Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Segundo. Capitulo IX

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Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Segundo. Capitulo IX
Erratas



CAPITULO IX.


I.


Al entrar en la bahia de Cádiz vió Colon tres buques con pabellón de partenza que, con víveres y municiones, se disponían á zarpar en demanda de la Española bajo las órdenes de Pero Alonso Niño, su antiguo piloto, que inmediatamente le remitió los despachos que tenia para él. Después de haberlos leído creyó el almirante deber modificar algún tanto las instrucciones que había dado á don Bartolomé.

La flota se hizo á la vela, y Colon volvió á ocuparse de la suerte de los enfermos y de los pobres que traía á su bordo.

Su paternal solicitud para con ellos les dio á conocer al hombre que habían calumniado; se embarcaron llenos de animosidad hacia él y al fin del viaje estaban tan reconocidos á su bondad como indignados de las ofensas con que Aguado se hiciera culpable en sus procedimientos contra el virey de las Indias.

No partió Colon acto contínuo para la corte, como, siguiendo á Herrera, se ha repetido, porque, después de informar á los reyes de su llegada, debió aguardar sus órdenes denes. Treinta días después le escribieron de Alniazan (12 de Julio de 1497) [1].

 Todo este tiempo lo tuvo Aguado por suyo para ponerse de acuerdo con el ordenador general de la marina, mostrarle su voluminosa sumaria, añadir de viva voz sus comentarios y preparar álos reyes. No fueron en vano sus esfuerzos, é Isabel, luego de haber oido en multitud de ocasiones las quejas de Pedro Margarit y del P. Boil, pudo recojer los no menos hostiles testimonios de los comendadores Arroyo y Gallego, de Rodrigo Abarca, de micer Girao y de Pedro Navarro, todos de la servidumbre del alcázar y á quienes, de contado, daba crédito.

 Durante el mes que transcurrió entre la llegada de Colon y la respuesta de los reyes, las historias pierden de vista al almirante y solo se sabe que, disgustado de los engaños y flaquezas de la corte y sin tener en cuenta otra cosa que Dios, hubiera querido, desde aquel entonces, separarse del mundo. Y sin reparo á la crítica se dejó crecer la barba, y vistió públicamente el hábito franciscano, un tanto corto, y sobre él el cordón: no estamos muy lejos de pensar que abrigara el pensamiento de seguir á la Rábida á su venerable amigo Fr. Juan Pérez de Marchena que tornaba á sepultarse en ella.

 Desde esta época ya no vuelve á mencionarse al noble protector de Colon. Después de haber sospechado la existencia del nuevo mundo, la misión de su revelador, y cooperado con sus ruegos á su descubrimiento; después de haber tenido el dulce consuelo de contemplar las maravillas del supremo artífice en las nuevas regiones, de ofrecer en ellas, el primero, el santo sacrificio, y de presenciar los grandes é imponentes espectáculos de la naturaleza, entraba en su solitario claustro, donde, olvidado dé los hombres, pero visto de Dios, proPágina:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/508 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/509 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/510 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/511 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/512 ni se detenia en la parte puramente teórica de las cien- cias; que su afinidad espiritual, tanto como su aficion á la lengua italiana, lo habian hecho intérprete del pen- samiento relijioso de Dante. Y en los libros del oscuro desterrado de Florencia habia recojido las enseñanzas católicas, veladas bajo las alegorías del poeta, y com- puesto con ellas una obra bajo el título de Sentendias Católicas del divino poeta Dante.[2]

 Jáime Ferrer, despues de tratar á musulmanes, ju- díos, cismáticos, griegos, persas, semi-idólatras, tártaros, etíopes e indos, comprendió la increible superioridad del catolicismo sobre todas las relijiones.

 Habia estudiado el globo tanto como lo permitia el estado de las comunicaciones y adelantos de su época, y profundizado la historia de la humanidad, y bien puede decirse que el lapidario de Burgos era anticipadamente de la escuela de Bossuet, de J. de Maistre y de Ventu- ra de Ráulica; que las pájinas que de él nos quedan no serian desaprobadas por ninguno de estos hombres ilus- tres. Una elevacion de espíritu proporcionada á tanta va- riedad de conocimientos no podía pasar desapercibida; por eso el episcopado español tenia en gran estima al joye- ro que el gran canciller honraba con el título de amigo, y en quien los cosmógrafos en jeneral reconocian un maestro.

