distantes en que la vida social dormita. En esta materia las maravillas de que ha sido testigo nuestra edad nos permiten abrigar esperanzas que poco antes se habían condenado como quiméricas, y bajo la influencia de nuestras leyes, bajo la influencia del orden y de la paz, bajo la influencia del crédito que nuestra joven república ha sabido labrarse en el universo comercial, serán sin duda positivas y envidiadas realidades. Yo miraré los primeros pasos que hemos dado en esta senda de progreso como uno de los blasones de mi administración.

Por largo tiempo ha estudiado el gobierno los medios de atraer a nuestro suelo la emigración que abandona en tanto número las más adelantadas regiones de Europa, redundantes de población y sacudidas por tormentas políticas. Parecían convidar en vano a los emigrantes nuestras instituciones sobriamente liberales, la abundancia de subsistencias con que la naturaleza ha favorecido a Chile, y su clima benigno, análogo al de los más bellos países del antiguo mundo. Se trató de hacerles conocer las ventajas de la colonización chilena, se les prometieron facilidades y auxilio, se envió un comisionado que tratase de dirigir a la remota Chile alguna parte de la caudalosa corriente de emigración que se lanzaba al océano en demanda de nuevos hogares, de moradas hospitalarias al abrigo de las agitaciones. Los últimos años han visto por fin comenzar bajo lisonjeros auspicios la colonización extranjera en la despoblada Valdivia. Se levantan aseados y cómodos caseríos en regiones fértiles que yacían incultas y desiertas por falta de brazos: una raza robusta, industriosa, moral, educada en la fe católica, se multiplica en ellas, se cree feliz y despierta alrededor de sí la animación de la vida social. Todo hace creer que este primer plantel prosperará, será seguido de otros, y estimulará con su ejemplo a las poblaciones nativas.

Entre tanto se habían zanjado los primeros cimientos de una colonia chilena en el estrecho de Magallanes; se estudiaba la localidad; se obtenía la grata convicción de que su esterilidad e intemperie había sido notablemente exagerada; se cuidaba de su organización y fomento. Fundada al principio en un paraje menos adecuado, se acordó su traslación a otro punto. Ella ha prestado ya oportunos auxilios a los navegantes que transitan por el estrecho que, mejor conocido, no infunde ya al comercio la desconfianza que solía. Se calcula en 96 el número de buques que en el año de 1850 pasaron el estrecho, y de ellos 76 visitaron el puerto de la colonia, en que más de una vez ha recibido socorros oportunos el navegante que los necesitaba. Lo que ha sido hasta aquí un presidio llegará a ser una verdadera colonia.

La extensión del comercio, la multiplicación de las comunicaciones y los cambios, traían consigo la necesidad de facilitar la trasmisión de la correspondencia escrita, y de establecer un sistema general de pesos y medidas, y una circulación monetaria que careciese de los inconvenientes de la nuestra. En el primero de estos puntos ha trabajado asiduamente el gobierno, y las cámaras se hallan en posesión de un proyecto de ley que tiende a regularizar el servicio de correos y hacerlo mucho menos oneroso a los particulares. Fenecido el privilegio de la compañía británica de vapores, gozamos a un tiempo de las facilidades que ella sigue dando al trasporte de valijas y pasajeros y al comercio de cabotaje, y de los que ya suministra la compañía que bajo los auspicios del gobierno, se ha formado recientemente para proveer a los mismos objetos en el litoral de la república.

En octubre de 1843, se acometió la difícil empresa de remediar el desorden monstruoso que adolecían los pesos y medidas, adoptando como unidad la vara, estableciendo la razón entre su longitud y la del metro, y conservando las divisiones y subdivisiones antiguas. La ley de 29 de enero de 1848, tomó por base el metro o la diez millonésima parte de un cuadrante del meridiano terrestre, unidad adoptada ya en muchas naciones europeas, conocida en el comercio y generalizada en la ciencia, y se arreglaron todas las divisiones y subdivisiones al sistema de la numeración decimal. Era necesario algún tiempo para poner en ejecución una reforma de tanta magnitud, y debo deciros que aún no la creo suficientemente preparada.

No necesito recordaros las leyes recientes, propuestas por el gobierno y sancionadas por la legislatura, para regularizar la circulación monetaria, fijando la forma, peso y ley de los varios signos metálicos, y arreglando los valores a la escala de la numeración decimal.

La oficina de estadística era una creación que se echaba de menos, que se puso por obra, y que me lisonjeo no tardará en corresponder mucho más cumplidamente que hasta ahora a los fines que la aconsejaron. Se amalgamaron en ella dos objetos diversos, cuya utilidad no es necesario encarecer: la conservación de los títulos que garantizan las propiedades, los derechos de todas clases y el estado civil de las personas; y la adquisición de datos individuales y exactos relativos al movimiento de la población, a las influencias que lo aceleran o retardan, obrando directamente sobre la salud y la vida; relativos a su moralidad contemplada a la luz que sobre ella derraman las operaciones de la justicia civil y criminal; relativos a la agricultura, el comercio, la instrucción popular y científica. Bajo algunos de estos puntos de vista, y especialmente en lo tocante al comercio, se han obtenido resultados instructivos; la marcha del tiempo y los avisos de la experiencia los irán proporcionando, no lo dudo cada día más extensos. No sé si diga con todo, que la amplitud de las operaciones de esta oficina pudiera en cierto modo embarazarlas y que reducidas a menor escala, para ensancharlas a medida que se fuesen regularizando, darían mejores y más copiosos frutos, y conducirían por un camino más seguro, y quizá más corto, al desarrollo completo que la ley se ha propuesto.

