Fernández Ruiz de Castro

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I
«Dímelo todo, Fortún,
»No me ocultes mi baldón,
»Pues me anuncia el corazón
»Que algo me callas aún.

«Siempre fiel te conocí;
»Yo te premiaré el afán
»Con el tostado alazán
»Que tanto te gusta: di.»

-«En vuestra ausencia, señor,
»De noche me puse en vela,
»Vigilante centinela
»De pechos al corredor.

»Iba la noche a su fin
»Y pude reconocer
»Que bajaba una mujer
»De la cámara al jardín.

»Salió un hombre de un laurel
»Y se encontraron los dos...»
-«Dime pronto, vive Dios,
»Quién es ella, quién es él.

-»Desconocidos me son;
»Mas vuestro furor me acosa...
»Tal vez fuera vuestra esposa,
»Pues vislumbré su pellón.»

-«¡Oh, cielos! ¡Estefanía
»Pudo hacer tal maleficio!
»¡Mancharse con feo vicio
»La que llamo esposa mía!

»¡Hija del Emperador,
»Mancillar con torpe llama
»Los timbres de tanta fama,
»Los timbres de tanto honor!

»¡Ah, Fortún! Yo fui indiscreto:
»De árbol malo, malas ramas;
»Yo conozco que tú me amas,
»Te confiaré un secreto.

»Doña Sancha fue tan bella
»Que Alonso, que es nuestro rey,
»Sin respetos a la ley
»Quiso ayuntarse con ella.

»De doña Sancha el hermano
»Que llamaban don Martín
»Se opuso con recto fin
»A un amor que era liviano:

»Mas Sancha, que se indignó
»Por la oposición que hacía,
»Comiendo con él un día
»Diole yerbas, lo mató.

»Se entregó al Rey con tal mancha;
»Al Rey le apuntaba el bozo
»Y con el furor de mozo
»Disfrutó de doña Sancha.

»De esta unión nació en mal día
»La que, para mi tormento,
»Me cupo a mí en casamiento
»Que se llama Estefanía.

»¡Ah, Fortún! Yo fui indiscreto:
»De árbol malo, malas ramas;
»Mas supuesto que tú me amas
»Guárdame bien el secreto.

»Voy a fingir un viaje,
»Mas seré tan buen testigo
»Que me esconderé contigo
»Del jardín en un paraje.

»Y cuando se hallen los dos
»Prodigándose ternezas
»Salgo yo de las malezas
»Y los mato, vive Dios.

»¿Qué te parece mi plan?
»¿Debemos llevarlo a cabo?»
-«Señor, yo soy vuestro esclavo.»
-«Te regalo el alazán.»

Así, nacido en mal astro,
Por retirado sendero
Hablaba con su escudero
Don Fernán Ruiz de Castro.


II
Sombrías las noches son,
Sombríos los duros celos,
Unas y otros llevan velos
Del más fúnebre crespón.

No es ajeno de reproches,
Es locura de locuras
Andar un celoso a oscuras
Dando sombras a las noches;

Que en la oscuridad y horror
Poner juntas sombras tantas
Es aventurar las plantas
En el caos del error.

Envueltos en su gabán
Tras los mirtos y la hiedra
Que en torno de un sauce medra
Callan Fortún y Fernán.

Inmobles los dos así
Van reprimiendo su aliento,
Como si pudiese el viento
Declarar que están allí.

Desde aquel paraje oculto
Como fieras en cubil
Con la astucia más sutil
Sobre el muro ven un bulto:

Y es un apuesto doncel,
Doncel que el muro ha salvado
Y al jardín se ha descolgado
Por el tronco de un laurel.

No tarda en aparecer
Otro bulto más allá:
Cercano a la puerta está
Y ese bulto es de mujer.

Sin que su unión se dilate,
Los dos bultos por detrás
Forman un bulto no más
Junto al aromoso arriate.

-«¡Fortún! -exclamó el de Castro-
»Velos allí: vamos ya,
»Que mi sangre hirviendo está;
»Vamos sin perder el rastro.

»No hay duda, es Estefanía:
»Yo distinguí su pellote:
»Mi puñal será su azote;
»Mueran a mi furia impía.»

Dice y como tigre hambriento
Con ayuno de dos días,
Que de las matas bravías
Cuando salta, hiende el viento,

Que a sus presas ataraza,
Bebe sangre en sus enojos
Y hechos brasas ambos ojos
Hiere, rasga, despedaza:

Se arroja al punto Fernán
Con el puñal matador
Que refleja su furor
Sobre el nocturno galán.

En sus entrañas con brío
Hundió el acero inclemente,
Que entró en sus entrañas frío
Y de ellas salió caliente.

