Geórgicas (trad. Ochoa): Libro II

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Geórgicas de Virgilio
Libro II

[En siete partes está dividido este libro, cuyo objeto principal es enseñar cómo se plantan y crían los árboles: en la primera habla de las varias maneras como se producen; en la segunda, de sus distintas especies y de los diferentes cuidados que reclaman; en la tercera, de los lugares que son a cada una más propicios, con cuya ocasión hace un magnífico elogio de Italia; en la cuarta, del arte de conocer la naturaleza de los terrenos; en la quinta del cultivo de la vid; en la sexta, del de la oliva y otros frutales; por último, la séptima contiene un elogio de la vida del campo.]

Hasta aquí he cantado el cultivo de los campos y el influjo de los astros; ahora, ¡oh Baco!, te cantaré a ti, y contigo los silvestres arbolados y los tardíos renuevos del olivo. Asísteme, ¡oh padre Leneo! Todo aquí está lleno de tus dones; por ti florece el campo cuajado de pámpanos otoñales y la vendimia rebosa en las henchidas tinajas. Asísteme, ¡oh padre Leneo!, y depuestos los coturnos, tiñe conmigo las desnudas piernas en el nuevo mosto.

Ante todo, diré que los árboles se producen de varias maneras, porque unos, sin auxilio del hombre, brotan espontáneamente y cubren en grande extensión los campos y las corvas márgenes de los ríos, como los tiernos mimbres, las flexibles retamas, los álamos y los sauces, coronados de blanquecina verdura. Otros nacen de sembradura, como los altos castaños y el roble de Júpiter, gigante de los bosques, y las encinas que daban oráculos a los griegos. Otros nacen de sus raíces, formando una espesísima selva, como el cerezo y el olmo; también el pequeño laurel del Parnaso se cobija bajo la gran sombra de su madre. Éstos son los modos naturales de formarse los árboles; así vive todo el linaje de las selvas, de los frutales y de los sagrados bosques.

Otros hay que la experiencia nos enseñó a formar para nuestro provecho. Éste, cortando los renuevos del tierno cuerpo de las madres, los planta en hoyas; aquél soterra las ramas, las estacas hendidas por cuatro partes y las agudas púas. Otras especies necesitan que se entierren sus mugrones, y echan así nuevos retoños. Otras no necesitan de raíces, y el podador no teme confiar a la tierra la punta sola de una rama. Aún hay más: cortado el tronco de un olivo brotan, ¡cosa admirable!, de aquel seco leño nuevas raíces. Y muchas veces vemos las ramas de un árbol convertirse sin daño en ramas de otro; vemos a los manzanos injertos producir peras transformadas, y al duro cornejo enrojecerse con ciruelas.

Por lo cual, ¡oh labradores!, trabajad y aprended los cultivos propios a cada especie y domad a fuerza de cultivo la aspereza de los frutos silvestres. No dejéis las tierras baldías; plantad de viñas el Ísmaro y de olivos el gran monte Taburno.

Y tú, ¡oh Mecenas!, honra mía y parte la más lúcida de mi fama, ven a ampararme en el comienzo de esta obra y acude a mí volando a toda vela por el tendido piélago. No aspiro a abarcar todas las cosas en mis versos; no lo lograra aun cuando tuviera cien lenguas y cien bocas y una voz de hierro; ven y costea esta primera orilla; no nos apartaremos un punto de ella; no te cansaré ni con ficciones, ni con rodeos, ni con largos exordios.

Los árboles que brotan espontáneamente son, aunque infecundos, lozanos y corpulentos, por cuanto debajo del suelo en que nacen esta la naturaleza para sustentarlos. Sin embargo, también éstos, si se injertan y trasplantan a hoyas muy removidas, sueltan la condición silvestre, y a fuerza de cultivo, siguen pronto el impulso que el arte quiera darles, y lo propio hará el árbol estéril que nace de las más bajas raíces si se trasplanta a un campo espacioso; ahora las altas hojas y los ramos maternos se cubren de sombra, impiden que crezcan sus renuevos, o ya crecidos, los abrasan.

