Historia de los reyes de Bretaña: Libro primero

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Libro 1

Capítulo 1. La dedicatoria a Roberto, conde de Gloucester

Mientras me ocupaba en varios estudios pensaba en la historia de los reyes de Bretaña y me llamaba la atención que en el resumen elegante que Gildas y Beda habían dado sobre ellos, no encontré nada dicho acerca de esos reyes que vivieron acá antes de la Encarnación de Cristo, ni de Arturo y muchos otros que tuvieron éxito después de la Encarnación, pero que sin embargo sus acciones merecieron fama inmortal y fueron celebradas por muchas personas de una forma agradable y de corazón, como si alguna vez las hubieran escrito. Mientras me enfocaba en estos y similares pensamientos, Walter, archidecano de Oxford, un hombre de gran elocuencia y conocedor de historias extranjeras, me dio un libro muy antiguo sobre la lengua británica el cual, en una historia fluida y de estilo elegante, relataba las acciones de todos, desde Bruto, el primer rey de los bretones, hasta Cadvaladro el hijo de Cadvalón. Con su recomendación, aunque el buen idioma no era mi estudio y recogiendo expresiones floridas de otros autores, pero aún con mi propio estilo hogareño, comencé la traducción de ese libro al latin. Pues, si yo hubiera llenado las páginas con adornos retóricos, habría cansado a mis lectores al centrar su atención más en mis palabras que en la historia. Así, pues, Roberto conde de Gloucester, este trabajo queda humildemente a disposición tuya de ser corregido con tus consejos, para que éste no sea pensado como el pobre producto de Godofredo de Monmouth, sino que cuando sea pulido por tu refinada inteligencia y opinión, sea la producción de él quien tuvo como padre a Enrique el glorioso rey de Inglaterra, y a quien vemos como un experto académico y filósofo, y también como un valiente soldado y experimentado comandante; para que Bretaña con alegría reconozca que en ti ella tiene a otro Enrique.

Tú también, Calerán, conde de Meulan, el otro pilar de nuestro reino, dame tu ayuda para que con la corrección de ambos la edición de mi libro, ahora pública, sea mejorado y se resalte. Pues a ti, que naciste de la misma sangre del gran Carlomagno, te recibió la madre Filosofía y aprendiste de ella el conocimiento con el que te distingues en el ejército, te llevó a los campamentos de los reyes en los cuales, con mayor valentía que los demás, aprendiste a asustar a tus enemigos y proteger a tu gente con amor paternal. Al ser, entonces, el escudo de los tuyos, recíbenos bajo tu amparo a mí, tu poeta, y a este libro, que sirve para tu diversión, para que, recostado en la sombra de un árbol frondoso, yo pueda hacer sonar la flauta producto de mi inspiración con un ritmo seguro y fuerte, incluso en la presencia de los envidiosos y de los malvados.

Capítulo 2. Los primeros habitantes de Bretaña.

Bretaña, la mejor de las islas, está situada en el océano occidental entre Galia e Irlanda, tiene 1290 kilómetros de largo y 320 de ancho. Produce todas las cosas que son útiles para el hombre, con una amplia variedad que nunca falla. Está llena de todos los tipos de metales y tiene llanos de gran extensión y cerros aptos para la mejor labranza, cuya rica tierra produce una variedad de frutas en sus adecuadas temporadas. También tiene bosques con todo tipo de animales salvajes y su pasto es de calidad para el ganado, mientras que las abejas encuentran muchas flores para la miel. Debajo de sus elevadas montañas hay verdes praderas bien ubicadas, en las cuales el amable susurro de los manantiales andando por los aires despejados, le da a quienes pasan por ahí una agradable invitación para echarse al piso a descansar. Igualmente está bañada con lagos y ríos que tienen muchos peces y al lado del mar angosto que está en la costa sur hacia Francia, hay tres ríos nobles extendiéndose como tres brazos, el nombre de ellos: el Támesis, el Severn y el Humbro, hacia donde llegan los productos extranjeros de todos los países. Antes, la costa estaba adornada con 28 ciudades, algunas de las cuales hoy están en ruinas y deshabitadas, algunas otras todavía siguen en pie, embellecidas con las altas torres de las iglesias, donde la adoración religiosa es hecha de acuerdo a la tradición cristiana. Por último, la isla está habitada por cinco naciones distintas: los bretones, los romanos, los sajones, los pictos y los escoceses; de los cuales los bretones poseían la isla entera de mar a mar antes que el resto, hasta que la justicia divina, castigándolos por su orgullo, les hizo abrir paso a los pictos y sajones. Pero de qué manera y de dónde llegaron por primera vez se relatará en el siguiente texto.

Capítulo 3. Bruto, huyendo por la muerte de su padre, va a Grecia.

Después de la guerra de Troya, Eneas, huyendo con Ascanio de la destrucción de su ciudad, navegó a Italia. Ahí fue recibido con honores por el rey Latino, quien se enfrentó ante la envidia de Turno, rey de los rútulos, que luego comenzó la guerra contra él. Ante la batalla, Eneas salió victorioso y habiendo matado a Turno, obtuvo el reino de Italia, y con él a Lavinia la hija de Latino. Luego de su muerte, Ascanio, teniendo éxito en el reino, construyó a Alba sobre el Tíber y tuvo un hijo llamado Silvio, quien buscando un amor se casó con una sobrina de Lavinia. Después de que la mujer concibiera y que el padre, Ascanio, se enterara de eso, mandó a sus magos a consultar cuál sería el sexo del bebé. Los magos le dijeron que ella daría a luz a un niño, quien mataría a su padre y a su madre, y luego de viajar por muchos países huyendo, finalmente llegaría a la máxima gloria. No se equivocaron en la predicción, pues la mujer efectivamente concibió un hijo y murió en el parto, pero el niño fue entregado a una enfermera y fue llamado Bruto.

