Fragmentos de una carta escapada del buzón del correo

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Escritos de juventud
Fragmentos de una carta escapada del buzón del correo

de José María de Pereda


Y ahora sí que llegamos a la parte más interesante de nuestra correspondencia. Noticias, chismografía, ahí es una friolera. Concibo perfectamente, y hasta lo juzgo de necesidad, que un americano, desde la Vuelta de Abajo, remitiera a la metrópoli algunos millares de tabacos para deleite y perfume de quien hubiera tenido la dicha de servirle en algo; esto, como digo, sería muy justo; pero un habitante de la corte, centro de intrigas, fuente de chispeantes episodios, plantel de aventuras, se lance al último rincón de la Península en demanda de asuntos de interés social, es lo mismo que si el referido americano nos pidiera azúcar de cucurucho o buen café caracolillo. También es cierto que tú puedes objetarme que la corte se agosta con el estío, y lo mejor de su sociedad se extiende por las provincias; que con ello van las aventuras, los chispeantes episodios y las intrigas, si no chispeantes, por lo menos a muy alta temperatura, y que por consiguiente, a provincias hay que ir por ello. Enhorabuena, amigo mío; pero has de saber que Santander está fuera de la ley común de las demás provincias; el primer grito de emigración que dan los mayorales de diligencias en esa Puerta del Sol es para estas palomas sin hiel el silbido fatídico del milano, es decir, que no por muchos ingresos aumenta su caudal; porque has de saber que este pueblo es -salva sea la comparación- una espuerta sin fondo; lo que le viene por Becedo le sale por el ferrocarril o por la lancha de las doce. ¿Pensaban los cortesanos que sólo ellos emigraban los veranos? Ya se habrán desengañado de que aquí, respecto a modas, nadie se mama el dedo. Desdichada la familia de tono que allá por octubre no pueda contar sus recientes aventuras de aldea y presentar sus niños tostados por el sol y tintos en polvo de calamina. Lo cierto es que la vida de aldea, para los de provincias, es mucho más cómoda que la de provincias para los de la corte: así se opina por acá. El verde de nuestras praderas, la frondosidad de las callejas, la estrechez de las viviendas y el sol abrasador que envuelve el paisaje han descubierto, de tres años a esta parte, más virtudes que la sedativa de Raspail, más que los glóbulos de Hanneman y mucho mayores que las aguas de Panticosa.

Ya no hay enfermos de peligro en esta población; nuestras beldades más pálidas y sentimentales en mayo, las verás por octubre robustas como pasiegas; las aguas del campo, amigo; la frondosidad de las callejas: es prodigioso. Entre tanto, pásmate, en los mismos nidos que nuestras enfermas desalojan en la capital, recobran la vida y el vigor las voluptuosas cortesanas... Aquí de la ciencia, porque yo no la entiendo.

Por lo demás, es decir, por lo que respecta a Santander, todos, en la actualidad, piensan. Como los pastores de la Biblia, estamos diseminados sin objeto alguno de importancia, pero con una torre que sirve de norte común; en ella están fijos los ojos de todos, y estoy seguro que nadie se alegrará hasta el extremo de perderla de vista; esta torre de Babel, salva la altura, la forma y la materia, es la plaza de toros: de corridas se habla, en las corridas se espera y para las corridas se aplaza todo. Los amigos se citan para los toros, las amigas sonríen con malicia, hablando del «lleno» de la plaza, los sastres y las modistas trabajan para los toros; los fondistas y patronas de huéspedes esperan, fregando, al mes de agosto para hacer el suyo con los toros; hasta los negocios, incluso los matrimoniales, se aplazan para después que «pasen» los toros: esto lo comprendo muy bien. También la Empresa del teatro espera echar su suerte en las corridas. Haga el Cielo que no sufra una cogida, como es de temer si se atiende a las embestidas que la han pegado en lo que va de verano. De manera que si paramos la atención en estos pormenores, no puede menos de chocarnos la influencia que los toros ejercen hoy sobre todas las clases de la sociedad. Lo mismo en el mugriento y sombrío tugurio de un miserable que en el alfombrado gabinete del aristócrata, la «tauromaquia» tiene adeptos que la protegen y femeniles bellezas que la hacen cuestión «capital» de familia. Es raro, amigo mío, cómo las provincias todas de España, tan divergentes en opiniones de gobierno y de administración, se aúnan y amalgaman como dos gotas de agua en tratándose de toros. Sin duda, es este el punto de unión de los rotos lazos de la moderna sociedad, el núcleo sobre que ha de desarrollarse la terrestre felicidad suprema.

No te escandalices, porque el fin justifica los medios. También es cierto, me dirás, que hay medicinas peores que la enfermedad. En todo caso, haga cada cual su gusto, si le dejan, y hemos concluido.