El árbol que se produce por siembra es tardo en crecer y no dará sombra sino a nuestros descendientes; hasta sus frutos degeneran, perdidos sus primitivos jugos, llegando la vid a no dar más que miserables racimos, presa de las aves. Todas las clases de árboles exigen mucho trabajo; todos se han de disponer en hoyas y se han de domeñar con mucho gasto. El olivo nace mejor de sus troncos, las vides de los mugrones y el laurel de Pafos de su propia recia madera; lo mismo nacen los duros avellanos y el corpulento fresno, y el umbroso árbol de que hizo Hércules su corona, y las encinas del dios de Caonia, y lo mismo la erguida palma y el abeto, destinado a correr los azares del mar. El áspero madroño se injerta con el fruto del nogal; los estériles plátanos dan el fruto de los pujantes manzanos; el haya da castañas, el quejigo blanquea con la alba flor del peral, y los cerdos mascan la bellota al pie de los olmos.

Hay más de un modo de injertar los árboles y de introducir en ellos las yemas de otros. En aquella parte en que éstas brotan, en medio de la corteza, y cuando rompen sus tenues películas, se hace en el mismo nudo una incisión, y por ella se introduce el pimpollo de otro árbol, que prende y crece en aquella húmeda corteza interior, o bien se sajan los troncos lisos y se abre desde arriba una raja en lo sólido con cuñas, por donde penetran feraces renuevos, y no pasa mucho tiempo sin que levante hacia el cielo un robusto árbol sus fructíferas ramas, asombrado de su nuevo follaje y de sus ajenos frutos.

Ni hay un solo linaje de cada especie de árboles, de los robustos olmos, ni de los sauces, ni del almez, ni de los cipreses del monte Ida, ni presentan siempre un mismo aspecto los pingües olivos; unos dan la aceituna orcal, otros la cornicabra y la amarga pausia, y lo mismo los manzanos y las selvas de Alcínoo; ni es el mismo árbol el que da las peras Crustumias y las Sirias y las pesadas volemias. No pende de nuestras cepas la misma vendimia que la que coge Lesbos del pámpano Metimneo. Hay vides Tasias y Mareótidas blancas, buenas estas para las tierras gruesas, aquellas para las ligeras. La uva Psitia es la mejor para hacer vino de pasas; la Lageos, de menudos granos, hará enredarse los pies y trabarse la lengua a los bebedores; hay también uvas purpúreas, uvas tempranas. Y ¿con qué versos te celebraré bastante, oh uva Rética?; pero no disputes la palma a las bodegas de Falerno. Tenemos también las vides Amíneas, que dan vinos muy recios, ante los cuales se rinden el Tmolo y el mismo Faneo, rey de todos ellos; la uva de Argos, que es la mas pequeña de todas, pero con la que ninguna puede competir en dar vino abundante y de mucha dura. No os pasaré por alto, ¡oh uva Rodia!, grata a los dioses y bien venida en las segundas mesas; ni a ti, ¡oh Bumasta, de hinchados racimos! Innumerables son las especies y las denominaciones de las uvas; vano fuera intentar contarlas, tan vano como intentar saber cuántas arenas del mar Líbico revuelve el céfiro o cuántas olas del mar Jónico van a estrellarse en la playa cuando furioso el auro azota las naves.

No todas las tierras pueden producir todas las plantas. Los sauces nacen junto a los ríos, y los olmos junto a las densas lagunas, los estériles quejigos en los cerros pedregosos, los arrayanes abundan en las playas; finalmente, Baco gusta de las colinas despejadas, y los tejos necesitan el aquilón y los fríos. Mira el orbe domado por los cultivadores en toda su extensión, desde las orientales viviendas de los árabes hasta los pintados gelonos. Cada árbol tiene su país propio. Solo la India produce el negro ébano; los terrenos sabeos, la vara que da el incienso. ¿Qué te diré del bálsamo que destila una olorosa madera, y de las bayas del siempre frondoso acanto? ¿Qué de las selvas de los etíopes, blanqueadas por una blanda lana? O ¿cómo los Seres cardan tenues vellones desprendidos de las hojas de sus árboles? O diré aquellos bosques que produce la India, región la mas cercana al Océano, límite del orbe, donde son tan altos los árboles que no hay saeta disparada que pueda alcanzar a su cima; y cierto que aquellos pueblos no son flojos en manejar la aljaba.