 Así que, sus conocimientos técnicos le permitieron apreciar mejor que á otro alguno la sublimidad de Colon y reconocer su destino providencial; y como sabia perfec- tamente de cuantas imperfecciones adolecia la ciencia náutica, la incertidumbre de la jeografia y la impoten- cia del compas para tamaña empresa, comprendía de cuan poco le habrian servido tales recursos para la eje- cucion de su obra, y por eso llamaba al descubrimiento "mas divina que humana peregrinación." Sin embargo, su reserva y su modestia le habrian tal vez impedido Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/514 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/515 clara al revelador del globo que contempla, en lo que por su mano se opera, un gran designio del todopoderoso.

 "La divina é infalible providencia, dice, mando al gran Tomas de occidente á oriente para promulgar en la India nuestra santa y cotólica ley; y á vos, señor, mando por el lado opuesto, de oriente á occidente, para que, por voluntad divina, llegaseis á alcanzar el oriente, las partes estremas de la India superior, para que los pueblos que no pudieron oir á Tomas conocieran la ley de la salvación y que se cumplieran estas palabras del profeta: ’^Su palabra resonará por toda la tierra" In ommem terram exivit sonus eorum.

 "No creo equivocarme al decir, señor, que vos ejercéis un cargo de apóstol, de embajador de Dios, enviado por los divinos decretos á revelar su santo nombre á las rejiones en que la verdad está desconocida. Y no hubiera tenido nada de estraño, ni fuera contrario á la importancia de vuestra misión, el que un papa ó un cardenal de Roma tomara una parte en vuestros gloriosos trabajos; "pero la gravedad y pesos de sus graneles mandos y la dulzura de su delicado vivir les quita gana de seguir semejante camino. Y es indudable que con un ñn parecido al vuestro, señor, vino á Roma el príncipe de la milicia apostólica, y que sus cooperadores, esos vasos de elecciones! se partieran páralos ámbitos del mundo, estenuándose de cansancio, con las sandalias destrozadas, las túnicas rotas, sus cuerpos aniquilados por los peligros, las privaciones y las fatigas de los viajes, durante los cuales, comieron con harta frecuencia pan de amarguras."[3]

 Don Jaime Ferrer añade en seo-uida al revelador del Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/517 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/518 Ferrer después de la descubierta fueron las tres inteli- jencias, á las cuales fué dado comprender de la manera mejor el jenio, la virtud y el mandato celestial que re- cibió Cristóbal Colon.

 De las anteriores circunstancias y de los sentimien- tos de Ferrer, manifestados tan á las claras, se deduce, no obstante el silencio de los historiadores, que durante su permanencia forzada en Burgos sostuviera el virey de las Indias sinceras relaciones con el joyero que, sin saberlo, se veia hecho amigo suyo antes de manifestar- se públicamente su admirador.


III.


 A principios del otoño tornó á Burgos el. rey don Fernando. No habia á la sazón en las arcas del tesoro ni una blanca, ni en los puertos bajeles ni tripulantes para ejecutar la espedicion convenida; pero Isabel, sin embargo, dispuso se destinaran seis millones de mara- vedís con el objeto de proveer á ella.

 El 20 de Octubre entró en la bahia de Cádiz el pi- loto Pero Alonso Niño conduciendo tres carabelas pro- cedentes de la isla Española, y en lugar de trasladar- se en el acto á la corte, se partió primero para Huel- va para visitar su famiha, y se contentó con dar parte de que traia un cargamento de oro. Gozoso de Ja nue- va, don Fernando distrajo en seguida la cantidad con- cedida al almirante para invertirla en fortificar al Rose- Uon, amenazado por los franceses, y mandó tomar una suma equivalente para Colon del oro de que, según Niño, venian repletas las carabelas. A fines de Diciembre presentó Pero Alonso á los soberanos los despachos de que venia encargado, y hasta entonces no se tuvo la triste esplicacion de la metáfora empleada por el piloto y que consistia en que la carga de oro de que hablaba en su misiva era el producto que podria obtenerse con la venta de trescientos prisioneros indios que habia a bordo. Por lo visto para Pero Niño estos serian lingotes auríferos!