Desde mucho tiempo atrás había sido sentida la necesidad de conocer el suelo que habitamos para promover así el beneficio de los cuantiosos y variados materiales que encierra y alimenta. Inspirado fue por este sentimiento el viaje científico de don Claudio Gay, decretado en 14 de octubre de 1830. El ilustrado profesor debía recorrer el territorio chileno en tres años y medio, estudiar su historia natural, su geología, su geografía, su estadística, y presentar en seis meses más, un bosquejo de varias obras o tratados en que se ilustrasen todos estos objetos. Debía formar un gabinete de historia natural. Debía, finalmente, publicar el resultado completo de sus trabajos en los tres años subsiguientes. Los plazos prefijados al laborioso naturalista eran evidentemente demasiado estrechos, comparados con el ámbito inmenso y la diversa naturaleza de sus acumuladas investigaciones. Sus trabajos parecieron dignos de una remuneración pecuniaria sobre la asignación anual de que gozaba, y el congreso nacional tuvo a bien concederle a este título, en 29 de diciembre de 1841, la cantidad de seis mil pesos. Autorizóse al mismo tiempo al gobierno para que auxiliase con lo que fuese menester la publicación en lengua castellana de todo lo relativo a la historia civil y natural de Chile, que había de darse a luz en Europa bajo su dirección. Desempeñado este encargo se le prometía un nuevo premio pecuniario a propuesta del gobierno. Obstáculos de varias clases han ocasionado un retardo, doblemente sensible por el desaliento que ha producido en los suscritores; pero lo ya publicado contiene toda la historia civil, documentos inéditos de gran precio y noticias científicas interesantes, que hacen desear vivamente la terminación de la obra.

Otra empresa análoga a la precedente y que promete resultados menos tardíos y de más decidida importancia, es la encomendada, por decreto de 11 de octubre de 1848, a don Amado Pissis para la averiguación exacta, por los mejores medios científicos, de la geografía del país en sus más menudos detalles, la composición geológica de los diferentes terrenos, sus producciones mineralógicas, la explotación agrícola, de que cada uno fuese susceptible, y los vegetales indígenas y exóticos, cuyo cultivo conviniese más en ellas. La obra debe componerse de texto y mapas; y la parte relativa a la provincia de Santiago, cuyo texto ha salido ya a la luz, y cuyo mapa ejecutado a mano, en grande escala, ha merecido la aprobación de los inteligentes, nos autoriza para prometernos que llevada a su conclusión la obra, será la más acabada de su especie que se ha publicado en América, y podrá sostener la comparación con algunos de los mejores trabajos de esta clase de que se gloría la Europa.

Mientras así se cuidaba de los elementos materiales, a otros intereses de superior esfera se daba toda la atención que merecían. Entre éstos el de la educación del pueblo ha ocupado un lugar preferente. La escuela normal fue creada en 18 de enero de 1842. Su plan de estudios ha recibido sucesivos ensanches, y abraza en el día, además de los ramos que componían su primer programa, la historia sagrada, los fundamentos de la fe, la pedagogía, la cosmografía, la geometría, elemental y práctica, la música vocal y nociones generales de agricultura. Era difícil observar la conducta de los alumnos, fuera de las horas de asistencia, y muy pronto se echó de ver la necesidad de someterles a una inspección constante, a un pupilaje, en el que la formación de hábitos morales no tuviese menos parte que el cultivo de la inteligencia. Convertida la escuela en internado, era consiguiente construirle un edificio capaz, adecuado a su objeto. Limitado en su erección a 28 alumnos, cuenta en el día 20 más, y está destinada a completar el número de 80 en los años de 1852 y 1853. Ella ha enviado y seguirá enviando a las provincias preceptores capaces que sacarán la enseñanza primaria del estado rudimental en que por tanto tiempo se ha mantenido estacionaria, y elevarán la instrucción del pueblo al nivel que en esta época de extendida civilización le corresponde. Han empezado ya a sentirse los saludables efectos de esta institución popular, que se extenderán más y más cada día. Se han establecido en varios puntos escuelas modelos, servidas por los alumnos que han completado su educación en la normal. Se han creado por todas partes escuelas primarias, auxiliando el erario a las municipalidades donde no podían éstas absolutamente sostenerlas, o no eran suficientes sus recursos para proveer competentemente a este objeto. A muchas de ellas se han hecho copiosas remesas de libros útiles, y se ha mejorado la localidad de no pocas. El sexo que antes de ahora se veía, aun en poblaciones de segundo orden, casi excluido del beneficio de la enseñanza primaria, la recibe ahora en numerosos establecimientos a costa del erario nacional o de las municipalidades. Y empezando a sentirse más generalmente la necesidad de educar las nuevas generaciones, el interés particular ha contribuido por su parte a satisfacer la demanda. La visita de escuelas fue en los últimos años una medida importante, que generalizada y mejorada por la administración que me sucede, no podrá menos de tener una grande influencia en el adelantamiento de la enseñanza elemental.