La Media produce manzanas saludables, pero agrias y soporíferas, remedio el más eficaz para expeler del cuerpo los negros venenos, cuando las crueles madrastras inficionan las copas y mezclan hierbas y nocivas palabras. Este árbol es muy crecido y parecidísimo al laurel, y por tal se le tomaría si no fuera porque expide a gran distancia un olor diferente; sus hojas no se desprenden al impulso de ningún viento; la flor está muy agarrada al tallo. Los medos alivian con ella el hedor de la boca y sirve de medicina al sobrealiento de los viejos.

Pero ni las selvas de los medos, riquísima tierra, ni el hermoso Ganges, ni el Hermo que enturbian sus arenas de oro, disputen loores a Italia, ni la Bactriana, ni la India, ni la Pancaia entera, abundante en arenas, que arrastran incienso. Nunca revolvieron estas tierras toros de ígneo aliento, sembrados en ellas los dientes de una horrenda hidra, ni las erizó una mies de guerreros con yelmos y apretadas lanzas; pero están llenas de fecundos trigos y del másico humor de Baco, poseen olivos y pingües ganados. De aquí se lanza por los campos el guerreador caballo con la frente erguida; muchas veces desde aquí, ¡oh Clitumno!, blancas reses y el toro, la mayor de las víctimas, esparcidos por las márgenes de tu sagrado río, condujeron a los templos de los dioses los triunfos romanos. Aquí la primavera es continua, y hasta el invierno es un verano; dos veces al año hay crías nuevas; los árboles dan dos cosechas. No habitan aquí rabiosos tigres ni la raza feroz de los leones, ni hay venenos que engañen a los míseros que van a coger hierbas, ni la escamosa serpiente arrastra por el suelo sus inmensas roscas, ni se recoge en larga espiral.

Añade a esto tantas egregias ciudades, el gran trabajo de las obras, tantas fortalezas fabricadas por la mano del hombre en las escarpadas rocas y los grandes ríos que se deslizan al pie de nuestros antiguos muros. ¿Haré memoria de los dos mares que nos rodean, uno al Oriente, otro al Ocaso, y de vosotros, grandes lagos, ¡oh Laro y oh Benaco!, que te agitas con oleadas y estrépito propios de un mar? ¿Recordaré los puertos y diques del lago Lucrino, y el agua que ruge indignada con grandes clamores, allí donde las ondas del puerto Julio atruenan a lo lejos el rechazado Ponto, y donde el mar Tirreno se precipita en los estrechos del Averno?

También esta tierra muestra en sus venas ríos de plata y cobre, y arrastra raudales de oro; cría un indomable linaje de hombres, los Marsos, la juventud Sabélica, los Ligures sufridos y los Volscos armados de dardos; produce los Decios, los Marios y los grandes Camilos; los Escipiones, duros guerreros, y te produjo a ti, ¡oh Cesar, más grande que todos ellos; a ti, que vencedor ya ahora en los últimos términos del Asia, apartas de los romanos campamentos al indio imbele...! ¡Salve, tierra de Saturno, gran madre de ricas mieses, gran madre de héroes!; por ti acometo renovar el antiguo loor de la agricultura, por ti oso abrir las sagradas fuentes y cantar a las ciudades romanas los versos del poeta Ascreo.

Ahora voy a hablar de la naturaleza de los campos, de su fuerza, de su color y de la índole de sus varios productos. Primeramente, las tierras duras y las colinas ingratas, donde abunda la delgada arcilla entre pedruscos y matorrales, son propicias a los vivaces olivos, consagrados a Palas; así lo muestran la multitud de acebuches que espontáneamente brotan en ellas y las bayas silvestres que las cubren. Mas las tierras pingües y ricas de dulces jugos dan prados abundantes de hierbas y de fértil terruño; las que suelen verse en los cóncavos valles están fecundadas por las aguas, que se deslizan desde las más altas peñas y arrastran un fecundo légamo; el que está expuesto al viento austro y cría el helecho, que aborrecen los corvos arados, este dará con el tiempo excelentes vides, muy abundosas de vino; aquí nacen aquellas exquisitas uvas; aquí aquel néctar que libamos en copas de oro, cuando el obeso tirreno sopla en las trompetas de marfil delante de las aras, y ofrecemos a los dioses las entrañas humeantes de las víctimas en las bandejas que se doblan bajo su peso.

