Granada. Poema oriental - cuatro palabras

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Cuatro palabras del autor[editar]

«Hace cuatro años que emprendí la obra de un poema, cuyo argumento es la conquista de Granada por los Reyes Católicos. Desde entónces á hoy, los desocupados y los gacetilleros han desperdiciado su tiempo y su tinta en dirigirme anónimos, preguntándome si pienso publicar mi poema el dia del juicio, recordándome la fábula del parto de los montes, y adelantando, con la mas sana intencion del mundo, sus opiniones sobre mi obra, la cual se ha estado hasta hoy en mi cartera, vírgen felizmente de su conocimiento. Yo no acostumbro á ocuparme de estos pobres espíritus, que abandonan caritativamente sus negocios por ocuparse de los agenos; pero á los desocupados como á los gaceteros, les recordaré á mi vez con Cervantes el cuento de aquel loco de Sevilla, que hinchaba los perros con un cañuto, y dándoles una palmadita en la barriga cuando ya los tenia hinchados, preguntaba á los necios que le miraban: «¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?» ¿Pensarán Vms, digo yo á mis preguntadores,que así se escriben poema como se hilvanan los chismográficos cuentecitos de sus gacetillas? Estas mezquinas contrariedades, unidas á las desgracias que en estos últimos años me han sobrevenido, y entre los cuales cuento la pérdida de mis padres y de mi hacienda, en lugar de acobardarme y héchome abandonar mis proyectos, han doblado mi fuerza y los han robustecido y ensanchado más cada dia; así es que en vez de un poema he emprendido dos: y en lugar de apartar mi pensamiento de Granada, le han hecho abarcar toda su poética historia. A fuerza de pensar en ella, Granada ha venido á ser para mí objeto de una supersticiosa idolatría, la cual ha absorbido todos mis pensamientos: y como el estudio de esta obra ha sido el amuleto místico que ha defendido mi corazon de los golpes del infortunio, he cobrado á cuanto á ella pertenece un profundísimo cariño. Sus recuerdos me han distraido y consolado en las primeras amargas horas de mi horfandad, y han poblado a solitaria mansion de mi casa paterna con las bellas visiones de sus orientales leyendas, las cuales concluyeron por lanzar de sus aposentos los mústios espectros de mis mayores guarecidos bajo su techo.

Voy, pues, á publicar simultaneamente dos obras distintas, aunque intimamente entrelazas una con otra. La primera bajo el título de Cuento de Cuentos: la segunda con el de Granada, poema oriental.

La primera abraza la historia poética de los personajes granadinos, desde el Rey Al-hamar su fundador hasta la leyenda diabólica del Tornadizo, padre del Wasir de su penúltimo Rey Muley Hacén: y la segunda, que es el poema, abarca el período histórico de la conquista, desde el reinado de este último hasta la ocupacion de la capital por los Cristianos.»

Cumpliendo con estas ofertas, hechas en mi prospecto de 6 de marzo de 1851, empiezo hoy la publicacion del Poema de Granada. La leyenda de Al-hamar debia lógicamente colocarse al frente del Cuento de cuentos y no à la cabeza del poema: pero estando tan hondamente ligada con este, no me ha parecido oportuno separarla de él; ademas de que esta leyenda es una introduccion necesaria al Poema de Granada, pues al emprender el relato de la estincion de la monarquía granadina, era forzoso recordar su origen. El argumento de esta leyenda es una tradicion árabe. Estos cuentan en ella que un Genio descubrio á Al-hamar un tesoro, con el cual pagó las inmensas sumas empleadas por él en edificar el palacio de la Alhambra, los muros de la ciudad y otros monumentos. Su estilo es puramente oriental; difuso en las descripciones, hinchado en los conceptos, hiperbólico en las comparaciones y afectando siempre inspiracion y orígen divinos. Así cuentan los Arabes sus leyendas, pródigos de las flores de su rica imaginacion, y así he contado yo la de Al-hamar, la cual no es mas que una imitacion de las narraciones y libros árabes.

