Galerna:1

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Galerna
Capítulo I
 de Joaquín Dicenta



Amanece. Violeta pálido es el cielo. Ni la más pequeña nube hay en él. El mar parece lago, que poetizan las gaviotas con el desperezo de sus alas. Por la cumbre de un monte verde, conduce sus vacas el pastor. Chirriante baja una carreta, al pezuñeo cansino de dos bueyes, por los accesos de otro monte. El boyero canta:


«Es la mozuca mía
la mejor moza
que hay desde Castro-Urdiales
hasta Reinosa.»


Así, esclavizando a la hermosura de su queredora todo el mujerío montañés, canta su cantar el boyero; y van los ecos del cantar extendiéndose por el espacio en himno de amor, que sube y se pierde hacia los orientes de la luz.

¡Amanecer tibio de Julio, el aire te embellece con el musicar de sus besos sobre las hierbas enjoyecidas por los brillantes del rocío; con su ir y venir sobre las aguas del Cantábrico, que se deshace contra el rocaje en caireles de espuma!... A tus resplandores va contorneándose el pueblecillo pescador.

Las lanchas boniteras negrean encima de la ría; a pliegues apabellónase el velamen al largo de los palos.

Todo es quietud, dulcedumbre en la aldea, en la campiña y en el mar.

A misa de alba repican las campanas del románico templo. Algunas viejas suben por la cuesta que a la iglesia conduce. Son las primeras parroquianas del oficio dominical. El mocerío duerme, aguardando la misa mayor para exhibirse bajo las naves anchurosas, entre sones de órgano y perfumes de incienso.

Trasnocharon los mozos con el alivio de la fiesta. Fue grande el menudeo de los jarros en las seis tabernas del lugar. La costera empezaba bien y no era asunto de regatear las perrucas, abundando bajo las aguas el bonito. Cierto que precisaba remontar a las veinte y las treinta leguas para darse con él; cierto que, a tan gran trecho de la costa, corren las barcas, si da el tiempo en ser duro, peligros de naufragio. Pero, vaya, que bien relucen las pesetas y bien suenan en los mostradores. ¿Quién repara en perra más o menos cuando se ha pasado todo un invierno de hambre y no se sabe a punto fijo si anochecerá para algún marinero el día que amanece?

Como zaques fueron los mozos a dormir, tambaleándose más que a diario en las barcas suyas.

Tarde se acostaron también las mozas; que armóse baile de panderetas en la plaza, y entre el canto y el repicón, y los danzares y los tentujeos, pasaron guapamente las horas; y moza hubo que para encontrarla sus padres, tuvieron de hacer camino a las alturas del bosque de eucaliptos; y algo no grato verían allá los padres de la moza, porque ella bajó lloriqueando y la madre gruñendo, y el padre con más votos entre los dientes que lleva un peregrino.

¡Bah!... Ello son percances moceriles que a la postre tienen fácil remedio. ¿De qué servirían los curas en la iglesia si no sirviesen a enmendar las perrerías que hace el diablo por las praderías y bosques? Luego, que la mar traga muchos hombres y de algún modo hay que reponerlos.

Tarde fue el recojo de los mozos por su diversión; de los padres y madres por el cuido del mocerío.

De ahí que solamente un puñado de viejas, por no tener en ellas cosa que divertir y fuera de ellas cosa ninguna de cuidar, acudiesen al reclamo de las campanas.

La gente joven no saldría temprano. Ellos, porque el vino de la noche anterior se les enredaba a las pestañas. Ellas, porque el trajín del bonito es sucio, y en desemporcarse echarían dos horas, dándole a los estropajos y al jabón, y otras dos, por lo menos, en acicalarse. No era cosa de hacer el moño a la descuidada; de vestir malamente, amén de la camisa nueva y las enaguas con jaretas, y la chambra con entredoses, el corpiño de lana y la faldilla de percal y el pañuelo de colores vivos, hecho punta en la espalda. Añadan a esto los collares de aljófar, con su cruz de metal dorado, y los zapatos de cordobán y las medias de punto. Añádanlo y digan si no es faena grave la de los domingos, para mozas puestas a andar durante la semana con un pingajo a la media pierna, un camisote al cuerpo, unas chanclas en los desnudos pies y la carne chorreando sangre podrida del bonito.

Aquella modorra de las criaturas comunicábase al total de la aldea, que pregonaba el dormir de los edificios por el cierre hermético de sus puertas y de sus ventanas; el de los hogares por la falta de humo sobre las chimeneas; el de las barcas por la soledad de sus cubiertas, y el de las calles por su silenciosa quietud. Alma viviente, excepción hecha del carretonero y el pastor, andaba por los campos.

El propio mar dormía, enviando a la tierra los ecos de su respiración.