Pasados los 15 años, el joven acompañaba a su padre a cazar y lo mató con el disparo de una flecha. Esto sucedió cuando los sirvientes estaban cargando un venado hacia ellos y Bruto, intentando disparar, hirió a su padre debajo del pecho. Ante su muerte, él fue expulsado de Italia y sus parientes estaban furiosos con él por ese hecho atroz. Entonces se alejó y fue a Grecia, donde encontró a Héleno, hijo de Príamo, esclavizado por Pándroso, rey de los griegos. Posterior a la destrucción de Troya, Pirro, el hijo de Aquiles, había llevado allá en cadenas a Héleno y a muchos otros, y para vengarse de ellos por la muerte de su padre, Aquiles, se dio la orden de que debían ser mantenidos en cautiverio. Bruto, al darse cuenta que los capturados eran sus antiguos compatriotas por descendencia, aceptó quedarse con ellos y pronto empezó a distinguirse por su conducta y su valentía en la guerra, a tal punto de ganarse el afecto de reyes y comandantes, y sobre todo de los jóvenes del país. Pues él era visto como una persona de gran capacidad para aconsejar y para la guerra, y mostraba su generosidad con sus soldados al darles a ellos todo el dinero y aprecio que él tenía. Su fama, entonces, extendiéndose por todos los países, hizo que los troyanos de todas partes empezaran a unírsele a él, y deseaban que bajo su mandato pudieran ser libres del dominio de los griegos, y le aseguraban que eso podía hacerse fácilmente, considerando cuán numerosos eran ahora en el país, pues eran siete mil hombres fuertes, sin incluir a mujeres y niños. Asimismo, en Grecia vivía un joven noble llamado Asáraco, quien apoyaba la causa porque él descendía por el lado materno de los troyanos y depositaba gran confianza en ellos y que podía, con su ayuda, oponerse a las políticas de los griegos. Su hermano había peleado contra él por intentar quitarle tres castillos que su padre le había dado antes de morir por ser el único hijo de una amante, pero como el hermano era un griego por ambos lados, se unió a la causa del rey y del resto de los griegos. Bruto, habiendo visto el número de sus hombres y viendo que los castillos de Asáraco tenían las puertas abiertas para él, cumplió la causa.

Capítulo 4. Carta de Bruto a Pándroso.

Al ser el comandante elegido, Bruto reunió a los troyanos de todas partes y fortaleció las villas que le pertenecían a Asáraco. Pero él mismo junto a Asáraco y todo el ejército de hombres y mujeres que se le unieron, fueron a los bosques y a los cerros y le enviaron una carta al rey diciendo estas palabras:

“Bruto, general de los troyanos que quedan, le manda saludos a Pándroso, rey de los griegos. Como era inferior a la dignidad de una nación que desciende de la ilustre raza de Dárdano ser tratados en su reino de forma diferente a como lo requiere la nobleza de su nacimiento, ellos mismos han ido a protegerse a los bosques, pues han preferido vivir como bestias salvajes alimentándose de carne fresca y hierbas pero disfrutando de la libertad, que seguir viviendo en los mayores de los lujos bajo esclavitud. Si esto le ofende a su majestad no los culpe a ellos, sino perdónelos pues es un sentimiento común de cada capturado anhelar volver a tener su dignidad anterior. Deje entonces que la lástima lo conmueva para darle a ellos su libertad perdida y permita que ellos habiten los bosques más frondosos adonde han ido para evitar la esclavitud. Pero si usted les niega este favor, entonces con su permiso y ayuda permítales ir a algún país extranjero.”

Capítulo 5. Bruto llega por sorpresa adonde los militares de Pándroso y los derrota, toma a Antígono, el hermano de Pándroso, con Anacleto como prisionero.

Pándroso, entendiendo la intención de la carta, estaba altamente sorprendido por el atrevimiento del mensaje enviado por ellos a quien había mantenido en esclavitud; y habiendo convocado un consejo con sus nobles, determinó armar un ejército para perseguirlos. Pero cuando estaba marchando a los desiertos, adonde pensó que estaban, y luego a la villa de Esparatino, Bruto arrancó con tres mil hombres y le llegó desprevenido a Pándroso. Por ser tan inteligente, Bruto había llegado a la villa la noche anterior con un plan para caerles inesperadamente mientras ellos marchaban desarmados y sin órdenes. Hecha la salida, los troyanos los atacaron enérgicamente y se esforzaron por hacer una gran masacre. Los griegos, sorprendidos, inmediatamente cedieron el paso en todos los frentes, y con el rey comandándolos, se apresuraron a pasar el río Akalon, que corría cerca del lugar; pero al pasarlo estaban en peligro por la rapidez de su corriente. Bruto los acosó en su huída y mató a algunos de ellos en el río y a otros sobre las orillas del río; y corriendo de un lado para otro se alegró al verlos en ruinas de ambos lados. Pero Antígono, el hermano de Pándroso, apenado por este hecho, reunió a sus tropas dispersadas y volvió hacia los furiosos troyanos; pues él prefería morir haciendo una valiente resistencia que ahogarse en una piscina de barro en una huída vergonzosa. De este modo, vino con un grupo de hombres a quienes los animó a mantenerse en pie y puso toda su fuerza contra el enemigo con gran vigor, pero fue en vano pues los troyanos tenían armas y los otros ningunas, y con esta ventaja eran más intensos en la batalla e hicieron una miserable matanza y ni siquiera terminarían el ataque hasta que hubieran hecho la destrucción total y hubieran capturado a Antígono y a Anacleto.

