Historia de la democracia

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HISTORIA DE LA DEMOCRACIA


  La democracia, como palabra y como fenómeno social, es griega de origen.

 No hay nebulosidades en cuanto a la esencia de su significado: pueblo gobernándose.

 La plantea en Atenas Solón con sus reformas, y Clístenes la desenvuelve. En los demás Estados griegos y también en Roma adquiere una extensión menor, más o menos amplia. Por su índole absurda, opuesta a la naturaleza de la sociedad humana, en ningún sitio llega a ser una realidad total jamás. Es feliz observación de Fouille —si la memoria no me engaña— que en todas partes la democracia logra en pocos años arruinar la felicidad pública que otros regímenes habían conseguido y durante mucha tiempo conservado.

 La definición de democracia es clásica, venerable y griega también: la da Aristóteles en su Política, considerándola el gobierno de la multitud.

 En los Estados cristianos de la Edad Media la palabra y el concepto de aparecen; el fenómeno social con caracteres normales, también. Apenas si un pensador como Marsilio de Padua, ya tarde, propugna su espíritu. La afirmación democrática sólo aparece en algunas herejías y movimientos indisciplinarios. Suiza, no os democrática ni antes de Agosto de 1291, fecha de la liga perpetua de los tres cantones forestales de Schwyz, Uri y Unterwalden, ni después de la batalla de Morgarten, ni mucho menos con la divergencia política añadida por la unión de Lucerna, Zurich y Berna, ni bajo el desarrollo del patriciado, ni después de la revolución de los campesinos en 1653, ni de los numerosos movimientos populares a través de todo el siglo XVIII; sólo a de la Revolución francesa, con la agitación reprimida en Stafa, “se aspiró a la introducción de la nueva igualdad proclamada por los franceses”. (I. I. Schollemberger.) Es curiosa, por cierto, la instauración democrática en Suiza. La primera constitución (1798) duró siete días; la segunda, preparada por Ochs, fué modificada inmediatamente por un golpe de Estado; la siguiente duró tres meses; la cuarta, sometida a ratificación popular, fué rechazada por 95.000 votos contra 72.000, pero entendiéndose que el que calla otorga, se sumaron los votos abstenidos y fué promulgada. Todavía en 1803, 1815, 1848, 1874 y 1895, hubo variaciones fundamentales. Casi tantos años hace que existe el movimiento antidemocrático suizo, que es interesante; pero hoy no es ocasión de hablar de ello.

 Lo que durante la Edad Media existe, en Suiza inclusive, y ha pedido dar motivo, al mirarlo bajo la influencia de las sugestiones, y aun, por mejor decir, de las supersticiones contemporáneas, para confundirlo con la democracia, tiene en rigor nombres distintos, porque el espíritu y la realidad que lo producen son distintos también: concejos, corporaciones, etc., no son democracia, sino otra cosa harto conocida, aunque incomprendida y olvidada.

 El renacimiento pagano renueva el fenómeno democrático.

 La primera democracia moderna es la religiosa, como era lógico que sucediera. En medio de una civilización cristiana, espiritual, orgánica y esencialmente jerárquica, el primer asalto, porque era el único que de triunfar pudiera ofrecer alguna esperanza de supervivencia, había de dirigirse contra la Suprema Jerarquía. Eso fué el Protestantismo. Todos los corifeos de la falsa reforma coinciden en la rebelión contra la autoridad Papal, en la entrega a las muchedumbres de los Textos Sagrados, y en la afirmación de que el único poder espiritual existente corresponde a todo el cuerpo de fieles en virtud del sacerdocio espiritual que a todos confirió Cristo, según paladinamente proclamó Lutero en su Llamamiento la a nobleza cristiana del pueblo alemán. Es decir, la democracia... cristiana, mala cristiana y atea a ratos, pero en algún modo cristiana e indiscutiblemente democrática.

 Del orden espiritual se pasó al político. El folleto famoso del abate Sieyes dictó la fórmula: “¿Qué es el tercer estado? ¡Nada! ¿Qué debe ser el tercer estado? Todo.” La Revolución Francesa asaltó la jerarquía civil y proclamó la igualdad política de todos los hombres, la soberanía popular, el gobierno por antonomasia ejercido por el propio pueblo: la democracia política.