He añadido á ella una biografía de Mahoma con algunos apuntes sobre sus preceptos y religion, porque he juzgado á propósito dar algunas noticias del legislador y de las creencias de uno de los dos pueblos cuya historia cuento, y porque esta biografía me evita la pesadez de muchas notas sobre Mahoma y el Korán, las cuales entorpecerian las narracion y enfadarian á quien leyere. Este trabajo no es obra mia; traduccion literal en parte y en parte compilacion de la vida del profeta, publicada por Sabary al frente de su traduccion del Korán, llena completamente mi objeto y sobrepuja á cualquiera otra obra de este género que yo hubiera podido producir.

Para evitar confusion, he colocado las notas de cada libro ó canto al fin del tomo al cual pertenecen: y las de la fantasía al Sr. Muriel con las de la Leyenda de Al-hamar á la conclusion de esta. Soy acaso demasiado difuso en las notas de esta leyenda por dos razones: la primera, porque los que conocen el pais y monumentos árabes de Granada, no tomen mis descripciones por ecsajeracion de mi fantasía; y la segunda, porque si el público acoje favorablemente mi obra, añadiré á ella un tomo de ilustraciones, el cual contendrá las vistas y planos de la Alhambra y Jeneralife y todas las inscripciones legibles de estos edificios, impresas en caracteres árabes y on la traduccion castellana al frente, las cuales tal vez difieran de las que copio en estas notas; cuyo trabajo, ademas de ser útil á los artistas y curiosos que visiten estos lugares, servirá tal vez de estímulo para propagar el estudio de la lengua árabe en nuestro pais, y para impedir á los gobernadores y alcaides encargados de la custodia de los monumentos moriscos, embadurnas, encalar y destruir aquellas labores que ellos tienen por caprichos insignificantes, y que son las mas de las veces datos históricos utilísimos.

El lector hallará alguna variedad en los nombres de los Moros: pero puede fiarse de su autenticidad. Ademas de que el estudio que he hecho de la lengua Arabe me permite leer estos nombres en la lengua africana, y escribirlos en la castellana con las mismas letras que en aquella, los he consultado con personas mas entendidas que yo, árabes de raza, educadas en Africa, y para quienes el árabe es lengua materna: escribo sin embargo muchos en la forma incorrecta que les han dado los historiadores cristianos, para no desfigurar á la vista del lector lo que ya están confirmados, por decirlo así, por la tradicion. Al fin del poema se hallará un vocabulario de las voces de orígen árabe empleadas en él, el cual dará luz sobre el de las muchas que se conservan entre nosotros: aunque en esto no seé muy estenso, pues no me acosa el prurito de hacer ostentacion de saber, sinó el deseo de apoyar las razones que me han impelido á innovar algunas palabras.

Habia pensado anteponer á mi poema un académico y razonado discurso con nombre de prólogo, obra desde luego de algun amigo mio, pero persona de alta reputacion literaria y de grande autoridad, para que le sirviese de ecudo y proteccion y preveniera en su favor laopinion pública manifestando abiertamente la parcialidad de la suya; pero he desistido de semejante pensamiento, porque he reflecsionado que, si el poema fuere bueno, no necesitará de proteccion: y si fuere malo, no bastarán para protejerle todas las autoridades reconocidas de la Cristiandad y del Islamismo. El que crea, empero, que con él pretendo realizar la novena maravilla (dado que el Escorial sea la octaba) y asombrar al mundo con un poema épico, está en un error y me honra mucho suponiéndome tan sobrado de alientos. Mi obra, á la cual notará el discreto que llamo poema oriental, no es mas que una enorme leyenda, en la cual otro ingenio mas competente hallará reunidos los materiales necesarios para construir el clásico edificio de la magnífica epopeya encerrada en la época de la conquista de Granada. Avergonzado al ver que estrangeros autores han llamado antes que nosotros á las puertas de la Alhambra, ya con el grosero aldabon de la novela descabellada é insulsa, como Florian: ya con el martillo de oro de la juiciosa y galana historia, como Wasington Irving, héme arrojado á abrir el cancel de su misterioso alcázar al genio feliz á quien sea dado apoderarse de su encantado recinto. Tales son, y no otras, las limitadas pretensiones de mi poema.

