Funeraria

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Funeraria
de Godofredo Daireaux



-¡Ave María! -gritó desde el palenque el muchacho; y antes que don Agustín hubiera tenido tiempo de espantar los perros y de invitarlo a apearse-: Don Agustín -le dijo-, manda decir mi tío si usted puede venir hasta casa, para hacer un cajón.

-¿Un cajón?, ¿para qué?

-Para el finado Patricio.

-¡Cómo!, ¿murió Patricio?

-¡Sí, señor!

-¿Y de qué?

-Lo mató Suárez.

-¡Hombre!, ¿y cómo fue la cosa? Bajate pues, hombre, y mientras me visto, me cuentas.

El caso era muy sencillo. Patricio era un mestizo inglés, compadrón y chocante como él solo, cuando estaba mamado, cosa que le sucedía, en término medio, cinco días por semana. En su calidad de compositor de los dos parejeros de la pulpería, era admitido detrás del mostrador, y ahí se daba mucho tono con los clientes, doctoreando de conocedor en caballos y de carrerista, sin admitir réplica.

Más de una vez, había suscitado camorras, y sacado el revólver o hecho relucir la cuchilla; pero no había pasado de compadradas de que nadie había hecho caso.

Este día, estaba entre la concurrencia un gauchito, bajo de estatura, delgado, casi lampiño, de ojos chiquitos; con una de estas caras que nadie piensa en mirar, que, instintivamente, se disimulan detrás de espaldas más altas, y cuya vista inspira al que, por casualidad, las ve, la misma repulsión que la de una víbora, con la misma intuición de destrucción necesaria, aunque sea con asco.

Se llamaba Suárez; era hijo de una vieja puestera del pago, mala, ella también, como la hiel, y todos le tenían... recelo, por lo menos.

Se armó lo de siempre, entre él y Patricio, y después de un cambio de palabras algo fuertes, saltó el inglés enfadado por encima del mostrador, rebenque en mano; pero antes que hubiera puesto el pie en el suelo, quedó tendido de espaldas en el mostrador, pataleando en medio de las copas volcadas, con una herida bárbara en el costado.

Suárez limpió el cuchillo en el umbral, y conservándolo en la mano, con la mirada circular, torva, humildemente desafiadora de la fiera acorralada, se retiró hasta el palenque, montó a caballo, y pronto se perdió en el pajonal, sin que nadie hiciera un gesto para detenerlo.

Cuando llegó don Agustín con el muchacho, el alcalde estaba allí, conversando con el dueño de la pulpería, cerca del catre donde descansaba el cadáver de Patricio.

Lo único que quedaba hacer era preparar todo para velarlo y llevarlo, el día siguiente, al pueblo -catorce leguas de caminos deshechos y pantanosos, donde se daría cuenta a la autoridad, se haría reconocer el cuerpo y se le daría sepultura.

Primero, se necesitaba un cajón. Don Agustín se puso a disposición del pulpero: no era, a decir la verdad, carpintero de oficio, pero tenía cierta afición y era bastante baqueano para enderezar a martillazos los clavos torcidos y enmohecidos que nunca faltan en una casa de negocio, serruchar medio derecho tablas de cajones vacíos y de barricas, y pegarlas juntas, sin ofenderse por demás los dedos.

Bien se hubiera podido -y algunos viejos habían emitido la indicación- envolver al difunto en un cuero de potro y llevarlo así, a la moda antigua, de cuando una tabla era un lujo, y que había que hacer seis leguas para pedir un serrucho prestado. Pero nadie los escuchó; ¿para qué?, si había de todo en la casa, y el pulpero indicó a don Agustín un montón de cajones vacíos, autorizándolo con una liberalidad que hacía honor a sus sentimientos de caridad cristiana, a tomar todo lo que necesitase.

Una hora después, apenas, de haberle don Agustín tomado medida de su último traje, se encontraba Patricio descansando en un féretro artísticamente trabajado; dando la casualidad que en el sitio de los pies, se pudiera leer: «Bitter de los Vascos», mientras se juntaba en la cabecera, un letrero de coñac con uno de ajenjo, y derramada en los costados y en todas partes, la lista completa de las bebidas con que suele ponerse alegre la gente de campo: vermouth francés y vermouth Cinzano, ginebra, Whisky, anís de Carabanchel, aguardiente de uva y algunas otras. Ningún honor fúnebre le podía haber sido rendido con más exquisito tacto al finado Patricio.

Lo velaron muchos vecinos, atraídos por la curiosidad y por las ganas de oír los detalles del suceso; fumaron una gran cantidad de cigarros, se tomaron bastantes copas; dicen que se arreglaron dos carreras para el domingo siguiente, y no hay duda que, si el dueño de casa lo hubiera permitido, hubiera sollozado la guitarra algún canto más o menos fúnebre.

Al amanecer, se ató un carrito con tres buenos caballos, se cargó en él el pintoresco ataúd, y se marcharon, en medio del silencio de la concurrencia, más atontada por una noche sin sueño que respetuosa de la muerte, don Agustín, sentado en el carro, y el viejo don Anselmo, a caballo, para cuartear, en caso de apuro.

Y en las brumas matutinas, fue extinguiéndose, poco a poco, el rumor vago, salpicado de notas claras, producido por el sonido de las ruedas en el eje, los tumbos del carro en los huecos de las huellas, el trote de los caballos en los charcos de agua y la conversación a gritos de los dos viajeros, con la cual trataban de contrarrestar la emoción involuntaria que les infundía la presencia algo solemne del mudo compañero, a pesar de la sobreexcitación causada por la agitación del viaje y por la copiosa mañana tomada antes de salir.

Ocho horas después, llegaban frente a la policía del pueblito, y bajaban ambos del carro; pues el viejo Anselmo, en las seis paradas que habían hecho, en los boliches del camino, para dar resuello a los caballos y contar el suceso, con amplios detalles, se habían tragado tantos anises con ginebra, que don Agustín, algo bastante punteado también, le había hecho atar el mancarrón a la par de un ladero y ofrecido un asiento en el carro.

Y cuando hubieron entregado al oficial de guardia el parte del alcalde, y recibido la orden de bajar el difunto, vieron, atónitos, que la puerta del carro, desprovista de sus clavijas, colgaba, avergonzada, de las bisagras, y que el muerto había desaparecido.

-¡Ahijuna!, ¡se nos fue! -exclamó Anselmo.

Pero don Agustín, que era hombre formal, lo hizo trepar otra vez en el carro, a su lado, y sobre la marcha, sin decir nada a nadie, agarró por donde habían venido, registrando cuidadosamente el camino recorrido, hasta que, a una legua, más o menos, del pueblito, encontró al pobre Patricio, que esperaba tranquilo, con el cajón boca abajo, en un charco, que lo viniesen a buscar.


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Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros: