Himnos Sacros

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El Tesoro de la Juventud (1911)
El libro de la Poesía, Tomo 17
Himnos Sacros
 de Alejandro Manzoni

Nota: se ha conservado la ortografía original.


HIMNOS SACROS

Estos himnos figuran entre las composiciones más notables que escribió Alejandro Manzoni. En ellos se halla una poesía elevada y fervorosa, sincera manifestación de las creencias religiosas del célebre poeta y exquisita muestra de la nobleza de su espíritu. Y aunque al ser traducidos del italiano al español han perdido los versos, inevitablemente, algunas de las bellezas de forma que avaloran el original, la habilidad del traductor ha logrado producir una versión muy hermosa.

I

Navidad


C

UAL roca desprendida,

Que al ímpetu violento
De súbito hundimiento
Cediendo, siglos há,
Desde la cima al fondo
Abriéndose ancha calle,
A lo inferior del valle
Rodó, y allí se está;

Según cayó, la mole
Pesada yace, inerte.
Sin que a moverla acierte
Del tiempo el voltear,
Sin que a la cumbre vuelva
A ver el sol brillante.
Mientras no la levante
Esfuerzo singular:

Así yacía el hijo
De la culpa primera,
Desde que en la severa
Sentencia al incurrir.
De toda desventura
Le impuso Dios el sello,
Yugo que el fiero cuello
No le dejaba erguir.

Nacidos para el odio,
¿Quién era la persona,
Quién era que « ¡perdona! »
Pudiese a Dios clamar?
¿Al Santo inaccesible
Volver a pacto eterno?
¿Al vencedor infierno
Su presa arrebatar?

Se nos ha dado un Hijo,
Nacionos un infante:
Si frunce su semblante,
Tiembla el poder del mal:
La mano tiende al hombre,
Que se reanima y cobra
Con creces bien de sobra
Su rango primordial.

Brota del almo cielo,
Y baja, viva fuente;
Por la árida pendiente
Derrama el fresco humor:
Destilan miel los troncos,
Jardín es la aspereza.
Donde abundó maleza
Germina allí la flor.

¡Oh Hijo del Eterno,
Coeterno, igual en sede!
¿Qué siglo decir puede:
« Yo tu principio vi »?
Tú eres: del vasto empíreo
El cerco no te encierra;
Que empíreo, mar y tierra
Lo hiciste con tu sí.

¿Y tú ese frágil barro
Vestirlo te dignaste?
¿Por qué razón lo alzaste
A tanta dignidad?
¿Fué mérito? ¿Fué gracia?
Si en tu consejo oculto
Así triunfó el indulto,
¡Qué inmensa es tu piedad!

Hoy ha nacido; a Éfrata
Mansión profetizada
Sube la bienhadada,
La gloria de Israel,
La Virgen que en su seno
El gran misterio esconde;
Nace de quien y donde
Predijo anuncio fiel.

La madre en pobres lienzos
Envuelve al Dios desnudo;
Y en el pesebre rudo,
Que en cuna se trocó,
Le pone suavemente,
Y adora, ¡oh gozo intenso!
Postrada, al mismo Inmenso
Que en ella se encerró.

El ángel, que a los hombres
Anuncia la gran nueva.
De grandes no la lleva
Al custodiado umbral;
Sino a pastores justos
Que el mundo da al olvido.
Preséntase ceñido
De auréola inmortal.

Celestes escuadrones
Por la nocturna esfera
En fúlgida carrera
Bajaron de él en pos;
Y en torno colocados.
Ardiendo en santo anhelo.
Cual cantan en el cielo,
Cantaron gloria a Dios.

El himno continuaron
De vuelta al firmamento,
Y entre las nubes lento
Fuése alejando el son.
Hasta cesar del todo
Perdiéndose en la altura,
Y en los de abajo aun dura
La extática atención.

Y el pobre albergue buscan.
Sin tregua, presurosos;
Y ven, los muy dichosos.
Conforme a la señal,
Ven puesto en un pesebre,
Envuelto con pañales,
Llorar cual los mortales
Al Príncipe inmortal.

Duerme, ¡oh celeste Niño!
Duerme y afán no sientas,
Y no osen las tormentas
Tu cuna estremecer,
Que huídas, cual caballos
En confusión de guerra,
Sobre la haz de la tierra
Empuja tu poder.

