Fábulas argentinas: Prólogo de Roberto Payró

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Fábulas argentinas
Prólogo de Roberto Payró
 de Godofredo Daireaux



Godofredo Daireaux, autor del original y curioso libro que va a leerse, puede, en cuanto escritor, ser reivindicado por los argentinos como compatriota.

En efecto, nacido en París en 1849, antes de los veinte años desembarcaba en Buenos Aires, para asociarse a la vida de este pueblo nuevo, y seguir -cooperando directa o indirectamente en él-, su desarrollo material e intelectual.

Su espíritu y su carácter le permitieron amoldarse muy pronto a su segundo centro de actividad, y se connaturalizó con nosotros hasta ese punto avanzado que, si excluye la tibieza, no elimina el sentido crítico: el cariño razonado y fecundo, no la pasión ciega.

Daireaux no venía a Buenos Aires a escribir, en realidad de literato de importación: buscaba campo en que ejercitar sus fuerzas de luchador, y creía hallarlo amplio y proficuo en estas tierras cuasi vírgenes, recién visitadas por la civilización. Pero ya había en él -porque esto no se hace artificialmente- un artista pronto a la emoción de las cosas exteriores y de los sentimientos inte os, y dispuesto a recoger, quizá instintivamente, los ricos materiales que se le brindaban al paso y que más tarde había de modelar con tanta maestría. Y su talento de observador sagaz, su vista clara y penetrante, su criterio agudo y bondadoso, su filosofía -mezcla positivista de optimismo y pesimismo-, se pusieron a la obra desde el primer momento.

Y esa connaturalización íntima -se ve en cada página que escribe, el amor de Daireaux a esta su segunda patria- es lo que permite reivindicarlo como escritor argentino.

Desde los primeros momentos el campo lo atrajo como la gran usina en que se elaboraba el porvenir material de este país, como la fuente de riqueza que nos permitiría más tarde dar libre vuelo a nuestras ambiciones intelectuales, y también como un centro de «objetivación» original, peculiarísimo, lleno de la poesía de los hombres primitivos e ingenuos, y de la que rebosa de los espectáculos de una naturaleza grande y melancólica, primitiva e ingenua también.

Poco tiempo después de su llegada, en 1872, la pampa comenzó a verlo cruzar frecuentemente a caballo, fraternizar con sus hijos, interesarse por sus peculiaridades. El rancho, los cañadones, las colinas, las sabanas tendidas hasta el confín del horizonte sin una inflexión, la fogata del campamento improvisado, en que la llama barniza la cara atezada del gaucho y enreda sus luces en las barbas negras y pobladas, los bañados llenos de un hervidero de vida invisible, las fantásticas puestas de sol, todo, todo fue revelándole sus misterios y familiarizándose con él. Parecía como que hombres y cosas, en ese estado ingenuo y sin preocupaciones, con el instinto infantil, adivinaban al amigo, preveían al cantor de sus bellezas y bondades.

Y en esa frecuentación, Daireaux desarrolló en sí mismo dos entidades: la del hombre práctico que ha podido realizar obras tan útiles como La Cría del Ganado y el Manual del Agricultor Argentino -verdaderos libros de texto para nuestros estancieros y agricultores-, y la del artista enamorado del elemento plástico y peculiarísimo que le proporciona nuestro país -suyo también ahora-, y capaz de modelarlo de sintetizar su belleza, de poner en pleno relieve su originalidad.

Por esto, no es un francés que pinta lo que ha visto en tierras extrañas; es un compatriota que, educado lejos del país, ha podido hacer comparaciones y ver mejor sus cualidades, sus defectos, su hermosura y su fealdad, su originalidad en fin.

Como tiene a su disposición un estilo claro, pintoresco, espiritual; como en sus páginas vaga una sonrisa de crítica benévola; como sus descripciones de la naturaleza son vivas, exactas y sugerentes; como hombres y animales brotan con todo su carácter de su pluma -sus libros criollos lo colocan en primera fila entre los escasos cultivadores del género.

Nunca pinta de chic, al capricho de la imaginación, sino del natural y perfectamente documentado.

En sus Tipos criollos, frondosa colección de ciento cincuenta cuadritos animados y paisajes llenos de luz, de color y de verdad, hay páginas de admirable limpidez en que parecen palparse las cosas, tocarse los hombres, aspirarse el ambiente pampeano.