Capítulo 6. La villa de Esparatino sitiada por Pándroso.

Bruto, luego de la victoria, reforzó la villa con 600 hombres y después se alojaron en los bosques, donde la gente de Troya esperaba su protección. Mientras tanto, Pándroso triste por su propia huída y la captura de su hermano, se dedicó esa noche a volver a armar su ejército vencido y a la mañana siguiente fue con un grupo de hombres que había reunido a sitiar la villa, en la cual él supuso que Bruto estaba junto a Antígono y el resto de prisioneros. Apenas llegó a las murallas y vio el estado del castillo, dividió su ejército entre varios grupos y los puso en distintos lugares. A un grupo le encargaron no dejar que las víctimas salieran, otro debía alterar el curso de los ríos y a un último bando le dijeron que derribaran las paredes con arietes y demás dispositivos. Obedeciendo estos mandatos, trabajaron con sus máximas fuerzas para angustiar a las víctimas y, puesta la noche, los súbditos de Pándroso eligieron a sus más valientes hombres para defender el campamento y las tiendas de los ataques de sus enemigos, mientras que el resto, que estaban cansados por la labor, retomaban fuerzas durmiendo.

Capítulo 7. Las víctimas del ataque le piden ayuda a Bruto.

Pero las víctimas, poniéndose encima de las murallas fueron igualmente valientes para resistir la fuerza de los ataques enemigos y tirarles flechas con puntería para hacer una brava defensa. Y cuando le hacían una ruptura a la pared, obligaban al enemigo a retirarse al lanzarles fuego y agua hirviendo. Pero angustiándose por la escasez de provisiones y de trabajo diario, le mandaron un mensaje urgente a Bruto para que apresurara su ayuda, pues tenían miedo que se debilitaran tanto como para tener que abandonar la villa. Bruto, aunque tenía las ganas de rescatarlos, estaba sorprendido porque no tenía los hombres suficientes para mantenerse en batalla y por eso planeó una trampa la cual consistía en entrar al campamento enemigo por la noche y engañar a los guardias para matar a los soldados mientras duermen. Pero como él sabía que esto era imposible sin la ayuda de algunos griegos, llamó a Anacleto, el compañero de Antígono, y con una espada en su mano le habló de esta manera:

“¡Joven noble! Tu vida y la de Antígono están cerca del fin a menos que fielmente hagas lo que te diga. Esta noche planeé invadir el campamento de los griegos y atacarlos sorpresivamente, pero temo fallar en el intento si la guardia descubre la trampa. Como entonces será necesario matar a los guardias primero, quiero usarte para que los engañes con el fin de que yo tenga más fácil acceso al resto. En la segunda hora de la noche ve hacia la guardia y con una conversación convincente diles que has traído a Antígono de la prisión y que él está dentro de los bosques, donde se está escondiendo entre los arbustos y no puede avanzar más porque está en cadenas de modo que tú debes pretender que él está atado. Entonces debes guiarlos a lo profundo del bosque donde estaré yo con un grupo de hombres listos para matarlos.”

Capítulo 8. Anacleto, por temor a la muerte, traiciona al ejército de los griegos.

Anacleto, al ver que la espada lo amenazaba de muerte inmediata mientras se pronunciaban estas palabras, estaba tan asustado que hizo un juramento pero solamente cumpliría estas órdenes con la condición de que él y Antígono debían permitírsele tener una vida más larga. Al confirmar el trato, en la segunda hora de la noche se dirigió al campamento griego y cuando se acercó, los guardias, que estaban mirando todos los lugares donde alguien pudiera esconderse, salieron de todos lados y fueron hacia él y le preguntaron la razón de su venida y si acaso no era para traicionar al ejército. Él, con una muestra de alegría, respondió diciendo lo siguiente: “No vengo a traicionar a mi país, pero habiéndome escapado de la prisión de los troyanos, huí acá para pedirles que vengan conmigo hacia donde está Antígono, a quien he librado de las cadenas de Bruto. Ya que no pudo venir conmigo debido al peso de sus cadenas, hace un rato le ordené esconderse entre los arbustos al interior del bosque hasta que yo pudiera encontrar a alguien con quien pueda ayudarlo.” Aunque estaban escépticos con la veracidad de su historia, llegó alguien que lo conocía y sin dudarlo llamó a unos compañeros y lo siguieron hasta el bosque donde supuestamente estaba Antígono escondido. Pasado un rato, mientras iban entre los arbustos, llegó Bruto con su grupo armado para atacarlos sorpresivamente e hizo una muy cruel masacre. De ahí él marchó directamente hasta el campamento y dividió a sus hombres en tres grupos distintos y a cada uno les asignó una parte del campamento y tenían la orden de avanzar discretamente sin hacer ruido y que cuando entraran no mataran a nadie hasta que Bruto tomara la carpa del rey e hiciera sonar la trompeta como señal.