Podrá calcularse el incremento anual de la primera y más necesaria instrucción por las sumas del erario que se destinan anualmente a esparcirla. Ascendían en 1845 a 41.000 pesos, que en el último presupuesto se han elevado a 71.000.

En beneficio de la instrucción y moralidad popular, se deseó también sacar partido de la gran festividad nacional que hoy celebramos, y para que no se limitase a recuerdos de gloria y a regocijos estériles, se concibió en 1848 el pensamiento de una exposición anual de productos artísticos y de manufacturas. Realizóse esta idea y se le dio mayor extensión en el decreto de 2 de agosto del año siguiente, estableciendo una distribución anual de premios en favor de la beneficencia, de las artes liberales y mecánicas, y de la enseñanza primaria.

Los institutos provinciales han marchado a pasos desiguales en la senda del progreso, y siento deciros que dos o tres de ellos se mantienen, por decirlo así, en embrión, y que aún en alguno se ha propuesto como más conveniente la sustitución de una escuela modelo. Pero aunque tal vez ninguno de ellos puede competir con el de La Serena, especialmente en la enseñanza de las ciencias físicas, que tienen más inmediata conexión con la industria dominante de la provincia, en todos, con las dos o tres excepciones indicadas, es indisputable el adelantamiento. Con la mira de favorecerlo se ha concedido a varios de ellos que por sus circunstancias lo merecían, el privilegio de que sus cursos, debidamente certificados, valgan para la colación de grados universitarios.

El instituto nacional bastaría solo para demostrar el vuelo que, durante el decenio de mi administración, ha desplegado la instrucción secundaria y científica. Se han abierto para casi todas las carreras profesionales clases nuevas, en las que se ha dado al dogma, a la moral cristiana y a los fundamentos de la fe toda la atención que reclamaban; en las que se extienden y perfeccionan los estudios históricos; en las que ya se cultivan con fruto las ciencias naturales, que parecían presentar, poco hace, tan poco atractivo a la juventud estudiosa; en las que la medicina, que se honra ya con algún número de facultativos idóneos, formados en nuestro propio suelo, alumnos prósperamente su marcha, conquistando la popularidad y respeto que preocupaciones injustas le negaban; en las que se completa la educación del abogado, del futuro magistrado, instruyéndole no sólo en la práctica del foro, sino en la legislación militar, en la de minería y en el derecho comercial.

La astronomía no es contada todavía en el número de los ramos científicos que se cultivan en el instituto nacional. Aprovechando una feliz oportunidad se ha procurado plantar entre nosotros el primer germen de esta ciencia sublime, iniciando en el uso de sus instrumentos y en sus más útiles aplicaciones a los alumnos del instituto que parecían más competentemente preparados. Me complazco en decir que el señor Gillis, el digno jefe de la expedición astronáutica norte americana, encargada de laboriosas y profundas investigaciones en este país, se ha prestado gustoso, y aun puedo decir, espontáneamente, a la realización de esta idea. Las mejoras introducidas en el instituto no se limitan a la juventud que allí se instruye; sus textos, sus métodos de enseñanza, extendidos a los institutos provinciales, y voluntariamente adoptados aun por los colegios particulares, dan a la enseñanza preparatoria y científica por un medio indirecto la extensión y uniformidad que la ley no hubiera podido nunca exigir sin graves inconvenientes, ni quizá con buen suceso. Un edificio sólido y hermoso contiene ahora en su seno ese gran centro de la enseñanza de las letras y ciencias en Chile. Entre tanto, la biblioteca nacional se enriquece rápidamente, y el museo de Santiago aumenta cada día su interesante colección con nuevas especies.

A la universidad, restablecida bajo formas nuevas, análogas a nuestra época, se debe sin duda una parte en este brillante progreso. Fiel a los fines de su institución, inspecciona la enseñanza en todos sus ramos, discute los reglamentos, promueve, examina y califica los textos, representa a la autoridad las necesidades, sugiere reformas y adelantamientos. Bajo su influencia se acopian materiales, se ejecutan estudios y trabajos, que ilustran ya la historia de nuestra patria, y salvarán de un ingrato olvido las virtudes y proezas de sus más meritorios hijos. La separación de los estudios universitarios indispensable para la actividad de las facultades, y para dar al cuerpo el carácter docente que le falta y sin el cual no puede ser tan extensamente útil como debiera, es una innovación decretada hace algunos años y que ha encontrado hasta ahora obstáculos pero cuya ejecución, a. lo menos parcial, no creo que debe diferirse más tiempo.

La Sociedad de agricultura y beneficencia ha recibido algunos auxilios pecuniarios para conservar de algún modo su vitalidad, amenazada como estaba de una extinción completa.