Duerme: quién ha natido
Los pueblos aun no saben;
Día vendrá que acaben,
Juntos bajo tu ley,
Por ser herencia tuya,
Y en tu reposo yerto
Bajo el polvo encubierto
Conozcan a su Rey.


II.

La Pasión


   Vamos al templo graves y pausados
Los que de Dios tememos la justicia.
Cual gente absorta en lúgubre noticia
Que de improviso oyeron anunciar.
No aguardemos el son de la campana;
No lo consiente el rito doloroso:
Cual la mujer qüe llora al dulce esposo,
Las vestiduras son del viudo altar.

   Cesen los himnos, los misterios santos
En que desciende por divina influencia,
Trocando el pan, guardando su apariencia,
La víctima inmortal de paz y amor.
Se oye un cantar, aquel lamento sacro
Que Isaías extático lanzaba
El día en que su espíritu abrumaba
Desde lo alto fatídico terror.

   ¿De quién habláis, historiador profeta?
¿Quién es que ante el Eterno brotar debe,
Como en árida tierra tallo leve
Brota lejos de fresco manantial?
Este flaco saciado de ignominia,
Cuyo semblante cubre abyecto velo,
A quien hirió con su anatema el cielo
Como al más vil, al último mortal,

   Es el Justo inmolado por los reos,
Sin resistencia, sin abrir los labios;
Es el Justo, y del orbe los agravios
Dios sobre su cabeza derramó;
Es el Santo, el Sansón profetizado,
Que libra al pueblo hebreo con su muerte,
Que a esposa infiel su cabellera fuerte
De buena gana arrebatar dejó.

   Él, que sentado está sobre el empíreo.
Quiso de Adán ser hijo, y por hermanos
Adoptando a los míseros humanos,
Su herencia compartir no desdeñó:
Sentir quiso el oprobio, el desconsuelo,
Y las angustias que la muerte entraña,
Y el terror que a las culpas acompaña,
El, que jamás la culpa conoció.

   Probó repulsa en su oración humilde.
Probó del Padre acerbo desamparo;
¡Oh asombro! de un traidor que le era caro
El abrazo mortífero sufrió:
Y esta alma vil, sumida en las tinieblas
Del primer homicida, en fiera lucha,
Sólo el clamor de aquella sangre escucha.
Tarde advierte la sangre que vendió.

   ¡Oh asombro! el torpe vulgo con sus befas
Procaz ultraja aquella faz divina.
Ante quien todo el cielo allá se inclina
Y en quien nadie la vista osa poner:
Cual del ebrio la sed aumenta el vino,
Con las ofensas el rencor se irrita;
Y al mayor de los crímenes le incita
De los pasados el feroz placer.

   No penetró de Roma el juez soberbio,
Mirando al pie del tribunal profano
Al hombre justo, que el judío insano
Arrastraba cual víctima al altar,
No penetró quién fuese el mudo reo;
Mas por sí temeroso el presidente,
Sentencia fulminando al inocente,
Util creyó su indemnidad comprar.

   Sube al cielo en su pena concentrado
El clamor de una súplica insultante,
Los ángeles se cubren el semblante,
Dice Dios: «cual pedís, así será.»
La sangre que los padres imprecaron
Sobre la triste descendencia llueve,
Y aunque de siglo en siglo se renueve,
De la cabeza echarla no podrá.

Apenas sobre el lecho de dolores
Reclina la alma frente el afligido,
Y levantando aterrador gemido
Exhalar el aliento se le ve;
Mientras en torno huelgan sus verdugos,
Truena el furor de Dios sobre la loma,
Desde la altura ya en acecho asoma,
Cual diciendo : « ¡Aguardad! no tardaré.»

   ¡Oh gran Padre! merced al que se inmola,
Apáguese de tu ira el vivo fuego,
Y del pueblo deicida el voto ciego
Convierte ¡oh Dios benigno! en su favor.
Caiga sobre ellos, sí, la sangre aquella,
Pero sea cual lluvia que los lave:
Todos erramos; este baño suave
A todos purifique del error.

   ¡Y tú, oh madre! que al Hijo soberano
Expirar en la cruz inmoble vistes!
Ruega por todos, reina de los tristes,
Que lo podamos en su gloria ver;
Y los trabajos con que el mundo vuelve
El destierro a los justos más pesado,
Juntos con la pasión de tu hijo amado,
Prenda nos sean de eternal placer.

.