 Pero el poder espiritual, que rompía el fundamento angular del orden, y el poder político, que exigía como normalidad el desorden, dejaban al pueblo sin la consecuencia de igualdad más sensible: la del poder de posesión de la riqueza. Como el problema era visiblemente más difícil, la democracia económica fué menos simplista que las precedentes. El marxismo, con sus antecedentes, que absorbe de planes para edificación de la sociedad futura, todo es bruma. Al pueblo no ha llegado, ni en realidad interesa otra cosa que el reparto, la propiedad ejercida con igualdad por todos; la democracia social. Es notable observar que el concepto que el pueblo forma del socialismo, comunismo, bolcheviquismo, sindicalismo rojo, etcétera, no es otro, en fin de cuentas, que el substratum a que llegan los pensadores en su análisis, considerando todos esos sistemas como profundamente individualistas, puesto que son frutos de lo que parodiando a la Universidad de Cervera, pudiera llamarse la manía de pensar funestamente, y se proponen entregar por igual la riqueza “a los individuos directamente, sin organismo intermediario, ni miembros corporativos autónomos intercalados”. (H. Pesch.) Con ropajes distintos, sean intrincados proyectos o expeditivas disposiciones de ejecución, según la reflexión o la simplicidad de los cerebros, todos esos errores son en el fondo uno solo: la democracia social.

 Creo que nadie de buena fe —defectos propios de un artículo de periódico trazado entre mil otros quehaceres aparte— tendrá motivo para rechazar el fiel reflejo de la democracia que queda expuesto.

 La democracia, pues, se ha entendido siempre en el mundo como el régimen de la igualdad de soberanía y de poder en todos los individuos.

 Cierto que lo absurdo del concepto ha impedido que ni por una sola vez se haya realizado en rigor y pureza: pero no menos cierto que el anhelo genuinamente democrático, vivo, apasionado, rebeldemente instintivo, consiste en alcanzar esa realidad y que los pueblos y las instituciones se han considerado y apellidado más o menos democráticos, según se aproximen o distancien a ese ideal.

 UN PLATO DE TERNERA SIN TERNERA

 La historia estaría incompleta si no hablásemos de otra democracia... nominal.

 Me refiero a la democracia cristiana.

 La famosa expresión no pasa de época más lejana que el año 1892, en que el abate Naudet publicó un trabajo literario con ese nombre. La promulgación, pudiera decirse, se retrasa a un discurso del propio abate en la sesión de clausura del Congreso obrero celebrado en París en 1896. ¡Expresión demasiado nueva para ser cristiana vieja!

 Pero como la época es mala, de partidos y de seducciones, la frase hizo fortuna.

 No han faltado disgustos a la Iglesia a propósito de la democracia cristiana, y a ellos alude Pottier al decir: “sea lo que sea el pasado”. ¡No obstante el poco tiempo!

 El 18 de Enero de 1901, el Soberano Pontífice publicó su encíclica Graves de communi, y en ella tolera con restricciones y prudentes avisos el uso de la demominación, entendiéndola como acción benéfica en favor del pueblo.

 Entre los demócratas cristianos más relevantes de Bélgica figura Pottier.

 Lo que sea esta democracia nueva, en la Iglesia y en el mundo cristiano, tan viejos, veámoslo.

 Salvador Minguijón publicaba hace dos o tres días en El Debate, un habilísimo artículo acerca del concepto de la democracia cristiana. Basta leerlo para comprender que desde la primera hasta la última es un puro equilibrio. En el papel se sostiene; en la mente, no. Y cuando las ideas no se sostienen en la mente, porque precisan de las combinaciones artificiosas para no derrumbarse, no son ideas claras, ni ideas madres.

 Si la democracia cristiana no fuese un mote arbitrario, un similor, una cosa distinta de lo que a primera vista parece, ¿quién duda que sería una idea clara y matriz?

 Cita Minguijón unas palabras de Toniolo. ¿Se me permitirá un reparo?... Toniolo, mentalidad muy casnista a la manera italiana, más propicia a la sinopsis erudita que a la síntesis profunda, de ortodoxia acendrada pero de natural ecléctico, no es un dechado para alumbrar la elucidación de esencias.

 He aquí la citación aludida:

 “Hay una democracia que, en su concepto esencial, se identifica con la noción misma del orden social fundado sobre el deber.