La Quinta Normal, establecimiento del mayor interés para un país esencialmente agrícola, empezó a existir por el reglamento de 17 de diciembre de 1842. Pero en los últimos años es cuando se la ha visto desenvolverse en dimensiones, edificios, plantíos y ensayos, que justifican las esperanzas que se concibieron al crearlo, y le pronostican un porvenir brillante. Se ha naturalizado multitud de vegetales exóticos, de que se han distribuido no pocos a la agricultura y jardinería del país, cuyas demandas han proporcionado ya y seguirán proporcionando crecientes ingresos, que sufragarán a una parte considerable de los gastos. A la aclimatación y criadero de plantas se agrega el estudio de la industria sericícola, de la agricultura, de la mejora de crías y de la veterinaria, a cuyo fin se ha mandado fundar una escuela teórico-práctica, que va a ser inmediatamente abierta, y en la que el Estado costeará doce becas para otros tantos individuos de las diferentes provincias.

No anuncia resultados menos lisonjeros la escuela de artes y oficios, que creada en el interés de la industria popular, e instalada el 18 de septiembre de 1849, ha progresado notablemente en los dos años que apenas cuenta de existencia. A pocos meses de abierta se creyó conveniente aumentar hasta 40 el número de sus alumnos; cada día se dispensa en mayor escala la enseñanza práctica de los ramos que en ella se cursan. Se han expedido los reglamentos necesarios para su dirección económica, su contabilidad y la división de sus productos líquidos entre los empleados, los alumnos y la Escuela. Ella mejorará nuestras artes y contribuirá indudablemente al bienestar y moralidad del pueblo.

Otras dos creaciones benéficas y populares datan de ese mismo año de mi administración. Una de ellas es la escuela de pintura, en la que se nota a la par del número creciente de alumnos un aprovechamiento superior a lo que tan poco tiempo ha debido esperarse. Se la ha provisto de una hermosa colección de modelos, y con el fin de estimular este bello arte, al que parece tener disposiciones particulares la inteligencia chilena, se ha empezado a formar por el gobierno una colección de cuadros, recogiendo los pocos de algún mérito que el tiempo y la incuria han perdonado. La segunda es la escuela de música y canto, que establecida por la cofradía del Santo Sepulcro en 1849, se erigió el año siguiente en conservatorio de música con fondos nacionales, y con la obligación de dar lecciones gratuitas a toda clase de personas y particularmente a la juventud que se educa en el instituto de Santiago. No debo olvidar la escuela de arquitectura, tan imperiosamente reclamada por la conveniencia de los particulares y del público, y planteada en 17 de noviembre del mismo año.

En lo tocante a la administración de justicia y a la reforma de la legislación, no ha sido menos asidua y fervorosa la solicitud del gobierno.

Demasiado me extendería si hubiera de daros cuenta de todas las providencias que en este ramo ha dictado el gobierno ejerciendo sus peculiares atribuciones, o en las que las ha obtenido el acuerdo del congreso, o que con su previa autorización ha llevado a efecto. La simple enumeración de aquellas en las que se ha previsto a la localización, a la seguridad, a la economía, al servicio de las cárceles y presidios, bastaría sola para fatigar vuestra atención. Pero no podré menos de contar entre los progresos capitales en esta línea, la introducción de un sistema penitenciario, en el que sin los malos efectos de la soledad absoluta y perpetua, que mina lentamente la vida y la inteligencia de los confinados, se restringe la comunicación libre, que completa su depravación. El plan adoptado, creando en ellos hábitos de industria, convertirá en miembros útiles a la sociedad, los delincuentes y malhechores que la infestan. La penitenciaría de Santiago, cuya construcción toca a su término, llenará este objeto.

Entre las medidas de un carácter general, merece recordarse la orden impartida a los tribunales para que dirijan al gobierno informes anuales sobre las aptitudes y méritos de los abogados y jueces, y le propongan los que crean más dignos de ser promovidos a los destinos judiciales: disposición calculada para asegurar la independencia de las judicaturas y su recto desempeño.

Se han recopilado en un prontuario las leyes y disposiciones que podían suministrar a los jueces de menor cuantía el indispensable conocimiento de sus deberes. Se ha mejorado el servicio de las escribanías e introducido en los archivos públicos que les están confiados el orden y arreglo de que necesitaban. Se han creado nuevas oficinas de escribanos y procuradores de número, donde el incremento de la población y de las operaciones comerciales lo exigía.

Pero ninguna medida de más trascendencia que la creación de las dos cortes de apelaciones de Concepción y de La Serena. Ella ha removido en gran parte los inconvenientes ocasionados por la existencia de un solo tribunal de esta clase; proporcionando la inspección y represión de abusos perniciosos en los juzgados inferiores, facilitando el recurso de apelación a los litigantes de las provincias lejanas, y poniendo en ellas al alcance de los pobres este necesario remedio para la persecución de sus derechos. Se ha multiplicado para fines análogos el número de los jueces letrados. La reunión de los tribunales y juzgados civiles de Santiago en un solo edificio, y la biblioteca que se ha puesto allí a su alcance, enriquecida de lo más selecto que se ha escrito en jurisprudencia, produce ventajas que no es menester indicaros. Una ley especial ha facilitado el matrimonio de los habitantes no católicos, sujetándolos a sencillas formalidades que no pugnan con ninguna creencia religiosa, y rehabilitando por este medio la prole, que procreada de enlaces contraídos de buena fe sin ellas, carecían de los derechos inherentes al nacimiento legítimo. Una importante ley ha sujetado a reglas precisas la graduación de créditos en los concursos, y ha abolido la hipoteca general convencional, que afectaba de inseguridad la primera de todas las garantías de crédito, la hipoteca especial: el reglamento para la inscripción de hipotecas y censos dio a esta ley el indispensable complemento anunciado en ella misma. Se ha dado impulso a la estadística judicial. Se ha promovido la redacción de varios códigos, trabajo de suma necesidad en el estado actual de nuestra legislación, compuesta de tantos elementos incoherentes, y hostiles en parte al sistema político que nos rige, y creo poder anunciaros que toca ya a su conclusión el civil, y que podrá ser presentado al gobierno y a las cámaras en el año próximo.