 Produjo este engaño pésimo efecto en la opinión publica, el rey Fernando se manifestó en estremo irritado, y la reyna ofendida de que, á pesar de sus órdenes relativas á la libertad de los indios, hubieran traido semejante número de ellos. Y sin embargo el adelantado, al enviarlos, no habia hecho mas que atenerse á las reales instrucciones en lo tocante á los indíjenas que tomaron parte en matanzas de Españoles. El almirante quedó contristado de lo dispuesto por su hermano y principalmente de los pormenores que recibió acerca de la situación de la colonia.

 Todas las calumnias de los cómplices del P. Boil parecían con esto quedar justificadas, y las muestras de oro que trajo Colon á su venida solo se consideraban ya como un cebo; las oficinas de Sevilla se regocijaban de la humillación que sufria el jenoves, los opuestos á las cosas nuevas desaprobaban á voz en cuello los descubrimientos, en la corte nadie abogaba por las espediciones lejanas, sino al contrario, censurábase al virey hasta en su misma presencia, se condenaban sus miras, le tenian, son sus palabras, abrumado de recriminaciones, y le argüían con que nunca, en ningún tiempo, los príncipes de Castilla adquirieron tierras fuera de su país: los primeros hombres de Estado, los primeros hacendistas españoles pretendían que jamas llegarían los reyes á reintegrarse de sus desembolsos; y como todos daban por cierto que no se sacaría de las Indias mas que ruina y desgracia, principalmente confiando tan atrevidos proyectos á manos estranjeras, quedó desprestijiado en la opinión publica el solo nombre de colonia en aquellas apartadas rejiones.

 Estos ecos de la opinión llegaron de todas direcciones, hasta de muy lejos, á oidos del virey, el cual, temeroso de que bajo su influencia no quisieran SS. A A., proseguir, y renunciaran á la proyectada espedicion, manifestó á la reyna su inquietud, quien le respondió con "aquella grandeza de alma que todos le reconocian." Isabel, firme en su fe en Colon, en su deseo de acrecentar la ciencia, de glorificar al redentor divino, de atraer al Evanjelio á los pueblos idólatras, dijo al almirante "que no hiciese alto en semejantes hablillas porque su voluntad era continuar lo comenzado y sostenerlo, aun cuando no se sacara de ello mas producto que lajas y pedernales; que ella no se paraba en lo de gastar, pues daba por bien empleado lo ya invertido y lo por invertir puesto que creia que nuestra fe se dilatarla y que se abrirían mas anchos horizontes á sus reynos; y ademas, que los que denigraban las espediciones no eran amantes de su corona."[4]

 Pero por lo pronto, como el tesoro solo existia en nombre, la flota estaba ausente y no habia buques, ni tripulantes, ni municiones[5] de que disponer, fué forzoso esperar á que el tiempo proveyera.

 La venida de la princesa doña Margarita quedó durante largo plazo en la incertidumbre, porque, á pesar de que se sabia que al cabo de un penosísimo viaje habia llegado felizmente á Middelbourg la infanta doña Juana, por espacio de muchos meses vientos contrarios detuvieron á la escuadra española en los puertos flamencos, donde los efectos del clima enjendraban dolencias cias en los marinos. Doña Margarita, entretanto, aguardaba en Malinas á que los rigores de la estación calmaran; pero el estado del mar lo mismo que el de los tripulantes, maltratados por la inclemencia de aquella temperatura, impidió á las naves aprestarse y levar anclas hasta el mes de Febrero. Mientras esto sucedia, la maternal solicitud de la rey na se hallaba vivamente contrariada, y Colon, respetando su cariñoso afán y cuidados, esperaba en silencio la ocasión propicia de hablarla de los descubrimientos, cuando al fin, en Marzo, se anunció la vuelta de la armada. Don Fernando, acompañado del infante don Juan, salió al encuentro de la princesa, que fué recibida con pompa estraordinaria en el alcázar de Burgos por la rey na, rodeada de lo mas florido de la grandeza y de los diputados de Aragón y Valencia; y el 4 de Abril, Domingo de Cuasimodo, los augustos novios quedaron bendecidos por el arzobispo de Toledo.[6] A las fiestas que precedieron el matrimonio sucedieron regocijos sin número, y durante veinte dias fué imposible á la rey na ocuparse de los destinos de Castilla en el nuevo mundo; mas desde esta fecha pensó seriamente en disponer una tercera espedicion de descubiertas.


