Historia XVII:Austria

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La monarquía austriaca se había fundado en el siglo XVI, cuando Fernando I, hermano de Carlos V, reunió los dominios de la casa de Austria y los dos reinos de Bohemia y de Hungría. Pero los turcos habían conquistado la mayor parte de Hungría, la casa de Austria sólo había conservado las partes próximas al territorio austriaco.

El poder del emperador, que había disminuido mucho por las luchas con los príncipes alemanes y los señores protestantes, se afirmó de nuevo con la Guerra de Treinta Años (véase cap. X). Los señores protestantes fueron ejecutados o expulsados, sus tierras fueron confiscadas y se dieron a familias extranjeras, a alemanes, belgas, españoles (como los Hoyos), bohemios, italianos (como los Piccolomini y los Montecuculli).

Aquellos nuevos señores vivían en Viena, cerca del emperador. Constituyeron una nobleza de Corte, a la que el emperador daba todos los cargos y que no intentaba contrariarle. El emperador se hizo así dueño absoluto en las provincias austriacas y en el reino de Bohemia.

En Alemania, por el contrario, la guerra de Treinta Años le quitó el poder que le restaba. Desde la paz de Westfalia, cada príncipe era dueño en su territorio, y hasta tenía un ejército independiente y hacía alianzas con los Estados extranjeros. La Dieta se reunía aún, pero no la formaban más que enviados de los príncipes, y no podían resolver nada sin el consentimiento de su señor. Los siete príncipes-electores seguían eligiendo constantemente emperador al jefe de la casa de Austria; pero, antes de elegirle, le imponían condiciones.

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El emperador Leopoldo I había sido educado para entrar en la Iglesia. Ya príncipe, conservó sus costumbres sedentarias. No le gustaban los ejercicios corporales y no iba a la guerra. Era bajito, cetrino de color, el labio inferior colgante. Adoptó el uso de la peluca, como Luis XIV, pero conservó el ceremonial de la Corte de España. Se usaba en la Corte de Viena el traje negro y la capa española.

Leopoldo trabajaba mucho, leía los informes de sus ministros, escribía prolijamente en un alemán mezclado con palabras españolas, italianas y latinas. Se resolvía con lentitud, y dejaba muchas veces los asuntos en suspenso. Tomaba como ministros a sus favoritos y les dejaba dirigir la política extranjera. Se interesaba poco en el gobierno interior, salvo cuando tenía necesidad de proporcionarse dinero para sus guerras.

No le gustaba a Leopoldo hablar francés ni quería a Francia. Se consideraba con derecho a la sucesión de España y detestaba a Luis XIV, que se la disputaba. Pero estaba amenazado por la invasión turca, lo cual le obligaba muchas veces a reunir sus fuerzas por el lado del Este y a dejar obrar a Luis XIV.


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