La visita judicial, en la parte no pequeña que ha sido desempeñada hasta ahora, ha producido resultados del mayor interés. Ellos ponen a la vista un cuadro instructivo que lleva a la luz a los últimos ángulos de la administración judicial inferior, y señala a los futuros legisladores los vacíos que deben llenarse, las corruptelas y abusos que es preciso extirpar.

Una ley reciente facilita los acuerdos de los tribunales en los casos de dispersión de votos, ocurrencia no rara que ha producido largos retardos y alguna vez obstáculos insuperables en la decisión de las causas; ella sujeta a reglas el modo de fundar las sentencias, para dar a esta preciosa garantía de la recta administración de justicia el debido valor y eficacia.

Abolióse el privilegio de que gozaban los senadores, diputados y consejeros de Estado en las causas civiles. Abolióse el pernicioso derecho de retracto, tan embarazoso en los contratos de venta y tan fecundo de litigios.

En la legislación criminal se han introducido reformas parciales. Debo citar la relativa a hurtos y robos que han establecido una justa proporción entre el delito y el castigo, y suavizando la severidad de las leyes españolas ha hecho más segura y por consiguiente más eficaz la inflicción de la pena legal. Ni debo olvidar aquí las modificaciones de la ley destinada a reprimir los abusos de la libertad de imprenta, débil barrera a la verdad, mientras no la apoye la conciencia del jurado; mientras se crea que reside en esto lo que en ninguna otra autoridad judicial, la facultad de sobreponerse a los preceptos legales.

No han sido menores los desvelos del gobierno en favor de la iglesia chilena. A la erección de la catedral de Santiago en metropolitana, que precedió pocos meses a mi entrada en el gobierno, siguió de cerca el establecimiento de las nuevas sedes episcopales de La Serena y Ancud. A los tres prelados se costearon liberalmente por el erario los gastos extraordinarios de instalación, y posteriormente se añadió una módica suma a la renta anual del arzobispo, demasiado mezquina para la dignidad y decoro del primer pastor de la Iglesia chilena. Se creó un número, corto a la verdad, de prebendas en las dos nuevas catedrales; se ha provisto a sus más urgentes necesidades; se han hecho asignaciones de alguna consideración a la de Santiago. Los seminarios conciliares, merced al celo de los prelados, prosperan, y en el de Santiago se ha dado a la educación de los ministros del Evangelio la extensión conveniente. Crece el número de instruidos y virtuosos sacerdotes. Los conventos de la capital no han seguido de lejos este movimiento ascendente, y en varios de ellos se han formado colegios para mejorar los estudios monásticos y contribuir a la difusión general de las luces. Se han edificado nuevos templos; otros se levantan de sus ruinas. Mediante la división de algunas parroquias se ha facilitado la participación en los divinos misterios a poblaciones que no podían sino rara vez acercarse a un altar, ni alimentarse con la palabra evangélica. Las visitas diocesanas han inspirado el servicio del culto; han arreglado del modo posible el ramo de fábrica y los archivos parroquiales; han dado a conocer las necesidades que urgían más; han llevado la administración de los sacramentos a parajes distantes en que se conservaba apenas una tradición religiosa. Para auxilio de los párrocos, y para hacer oír a gran número de los habitantes del campo la enseñanza evangélica, se les ha proporcionado el beneficio de misiones anuales, encomendadas a sacerdotes de conocida piedad y celo. Se ha trabajado incesantemente en el régimen de las misiones de infieles, y se ha luchado en ellas con dificultades de todas clases: se levantan edificios misionales, se reparan los antiguos, y se ha procurado que tenga en ellos alguna más latitud la instrucción del neófito. Sólo el tiempo puede dar a este germen, todavía débil, el apetecido desenvolvimiento, y hacer surgir en el recinto de las misiones sociedades cristianas dignas de este título, industriosas, estables, en vez de rancherías efímeras cuyo estado social dista poco de la barbarie; poblaciones que un soplo dispersa, restituyendo a los indígenas la independencia salvaje de que tan difícilmente se emancipan. Los trabajos de la Sociedad evangélica, que deben mucho a la solicitud pastoral del arzobispo, podrán acelerar la lenta obra de los años.

Aunque las circunstancias calamitosas que han afligido a los Estados Pontificios, opusieron embarazos de mucha monta a las negociaciones de nuestro ministro plenipotenciario en la corte de Roma, no han sido infructuosos los esfuerzos de este digno representante de la república. Ligado por la letra y espíritu de sus instrucciones, se limitó a obtener las concesiones importantes, de que se os ha informado en la memoria del ministro del Culto.

