Fecundidad (Gabriel y Galán)

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I

Mucho más alto que los anchos valles, 
honda vivienda de la grey humana, 
mucho más alto que las altas torres 
con que los hombres a los siglos hablan; 
mucho más alto que la cumbre arbórea, 
llena de luz, de la colina plácida; 
mucho más alto que la alondra alegre 
cuando en los aires la alborada canta, 
mucho más alto que la línea oscura 
que hay de la sierra en la fragosa falda, 
donde empieza el imperio de las fieras 
y las conquistas del trabajo acaban... 
Allá, en las cumbres de las sierras hoscas, 
allá, en las cimas de las sierras bravas; 
en la mansión de las quietudes grandes, 
en la región de las silbantes águilas, 
donde se borra del vivir la idea, 
donde se posa la absoluta calma, 
su nido asientan los silencios grandes, 
el tiempo pliega sus gigantes alas 
y el espíritu atento 
siente flotar en derredor la nada...; 
allá, en las crestas de los riscos negros, 
cerca del vientre de las nubes pardas, 
donde la mano que los rayos forja 
las detonantes tempestades fragua, 
allí vivía el montaraz cabrero 
su tenebrosa vida solitaria, 
melancólico Adán de un paraíso 
sin Eva y sin manzanas... 
Las sierras imponentes 
le dieron a su alma 
la terrible dureza de sus rocas, 
la intensa lobreguez de sus gargantas, 
las sombras tristes de las noches negras, 
la inclemencia feroz de sus borrascas, 
los ceños de sus días cenicientos, 
las asperezas de sus breñas bravas, 
la indolencia brutal de sus reposos 
y el eterno callar de sus entrañas. 
Jamás movió la risa 
los músculos de acero de su cara 
ni ver dejaron sus hirsutos labios 
unos dientes de tigre que guardaban. 
Un traje de pellejo, 
que hiede a ubre de cabras 
y suena a seco ruido 
de frágil hojarasca, 
cubre aquel cuerpo que parece un diente 
del risco roto de la sierra parda. 
¡Oh! Cuando tenue en las rocosas cumbres 
la aurora se derrama 
sus ámbitos tiñendo 
de dulce luz violácea, 
ya el solitario en el peñón la espera 
mirando a Oriente con quietud de estatua; 
viva estatua musgosa 
que siempre a solas con el tiempo habla; 
esfinge viva que plegó su ceño 
porque la vida le negó sus gracias, 
porque azotó la soledad sus carnes, 
porque el reposo congeló su alma... 
Y luego, cuando abajo 
se muere el día de tristeza lánguida 
y se ponen las peñas de las cimas 
tristemente doradas, 
y luego grises, y borrosas luego, 
y al cabo negras, con negruras trágicas, 
mirando hacia Occidente, 
donde aguda granítica atalaya 
recibe inmóvil el Adán salvaje 
la noche negra que la sierra escala... 
¿No habrá creado Dios un sol que rompa 
la noche de aquel alma 
y en luz de aurora fructuosa y bella 
le bañe las entrañas? 



II 

Bajó una tarde de las altas cumbres, 
vagó errabundo por las anchas faldas 
y se asomó a la vida de los hombres 
desde la orilla de las breñas agrias. 
Subió otra vez a su salvaje nido, 
tornó a bajar a la vivienda humana, 
y ya movió la risa 
los músculos de acero de su cara, 
y sus dientes de tigre, descubiertos, 
dieron reflejo de marfil y nácar, 
y el hosco ceño despejó la frente, 
y se hizo dulce y mansa 
la dulzura feroz, brava y sañuda 
de aquel mirar de sus pupilas de ágata...; 
cortó un lentisco y horadó su tallo, 
pulió sus nudos y tocó la gaita, 
y oyó por vez primera 
la sierra solitaria 
música ingenua, balbuciente idioma 
que al hombre niño le nació en el alma. 
¡Cantó la estatua al declinar la tarde! 
¡Cantó la esfinge al apuntar el alba! 
Y una que trajo de color de oro 
mayo gentil espléndida mañana, 
con sol de fuego que arrancó resinas 
de las olientes montaraces jaras, 
e hizo bramar al encelado ciervo 
junto al aguaje en que su sed templaba, 
e hizo gruñir al jabalí espantoso, 
e hizo silbar a las celosas águilas 
que por encima de los altos riscos 
persiguiéndose locas volteaban...; 
una mañana que vertió en la sierra 
toda la luz que de los cielos baja, 
todas las auras que la sangre encienden, 
todos los ruidos que el oír regalan, 
todas las pomas que el sentido enervan, 
todos los fuegos que la vida inflaman...; 
por entre ciegas madroñeras húmedas, 
por entre redes de revueltas jaras, 
por laberintos de lentiscos vírgenes 
y de opulentas madreselvas pálidas, 
y de bravíos vigorosos brezos, 
y de romero cuyo aroma embriaga, 
el solitario montaraz subía 
rompiendo el monte con segura planta 
y abriendo paso a la cabrera ruda 
que vio del monte en la fragosa falda, 
y fue a buscar a la vecina aldea 
cual lobo hambriento que al aprisco baja. 
En derechura al nido de la cumbre 
radiante de alegría la llevaba. 
Eva morena, de las breñas hija 
y de ella locamente enamorada, 
iba a la cumbre a coronarse sola 
reina de la montaña. 
Como membrudo corredor venado, 
rompe el cabrero las breñosas mallas; 
como ligera vigorosa corza, 
de peña en peña la cabra salta. 
Corren así temblando de alegría, 
cuantas parejas por la tierra vagan, 
pero ninguna tan gentil y noble 
subiendo va cual la pareja humana, 
que amor le dice que la altura es suya, 
porque es del rey el elevado alcázar, 
y es para el lobo la maraña negra 
de la húmeda garganta, 
y es para el feo jabalí el pantano 
donde el camastro enfanga, 
y es para el chato culebrón la grieta 
de ambiente frío y tenebrosa entrada... 



III 

Y vi una tarde el amoroso idilio 
sobre la cima de la azul montaña; 
un sol que se ponía, 
una limpia caseta que humeaba, 
una cuna de helechos a la puerta 
y una mujer que ante la cuna canta... 
Y el hombre en su peñasco 
tañendo dulce gaita 
que va atrayendo hacia el dorado aprisco 
los chivos y las cabras...