Y nada de fotografía. Nada de amontonamiento de inútiles detalles, en que todos los planos tienen igual valor. No, sino la síntesis artística, que encanta por su sencillez, y en que lo superfluo se desvanece en las penumbras o se pierde en la sombra. La inspiración de la facilidad aparente que hace decir a menudo:

-¡Eso yo también lo escribiría!

Y una frescura, un sabor, un entusiasmo entre líneas, que hace creer que el autor es un joven de veinticinco años, no un hombre maduro, desencantado por la experiencia, ocupado en frías y graves tareas. Pero, quién sabe si Daireaux no conserva y no conservará por mucho tiempo todavía, la inmarcesible juventud del alma que suele ser dote de los verdaderos artistas.

Es de los pocos escritores nuestros que, habiéndose inspirado en la observación directa, habiendo vivido lo que escriben, no sólo hacen obra fundamental y duradera, sino que vencen también a las imaginaciones mas arrebatadas, pues éstas suelen pasar desdeñándolo, ante lo peculiar de hoy, que consideran trivial, sin advertir que eso mismo puede ser lo original e interesante de mañana, sobre todo en países que, como el nuestro, se hallan en un período de violenta transición.

Saber mirar, apreciar, aquilatar lo que está diariamente en contacto nuestro, vaticinar sus proyecciones, su valor documental futuro, es ser poeta, es ser artista. La página que ahora se lee quizá con indiferencia, será mañana una piedra preciosa. Lo que hoy parece vulgar porque todo el mundo lo ve, aunque muy pocos sean capaces de describirlo, sintetizarlo, arrancarle su íntimo secreto, dejará de parecerlo en cuanto el fenómeno cese y desaparezca. El viajero ignorante que va a bordo, suele no advertir la marcha del buque. El marino la siente y la ve.

Fácil hubiera sido a Daireaux calcar, como tantos otros, las literaturas extranjeras, ajustarse a la moda, seguir a tal o cual escritor francés, imitar a este o aquel literato español.

No ha caído en error semejante. Sabe bien que la copia o el pastiche vale siempre mucho menos que el original, y su espíritu no le permite desdeñar lo cosechado por sus propias manos. Edifica con lo nuestro, con lo suyo. Construye, por lo tanto, parte del cimiento de lo que será literatura nacional.

No se preocupa ni ocupa siquiera de escuelas o de dogmas. Viste su observación o su idea con el traje que le parece más adecuado. No toma, como se hizo en otro tiempo, asuntos falsamente nacionales, para tratarlos con un amaneramiento más artificial aún. Su pluma esquiva por instinto los productos híbridos. Fondo y forma brotaron para él de la tierra, como un diamante a veces, como un fruto siempre.

-¿Dónde ha aprendido usted a emplear un lenguaje tan propio de nuestro medio? -le preguntaba un amigo.

-En el campo... con los gauchos -contestó sencillamente.

Cuando hay algo adentro ¿qué mejor maestro que la realidad?

Quizá para los académicos a todo trance, el estilo de Godofredo Daireaux se resienta por ese mismo mérito y sin embargo, esa ingenua frescura de lenguaje que pasando por el alma primitiva y la imaginación pintoresca del campesino, viene a servir luego a un escritor de raza, es al propio tiempo documentaria, artística, poética. Más vale escribir con fuego que con hielo; y la gramática suele helar cuanto toca, si no se tiene bastante calórico para contrarrestarla. Escribir según las reglas suele ser como echarse a nadar con la teoría...

Quizá también la lengua materna juegue alguna mala pasada al escritor... Peccata minuta: un pliegue descuidado no puede amenguar la belleza de una soberbia estatua.

Y Daireaux quedará cuando muchos académicos se hayan ido para no volver, y sus libros evocarán para los que lleguen más tarde nuestra vida argentina de cuando este país nacía a la civilización, y era original, espontáneo, interesante, sin doblez ni convencionalismo.

Todas las cualidades del autor resaltan en sus páginas. El libro es una hazaña, por otra parte: muchos han intentado, aquí y allá, recoger la pluma de Lafontaine o la de Samaniego; muy pocos han alcanzado una apariencia siquiera de originalidad. Éste es original, y en grado sumo.

¿Qué mejor recomendación puede hacérsele después de lo ya dicho?...


ROBERTO J. PAYRO.