¿Trazaré ahora la serie de operaciones del ejecutivo en el departamento de la fuerza armada, durante el decenio que expira hoy? El catálogo de las providencias relativas a su organización, su reclutamiento, su disciplina, su contabilidad, su legislación especial; sobre vestuario, armamento y maestranza; sobre fortificaciones de la frontera terrestre y marítima; sobre retiros y montepíos; sobre cuanto atañe al servicio de la tropa de línea en sus diferentes armas, a la milicia cívica, a la marina de guerra, excedería con mucho los límites de esta rápida exposición. Fijaos desde luego en dos puntos que me parecen capitales, porque revelan la fidelidad del gobierno al espíritu de las instituciones republicanas. La fuerza del ejército permanente, en infantería, caballería, y artillería, se limitaba en 1842, a 2.216 plazas, y dejo un total de 2.266, diferencia bien insignificante, bien desproporcionada sin duda al desarrollo que han tomado en este período todos los elementos sociales. Por el contrario, la milicia nacional se ha multiplicado extensamente; los ciudadanos armados en defensa de la nación y de la ley ascienden hoy a cerca de 70.000 hombres de todas armas; gran parte de ellos en un estado de instrucción, moralidad y disciplina bastante satisfactorio.

Se han regularizado los ascensos. En 1842 el número de oficiales del ejército ascendía a 455, excesivo, sin duda, enormemente excesivo comparado con el total de la fuerza, pero vivían no pocos de los héroes de la independencia y acababa de terminarse una guerra gloriosa; no era posible borrar de la lista a los que, llamados en el día del peligro a las filas de la patria, han derramado su sangre por ella y sostenido tan noblemente sus derechos. Disminuir poco a poco este número era todo lo que la justicia y la gratitud nacional permitían. Hoy se compone de 360 entre generales, jefes y oficiales, en servicio efectivo.

Dificultándose ya los ascensos, era justo, era urgente ofrecer al militar una especie de compensación; aumentando su recompensa pecuniaria, so pena de que la carrera de las armas, deslucida y menesterosa, retrajese a los que podían darle más lustre, y que el cáncer de la deserción cundiese con tanta más rapidez cuanto era cada día mayor la distancia entre el bienestar del soldado y el de las ínfimas profesiones mecánicas. Estas ideas inspiraron la ley de 30 octubre de 1845.

En 1842, se planteó la academia de cadetes, a que debía seguir la escuela de sargentos y cabos, fundada al fin de 1845, y poco después comenzó a ponerse en ejecución el pensamiento de enviar a Europa, con el carácter y sueldo de ingenieros, algunos jóvenes que adornados de los conocimientos necesarios en las matemáticas puras, aprendiesen allí la arquitectura militar y se instruyesen en otros ramos concernientes a los cuerpos facultativos del ejército, para que restituidos a Chile, pudiesen dirigir en la academia nuevos estudios, desconocidos entre nosotros. En 1847, trece de los alumnos de la sección de cadetes pasaron a Francia con este objeto, y acogidos franca y generosamente por el gobierno francés, tres de ellos después del competente examen fueron agregados al cuerpo de oficiales que forma la carta topográfica de Francia; cuatro, examinados en Metz, obtuvieron diploma de capacidad y de suficiente aptitud para el servicio de ingenieros militares y de artilleros. Otros de estos jóvenes hacen un estudio especial del ramo de puentes y calzadas. Las dos secciones de la academia han dado sucesivos contingentes para llenar las vacantes en el ejército. La excelente organización a que en pocos años de existencia llegó la academia, los lucidos progresos de sus alumnos, la instrucción variada, el aseo, la moralidad, la decente comportación que los distinguen, han sido generalmente admirados. Pero la utilidad de la academia no se ciñe ahora a la formación de oficiales, sargentos y cabos. La admisión de alumnos pensionistas la hace un establecimiento de educación general para los que, sin dedicarse a la milicia, ni aspirar a las profesiones científicas, deseen distinguirse en la variedad de carreras útiles que les abre la progresiva prosperidad del país. Y con pequeñas modificaciones en la organización de sus estudios, puede convertirse en un establecimiento que no sólo dé al ejército oficiales instruidos, sino una enseñanza especial en las profesiones científicas, como la marina, la minería, la dirección de obras públicas.

La marina de guerra contaba en 1842 con una fragata y dos buques menores; sensible es que las multiplicadas cargas de nuestro erario no hayan permitido aumentar esta pequeña fuerza sino con un buque más y un transporte.

Todo estaba por formar en el departamento de Marina de tan vital importancia en nuestra situación geográfica. ¿Qué era de aquella escuadra que había dado tantos triunfos a la heroica infancia de la república, y que parecía empezar a revivir a fines del decenio anterior para darle nuevas glorias? Apenas quedaban carcomidos fragmentos. En la fragata Chile, de tan costosa adquisición, se notaban señales de un deterioro rápido que sólo podía retardarse por medio de reparaciones igualmente costosas. Faltaban escuelas en las que se educasen los jóvenes que abrazasen esta carrera; faltaban arsenales y almacenes; faltaba el alma que debía dar vida a este cuerpo, una disciplina, un orden económico y administrativo sujeto a reglas precisas. No digo que se haya creado todo esto en el decenio que ha expirado; hubiera sido demencia esperarlo, pero hemos dado algunos pasos para que se realice en una época tal vez no remota.