A los desocupados escritores de anónimos y á los autores rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputacion agena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes de seguirme á Granada, den una vuelta por Toledo, donde hallaran á mi buen amigo el Señor Don Leon Carbonero y Sol, quien con honra suya y proveco de la juventud, esplica en aquella ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudicion oriental y poética y su ecselente método de enseñanza, les pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por los senderos montañosos que conducen á la real alcazaba de la Alhambra.

A los literatos que, á pesar de lo espuesto, me supongan mas ambiciosos intentos ó mas vanaglorioso amor propio, dispuestos á no ver de mi obra mas que los defectos, hijos naturales de una temeraria osadía ó de una quijotesca vanidad: y á los sábios críticos que quieran aprovechar la ocasion de lucir sobre Granada sus académicas disertaciones y sus artículos enciclopédicos, les contaré solamente un cuento, que estoy sintiendo correrseme el papel por los puntos de la pluma: el cual, aunque viejo, espero que les ayude á formar su juicio sobre mi poema, si le lëen: que sí le leerán, pues yo procurare darselo despacito para que le rúmien y digieran.

Lidiaba una tarde en la plaza de Sevilla el famoso Pedro Romero, el diestro de mejor trapo y mas certero pulso que pisó jamás arena de redondel. Llegado el caso de estoquear un toro de mal trapío y torcida intencion que, empeorado con la lidia, tomaba el bulto y dejaba el capote, comenzó Romero á trastearle cuidadosa y maestramente, arrastrándole la muleta para encariñarle á ella y traerle despues sin riesgo á una estocada por los altos y á una muerte de buena ley. Un chusco Sevillano, mozo y rico, decidor y zambrero, amigo de los ganaderos y conocedor de las marcas de sus ganaderias, apadrinador de la gent de cuadrilla, acompañador de los encierros y presenciador de los apartados, donde gustaba lucir el potro cartujano, la manta jerezana, la espuela baquera y el castoreño apresillado, y gran partidario en fin de Costillares, halland sin duda largo el juego de Romero, cuyo riesgo no comprendia, y pareciéndole la ocasion oportuna para zumbarle en presencia de su rival, empezó á decirle con no poco esforzadas voces y dejo no menos provocador: «¡Bueno, señor incomparable, bueno: que vá á llevar ese toro mas pasos que las procesiones del viérnes santo! De matar se trata, que no de pasar esa obeja mansa. ¡Que no se diga que por tanto pase se pasa el tiempo y no se pasa la pavura! ¡Vamos: un puntazo por lo que sea!… y que no haya que dar á esa espada una compañera sacada de las costillas como nuestra madre Eva.» La alusion á costillares produjo el efecto que el chusco deseaba, y aplaudieron sus partidarios y rieron los de los tendidos; lo cual oyendo Romero, dejando plantada á la fiera y á los espectadores suspensos, llegose bajo el palco del zumbador mancebo, la muleta recojida en la zurda y el estoque suspendido en el dedo corazon, y dijole con aquella sorna peculiar de la gente de plaza: «Su mercé parece por sus razones profesor del arte, y se vé à la legua lo acostumbrado que está á dar lecciones como maestro: con que no lo deje por poco y tome sin cortedad el lugar que le corresponde, que yo estoy pronto á escucharle. Baje, pues, su mercé y hágame su esplicacion à la cabeza de la rés.»

Y decia bien Pedro Romero: las lecciones de orear se dan á la cabeza del toro.

Paris, 15 abril, 1852.
José Zorrilla