Si prefieres criar ganados mayores y becerros, o corderos y cabras, que talan los sembrados, busca los bosques y las lejanías de la fecunda Tarento, y aquel campo que perdió la infeliz Mantua, que apacienta en las herbosas riberas de su río nevados cisnes. No te faltarán allí líquidas fuentes ni hierbas para los rebaños; cuantos pastos consuman éstos durante los largos días, otro tanto repondrá durante la breve noche el helado rocío.

Las tierras negruzcas, gruesas, y cuyo suelo se desmenuza fácilmente bajo la reja (lo cual se consigue arándolas) son excelentes para el trigo; de ningún otro campo verás volver a la alquería mayor número de carros de mies tirados por los perezosos bueyes. Lo mismo sucede con las tierras donde brioso el labrador ha arrancado toda la vegetación que las cubría, destruyendo arbolados inútiles por tantos años y arrancando con sus más hondas raíces las antiguas moradas de las aves, que, abandonados sus nidos, tienden su vuelo a las alturas; estos campos eriales descuellan entre todos luego que se les echa la reja.

Mas las tierras pobres, llenas de cascajo y de cuestas, apenas ofrecen a las abejas el humilde cantueso y el romero. La toba escabrosa y la greda, corroída por las negras víboras, se resisten a todo lo que no sea producir un dulce sustento y ofrecer sinuosos escondrijos a las sierpes. La que exhala una tenue neblina y volátiles humos, y embebe el humor y fácilmente le arroja de sí; la que siempre se reviste de una verde hierba y no mancha la reja con moho ni con salitroso orín, esa entretejerá para ti los olmos con las pomposas vides; esa tierra es fértil de olivos; cultívala, y verás que es propicia para el ganado, propicia también para la labranza. Tal es el campo que ara la rica Capua, tales los que rodean el monte Vesubio [Vesevo] y los que inunda el Clanio, fatal a la despoblada Acerra.

Ahora voy a decir por qué medios podrás conocer cuál tierra es endeble y cuál es gruesa; por qué esta conviene más al trigo, aquella para el viñedo. Ante todo, elige con cuidado un sitio, en el que harás abrir una hoya de paredes sólidas; luego la rellenarás con la tierra que antes sacaste de ella, y la apisonarás de modo que quede lisa. Si te falta tierra para llenarla, es señal de que el terreno es endeble y a propósito para pastos y sabrosas vides; si no cabe en la hoya de donde ha salido y, llena esta, aún sobresale la tierra, confía que te dará abundantísimas mieses en sus recios terruños, y árala con robustos bueyes. La tierra salada y la que llaman amarga es fatal para las mieses (ni se mejora con el cultivo, ni conserva su calidad a las vides, ni sus nombres a las frutas); haciendo esta prueba la reconocerás. Baja de tu ahumado techo los cestos de apretado mimbre o los caladeros de los lagares y llénalos hasta arriba de aquella mala tierra y de agua dulce de las fuentes; de seguro que todo el agua se irá saliendo, y que por los mimbres se escurrirán gruesas gotas; su sabor te dará claro indicio de la calidad de aquella tierra, y su amargor hará torcerse las tristes bocas de los catadores. Por este otro medio conoceremos cuál tierra es pingüe, cuando estregada en las manos no se hace polvo, antes bien se pega a los dedos como pez. Las tierras húmedas crían muy altas hierbas y más espesas de lo que conviene; ¡ojalá no me sean demasiado fértiles ni se me ostenten demasiado pujantes las primeras espigas! Por el peso se conoce cuál tierra es grave y cuál liviana; por la vista se conoce fácilmente cuál es negra o de otro color; lo difícil es conocer el frío nocivo que algunas encierran; los únicos indicios de tal cualidad son los pinos o los tejos venenosos que suelen producir y las hiedras negras.

Consideradas estas cosas, acuérdate de limpiar bien la tierra con mucha anticipación, de romper con hoyas los grandes montes y de exponer al viento aquilón los terrenos volteados antes de plantar la vistosa raza de las vides. Cuanto más desmenuzado está, mejor es el terruño; de su mejora cuidan los vientos y los hielos, y el robusto cavador, revolviendo las deshechas yugadas.