Capítulo 9. La captura de Pándroso.

Cuando Bruto les dio estas instrucciones, enseguida entraron en silencio al campamento y posicionándose en los puntos que les fueron dichos, esperaron por la señal la cual no iba a darse hasta que estuviera al lado de la carpa de Pándroso para asaltarlo, que era la cosa que él más deseaba. Al oír la señal, sacaron sus espadas y fueron hacia donde estaban los hombres durmiendo para destruirlos rápidamente sin piedad y así atravesar el campamento. El resto despertaron con los gritos de quienes morían y, al ver a los asaltantes, quedaron como ovejas con un miedo repentino, pues temían por sus vidas ya que no tuvieron tiempo para armarse ni para huir. Corrieron sin armas en todos los sentidos entre el ejército mientras la furia del ataque los angustiaba, pero fueron neutralizados por el enemigo. Algunos que pudieron escapar tenían el afán de huir hacia rocas, árboles o arbustos pero eso solamente hizo su muerte más miserable. Otros, que solamente tenían un escudo o algún tipo de recubrimiento para defenderse, y con las ansias de ir a esas mismas rocas para evitar la muerte, se vieron en desventaja con la veloz llegada de la oscuridad de la noche y se rompieron sus brazos o piernas. Otros, que escaparon de estas desgracias, pero que no supieron adónde huir, se ahogaron en los ríos cercanos y escasamente uno solo pudo irse sin tener algún accidente. Además del ataque, los soldados que estaban en la villa, al enterarse de los hechos de sus compañeros al mando de Bruto, también llegaron para reforzar y doblaron la magnitud de la matanza.

Capítulo 10. Consulta sobre qué debe pedírsele al rey capturado.

Pero Bruto, como dije antes, habiendo hecho posesión de la carpa del rey, se encargó de mantenerlo a salvo como prisionero, pues él sabía que podía alcanzar sus objetivos más fácilmente manteniéndolo con vida que matándolo, pero el grupo que estaba con él, sin piedad, hizo una destrucción total en esa parte que habían ganado. La noche se pasó de esta forma y cuando a la mañana siguiente lograron ver claramente la derrota del enemigo, Bruto, con mucha alegría, le dio la libertad completa a sus hombres para hacer lo que quisieran con el botín y luego entró a la villa con el rey para quedarse ahí hasta que se hubieran repartido el botín entre ellos; y hecho esto, nuevamente reforzó el castillo, dio órdenes de enterrar a los muertos y se retiró con su ejército a los bosques con inmenso placer por la victoria. Luego de las celebraciones de su gente por la ocasión, su renombrado general llamó a los más viejos para pedirles sus consejos, pudiendo tener lo que él más quería de Pándroso, quien por estar capturado haría lo que le pidieran con tal de recuperar su libertad. Ellos, de acuerdo a sus intereses, deseaban obtener distintas cosas: algunos le pidieron que cierta parte del reino les fuera dado para que vivieran, otros pidieron que los dejaran partir y proveerles las necesidades para su viaje. Después de que pasaran mucho tiempo pensando qué hacer, uno de ellos, llamado Mempricio, se levantó, y habiendo hecho silencio les dijo:

“¿Cuál es la razón, padres, por la que piensan mucho sobre algo que creo que es importante para su seguridad? La única cosa que pueden pedir con miras a una paz estable y su propia seguridad y su futuro es la libertad para irse. Porque si no pueden arreglar un mejor acuerdo con Pándroso por su vida aparte de querer tener una parte del país para que ustedes vivan entre griegos, nunca disfrutarán de una paz duradera mientras los hermanos, hijos o nietos de quienes ustedes mataron ayer continúen siendo sus vecinos. Mientras el recuerdo de la muerte de sus padres siga vivo, ellos serán sus enemigos mortales y ante la más mínima provocación ellos tratarán de vengarse. Tampoco serán lo suficientemente numerosos para resistir tal multitud de gente. Y si han de pelearse entre ustedes mismos el número de ellos crecerá diariamente mientras que el suyo se reducirá. Propongo, entonces, que tú le pidas la mano de su hija mayor, Ignoge, para que nuestro general tenga esposa y, con ella, oro, plata, cereales y lo que sea necesario para nuestro viaje. Si obtenemos esto podremos ir a otro país.”

Capítulo 11. Pándroso permite que su hija se case con Bruto, quien, luego de partir desde Grecia, termina en una isla desierta donde el oráculo de Diana le dice cuál lugar debe habitar.