Apartada del pueblo, solitaria junto a la marisma, existe una casuca. Ruinosa es. Las tejas bailan a la más leve invitación del aire; una aspillera sirve de ventana; de puerta unos tablones, sujetos a la fábrica con dos pedazos de cadena; de chimenea un tubo de hierro, roído por el moho. Del casuco nace una senda que muere sobre el mar; al pie suyo está amarrada una chalana que tira para bote, sin conseguir su objeto.

Los tablones se derrumban hacia la derecha y un viejo sale del casuco.

De los sesenta años pasará. En forma de collar afeita su barba, que trepa al largo del carrillo para unirse con los mechones de una pelambre gris. Barba y cabellos forman al rostro marco de plata sin pulimentar. Por aquel marco asoman una piel curtida, unos ojillos verdes, unas aguileñas narices y una boca con dientes espaciados y agudos. La nariz rojea, los ojos brillan peleadores bajo los fruncidos cejales; la boca se contrae irónica; dos rayas hondas la limitan.

El hombre es bajo de estatura, patiabierto y vacilante en el andar. Lleva a hombros dos remos; a la espalda una vela; entre los agudos dientes la pipa, y en la mano izquierda un cestillo con avíos de pescador.

Domingo es, y no bien visto por el cura que en domingo, a no ser ello forzosa obligación, salgan al mar los pescadores. Sólo que de poco sirven al viejo las pláticas del cura.

Él no oye misa; menos confiesa aún. Cuando el cura pasa por junto a él, se encasqueta de intención la boina y se le queda mirando hito a hito, mientras exclama alto, para que le oiga claramente: ¡A mí, Prim!

Llámanle en la aldea el Hereje por esto de no ir a la iglesia y de mofarse de los clérigos. A más, no le quieren los ricos, porque solivianta a los pobres con arengas revolucionarias. A escucharle, no se dejarían los pescadores explotar. Pero no le escuchan. Tiénenle por maniático, y mejor es punto de burla que de atención para sus compañeros.

Gracias a ello, déjanle vivir los pudientes. Él se encoge de hombros ante las burlas y desprecios. Llama imbéciles a los pobres, verdugos a los ricos, y vive sólo en su choza de la marisma.

Navegó mucho en sus juventudes; anduvo hasta los cincuenta años de uno en otro país y cuando, inutilizado por el reuma, dio vuelta al lugarejo, hízolo con un saco de ideas que los aldeanos, no acertándolas a entender, tomaron por declarada chifladura.

Con sus ahorros compró el casuco; con sus habilidades construyó la chalana. La pesca dale sobrado a su vivir, a pagar la suscripción de dos periódicos radicales y a emborracharse todos los sábados por la noche y todos los domingos desde el medio día hasta el anochecer.

Siempre hay en sus borracheras un período de proselitismo. Subido encima de un taburete o de una mesa, predica la buena nueva a los infelices marineros; el advenimiento de un reino de justicia en que los trabajadores serán únicos amos de la tierra; en que todos los hombres gozarán la felicidad que ahora gozan los ricos. Habla de eso y de un día rojo durante el cual los desheredados, unidos por el hambre, lograrán su desbnite.

Los marineros toman a chacota estos discursos, acalenturados por el alcohol.

Si en ocasiones no juegan una mala pasada a el Hereje, débese a que el Hereje tiene recios puños y en los casos de apuro da su cuchillo al aire, jugándolo como el más diestro esgrimidor.

Esto de discursear ocúrrele en sus horas de borrachera. Los otros días apenas si cruza con nadie la palabra.

Aislado en su casuca cuando se halla en tierra, aislado en su barca cuando sale al Océano, pasa días y semanas y meses el hombre de la barba en collar.

A aislarse dentro de su bote va el Hereje en este risueño amanecer; a confundir sus soledades con las del Cantábrico; a hundir sus remos por la corriente, virgen aún, de la ría.

Mete su carga en la chalana; empújala hacia el agua, arma los remos, y echa ría adelante en busca de su pan.

El violeta del cielo va tornándose azul. De naranja, se festona hacia Oriente; un resplandor áureo corona la montaña que bajo el Oriente verdea, y dos mirlos silban sus amores en el poético encinar.

La chalana toca las proximidades del enorme peñote que divide la barra. Ante su quilla se tiende inmenso, repujado en platas, el Cantábrico. El marinero iza el mástil y prepara la vela. Vase ésta desplegando como ala que se estira para volar; el viento suave la hincha poco a poco; el timón se hace auxiliar del viento, y la barquilla éntrase en el mar, a tiempo que el sol cimea la montaña y deja caer sobre la cabeza del Hereje el beso caliente de su luz.


Capítulo I