Mas aquellos cuya vigilancia está en todo empiezan por elegir, para trasplantar las cepas, un terreno de la misma naturaleza que el que ocuparon primero, de modo que las simientes no extrañen el súbito cambio de madre. Algunos también señalan en la corteza a qué región del cielo estaba expuesta, a fin de restituirlos en el nuevo terreno a su exposición primitiva, presentando al Austro la parte que recibió sus calores, y al Norte la que miraba hacia él; mucho puede la costumbre adquirida en los tiernos años. Infórmate primero de si será mejor plantar tu viñedo en los collados o en el llano; si lo plantas en terreno pingüe, siémbralo espeso; no por estar muy apretadas las cepas desmerece el vino. Si lo plantas en terreno quebrado y en altas colinas, sacrifica algo al buen ordenamiento de las vides, de modo que vengan a formar un cuadro perfecto, cortado por hileras iguales: no de otra suerte que en las grandes batallas. cuando una gran legión despliega sus cohortes y el ejército ocupa todo el dilatado campo, vense las escuadras unas frente a otras, y la tierra parece como que fluctúa a lo lejos con el relucir de las armas: aún no se ha trabado la horrenda lid, e indeciso Marte, vaga de unas en otras filas. Dispón así tus vides en calles a trechos iguales, no para el vano recreo de la vista, sino porque de otro modo no daría la tierra por igual sus jugos a todas ni podrían sus pámpanos extenderse con libertad.

Acaso me preguntarás qué hondura deben tener las hoyas. Yo no titubearía en plantar mi vid en un surco reducido: solo deben ahondarse mucho los árboles altos, en especial la encina, que tanto levanta la copa al cielo, cuanto se extienden sus raíces hacia el Tártaro; así es que no la derriban ni los inviernos, ni los temporales, ni las lluvias; antes persevera inmoble, y vence en duración a muchas generaciones, a muchos siglos. Entonces, tendiendo aquí y allá a gran distancia sus robustos brazos, sostiénese en medio de la inmensa sombra que esparcen sus ramas.

Cuida de que tus vides no miren hacia el Poniente y de que entre ellas no se planten avellanos, ni prefieras los mugrones más altos; antes bien, pódalos. prefiriendo los más bajos (a los que tiene la tierra más amor), ni cortes los pimpollos con hierro embotado, ni interpoles con tus vides olivos silvestres; porque muchas veces acontece que estando los pastores descuidados salta la lumbre, que, introduciéndose primero secretamente por la aceitosa corteza, rodea los troncos, y deslizándose luego a las mas altas hojas, estalla en el aire con grande estrépito; luego, vencedora, continúa de rama en rama, se señorea de las cubiertas copas, envuelve en llamas todo el bosque y, nutrida con aquella pastosa masa de pez, lanza a los cielos negras humaredas, señaladamente cuando la tempestad se desploma sobre las selvas y sopla el viento propagador de incendios. Donde esto sucede no pueden retoñar las vides ni de sus raíces ni de sus mugrones cortados, ni vuelven a su antiguo ser en el mismo terreno; en él solo queda el estéril acebuche, de amargas hojas.

No te dejes persuadir, ni aun por el más prudente maestro, a remover la tierra endurecida por el soplo de Bóreas. Entonces el temporal tiene como cerrada la tierra con el hielo y no consiente que las semillas hinquen bien en ella sus apretadas raíces. La mejor sazón para plantar las vides es cuando con la rosada primavera vuelven las blancas aves, que aborrecen las largas culebras, o bien por los primeros fríos del otoño, cuando el rápido sol no toca aún al invierno con sus caballos y ya ha dejado atrás el verano.

La primavera es beneficiosa a los bosques y a las selvas; en primavera se hincha la tierra y pide feraces semillas. Entonces el Éter, padre omnipotente, desciende en fecundas lluvias al regazo de su alegre esposa, y mezclándose, grande él, a aquel gran cuerpo, da vida a todos los seres. Entonces las repuestas enramadas resuenan con los trinos de las canoras aves, y los ganados recuerdan los estímulos de Venus en determinados días. Reverdece el fecundo campo y los prados ensanchan el seno con los templados soplos del céfiro; una suave humedad rebosa de todas las plantas, y las hierbas se levantan ya confiadamente con los nuevos soles; no teme el pámpano las embestidas de los austros ni las borrascas que bajan del cielo en alas de los furiosos aquilones; antes bien, deja brotar sus yemas y despliega todas sus hojas.