IV.


El dia 23 de Abril dio Isabel una real orden para proceder á la compra, al precio corriente en el mercado, de todos los objetos destinados á las Indias;[7] dictó instrucciones en lo tocante á la población de las islas y tierra firme, y autorizó al almirante para tomar por cuenta del tesoro á trescientos treinta individuos de diversas clases y oficios, con destino á las Indias.[8] Con igual fecha mandó al tesorero de la factoría de Indias pagara los sueldos de aquellos á quienes el almirante ó el adelantado hubieran designado en debida forma, y en otro decreto eximió de derechos de entrada á las mercancias y municiones embarcadas por disposición del virey. En este mismo dia también, estendió los poderes conferidos á Colon, permitiéndole aumentar hasta quinientos el número de los colonos; y con el objeto de darle una nueva prueba de la soHcitud con que atendia á sus intereses le confirmó de la manera mas solemne los privilejios que le habian sido otorgados en la Vega de Granada.[9]

No obstante, este premio anticipado que se le confiriera en remuneración de su primera empresa, no satisfacia al presente á la jenerosa Isabel que, comprendiendo que los descubrimientos posteriores de islas inmensas y numerosos archipiélagos, y tantas fatigas, peligros e inauditos servicios, eran acreedores á una muestra escepcional de gratitud, le ofreció, como heredamiento particular de su título, la posesión de un principado que se le constituiría en la isla Española, en el lugar y situación que él mismo designara, el cual tendría una estension de cincuenta leguas de largo por veinticinco de ancho; y que, á su elección, se erijiria en ducado ó marquesado.[10]  No hay dada que la oferta era seductora y que Colon, padre de familia, se hubiera así visto recompensado en su descendencia. Aquel ducado, verdadero principado, con una estension de mil doscientas cincuenta leguas cuadradas, le habria permitido fundar una poderosa casa para su hijo segundo, mientras el primero le sucedia en sus cargos y dignidades, corno grande almirante del Océano y virey de las Indias. Pero el hombre de deseos, el contemplador del verbo, no daba cabida en su corazón á las consideraciones humanas; que en él la misión apostólica estaba sobre la paternal, y se debia á todos antes de darse álos suyos, pues teniendo proyectado desde el principio de sus espedicioncs el descubrir el espacio entero del globo, el circunnavegarlo y el libertar después el santo sepulcro, temió que la natural afición que pudiera infundirle tan dilatada propiedad y el cuidado y gobierno doméstico de sus dominios tentaran su corazón de padre, demoraran sus esploraciones, entibiaran el calor de sus casi evanjélicos trabajos y lo distrajeran, tal vez, de la continua vijilancia con que se dedicaba á los intereses jenerales de la colonia; y con abnegación cristiana renuncio al réjio donativo.

