Flor de cardo

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Fábulas argentinas
Flor de cardo
 de Godofredo Daireaux


El rayo del sol rajaba la tierra.

Una planta de cardo, ya casi seca, luchaba para conservar, un rato más, en su seno, a sus hijitos alados, prontos en su inexperiencia juvenil, a dejarse llevar hacia lo desconocido, por el primer soplo que pasara, que fuera céfiro o fuera ráfaga.

-¡Hijos, hijos míos! -decía la planta-; escuchen a su madre querida. No se alejen del hogar paterno. Las alitas que tienen ustedes pueden, cuanto más, impedir que se golpeen al caer; pero no son las alas del águila para afrontar las tempestades, ni las de la paloma incansable viajera.

Escuchaban, y con todo, se iban hinchando las alitas; asomaban por las rendijas de la corola, abriéndolas más y más, y la pobre madre, sin fuerzas ya, inclinaba poco a poco la cabeza, resignada.

Una de las impacientes semillitas cayó. Antes de tocar el suelo, un airecito embalsamado se la llevó, amoroso, empujándola despacio hacia el cielo azul, y cuando dejó de soplar, lo que fue muy pronto, cayó la semillita alada en un charco fangoso, donde desapareció.

Otras se las llevó un viento más fuerte, prometiéndoles la fortuna, campos hermosos y ricos, donde prosperarían, y de los cuales su numerosa prole, sin duda, podría gozar.

Y las echó por delante, en vertiginosa carrera, arreándolas hacia tierras destinadas al arado, donde no pudieron arraigar, siempre perseguidas, removidas y destruidas.

Quedaban algunas semillas aladas, listas para tomar vuelo, cuando sopló, en medio de relámpagos y truenos, un terrible ventarrón, llamándolas a la Gloria, a conquistar tierras lejanas, gritaba; y las arrebató, entusiasmadas.

Pronto, despavoridas por el trueno, empapadas por la lluvia, atropelladas por la piedra, golpeadas, cayendo y levantándose, llegaron a campos desiertos y pobres, donde fueron presa de los pájaros hambrientos y del fuego destructor...

Una sola semillita quedaba con la madre moribunda, y cuando ésta cayó al suelo, quebrada por la tempestad, allí mismo quedó ella: allí brotó, prosperó y se multiplicó.

En el rinconcito familiar había encontrado, sin abrir sus alas, la felicidad.