Pasando por alto multitud de providencias que proveían a necesidades momentáneas, recordaré las de un carácter algo más trascendente. A los oficiales que se mostraban dispuestos a seguir sirviendo se dispensó la protección que era necesaria para conservarlos. Habíase solicitado y obtenido del comandante de las fuerzas navales de S. M. B. en el Pacífico, que admitiese a bordo de sus buques algunos oficiales de la marina nacional; cinco jóvenes se aprovecharon de este favor, y merecieron testimonios honoríficos por su habilidad y buena conducta. Se abrió a bordo de la fragata Chile, una escuela náutica, convertida después en una academia de guardias marinas, dirigida por uno de los oficiales de dotación de aquel buque; cinco de los cadetes de la escuela militar han entrado recientemente en ella; y a beneficio de la marina mercante se estableció un curso de pilotaje, a cargo del capitán de puerto de Valparaíso. Se mandó organizar una brigada de infantería para la guarnición de nuestros buques de guerra y para otras exigencias del departamento. En septiembre de 1845, conseguí que las cámaras me autorizasen para contratar la construcción de un buque de vapor y dos goletas de guerra, pero no pudo llevarse a efecto la autorización por varias dificultades de que a su tiempo se dio cuenta al congreso; la principal era la insuficiencia de la suma apropiada a este objeto. Se aumentó el sueldo de la marina de guerra, anteriormente escasísimo, y fuera de toda proporción con la naturaleza del servicio y con la necesidad de procurarle oficiales y marineros idóneos. Se dividió el litoral en gobernaciones marítimas, sometidas a la comandancia general de Valparaíso. La hermosa corbeta Constitución, de 634 toneladas, construida en Valparaíso con maderas del país, para el servicio del Estado, fue lanzada al mar el 19 de febrero de este año, día que no desmerece un recuerdo en los anales de nuestra marina. El vapor Maule, destinado a facilitar la peligrosa entrada del puerto Constitución, podrá prestar en breve este servicio a la navegación, o en caso de no adaptarse a él, emplearse como transporte, o como medio rápido de comunicación, cuando lo haya menester el gobierno.

Para el fomento de la marina de guerra es de toda necesidad el de la mercante, su natural antecedente en el curso ordinario. Al monopolio del comercio de cabotaje, en el que hoy sólo tienen una pequeña participación los vapores correos, se reduce la protección de que goza hasta ahora. Se reclamaban a su favor otros privilegios, como el de hacer exclusivo a la bandera nacional y la del país productor, el comercio entre esta república y. ciertas naciones del Pacífico; como el de establecer una escala de derechos diferenciales que favoreciese a los buques construidos o naturalizados en Chile. Uno y otro pensamiento ha parecido irrealizable en las circunstancias de la época. La recíproca igualación de pabellones es hoy una práctica, y puede decirse un principio, que casi todas las potencias comerciales profesan. Chile ha debido adoptarlo, so pena de someterse en el extranjero a una retaliación que haría ilusorias las ventajas de que gozase la marina nacional en nuestros puertos, y de sacrificar sin fruto a un interés, grande sin duda, otros de superior magnitud. En 19 de julio de 1850, se proclamó esta transición memorable, preparada y anunciada desde dos años antes. La marina mercante florecerá, cuanto es dable, sin la onerosa protección que solicitaba; ella misma parece hoy creerlo así. Constaba de 103 buques en 1843; en 1848 no había sido su número sino de 105; en 1849 ascendió a 119; en 1850 a 157; en 1851 a 182; incremento aún más digno de notarse, si se atiende al volumen, que en 1848 medía 12.628 toneladas, y en el año presente alcanza a 34.518. De éstas el comercio costanero ha llegado a ocupar 23.375, multiplicando los cambios entre las provincias del sur y del norte de la república, y dando impulso a la industria de todas.

La construcción naval ha seguido también una marcha ascendente. Se han lanzado al mar muchas embarcaciones menores: Constitución, que por el año de 1849 construía cuatro buques, que representaban 612 toneladas, en 1850 lanzó quince con 2.212 toneladas, y en 1851 trece con 910.

Me he extendido demasiado, aún omitiendo particularidades que bien merecían un lugar en esta reseña. Sólo puedo echar una mirada rápida sobre las rentas fiscales, indicante nada equívoco de la prosperidad general. Su líquido producto fue de 2.830.000 pesos en 1840; de 3.553.000 pesos en 1848; de 4.000.000 en 1849; de 4.334.000 pesos en 1850. La sola renta de aduanas ascendió en el último año a 2.627.000 pesos, suma que con muy corta diferencia iguala al producto de todas las rentas en 1840. La casa de moneda, cuyas contribuciones al erario habían sido insignificantes en épocas anteriores, figura también por mucho en este rápido incremento: ella dio en 1850 un exceso de cerca de 100.000 pesos sobre el producto de 49, que había excedido en 30.000 pesos al del año anterior. Los fondos de rescate comenzaron a aumentar los productos de la amonedación, y la maquinaria de que recientemente se la ha provisto, hará más activas y provechosas sus labores.