 Hasta hoy, la mayor parte de los historiadores habían admirado esta gran prueba de desinterés que, por sí, bastaría para hacer la apolojia de un grande hombre; pero el verdadero motivo de su sacrificio no había sido referido. Este motivo, que él, modesto por escelencia, guardaba en lo mas secreto de su pecho, se ha interpretado de una manera puramente mundana, puesto que se ha dicho que temió que la envidia de los grandes acreciera con tampaña merced, y que los empleados del fisco lo acusaran de haber escojido el mejor terreno de la isla,[11] y de inmolar en aras de su provecho la utilidad pública. Débiles y pobres nos parecen estas consideraciones —445— ciones sino pueriles, si tomamos en cuenta el fino tem- ple del corazón del almirante; y no podemos admitir que hubieran hecho vacilar un momento á un carácter tan superior á los caprichos y reveses de la opinión. De- cididamente que no habrían detenido á un hombre ávi- do de riquezas, ni á un alma familiarizada como la suya al vencimiento de los obstáculos; solo el poderoso in- ñujo de su vocación esplica su repulsa sublime. La reyna, que proseguia preparando el gobierno de las Indias y coadyuvando al desarrollo de la colonia, pres- cribió el 6 de Mayo, que lo mismo los cargamentos que se espidieran con aquel destino como los de retorno, que- daran libres de gavelas, y tres dias después mandó á los pagadores jenerales reembolsaran á el almirante de los anticipos que habia hecho á los que estaban en tierra de Indias. Manifestóse el interés que Isabel se tomaba por Co- lon en la Real orden que firmó en 2 de Junio para que no se autorizara ni consintiera ninguna hcencia que pu- diese perjudicar á los derechos y privilejios del almiran- te; y en el mismo dia le concedió varias gracias relati- vas á los derechos del octavo y décimo.^ El 19 le tras- mitió las instrucciones para la buena administración y tutela de la Indias. Pero estas instrucciones, en las cuales se vuelve á de- mostrar la idea fundamental déla descubierta y el pen- samiento eminentemente cristiano de Isabel, eran inúti- les, puesto que Colon ni tenia soldados, ni marineros, ni colonos que quisieran pasar á las Indias, á pesar del cebo de la paga y de la esperanza de hallar oro. Un testigo presencial nos esplica la causa de seme- jante repugnancia con las palabras siguientes: 'T porque aquellos que fueron á tierras de Indias con el almirante tornaban enfermos, abatidos y de tan mala color que mas . Cédula Jiocicndo varias mercedes al almirante. — Colección di- ploni ática, n. CXIV. — -146— parecían muertos que vivos, cayeron los dichos paises en tanto descrédito que no se encontraba ninguno que qui- siera ir á ellos. Porque, en verdad, añade el testigo, á la sazón paje del rey Fernando, he visto á muchos de los que entonces volvian y eran tales sus trazas que en mas de una ocasión pensé que si el rey me hubiera dado las Indias á trueque de quedar lo mismo bien me hubiera guardado de partirme para ellas/^ En este aprieto, gracias á las voces propaladas por los enemigos del almirante fué menester, para salir del paso, buscar en presidios y galeras quien se alistara para la Es- pañola. En efecto, publicaron SS. AA. un indulto com- prensivo á todos aquellos de sus vasallos penados por algún crimen ó falta, con la condición de servir en las Indias durante cierto tiempo. Juzgúese de la fuerza de las prevenciones al saber que los sentenciados á muerte, permaneciendo allí dos años, y los condenados por deli- tos menores de los que jeneralmente se purgan con la vida, en uno quedaban libres y cumplidos. Así es que, salvo el caso de herejía, de lesa majestad, de incendio y fabricación de moneda falsa, todo linaje de hombres de- pravados, toda la escoria de la sociedad española podía, yendo á su costa á la colonia, tornar á su patria, trascur- rido este tiempo, plenamente rehabilitado.^ Una real or- den, circulada á todos los justicias, mandaba que, se tra- jeran los sentenciados á galeras y cadenas á la disposi- ción del asistente de Sevilla, que estaba encargado de ponerlos en poder del almirante cuando estuviese todo dispuesto para su embarque.