Dos veces brilló desnudo,
Que a las tres perdió el fulgor
Porque de rojo color
Vestirlo la sangre pudo;

Y con las ansias mortales
Buscó el alma una salida
Que la halló bien prevenida
Por tres puertas casi iguales.

Murió en verde lozanía,
Que a la muerte no hay quien calme:
No pudo decir ¡Dios, valme!
Y en la lengua lo tenía.

Mas la mujer, triste, incierta
Con el susto de tal caso,
Fuese huyendo a largo paso
Salvando jardín y puerta.

Jadeando por demás
Subía los escalones
Y se perdió en los salones
Sin volver la vista atrás.

Fortún fue en su seguimiento
Para cumplir su venganza;
Dirijióse sin tardanza
De su esposa al aposento.

Su primer sueño dormía
Con un tierno infante al lado,
Sin zozobra ni cuidado,
La inocente Estefanía.

Mas de nada le sirvió
Contra bárbaros furores
Tener un ángel de amores,
Que el ángel también durmió.

¡Infeliz! ¡Nítida estrella
Y en tan mal hora dormida!
¡Que no ves al homicida
Ni él te puede mirar bella

Para detener su brazo
Y cambiar sus sinrazones,
Hecho esclavo en tus prisiones,
En un ósculo y abrazo!

¡Infeliz! ¡fuerza es sucumbas...!
¡Clavado tu hermoso pecho,
Desde el sueño de tu lecho
Vas al sueño de las tumbas!

De la noche en el capuz
Se oculta tal atentado;
Mas, hecho tan mal recado,
Fernán es quien pide luz:

Y la luz vino a alumbrar
La escena de graves duelos:
Los errores de los celos,
La injuria de sospechar,

La muerte injusta y mal dada,
El sueño de un serafín
Y por complemento y fin
La maldad de una criada.

Sobre un tálamo de cedro
Con soberbia colgadura
Yace yerta la hermosura
Y a su lado el niño Pedro.

Duerme el ángel inocente,
Todo de jazmín nevado,
Pero que está salpicado
Con la púrpura reciente

Que destila la honda herida
De aquel cariñoso seno
Que, al estar de vida lleno,
Vivió para darle vida.

Cabe el lecho, en un rincón,
Una mujer malhadada
Llora y gime, arrebujada
De su dueña en el pellón.

Confiesa su demasía,
Sus citas y travesura
De tomar la vestidura
De la pobre Estefanía.

Tan desastrado suceso
Llora Fernán imprudente,
Se da golpes en la frente,
Parece perder el seso.

Por la cámara vagaba
Con el pie desacertado,
Con el cabello mesado
Y a las veces exclamaba:

-«Sombrías las noches son,
»Sombríos los duros celos;
»Unas y otros llevan velos
»Del más fúnebre crespón.

»No es ajeno de reproches,
»Es locura de locuras
»Andar un celoso a oscuras
»Dando sombras a las noches.

»Que en la oscuridad y horror
»Poner juntas sombras tantas
»Es aventurar las plantas
»En el caos del error.»


III
Una soga lleva al cuello
Y por vestido un sayal,
Y en las manos el puñal
Que a sus iras puso el sello.

De este modo se presenta
Fernán al Emperador,
Llena el alma de dolor
Y el cuerpo lleno de afrenta.

-«Señor -dijo-, fui casado
»Con vuestra hija Estefanía,
»Dueña de tanta valía
»Cuanto yo necio y menguado:

»En su lecho y en reposo
»Torpemente la maté
»Por los celos que tomé:
»Yo me doy por alevoso.»

Y luego fue refiriendo
De aquel caso la extrañeza
Y Alonso lloró gran pieza
De esta suerte respondiendo:

-«Por bueno os doy el de Castro;
»Mas llenáis mi corazón
»De luto y desolación,
»Que habéis nacido en mal astro.

»Perezca en las llamas luego
»La que causó tanto llanto,
»La que vistió ajeno manto,
»La que en vos prendió ese fuego.

»Yo os doy por bueno y leal,
»Que siempre lo fuisteis vos;
»Quiera perdonaros Dios,
»Ya que no habéis culpa, el mal.»

IV
De entonces al matador
Negra sombra perseguía:
La sombra de Estefanía,
De ensangrentado color.

Por la tierra y por los mares
Esa fantasma cruel
No se separaba de él,
Pegada a los calcañares:

Que allí siempre la tenía,
Pues tras sí la vislumbraba
Queda, cuando quedo estaba,
Corriendo, cuando corría.

Sin poder sufrirla más,
Se volvía, por sentir
Si dejaba de seguir,
Mas siempre le iba detrás.

Probaba tirarse al suelo
Por ver si la estrujaría,
Mas la sombra se tenía
Sobre su faz como un velo:

Que en el lecho y en la mesa
Y en la lid le acompañó
Y cuando Fernán murió
Se hundió con él en la huesa.