No creo que fuesen otros los días que iluminaron al mundo en su primera infancia ni que fuese otro el orden con que se sucedían. Primavera era entonces; de la primavera gozaba el vasto mundo y callaban los invernales soplos del auro cuando los primeros animales gozaron de la luz, y la férrea raza de los hombres sacó la cabeza del duro seno de la tierra, y las alimañas cubrieron las selvas, y las estrellas el cielo. Ni las cosas recién creadas hubieran podido soportar el rigor de las estaciones a no mediar entre el frío y el calor aquel largo sosiego de la primavera, y si la clemencia del cielo no se extendiese sobre la haz de la tierra.

Réstame decir que en cuanto plantes tus mugrones no te olvides de echarles un pingüe abono y de cubrirlos con abundante tierra; échales también piedras esponjosas y escamosas conchas, pues por ellas se deslizarán las aguas y pasará el aire sutil. y así las plantas cobrarán brío. Algunos les ponen encima piedras y tejas de gran peso, reparo que les sirve para guarecerlos de los turbiones, y que también emplean cuando el ardiente can abrasa los campos hendidos por la sequía.

Plantada tu cepa, resta amontonar la tierra alrededor del pie y escardarla con los duros azadones, o trabajarla con la reja y conducir entre las hileras de las vides los cansados bueyes. Entonces es preciso aparejar junto a ellas leves cañas y ramas deshojadas y lisas, y varas de fresno y horquillas, con cuyo apoyo se levanten y acostumbren arrostrar los vientos y a trepar, formando emparrado, a las copas de los olmos. En su primera edad, mientras se cubre de hojas nuevas, ten piedad de la tierna vid, y aun cuando lozana tienda al aura sus pámpanos y crezca a rienda suelta, guárdate de tocar sus puntas con la hoz; lo que has de hacer es arrancar cuidadosamente con las manos algunas hojas entre las que sobran. Luego, cuando ya abrazadas a los olmos echan vigorosos retoños, entonces arranca su cabellera, poda sus brazos. Antes temía el hierro; mas ahora ya puedes señorearte de ella con rigor y atajar la exuberante pompa de sus ramos. También has de tejer setos alrededor de ella y de cuidar mucho que no se les acerquen los ganados, especialmente cuando tienen la hoja tierna todavía y muy delicada, pues a más de los recios temporales y de los ardores del sol, las vacadas silvestres y las cabras errantes suelen destruirlas por diversión, y sirven de pasto a las ovejas y a las ansiosas becerras. Mas ni los fríos condensados en blanca escarcha ni los ardores estivos, que caen con gran peso sobre los áridos peñascos, la dañan tanto como los ganados y el veneno de su duro diente y la cicatriz que queda señalada en el mordido tronco. No por otra culpa se sacrifica a Baco un cabrón en todos los altares y se celebran las antiguas fiestas en los teatros; por eso, los descendientes de Teseo establecieron premios para los ingenios por todas las aldeas y encrucijadas, y alegres entre las copas se ejercitaban en saltar en las herbosas praderas por encima de odres engrasadas. Del mismo modo, los colonos Ausonios, linaje de Troya, se divierten en improvisar versos sin medida, soltando carcajadas, y se ponen horribles caretas, hechas de cortezas labradas, invocándote, ¡oh Baco!, en sus alegres cantares y suspendiendo en tu honor de los altos pinos figurillas que representan tu imagen. De aquí proviene que todo el viñedo se llene de abundante fruto, y lo mismo los huecos valles y los profundos bosques y todos los sitios adonde vuelve el dios su hermosa cabeza. Cantemos, pues, según la antigua usanza, los loores de Baco en versos patrios, y tributémosle ofrendas y sacrificios; llevemos arrastrado por los cuernos a sus aras un cabrón sagrado y tostemos sus pingües entrañas en asadores de avellano.