^ Al mismo tiempo mandíS Isabel fletar bajeles á precios moderados, y faculto al vi- rey para repartir entre los colonos tierras á proposito para formar en ellas establecimientos, bajo ciertas condi- . Oviedo y Valdes. Hstoria natural y j ene mi de las Lidias occi- dentales, lib. Iir. cap. IV. — Tradaccion de Juan Poiileur. . Indulto diodos los subditos. — Rejistrado en el sollo de corte en Simancas. — Colección diplomática, n. CXX. . Publicada en el libro de pragmáticas, recopilada por Ramirez en 1503, fol. 170. —447— cioiies. Entonces fue cuando la reyna, instruida de lo pa- sado con el P. Boil, con Pedro Margarit y varios caballe- ros aragoneses, que porque no eran subditos de la coro- na de Castilla se creian independientes en la Española, prohibió espresaniente á los no nacidos en sus dominios trasladarse á las Indias occidentales. Justo parecia que, pues ]a descubierta tuvo lugar á costa de Castilla, su so- berano solo recojiera sus provechos, con esclusion de los estranjeros;! pero la opinión pública atribuyó la me- dida á influjo de Colon. Ratificó Isabel el nombramiento de don Bartolomé como adelantado de las Indias, aunque el rey, ofuscado y pretendiendo que tal destino era demasiado impor- tante para que Colon hubiera podido hacerlo directa- mente sin previa venia de SS. AA., hizo que en la ce- dula se nombrara lisa y llanamente á don Bartolomé, Adelantado, con fecha 22 de Julio, sin mentar para nada lo hecho antes por el virey. Sin embargo de las benévolas disposiciones de Isabel, manifestadas desde el mes de Julio de 1496 para una nueva espedicion de descubrimientos, corria el de Se- tiembre de 1497 sin que las oficinas de Sevilla hubie- ran asegurado los medios de llevarla á cabo. Colon ha- bia pasado un año entero esperando, solicitando en vano, el pago de los sueldos que se debian á aquellos hom- bres, cuya mayor parte lo disfamaron; pero por los cua- les abogaba porque habian sufrido. Mas las inquietudes y desvelos que mas desazonado traian á Colon no pro- venían de estas demoras sino de la situación en que dejó la isla, desprovista de todo lo necesario; situación que él se representaba con mas negros colores aun que lo hicieron el P. Boil y sus secuaces, y que, por desgracia, era exacta. Presto, una desgracia pública vino á dilatar el plazo . Oviedo Y Valdes. Historia natural v yene ral délas Indias, lib. III. cap. Vil — 4i8— de los preparativos de marcha. El príncipe de Asturias, don Juan, presunto he- redero de las coronas de Castilla y Aragón, acompa- ñado de su joven esposa doña Margarita, habiendo lle- gado á Salamanca, cuyos habitantes lo recibieron con señaladas muestras de entusiasmo y lucidos festejos, se sintió atacado al cuarto dia de su estada en las orillas del Tormes de una fiebre lenta, síntoma de un maras- mo, cuya causa oculta dio al traste con todos los recur- sos de la ciencia de curar. Las fuerzas del rejio vastago se disipaban á ojos vista, y el 4 de Setiembre exhaló el último aliento, dando pruebas de valor heroico: su pa- dre no pudo llegar á su lado hasta la hora postre- ra. Y como en aquellos mismos instantes se encontraba la reyna ausente y ocupada en los preparativos de las bodas de su hija mayor doña Isabel, que á fuerza de súplicas habia decidido á tomar por esposo al rey de Por- tugal, la ocultaron el terrible suceso. Grandes y peque- ños vistieron ropas de duelo por espacio de cuarenta dias;^ y sobre las puertas de todas las ciudades se iza- ron banderas negras; que la nación española sentía, cual si fuera una famiha, la pérdida de tan cumplido príncipe. El dominico Er. Diego de Deza, primer defensor de Colon ante la junta de sabios y antiguo preceptor del malogrado don Juan, ocupaba á la sazón la silla epis- copal de Salamanca. De maestro, tornado amigo, y ha- biendo quedado de padre espiritual de su real discípulo, no se apartó de su cabecera, lo asistió hasta el último instante, y en su catedral se inhumó su cadáver. El amo- roso corazón de Diego de Deza se habia aficionado al príncipe con ternura verdaderamente paternal; habia in- fundido su ciencia al vastago de la grande Isabel y lo . "Grandes y pequeños se vistieron de xerga blanca, que fue la úl- tima vez que se usó esta manera de luto en CastiDa." — Gril González de Avila. Hisioria de Salamanca, lib. III. cap. XIX. amaba como al hijo de sus desvelos y de sus vijilias; fué el objeto de su complacencia y de su predilección tanto que, al perderle, no podia contener en público sus lá- grimas cuya abundancia le privaba de celebrar el santo sacrificio de la misa, sobre todo, en el templo donde des- cansaban los restos humanos del hijo de su intelijencia, y en el cual no tuvo ya fuerzas para oficiar. Diéronle en- tonces el obispado de Falencia.