III

La Resurrección

   ¡Revivió! ¿Como a la muerte
Su presa arrancada ha sido?
¡Revivió! ¿Qué brazo fuerte
Las negras puertas ha hundido?
¡Salvo está el que ayer pasivo
Violencia mortal sufrió!
Yo lo juro por Dios vivo
Que del túmulo le alzó.

   ¡Revivió! Ya no reposa
Su cabeza en el sudario;
Arrumbada está la losa
Del sepulcro solitario.
¡Revivió! Yace a lo largo
El lienzo que lo envolvió;
Cual valiente, del letargo
El Señor se despertó.

   Como al medio del camino
Si a la sombra de árbol alto
Se adormece el peregrino,
Vuelto en sí con sobresalto
Se sacude de la frente
La hoja seca, que cayó
Revolando lentamente,
Y sus párpados rozó:

   Así el mármol sin objeto,
Que la urna angosta oprimía,
Aquel fuerte allí sujeto
Arrojó con valentía,
Cuando del limbo desierto
Vuelta su alma, dijo: « Voy. »
Y al cuerpo callado y yerto:
«Levanta, contigo estoy.»

   ¿Qué gozosa voz despierta
A los santos de Israel?
El Señor abre la puerta,
¡El divino Emmanuel!
Los que dormís aguardando,
Sacudid vuestro sopor;
Se acabó el destierro infando:
Vedle, él es, el Redentor.

   ¿Antes de él al reino eterno
Qué mortal subido hubiera?
¿Quién de ese apagado infierno
Sacaros sino él pudiera?
Bajó, patriarcas creyentes,
Del enemigo el terror,
El deseado de las gentes,
El predicho vencedor.

   Los profetas asombrosos
Que lo futuro han contado,
Como a los hijos curiosos
Cuenta el padre lo pasado,
Ven cumplido el grande evento,
Ven brillar el sumo sol,
Del cual su inspirado acento
Señalaba el arrebol;

   Cuando Ageo a Isaías
Dieron garantía al mundo,
¡Oh deseado! que vendrías
A sanar su mal profundo;
Cuando los días contados
Leyó en su mente Daniel,
Y de años aun no brotados
Acordóse exacto y fiel.

   Era el alba, y Magdalena,
Bañado su rostro en llanto,
Y las otras con gran pena
Plañían al maestro santo;
Ved ahí que la pendiente
Toda tiembla de Sión,
Y la cohorte insolente
Desmaya de turbación.

   Un mancebo rutilante
Desciende sobre el sepulcro;
Brilla cual rayo el semblante,
Cual nieve el vestido pulcro.
« ¿Dónde le pusieron, dónde? —
Pregunta la triste — di; »
Y el joven cortés responde:
« Resucitó; no está aquí.»

   Dejad el color violado
Con su adusta palidez
Y las capas sin bordado,
Y el oro brille otra vez:
Estola blanca cual lirios
Viste, oh sacerdote, y sal,
Y a la luz de alegres cirios
Anuncia a Cristo inmortal.

   ¡Goza, oh Madre; el coro canta.
Gózate, reina del cielo,
De quien como de arca santa
Dios tomó de carne el velo!
¡Resucitó cual predijo!
Ruega por la humana grey.
Ruega, pues ordena tu Hijo
Que tu ruego sea ley.

¡Alegría! el rito santo
Sólo alegría repite.
Hoy, hermanos, cesa el llanto.
Hoy es día de convite;
Hoy la madre más modesta
No se excusa de vestir
A sus niños muy de fiesta;
Todos salen a lucir.

   Frugal del rico la mesa,
Sea alegre la del pobre;
Y en todas la dicha impresa,
A nadie falte ni sobre;
Y la paz, negada al fasto
De soberbia profusión,
Sonreir con tenue gasto
Haga la humilde mansión.

   ¡Lejos la procaz orgía,
La algazara y el tumulto!
¡Ah! no es esta la alegría
A que el bueno rinde culto;
Sino dulce al par que austera,
Sino pura y celestial,
Preludio de la que espera
En la otra vida inmortal.

¡Dichoso el que ya la aurora
Ve asomar del día eterno!
Mas, ¡ay del que errante ahora
En las sombras del averno,
Corre a la muerte sin guía,
Dejando el camino fiel!
El que en el Señor confía
Resucitará con él.

IV

Pentecostés


   ¡Oh madre de los Santos! ¡Conservadora eterna
De sangre incorruptible! ¡Ciudad que Dios gobierna
De la celeste al par!
¡Tú que hace tantos siglos sufres, combates y oras,
Y sin cesar despliegas tus tiendas vencedoras
Del uno al otro mar!

