Historia I:Las ciudades

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Francia producía entonces a los extranjeros la impresión de país rico. Un embajador veneciano admiraba en 1546 la variedad de sus producciones, el trigo, los vinos, las frutas, las telas. Otro, comparándola con España, decía: "España tiene minas de oro y plata, Francia no tiene más que hierro, pero la plata se importa y no falta jamás. España es un país árido y pobre, Francia es fecunda, está cubierta de ciudades y castillos".


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Había en Francia varios centenares de ciudades, residencias de un príncipe, de un obispo o de un abad. La mayor parte son hoy nuestras capitales de departamento o de distrito. Pero había pocas grandes ciudades. París, la más poblada con mucho, no tenía más de medio millón de habitantes. Ninguna otra ciudad contaba más de 50.000 almas. Las principales eran Toulouse, residencia del Parlamento que juzgaba todos los asuntos del Mediodía, y tres ciudades mercantiles: Rouen, por donde pasaba todo el comercio del Sena; Burdeos, que hacía el tráfico de vinos con Inglaterra, y Lyon, a donde llegaban las mercaderías italianas, terciopelos, sedas, paños de oro y plata, y que era la ciudad de Francia donde se imprimía mayor número de libros. Marsella hacía el comercio con Levante, pero no era todavía una gran ciudad. Había algunos otros puertos, Nantes, La Rochela, Bayona, en el Océano; Dieppe, Boulogne, Saint Malo, en el Canal de la Mancha.

Francia recibía también del extranjero casi todos los productos fabricados -las armas y las pieles, de Alemania; los brocados y las pedrerías, de Italia-, las telas y las drogas, de las Indias. No había todavía en Francia industria en gran escala.


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Habitaban las ciudades casi exclusivamente los funcionarios del rey, los burgueses propietarios de las tierras y los artesanos, que hacían los objetos necesarios para la vida. Empero, desde que habían cesado las guerras en Francia, la población había aumentado y muchas ciudades se veían ahogadas en su recinto fortificado, en el que no se encontraba lugar para edificar nuevas viviendas.

Cada ciudad conservaba todavía su municipalidad; pero el rey nombraba los regidores y los alcaldes, hacía que sus agentes examinaran las cuentas, y muchas veces también nombraba un gobernador encargado de las fortificaciones.

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