Otro trabajo exige también el cultivo de las vides, para el que no hay interrupción, pues tres o cuatro veces al año hay que ararles el suelo y es preciso sin cesar estarle partiendo los terrones con el almocafre vuelto y arrancando la hojarasca; así, el mismo trabajo se repite una vez y otra para los labradores, como por sus mismos pasos vuelven los años. Cuando ya, en fin, se despoja la vid de sus hojas mas tardías, y el frío aquilón desnuda a las selvas de su verdura, entonces el activo labrador extiende sus cuidados al año venidero, y se da a podar con el corvo diente de Saturno la vid, un momento desatendida, y la compone y la limpia. Sé el primero en cavar la tierra, sé el primero también en echar a la lumbre los sarmientos podados y en llevarte a la alquería los rodrigones; mas sé el ultimo en vendimiar. Dos veces al año la vid se cubre de sombra; dos veces las hierbas la rodean de espesa maleza. El remedio de ambos daños impone ímprobo afán. Ensalza en buen hora los grandes plantíos, pero cultiva con preferencia los pequeños. También se cortan en las selvas las ásperas varas del rusco y los juncos que crecen a la orilla de los ríos, y las ramas del sauce silvestre. Ya están atadas con ellas las vides, y ya no necesitan de la podadera; ya el cansado viñador canta en los últimos cuadros de su viñedo. Y sin embargo, aún tiene que trabajar la tierra y que escardarla, y que temer por sus uvas, ya maduras, el rigor de los temporales.

Los olivos, por el contrario, no exigen ningún cultivo ni esperan nada de la corva podadera ni de los tenaces rastrillos cuando ya han prendido en la tierra y recibido el soplo de las auras. La misma tierra, una vez abierta con la corva azada, les da bastante jugo, y con la reja copiosos frutos. Con esto se cría la pingüe oliva, grata a la paz. Lo mismo los frutales, apenas sienten firmes sus troncos y tienen fuerzas propias, rápidamente y con su propio empuje se levantan hacia los astros sin necesidad de ayuda nuestra.

Ni menos al mismo tiempo se carga de fruto toda la selva; las incultas guaridas de las aves se enrojecen con bayas de color de sangre. Los cantuesos dan pasto a las ovejas, los altos árboles teas con que se encienden las nocturnas hogueras y se iluminan los campos. Y ¿aún dudan los hombres en dedicarse a la agricultura y en darse a sus faenas?

¿A qué hablar más de los árboles mayores? Los sauces y las humildes retamas también son de provecho, pues dan verdura a los ganados, sombra a los pastores, setos a los sembrados y pábulo a la miel. Y es grato ver el monte Citoro, que parece cubierto de olas de boj, y los resinosos bosques de Naricia; es grato ver los campos aún no domados por la reja ni por las labores de los hombres. Hasta las mismas estériles selvas de las cumbres del Cáucaso, que azotan y quebrantan continuamente los impetuosos euros, dan productos; dan maderas útiles, pinos para las naves, y el cedro y los cipreses para los edificios. De aquellas maderas tornean los labradores radios para sus ruedas y toldos para sus carros; con ellas se hacen los cóncavos costados de las naves. Los sauces dan con profusión sus varas, los olmos su hoja; del arrayán se sacan fuertes dardos, y el cerezo es útil para la guerra; los tejos se doblegan en forma de arcos Itureos. También los livianos tilos y el boj, dócil al torno, se prestan a recibir varias formas y se ahuecan fácilmente con el agudo cincel. También el ligero álamo, lanzado en el Po, boga en las corrientes ondas; también las abejas guardan sus enjambres en las nuevas cortezas y en el seno de la carcomida encina. ¿Qué beneficios comparables con éstos nos trajeron jamás los dones de Baco? Baco fue la ocasión de muchas culpas; él domó con su letal influjo a los furiosos Centauros, a Reto y a Folo y a Hileo, cuando amenazaba con su enorme copa a los lápitas.

¡Oh, demasiado felices los labradores si conocieran los bienes de que gozan! Lejos de las contrapuestas armas, justísima la tierra les brinda fácil sustento. Si no ven los altos palacios de soberbias puertas vomitar cada mañana por todos sus pórticos una turba de obsequiosos clientes, ni se extasian delante de los dinteles incrustados de ricas conchas, de los vestidos recamados de oro y de los bronces de Efiro; para ellos la blanca lana no se disfraza con el veneno asirio, ni se corrompe con la canela el jugo de la oliva; pero disfrutan segura tranquilidad, una vida exenta de engaños, rica de variados bienes, largos solaces en sus extensas heredades, grutas frondosas, lagos de agua viva, frescos valles, los mugidos de las vacadas y blandos sueños a la sombra de los árboles. Allí hay dehesas y guaridas de alimañas, y una juventud sufrida y sobria, y sacrificios a los dioses y una ancianidad venerada; allí estampó sus últimas pisadas la Justicia al abandonar la tierra.