Los guarismos precedentes patentizan ya los adelantos que en su agricultura y en su comercio interior y exterior ha recibido el país. En efecto, las mercaderías nacionales que se exportaban al extranjero ascendían en 1844 a un valor de 4.881.560 pesos, y en 1850 han subido a 11.592.452. El movimiento de importación y exportación de nuestro comercio exterior montó en 1844 a 14.685.691 pesos; en 1850 a 24.214.462. El comercio interior marítimo trasportaba en 1844 productos nacionales y naturalizados hasta el valor de 5.134.000 pesos; en 1850 subió esta suma a 11.055.000. La exportación de plata de Copiapó valió 739.000 pesos en 1841; 4.483.000 pesos en 1850. Los productos de la provincia de Atacama importaron en este último año 5.768.000 pesos.

A las mejoras administrativas del ramo de hacienda se han consagrado sin intermisión los desvelos del gobierno. Cada año veía surgir dudas que resolver y abusos que corregir; cada año sugería la experiencia reformas, adiciones, comentos en la legislación fiscal. Se carecía de edificios propios para muchas aduanas, y fue necesario construirlos o localizarlas del mejor modo posible. El año de 1842 vio salir a luz un nuevo reglamento de aduanas, obra de uno de los más inteligentes y celosos ministros de que ha podido honrarse nuestro país. Este reglamento, simplificando los trámites y rebajando derechos demasiado gravosos, sin perder por eso de vista la seguridad y fomento de los intereses fiscales, señala una transición de alta importancia en nuestra organización administrativa. Pero en esta línea cada trabajo, cada mejora, no es sino un escalón para nuevos trabajos, y para emprender otras mejoras en una escala cada vez más extensa. Un reglamento reciente ha recopilado la legislación aduanera, ha introducido en ella modificaciones reclamadas por la experiencia, y convida con nuevas facilidades al comercio. Se cubren con puntualidad las obligaciones con el acreedor extranjero. Ha subido también el crédito de la deuda doméstica con la puntualidad de los pagos. Se suprime a beneficio del pueblo un ramo de rentas. Se reforma la planta de las oficinas. Se ha emprendido y se lleva adelante una obra grandiosa, la de los almacenes fiscales de Valparaíso, que economizando la erogación anual de sumas cuantiosas, cubrirá superabundantemente sus costos.

Mas, ¿para qué prolongar esta enumeración? ¿No está a la vista de todos la carrera acelerada de la prosperidad del país? ¿No la publican por todas partes la población que se aumenta, las ciudades que se engrandecen y hermosean, los campos poco hace improductivos sobre los cuales extiende su dominio bienhechor la agricultura, el movimiento que bulle en nuestros puertos? ¿Puede ponerse en duda que el bienestar del pueblo es muy superior en el día a lo que antes ha sido? Habéis visto lo que se ha hecho para propagar la enseñanza primaria, la de la agricultura, arte y ciencias; el púlpito, la tribuna, el foro, las publicaciones literarias, atestiguan el adelantado cultivo de la inteligencia chilena. La libertad misma ha progresado, y hasta los extravíos que la comprometen, lo prueban.

Lejos de mí la presunción de atribuirme en estos resultados otra parte que la de un celo ardoroso en promoverlos. Tan distante estoy de desconocer lo que se debe a la obra silenciosa del tiempo, como de defraudar de la merecida alabanza a mis compañeros en las tareas del gobierno, en los gabinetes que he tenido la honra de presidir: ellos y un gran número de otros funcionarios han adquirido derechos incontestables al reconocimiento de la patria. Y no es pequeña la parte que en esta obra de consolidación y mejora ha cabido también a vuestro espíritu patriótico, a la sensatez y amor al orden que os caracterizan.

Me complazco en dar un testimonio de gratitud a los ciudadanos que con tanto celo han prestado su apoyo al gobierno en los momentos de peligro; a la fuerza armada, que con pocas, aunque lamentables excepciones, ha permanecido fiel a sus deberes; a la milicia cívica de Santiago por su noble consagración en defensa del orden.

Los atractivos del poder no han podido jamás fascinarme: he depuesto gustoso esta carga pesada de responsabilidades y cuidados, que no la popularidad efímera, cuyas caprichosas oscilaciones tengo tanto motivo de conocer, sino el testimonio de mi conciencia, el aprecio de mis contemporáneos desaparecidos y de la imparcial posteridad podrán recompensar dignamente.

El depósito sagrado de la constitución, que os dignasteis confiarme, ha pasado a otras manos, puro, íntegro, más digno que nunca de vuestra veneración y amor. Con ella, lo espero confiadamente, atravesaréis los peligros de la presente crisis, sin que la prosperidad, el crédito, el buen nombre de Chile, conquista de tantos años de cordura, reciban heridas que no se cicatrizarían acaso en mucho tiempo; heridas tal vez incurables. ¡Quiera la Divina Providencia concedernos que no sea vana y estéril para el pueblo chileno la amarga experiencia de tantos otros!