Cuando Mempricio terminó su discurso, la asamblea aceptó su consejo y decretaron que Pándroso sería condenado a la muerte más cruel a menos que aceptara lo que le pidieron. Pándroso fue traído y lo sentaron en una silla más elevada que el resto y le informaron las torturas que le tenían preparado si no cumplía las órdenes, entonces él dio esta respuesta:

“Dado que mi mal destino dejó que yo terminara junto a mi hermano Antígono en las manos de ustedes, no puedo hacer más que concederles sus peticiones, pues negarme a eso podría costarnos nuestras vidas que ahora están completamente en su poder. En mi opinión, la vida es preferible a todas las otras opciones, de modo que estoy dispuesto a rescatarla a un precio altísimo. Pero aunque está en contra de mis convicciones obedecer sus órdenes, me alivia que le daré mi hija a un joven tan noble, cuya ascendencia de la ilustre raza de Príamo y Anquises es clara, tanto de la grandeza de mente que aparenta como de la evidencia concreta que tuvimos de ella. ¿Pues quién más que él habría podido liberar a los troyanos de sus cadenas cuando estaban reducidos a la esclavitud por tantos grandes príncipes? ¿Quién más habría tenido el valor de enfrentarse a los griegos?, o con tan pequeño grupo de hombres habría podido vencer a tan numeroso y poderoso ejército y tomar a su rey como prisionero en el acto? Y, entonces, ya que este joven noble ha ganado tanta gloria por la oposición que me ha hecho, le doy a él mi hija Ignoge y también oro, plata, barcos, cereales, vino y aceite y lo que encuentre necesario para su viaje. Si cambias tu opinión y piensas en acomodarte entre los griegos, te daré la tercera parte de mi reino para que la habites; si no, cumpliré fielmente mi promesa y para tu seguridad permaneceré como un rehén tuyo hasta que yo haga el bien”.

Por lo tanto, Pándroso convocó a un consejo y envió mensajeros a todas las costas de Grecia para reunir barcos; hecho esto, le dio a los troyanos 324 de éstos llenos de todo tipo de provisiones y casó a su hija con Bruto. También hizo un regalo de oro y plata a casa hombre de acuerdo a su cualidad. Cuando todo fue hecho el rey fue liberado; y los troyanos zarparon con un viento justo. Pero Ignoge, estando sobre la popa del barco, se desmayó varias veces en las manos de Bruto, y con muchos suspiros y lágrimas lamentó dejar a sus padres y a su país, ni siquiera dejó de mirar la costa mientras estuvo a la vista. Bruto, mientras tanto, intentó calmar su dolor con palabras amables y abrazos mezclados con besos y no dejó de hacerle estos afectos hasta que se cansó de llorar y se durmió. Durante estos hechos, los vientos siguieron soplando moderadamente por dos días y dos noches, cuando pasado un tiempo llegaron a una isla llamada Leogecia, la cual antiguamente había sido destrozada por la invasión de piratas y fue deshabitada. Bruto, sin saber esto, mandó a 300 hombres armados a la orilla para ver quién la habitaba, pero al no encontrar a nadie, mataron varias bestias salvajes que encontraron en los bosques y llegaron a una ciudad desolada, donde vieron un templo de Diana y en ella una estatua de esa diosa que le daba respuestas a quien viniera a consultarla. Finalmente, cargando la presa que ellos obtuvieron cazando, volvieron a sus barcos y les contaron a sus compañeros sobre este país y ciudad. Después le recomendaron a su comandante a ir a la ciudad y, luego ofrecieron sacrificios para informarse sobre la deidad del lugar y sobre cuál país tenían asignados como lugar para asentarse. Todos estuvieron de acuerdo en esto, entonces Bruto, junto a Gerion el adivino, y doce de los hombres más ancianos fueron hacia el templo con todas las cosas necesarias para el sacrificio. Habiendo llegado al sitio y presentándose ante el santuario con guirnaldas sobre sus templos, como los ritos antiguos lo requieren, prendieron tres fuegos por las tres deidades: Júpiter, Mercurio y Diana y ofrecieron sacrificios para cada uno de ellos. Bruto por su propia cuenta, sosteniendo ante el altar una vasija bendecida llena de vino y el corazón de un venado blanco, con su cabeza mirando arriba hacia la imagen, rompió el silencio con estas palabras:

“Diva potens nemorum, terror sylvestribus apris; Cui liced amfractus ire per aethereos, Infernasque domos; terrestria iura resolve, Et dic quas terras nos habitare velis? Dic certam sedem qua te venerabor in aevum, Qua tibi virgineis templa dicabo choris?”

(Diosa potente de los bosques, terror de los jabalíes silvestres; Que andas por el aire, Y por las casas infernales, ¿Di cuáles tierras nosotros debemos habitar? ¿Di dónde te debemos venerar, y los coros de vírgenes tu adoración celebrar?)

Repitió estas palabras nueve veces, luego le dio la vuelta al altar cuatro veces, derramó el vino sobre el fuego y se puso encima de la piel del venado, la cual había extendido ante el altar, donde se durmió. A eso de la tercera hora de la noche, la hora habitual de sueño profundo, la diosa se presentó ante él y le contó su futuro así:

“Brute! Sub occasum solis trans Gallica regna Insula in oceano est undique clause mari: Insula in oceano est habitata gigantibus olim, Nunc deserta quidem, gentibus apta tuis. Hanc pete, namque tibi sedes erit illa perennis: Sic fiet natis altera Troia tuis. Sic de prole tua reges nascentur: et ipsis Totios terrae subditus orbis erit.”

(¡Bruto! En el occidente, más allá de los reinos de Galia, Hay una isla en el Océano, rodeada de mar por todas partes; Esa isla en el Océano fue habitada otro tiempo por gigantes, Ahora está desierta, esperando a tu pueblo. Búscala, pues será su hogar eterno. Allí tus descendientes construirán una segunda Troya; Allí nacerán reyes de tu sangre, y a ellos Se someterán todas las naciones del mundo.)