   ¡Hueste de los que esperan! ¡Iglesia de Dios vivo!
¿Dó estabas? ¿Qué secreto rincón, de luz esquivo,
Tu cuna protegió,
Cuando por los aleves al Gólgata arrastrado,
Desde su altar sublime tu rey crucificado
La tierra enrojeció?

   Y cuando del sepulcro su Humanidad salida,
El vigoroso aliento de la segunda vida
Por siempre recobró;
Y cuando con el precio del rescate en su mano,
Del polvo vil al trono del Padre soberano
Triunfante se elevó;

   ¿Dó estabas, compartiendo sus penas y quebrantos,
íntima confidente de sus misterios santos.
Hija suya inmortal?
Velando con zozobra, y sólo en el olvido
Creyéndote segura, temblabas en tu nido,
Hasta el día vital,

   En que sobre ti vino glorioso el Paracleto,
E inextinguible antorcha con su- hálito perfeto
En tu diestra encendió;
En que sobre la cima, por faro de las gentes
Te puso, y en tus labios las perennales fuentes
De la doctrina abrió.

   Cual de uno en otro objeto la lumbre se desliza,
Y siendo una, a todos con variedad matiza
De tintas mil y mil;
Tal múltiple resuena el inspirado idioma,
Y a un tiempo lo comprenden el griego y
el de Roma,
El judío, el gentil.

   Tú que ídolos adoras, doquier su templo exista,
Atiende al grito santo, y la ofuscada vista
Vuelve a Jerusalén:
Del degradante culto la tierra avergonzada.
Vuelva a su Dios, y abierta a era mejor la entrada,
Renazca para el bien.
..................................................
   ¿Por qué, a sus pequeñuelos besando, aun suspira
La esclava, y con envidia el libre seno mira
Que a libres engendró?
¿No sabe que a los siervos Cristo a su reino eleva,
Que en todos, uno a uno, los tristes hijos de Eva
Al padecer pensó?

   Nueva franquicia anuncian los cielos, nueva alianza,
Nuevo orden de conquistas, y gloria que se alcanza
En más sublime azar;
Paz nueva que resiste a embate furibundo
Cual a insidioso halago, paz que escarnece el mundo
Mas no puede arrancar.

   Oh Espíritu, postrado al pie de los altares,
Cruzando densos bosques o vastos hondos mares,
Solos o en comunión,
Del Líbano a los Andes, de Hibernia a
Cuba ardiente,
Dispersos por el globo, y en ti fraternalmente
Formando un corazón.

   Nosotros te imploramos: propicio a quien te adora,
Oh Espíritu clemente, y aun a quien te ignora,
Baja, ¡oh renovador!
Reanima tú los pechos que a helar la duda vino,
Y a los vencidos sirva de galardón divino
El propio vencedor.

   Baja, de las pasiones amansa la ira fiera,
E infunde pensamientos de aquellos que no altera
La muerte con su horror.
Con lluvia bienhechora tus propios dones riega;
Fecúndelos tu gracia, tal como el sol despliega
El germen de la flor.

   Que sin cogerla nadie, muriera ajada y sola
Sobre el humilde césped, ni abriera su corola
De fúlgido matiz,
Si no se le infiltrara difusa en el ambiente
Aquella luz süave, de vida asidua fuente,
Jugo de su raíz.

   Nosotros te imploramos: desciende, dulce aura,
Y la abatida mente del infeliz restaura
Con divinal solaz;
Cual huracán desciende al corazón violento,
E imponle tal espanto que a blando sentimiento
Reduzca el brío audaz.

   Por ti la frente mustia levante el pobre al cielo
Que suyo es, y trueque, pensando en su modelo,
En gozo la aflicción;
Y aquel a quien fué dada riqueza o bien sobrante.
Dé con sigilo honesto, dé con el buen talante
Que acepto te hace el don.

   Respira de los niños en la inocente fiesta;
A las doncellas tiñe de púrpura modesta
El rostro encantador;
A las vírgenes puras delicias misteriosas
Dispensa en su retiro; consagra en las esposas
El pudibundo amor.

   Del confiado joven templa el ardor inquieto;
Del hombre ya maduro dirige a noble objeto
La firme actividad;
Santas aspiraciones a la vejez sugiere;
Brilla en la vista errante del que esperando muere,
Sol de la eternidad.