¡Oh Musas, dulces para mí sobre todas las cosas, a quienes rindo culto con gran amor!, acogedme en vuestro regazo y mostradme las sendas del cielo y el curso de las estrellas, y los varios eclipses del sol y los giros de la luna; cuál sea la causa de los terremotos, por qué fuerza se hinchan los profundos mares, rompiendo sus barreras, y luego vuelven a su primer sosiego; por qué los soles invernales se dan tanta prisa en sumirse en el Océano, y por qué son tan tardías las noches de verano. Mas si la sangre ya fría que circuye mis entrañas impide que pueda sondar estos misterios de la naturaleza, plázcanme los campos y los arroyos que riegan los valles; contento en mi oscuridad, deléitenme los ríos y las selvas. ¿Do estáis, ¡oh campos, oh Esperquio y oh monte Taigeto!, frecuentados por las vírgenes bacantes de Laconia? ¡Oh, quién me llevará a los helados valles del Hemo y me cobijará con la gran sombra de sus enramadas!

¡Feliz aquel a quien fue dado conocer las causas de las cosas, y hollar bajo su planta los vanos temores y el inexorable hado y el estrépito del avaro Aqueronte! ¡Feliz también aquel que conoce a los dioses agrestes, a Pan y al viejo Silvano, y a las ninfas hermanas! Nada doblega su ánimo, ni las haces populares, ni la púrpura de los reyes, ni la discordia que agita a los infieles hermanos, ni el Dacio que baja del conjurado Istro, ni las cosas romanas, ni los imperios perecederos, ni tiene que compadecerse del necesitado ni que envidiar al rico. Recoge los frutos que espontáneamente y de buen grado le dan los árboles, y las campiñas; no conoce ni las duras leyes, ni el insensato foro, ni los anales del pueblo.

Otros surcan con el remo los hondos mares y se arrojan sobre las espadas, penetran en los estrados y en los dinteles de los reyes. Éste asuela un pueblo y sus míseros penates, a fin de beber en copas de piedras preciosas y de dormir en la púrpura de Tiro. Aquél esconde sus riquezas y se acuesta sobre el soterrado oro. Éste se queda embebecido delante de los rostros; a aquél le dejan con la boca abierta y le arrebatan los aplausos de la plebe y de los senadores, que repiten las graderías del anfiteatro. Otros se recrean en la derramada sangre de sus hermanos, y trocando por el destierro los dulces umbrales de la casa nativa, van a buscar una patria bajo otro sol.

El labrador ara la tierra con la corva reja. Éste es su trabajo de todo el año; con él sostiene a su patria y a sus pequeñuelos hijos, y a sus ganados y a sus yuntas, que lo merecen bien. No sosiega hasta que el año rebosa en frutos, o en nuevas crías de sus ganados, o en gavillas de trigo; no sosiega hasta que ve los sulcos abrumados bajo el peso de la mies e insuficientes para ellas su trojes. Cuando llega el invierno, muele en los lagares la aceituna sicionia, los cebones vuelven a la piara hartos de bellota, las selvas dan madroños, el otoño cubre el suelo de variados frutos y la dulce vendimia se cuece en las soleadas laderas de los pedregosos collados.

Entre tanto sus dulces hijos les andan en derredor buscando y obteniendo caricias; su casta morada es el asilo de la honestidad, sus vacas le ofrecen las ubres llenas de leche y, sobre la abundante hierba, sus gordos cabritillos retozan, topándose unos con otros. También él celebra los días festivos, y tendido en la hierba, rodeado de sus compañeros con la copa henchida, puesta en medio la lumbre, te invoca, ¡oh Leneo!, ofreciéndote libaciones, y ya suspende de un olmo el blanco para que ejerciten en el tiro los zagales, que ya desnudan para la lucha sus fornidos cuerpos. Esta vida hacían en otro tiempo los antiguos Sabinos; así vivían Remo y su hermano, así creció la fuerte Etruria, así sin duda llegó a ser Roma la más hermosa de las ciudades, y, única en el mundo, se rodeó de siete colinas. Aun antes del reinado de Dicteo, antes que el impío linaje de los hombres se sustentase con la carne de los degollados novillos, esta vida hacía en la tierra el áureo Saturno. No se oían entonces resonar los bélicos clarines ni rechinar las espadas puestas en los duros yunques. Pero ya he recorrido harto espacio, y ya es tiempo de desatar los humeantes cuellos de mis caballos.