Despertándose por la visión, tuvo por un tiempo la duda de si lo que había visto era un sueño o una aparición real de la diosa misma, presagiando a cuál tierra debería ir. Llamó a sus compañeros y les contó la visiones que tuvo mientras dormía, ante las cuales ellos se alegraron y estaban ansiosos por volver a sus barcos y seguir su viaje hacia el occidente mientras el viento los siguiera favoreciendo, persiguiendo lo que la diosa les había prometido. Sin perder tiempo, entonces, regresaron al barco y zarparon de nuevo y después de una travesía de 30 días llegaron a África. De allí fueron a los altares filenios y a un lugar llamado Salinae y navegaron entre Ruscicada y las montañas de Azara, donde estuvieron en gran peligro por los pirata quienes, sin embargo, fueron vencidos y se enriquecieron con el botín.

Capítulo 12. Bruto entra a Aquitania con Corineo.

De allí, pasando por el río Malua, llegaron a Mauritania donde finalmente, en busca de provisiones, tuvieron que ir a la orilla y, dividiéndose en varios grupos, arrasaron todo el país. Cuando cargaron sus barcos, se dirigieron hacia las Columnas de Hércules, donde vieron algunos de esos monstruos de mar llamados sirenas que rodearon sus barcos y por poco los vuelcan. No obstante, lograron escapar y fueron al Mar Tirreno en cuyas costas encontraron distintas naciones descendientes de los lejanos troyanos que habían acompañado a Antenor en su huída. El nombre de su comandante era Corineo, un hombre modesto en cuestiones de consejería y de un gran coraje y atrevimiento quien en un encuentro con cualquier persona, incluso una de gigante estatura, inmediatamente lo derribaría como si fuera un niño. Cuando entendieron de quién descendía, se le unieron a él y a los que estaban en su gobierno, quienes por nombre de su líder fueron posteriormente llamados el pueblo córnico y eran más serviciales con Bruto que el resto. De ahí fueron a Aquitania y soltaron el ancla entrando a Loira. Ahí se quedaron por siete días y recorrieron el país. Gofario Picto, quien era el rey de Aquitania en ese tiempo, siendo avisado de la llegada de personas extranjeras con una gran flota sobre sus costas, mandó embajadores hacia ellos para preguntar si venían en paz o en guerra. Los embajadores, en su camino a la flota, se toparon con Corineo quien salió con 200 hombres para cazar en los bosques. Le preguntaron quién le había dado licencia para entrar a los bosques del rey y cazar, que por una antigua ley nadie lo tenía permitido hacer sin una licencia del príncipe. Corineo respondió que él no necesitaba pedir permiso, por lo cual un embajador llamado Imberto, con el arco armado le disparó. Corineo se esquivó la flecha y enseguida corrió hacia Imberto y con su arco en las manos le rompió la cabeza. El resto escaparon por poco y le llevaron la noticia del desastre a Gofario. El general picto estaba cargado de tristeza por el hecho e inmediatamente armó un gran ejército para vengar la muerte de su embajador. Bruto, por el otro lado, habiendo oído el rumor, mandó a mujeres y niños a los barcos y se encargó de que estuvieran bien protegidos y les ordenó quedarse ahí, mientras que él, junto al resto de personas que podían usar armas, debían encontrarse con el ejército. Al final se hizo el ataque, seguido de una sangrienta pelea y luego de gastar gran parte del día, Corineo estaba avergonzado de ver a los aquitanos resistir tan valientemente y de los troyanos manteniendo la pelea sin victoria. Él, pues, se llenó de coraje fresco y poniendo a sus hombres a la derecha irrumpió entre los enemigos más grandes, donde hizo una masacre en todas partes y finalmente rompió las líneas enemigas y los hizo huir a todos. En este encuentro él perdió su espada pero con buena suerte se encontró un hacha de batalla la cual la clavaba en la cintura de quienquiera que se pusiera en su camino. Bruto y los demás, tanto amigos como enemigos, estaban asombrados por su coraje y fuerza, pues lucía su hacha de batalla entre las tropas que huían y los aterrorizaba con estas palabras insultantes: “¿Adónde huyen, cobardes?, ¿adónde huyen, miserables? Manténganse en pie porque pueden encontrarse a Corineo. ¡Qué! ¡Es una vergüenza! ¿Cuántos miles de ustedes huyen de un sólo hombre? Sin embargo, tomen este consuelo para su huída: que ustedes son perseguidos por el hombre ante el cual los gigantes tirrenos no pudieron mantenerse en pie, sino que cayeron muertos por montones.”

Capítulo 13. Gofario es derrotado por Bruto.