Te he dicho, poco ha, que el público, en general, a falta de ocupación más digna, piensa; no es esto solo: también baila, también se baña, también pasea y forma romerías.

Las huertas de Toca y de Noriega han depuesto su clásica hortaliza en cambio de pintados pabellones; el rústico hortelano emigró de ellas con su pesado azadón para hacer lugar al pintor y al tapicero; a la música de las chicharras y de los gorriones sucedieron los dulces ecos de una orquesta, y sobre los desnudos pavimentos, en lugar de cucarachas y abejorros, bailan, se rebullen y pasean las bellas sílfides montañesas y los feos pollos y los gallos, disputándose en reñida lid el dulce botín de una mirada o el primer pliegue de una sonrisa.

Como contra siete vicios hay siete virtudes y las huertas no están alfombradas, tras de aquellos polvos son de necesidad los baños... En este particular, amigo mío, no me atrevo a meter la pluma, porque has de saber que, aunque a todos nos es lícito recorrer la costa de San Martín (sitio destinado a las señoras) en todas direcciones, la «invisible» Policía también es muy dueña de cobrarte una «decente» multa.

En vano protestarás contra el abuso fundándote en que, no habiendo cartel ni centinela que te impida el paso, la tal multa es una «emboscada» como otra cualquiera, porque a ello te contestarán que, en cambio, en la Alameda de Becedo, contra el ornato y la fama de pueblo, hay un madero, y en él una tabla, y en la tabla un letrero del tenor siguiente: «No se permite entrar en el paseo con almadreñas, bajo la multa de ocho reales».

Y, sin embargo, jamás se multó a los que, poco avenidos con los modernos charoles, penetran en aquel salón con las calzas de don Pelayo. Diríase también, para probar su magnanimidad, que si en San Martín se multa por pasar vestido como Dios manda, en el muelle de las Naos se baña en cueros todo el que así le conviene, y nadie se mete con él. «Pues váyase lo uno por lo otro», contestarías tú, por no decir otra cosa peor.

Por mi parte, y con permiso de las bañistas, puedo asegurarte que por una «verdadera infracción» de la ley en la costa de San Martín ninguna multa me parecería cara. Esto va en gustos, amigo.

Ahora vamos al paseo, que, gracias a los pulmones de la dársena, se ha declarado de «oficio» en la Alameda... de las almadreñas.

Desde que la casta Diana asoma sus fulgores sobre las montañas vecinas, aquellos frondosos salones parecen un ascua de oro, y cuidado con que el empresario del gas de Molnedo tenga la debilidad de atribuirse este prodigio, pues si no fuera por los destellos de las que pasean, medrados estábamos. Es verdad que el Ayuntamiento ha mejorado el alumbrado con algunos faroles más; pero la tal mejora, si el gasómetro sigue como hasta hoy, vale lo mismo que un par de gafas sobre unos ojos huecos.

Esta opinión respecto a la belleza del paseo, te advierto que no es en Santander muy general; verbigracia, la Empresa del teatro te diría que parece un cementerio la Alameda, y es, sin duda, porque entre el «maremagnum» de paseantes descubren sus ávidos ojos a las desiertas localidades del coliseo; entre el runrún de las voces, y los crujidos de la seda, y el sofocante y modesto piar de los polluelos, escuchan sus oídos la simpática voz de la Lloréns declamando a telón corrido ante el señor presidente y los instrumentos de la orquesta, pues has de saber también que hasta los músicos emigran en cuanto se levanta el telón.

A esta manera especial de ver las cosas debemos, sin duda alguna, la fortuna de tener dentro de pocos días entre nosostros a la famosa Teodora Lamadrid; veremos si con este nuevo faro se distinguen más bultos en el teatro y los esfuerzos de la Empresa se encuentran dignamente recompensados. Si así no fuera, puede asegurarse que las aspiraciones de esta tierra son bien fáciles de llenar.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Qué hierbas pisan en esa corte los pollos de por acá?

Te hago esta pregunta, porque de huevos montañeses jamás se han visto crías como las de este año. ¿Si se acabará el mundo? Algunos asegurarán que llegó ya el Ante-Cristo, el cual, para guardar el incógnito, dicen que se convirtió en nube de «sacos» y «tuinas» para invadir los bailes y el paseo; lo cierto es que en estos puntos huele mucho a pelo quemado; y desde que se cerraron las Universidades no se puede parar en ninguna parte.

Dispensa que por hoy, cediendo a la misma influencia, termine aquí esta carta tu amigo... (Aquí la firma, que omito; pero, en cambio, allá va la de

PAREDES.)



(De La Abeja Montañesa.)

Julio de 1859.