 En cuanto á Isabel sabido es lo que tan terrible golpe estreaieció su ser, porque de aquel dia dató la ruina de su vigorosa naturaleza, naturaleza que no habian podi- do marchitar ni el cansancio de la guerra, ni los traba- jos del despacho, ni las vijilias de la corte. Pero la reyna supo dominar los dolores de su corazón de madre para no descuidar los intereses de su pueblo.

 No obstante, participando de las amarguras que inun- daban el pecho de esta soberana idolatrada, y aflijido de su aflicción tuvo Cristóbal Colon ánimo bastante para guardar silencio hasta el dia 23 de Diciembre, en que, viendo la imposibilidad de vencer la resistencia pasiva de las oficinas de Sevilla, al decir de las cuales, no po- dían aprovisionarse los bajeles á causa de los escesivos precios que pedian los traficantes y de la poca priesa que mostraban en hacerse cargo de los abastos, se hizo au- torizar, junto con el obispo Fonseca, para fijar el precio de las municiones de boca y guerra, destinadas á las Indias, para buscar contratistas á esos precios, y para , á falta de ellos proveer á lo mejor posible.[12]

 Así, después de dieziocho meses de paciencia, el gran- de almirante del Océano, el virey de las Indias, se vio reducido á recorrer en persona las tiendas para comprar habichuelas, habas, arroz, vino, cerdo salado, garbanzos, aceite, regatear sus valores y asegurarse de la calidad de todo. No fueron este papel estraño y esta fatiga sus Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/530 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/531 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/532 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/533 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/534 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/535 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/536 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/537 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/538 lo mataba moralmente pues lo privaba de su ascendiente personal en la escuadra y sobre los malhechores que conducia, y esto era precisamente lo que querían sus enemigos. Y si reprimia por sí mismo la insolencia, aun cuando no hubiera sido mas que con una reprensión, habia en ello bastante motivo para inculparlo de vias de hecho, de violencia de mal carácter y de brutalidad, y por lo mismo, todas las acusaciones del P. Boil, de Pedro Margarit y del comisario Juan de Aguado, acerca de su iracundia y crueldad, quedaban sin réplica probadas.

Este incidente que hizo surjir don Juan de Fonseca fué ampliamente comentado en la corte por él y sus partidarios. Puesto que en el mismo suelo español, en un puerto de los reyes católicos el almirante trataba así á uno de sus oficiales, ¿á cuánto no debia atreverse en las apartadas rejiones en que su autoridad se ejercía sin intervención? Jimeno, el infame esbirro de Fonseca, se tornó en objeto de compasión é ínteres de la corte; dolieron, consolaron al agresor y lo indemnizaron de su desazón, y la conducta del ofendido quedó reprobada por la opinión pública. No estaba allí para volver por su honra el virey; que habia levado anclas, recibiendo por despedida un ultraje, y presintiendo los vituperios que sobre él se lanzarían durante su ausencia.


FIN DEL TOMO PRIMERO.
  1. Colección diplomática. Original en el archivo del duque de Veragua.
  2. Este libro, hoy muy raro, se imprimió en Barcelona en 1495.
  3. Colección diplomática, documentos, apéndice al número LXIII.
     No puede por menos de reconocerse en esta censura de la molicie y regalo del cardenalato bajo Alejandro VI, la rijidez de un puro católico y la libertad de censurar de un espíritu profundo, en medio de una fé sumisa. Obsérvase también que, fuerte con su amor á la Iglesia, no parecía inquietarse lo mas mínimo por la Inquisición.
  4. Cristóbal Colon. Relación á los reyes católicos sobre el tercer viaje del almirante. Colección de Navarrete, t. I.
  5. "No habia naves, ni gente de mar, ni dinero de que echar mano." — Muñoz. Historia del nuevo mundo, lib. IV. § 3.
  6. Ferreras. Historia jeneral de España, t. VIII. p. 183.
  7. Testimonio legalizado. — Archiv. del duque de Veraguas, rejist* en el sello de corte en Simanc.
  8. Cédula autorizando al almirante. —Rejistrada en el archiv. de Indias en Sevilla.
  9. Colección diplomática. — Documentos, n. CIX.
  10. "Les souverains, non contents d'avoir de nonveau confirmé tout ce qu'ils avaient fait jusque-là en sa faveur, lui offrirent dans l'ile Espagnole un terrain á son choix, de cinquante lieues de longueur sur vingt-cinq de largeur, avec le titre de Duc ou de Marquis." —Charlevoix. Histoire de Saint-Domingae, liv. III. p. 160. in-4.
  11. I. Herrera. Historia jeneral de las Indias occidentales. Década 1. lib. III. cap. IX.
  12. Cédula de 23 de Diciembre 1497.— Coleccion diplomática. Documentos n.CXXIV.