Ante estas palabras uno de ellos, llamado Subardo que era un cónsul, volvió con 300 hombres para atacar a Corineo; pero Corineo con su escudo se protegió del golpe y levantando su hacha de batalla le dio tal impacto arriba de su casco que de una sola lo clavó en su propia cintura; y corriendo hacia el resto hizo una terrible matanza al hacer girar su hacha entre ellos y, yendo de un lado para el otro, se le veía más ansioso por golpear al enemigo que por protegerse de quienes le apuntaban a él. A algunos Corineo les cortó sus manos y brazos, a otros sus hombros, a algunos más sus cabezas y a varios sus piernas. Todos pelearon solamente contra él y él mismo peleó contra todos. Entonces Bruto, al ver que él estaba siendo atacado, sin ser darle importancia, corrió con una banda de hombres que lo ayudaban ante lo cual la batalla se renovó con fuerza y con duros gritos y con un gran número de muertos para ambos bandos. Pero ahora los troyanos estaban obteniendo la victoria e hicieron que Gofario y sus pictos huyeran. El rey, luego de un ajustado escape, fue a varias partes de Galia para pedir ayuda entre los príncipes que estaban relacionados a él o que él los conocía. En ese tiempo, Galia estaba sujeta a doce príncipes quienes con mismo nivel de autoridad poseían el país entero. Ellos lo recibieron respetuosamente y todos prometieron expulsar a los extranjeros de Aquitania.

Capítulo 14. Bruto, luego de su victoria ante Gofario, destroza Aquitania con fuego y espadas.

Bruto, con alegría por la victoria, enriqueció a sus hombres con el botín de la matanza y luego, dividiéndolos en distintos grupos, marcharon al país con un plan para destrozarlo y cargar sus barcos con el botín. Con este plan, prendió a las ciudades en fuego, cogió las riquezas que había en ellas, destruyó los campos e hizo una espantosa masacre entre los ciudadanos y la gente del común, oponiéndose a dejar un solo vivo en esa miserable nación. Mientras hacía esta destrucción por toda Aquitania, llegó a un lugar que hoy es la ciudad de Tours, la cual él más adelante construyó, como Homero dice. Tan pronto como él había encontrado un lugar conveniente para el objetivo, puso su campamento ahí en un lugar para una retirada segura cuando lo requiriera la ocasión, pues él tenía miedo de la cercanía de Gofario con los reyes y príncipes de Galia y de un gran ejército que ahora estaba cerca del lugar, listo para entrar en batalla. Una vez puesto el campamento, esperaba pelear con Gofario en dos días y depositaba su mayor confianza en el comportamiento y la valentía de los hombres jóvenes bajo su comando.

Capítulo 15. La pelea entre Gofario y Bruto.

Gofario, al ser informado que los troyanos estaban por ahí, marchó día y noche hasta que logró una vista cercana del campamento de Bruto y con una mirada severa y una sonrisa despreciable se expresó así: “¡Oh miserable destino! ¿Acaso estos exiliados también han hecho un campamento en mi reino? A las armas, a las armas, soldados, y marchen a través de sus rangos más altos: pronto debemos tomar estas lastimosas personas como ovejas y esparcirlas por todo nuestro reino como esclavos.” Ante estas palabras prepararon sus armas y avanzaron en 12 grupos hacia el enemigo. Bruto, por el otro lado, con sus fuerzas desplegadas en orden, fueron valientemente hacia adelante para encontrarse con ellos y le dio direcciones a sus hombres de cuándo debían atacar y dónde deben estar para la defensa. En el inicio del ataque, los troyanos tenían la ventaja e hicieron una rápida matanza de los enemigos de los cuales cayeron casi dos mil, por lo que el resto estaban asustados y estaban cerca de correr por sus vidas. Pero, como la victoria generalmente está en el lado que tiene superioridad en número de soldados, entonces los galos, quienes en número eran tres a uno, aunque superados al principio pero uniéndose en un gran grupo a lo último, rompieron entre los troyanos y los forzaron a irse a su campamento con una gran matanza. La victoria obtenida, pues, los asaltaron en su campamento con un plan para no obligarlos a andarse hasta que se rindieran y se volvieran prisioneros o cruelmente se murieran de hambre con una larga hambruna.

Mientras tanto, la noche siguiente Corineo hizo una reunión con Bruto y le propuso salir a en la oscuridad por unos caminos secretos y esconderse en el bosque cercano hasta el amanecer para que a la mañana, Bruto saliera desde el campamento listo para la batalla contra el enemigo y atacaran el ejército galo apuñalándolos. A Bruto le pareció bueno el plan de Corineo y, como acordaron, Corineo salió cuidadosamente con 3000 hombres y se ocultó dentro del bosque. Cuando comenzaba el día, Bruto organizó a sus hombre para la batalla y saliendo del campamento tuvo las ganas de luchar. Mientras tanto, los galos llegaron y, en formación de combate, comenzaron la batalla: miles de hombres murieron por ambos bandos y ninguno quería dar ventajas. Ahí había un troyano llamado Turno, sobrino de Bruto, quien tenía más coraje y más fuerza que todos a excepción de Corineo. Él solo con su espada mató 600 hombres pero al final desafortunadamente fue matado por una gran cantidad de galos que se le vinieron encima. De él la ciudad de Tours tuvo su nombre pues fue enterrado ahí. Mientras ambos ejércitos seguían peleando, Corineo salió de sorpresa y atacó a los enemigos desde por atrás, lo cual le dio más ánimo a sus amigos del otro lado y los hizo esforzarse con más fortaleza. Los galos estaban anonadados por los gritos de los hombres de Corineo y, pensando que tenían más hombres de los que en verdad tenían, rápidamente se retiraron del campo de batalla, pero los troyanos los persiguieron y los mataron durante la persecución y no pararon hasta que tuvieran la victoria absoluta. Bruto, aunque estaba alegre por este gran éxito, se preocupaba al observar que el número de sus fuerzas caían diariamente mientras que el de los enemigos crecía cada vez más. Tuvo que pensar por un tiempo si era mejor continuar la guerra o no y finalmente quizo volver a sus barcos aprovechando que la mayor parte de sus seguidores estaban a salvo y que hasta ahora eran victoriosos, de manera que retomaran el rumbo y siguieran con la búsqueda de la isla acerca de la cual la diosa le habló. Entonces, sin más tardanza y con el conocimiento de sus acompañantes, reparó la embarcación y la cargó con las riquezas y los botines que obtuvieron y zarparon con un viento moderado hacia la isla prometida y llegaron a la costa de Totnes.

