Hermanos

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Hermanos
de Juan José Morosoli


Montes llegaba a la casa de Justina una vez por mes. Siempre a boca de noche. La casa daba frente a la calle real a la que le hacían costado una, veintena más, entre ranchos y viviendas de ladrillo.
Se apeaba en los fondos que daban a un sendero que moría en el callejón. No quería que la gente lo viera llegar allí.
Justina colmaba todas sus necesidades de hombre, de ser social y hasta de ternura.
Los "m'hijo" con que la mujer salpicaba la conversación, le producían un placer extraño. Le ablandaban por dentro.
Ella lo decía naturalmente. La expresión le había nacido frente a aquel hombre, sin que ella misma lo hubiera advertido.
Era raro que las cosas pasaran así, porque él era un solitario sin parientes —"que si tenía los había perdido y que no precisaba tampoco"— y ella era una mujer de poca prosa y poco amiga de trasmitir emociones.
Con excepción de Montes, los que llegaban allí lo hacían por las otras mujeres. Venían a beber cerveza y a bailar con la música del viejo gramófono. Cuando llovía, jugaban a la escoba y comían tortas fritas.
Justina, pasaba, a una pieza lindera, dejando la puerta entornada para hacer presencia y no fastidiar con su frialdad a los demás. No se le conocían amistades ni relaciones. Ni con vecinos ni con parientes. A los hombres, en general, parecía despreciarlos. Esta falta de amistades masculinas le daba a los ojos de las otras, una autoridad que ninguna quebrantaba, convencidas como estaban que los hombres eran buenos sólo si se les trataba así, como lo hacía Justina.
Estos encuentros de Montes —poco más que un adolescente— con aquella mujer que se acercaba a los cuarenta años, les llenaban de asombro.
Hacía ya como dos años que Montes hacía estas visitas, en las que apenas hablaban a pesar de compartir cena y lecho.
Llegaba al anochecer y partía al despertar la mañana.
—No se pierda m'hijo —le decía ella al partir.
—Pierda cuidao —respondía él.
Esa mañana volvió. Hacía buen rato que había partido cuando ella le vio regresar.
—¿Qué pasa?
—Me olvidé —dijo él—, y le tendió la mano cerrada apretando dinero.
—Hágame el gusto —dijo ella—, vayase como vino... Así quedo más contenta.
El obedeció. Taloneó. El caballo arrancó al galope.
Seguro él sospechó que ella seguía mirándole. Sin darse vuelta levantó el rebenque agitándolo en el aire y se estrelló en la luz saltada de golpe salvando los cerros.

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Aquel día se encontró con una situación imprevista. Cuando golpeó la puerta salió a recibirlo una niña. Justina estaba enferma, pero no bien sintió los golpes ordenó a gritos:
—¡Anda criatura!. . . ¡Anda!.. .

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Justina estaba acostada. La niña luego de abrir la puerta entró en la cocinilla y volvió con una taza que entregó a la mujer y allí se quedó mirándose los pies, tratando de salvarse de la presencia del hombre.
Era una niña de edad indefinible, delgada, de rostro pálido, menudo y alargado, de ojos grandes, de pelo lacio estirado hacia la nuca y rematado en una trenza fina como de arreador. Se desprendía del rostro una dulzura ya definitiva.
Pesaba el silencio. Era casi insoportable ya, cuando Justina devolvió la taza a la niña.
—Andate y te quedás no más. . .
Apenas salió la niña, Justina empezó a informar a Montes:
—Tengo que irme al pueblo.. . ¿No ve que el doctor viene una vez por mes no más?... Fijesé esto ahora... La niña me la mandó la madre. . .
Montes se sentía incapaz de hablar. Lo único que pudo decir, ya con el viaje de regreso en la cabeza, fue esto:
—. . .Es una desgracia mismo.
Ella pareció advertir la idea de regresar que apuntaba en Montes. Ordenó:
—Cébele mate a Montes m'hija. . .

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Ya había sorbido él dos o tres mates cuando propuso:
—¿Por qué no la mandamo a lo del Turco a buscar salchichón y galleta?
—No quiero que vaya a lo del Turco... Es un perdulario.. . Capaz de cualquier cosa...
—Entonces voy yo.

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Comía la niña frente a él, que iba cortando el salchichón y el pan, rodaja a rodaja. Lo hacía lentamente, deteniéndose a veces.
—Coma no má... Si no come va a ser flaquita toda la vida.
El tono de la voz de Montes se había hecho lento y cariñoso. Parecía anegado de una dulzura que lo infantilizaba. El, que era tan voraz, comía despacio, según observó Justina desde la cama.
La luz del farol cayendo desde arriba le daba al cuadro una sencilla naturalidad que hacía feliz a la enferma.

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La niña se fue a la cocina. Montes se acercó a la cama.
—¿No sabe Montes —preguntó Justina— que sabe leer y escribir como una maestra?
—¿Sabe?
—¡Sabe!.. . Parece mentira que me hayan entregado una criatura así.. . ¡Mire que hay cada alma!
Montes percibió en la voz de la mujer una tristeza que lo penetró a él también. Dio dos o tres pasos enfrentando la puerta fondera y empezó a liar un cigarro. Le daba fuego cuando sintió los sollozos de la mujer. Lloraba suavemente.

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Se acostó en la cocina, pero no durmió. Gastó tabaco toda la noche.
Al amanecer se levantó y se lavó, dejándose caer el agua pecho adentro.
Se disponía a sacar el recado acercándolo al caballo para ensillar cuando se abrió la puerta. Justina lo llamó.

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—¿Por qué no se la lleva Montes?... Usté precisa una hermana... Llévela que es una santa... Llévela, sabe leer.. . Sabe cocinar.
El se había quedado callado, sin poder hablar. Sin poder decirle nada a aquella mujer que hablaba casi llorando, y que lo iba dejando débil, sin fuerza para irse, ni para hacerla callar, ni para hablar él, que ahora estaba pensando en el Turco, y la tristeza de los ojos de la niña, tan flaquita y tan dulce.
—Bueno, bueno —dijo—. Callesé, pues... ¿No ve que a lo mejor viene ella y la ve?

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El iba adelante, firme y solemne. Más atrás la niña, en un petiso que apenas caminaba. El se volvía de cuando en cuando y parecía hablarle.
Cuando se perdieron campo adentro, Justina comenzó a sollozar. Primero lentamente y luego a corazón desbordado.
Era como si una fuente ciega se le hubiera libertado y partido, ya libre para siempre.
Después subió al sulky que la llevaba hacia el pueblo.