 ”Esta democracia está caracterizada por el doble fin a que tiende.

 ”Primero. El bien proporcional de todas las clases, sin excepción.

 ”Segundo. Y, por esto mismo, un cuidado especial de las multitudes que tienen más necesidad de tutela y de socorro por parte de la sociedad.

 ”El medio normal de alcanzar este segundo fin es la organización jerárquica de la sociedad.” (!!).

 Que se empeñen en llamar democracia a lo que Toniolo dice, bien... por condescender; pero perdiendo la noción de la historia, del sentido etimológico de las voces de los idiomas, y... hasta de la psicología de las muchedumbres.

 ¡Una democracia caracterizada por la mayor tutela y socorro de las clases populares!... Cristiano, sí; racional y humano, también; pero, ¿democrático?...

 Antes que Toniolo, y muchísimo mejor, por cierto, y para mí con grandes títulos de autoridad por la afección política y la admiración intelectual que le rindo, Gil y Robles intentó establecer que la verdadera democracia era cristiana, y que la otra, es decir, la única que ha existido y se ha llamado así, era falsa.

 En pocas cuestiones difiero —en mi modestia intelectual— de aquel insigne maestro: pero en el empleo de esa denominación, sí.

 Basta leer sus palabras para apreciar que el propio Gil Robles, no obstante su encariñamiento con el hallazgo, vacila al deslizar, temeroso, su bien intencionada espacie, cuando dice: “Por esto —la preeminencia de la pobreza en la Religión católica— no se considerará aserción infundada ni aventurada siquiera que la sociedad cristiana, inspirándose en la constitución de la ciudad de Dios, deba ser en todo caso y tiempo democrática, y que la democracia es jurídica exigencia y elemento esencial de las constituciones.” Y añade: “A este imperio (?) efectivo de! pueblo cristiano, bien puede aplicársele el nombre de democracia con harto más motivo que a la soberanía popular, que es error y absurdo en teoría”, etc.

 En rigor, todo cuanto dice Gil Robles no es sino una crítica comparada del espíritu social cristiano con la democracia, ensalzando justamente a aquél, demostrando la inanidad de ésta, queriendo arrebatarla la ilusión engañosa que —estilo liberal— encierra esa palabra; pero sin justificar poco ni mucho la procedencia y la exactitud de comenzar a llamar democracia cosa que nunca se ha llamado así.

 Pero el mismo Gil Robles se asusta de la aplicación de ese nombra cuando dice: “Es la democracia la afirmación fundamental y sintética de la política cristiana; y si es irreverente y de mal gusto decir que fué Jesucristo el primer demócrata, bien puede asegurarse que su doctrina contiene el principio y el espíritu de la democracia verdadera, cosa distinta de la democracia liberal y opuesta a ella. Atribuirle ésta a Jesucristo es ridícula falsedad y atroz blasfemia”. La verdad; yo no quiero llamarme demócrata si es irreverencia decir que fuese el primero Jesucristo.

 Cuando, años después, se publicó la Encíclica Graves de Communi, Gil Robles tuvo frases duras y justas para la democracia cristiana que habíala motivado.

 “Atienda —dice— la Santa Sede al desarrollo y a los progresos de esta doctrina, y procediendo respecto de ella con la prudencia y circunspección habituales en medio de las vivas y acres polémicas que la democracia cristiana ha motivado y suscitado, creyó llegado el caso de poner las cosas en su punto, y así lo ha hecho el Soberano Pontífice León XIII...”

 Si el espirita social cristiano fuese realmente democrático, nadie lo hubiese justificado en el orden doctrinal como Gil y Robles, el maestro ilustre.

 Pero le oscurece el habitual preclaro espíritu crítico, un buen deseo polémico, apostólico, digno de la época. No deja de suceder lo mismo, en parte, al Grupo de la Democracia Cristiana, aunque su programa es muy inferior al de Gil Robles.

 No; el espíritu tradicional cristiano no es democrático: es más noble y más social, más intrínsecamente cristiano.

 Parodiando a May, podría decirse: “La historia moderna es la historia de la democracia, no de la libertad: la cristiana es la historia de la libertad, no de la democracia.”

 Falta mucho que exponer y queda para otros artículos.

  Luis HERNANDO DE LARRAMENDI


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