Capítulo 16. Albión es dividido entre Bruto y Corineo.

La isla en ese entonces se llamaba Albión y era habitada por unos cuantos gigantes. A pesar de esto, la localización favorable, la gran cantidad de ríos en los que abundaban peces y el atractivo potencial de los bosques hizo que Bruto y compañía decidieran quedarse ahí. Ellos, pues, viajaron por todas las provincias obligando a los gigantes a huir a las cuevas de las montañas y dividieron el país entre ellos de acuerdo a las órdenes de su comandante. Después, comenzaron a trabajar la tierra y a construir casas, de modo que en poco rato el país ya parecía como un lugar que había sido habitado por mucho tiempo. Al final, Bruto llamó a la isla Bretaña en honor a su propio nombre y llamó bretones a sus acompañantes, pues así quería perpetuar la memoria de su nombre. De ahí también surgió el idioma de la nación, que al principio se llamó troyano o griego oblicuo, entonces llamó británico al idioma. Pero Corineo, imitando a su líder, llamó Corinea a su parte de la isla y llamó corinenses a su gente, ambos en honor a su nombre y, aunque pudo elegir sus provincias antes que el resto, prefería este país, que hoy se llama Cornubia Latina, posiblemente porque tiene forma de cuerno o por la corrupción de su nombre original. Él se divertía encontrando gigantes, que en su provincia existían en mayor número que en las otras provincias que fueron repartidas. Entre los gigantes había un monstruo detestable llamado Goemagog, que medía 12 codos de estatura y tenía tanta fuerza que de un solo intento arrancó con un solo brazo un árbol de sus ramas. Un día, cuando Bruto hacía un festival solemne en honor a los dioses en el puerto donde llegaron por primera vez, este gigante junto a 20 más llegaron adonde los bretones e hicieron una gran matanza. Pero los bretones, organizándose en un solo grupo, los derrotaron y mataron a cada uno de los gigantes menos a Goemagog. Bruto dio la orden de dejarlo con vida pues quería ver un combate entre el gigante y Corineo, a quien le gustaba este tipo de combates. Corineo, contento por esto, se preparó y dejando a un lado sus armas, retó al gigante a una lucha mano a mano. En el principio, Corineo y el gigante, parados frente a frente, se sujetaron fuertemente con sus brazos y respiraban muy duro para tomar aire, pero Goemagog, agarrando a Corineo con toda su fuerza, le rompió tres costillas: dos en su lado derecho y una en el izquierdo. Corineo, enfurecido, se animó con toda su fortaleza y agarrándolo de sus hombros corrió con él tan rápido como pudo a la otra orilla y de ahí se subieron a la cima de una roca y logró lanzar al monstruo salvaje al mar, quien cayendo encima de un terreno rocoso, se volvió pedazos y pintó las olas del mar con su sangre. Este lugar tomó su nombre de la caída del gigante y hasta el día de hoy ese sitio se llama Salto de Goemagog.

Capítulo 17. La construcción de Nueva Troya por parte de Bruto, sobre el río Támesis.

Bruto, entonces centrando su atención en su reino, hizo el diseño de una ciudad y, con este plan, viajó a través de la tierra para encontrar un lugar conveniente. Llegando al río Támesis, caminó sobre la orilla y finalmente logró encontrar una posición apta para su objetivo. Acá, por ende, construyó una ciudad la cual llamó Nueva Troya este fue su nombre por mucho tiempo más hasta que por la corrupción de la palabra original, llegó a conocerse como Trinovanto. Pero después, cuando Lud, el hermano de Casibelauno, quien hizo la guerra contra Julio Cesar, obtuvo el gobierno del reino, lo rodeó de murallas y torres con admirable arte y ordenó que fuera llamada Kaerlud en honor a su nombre, que significa Ciudad de Lud. Y precisamente esto se convirtió luego en excusa para una gran pelea entre él y su hermano, Nenio, quien se ofendió por haberle quitado el nombre de Troya a su país. El historiador Gildas ya ha contado todo sobre esta pelea y por esta razón no entraré en detalles, pues temo degradar una historia que tan gran escritor ya ha relatado con elegancia.

Capítulo 18. Nueva Troya es construida, se crean sus leyes, y es dada a sus ciudadanos para que la habiten.

Cuando Bruto terminó la construcción de la ciudad, decidió cuáles ciudadanos debían habitarla y creó las leyes para tener un gobierno pacífico. Durante este tiempo, el sacerdote Helí gobernaba en Judea y el Arca de la Alianza fue tomada por los filisteos. Al mismo tiempo, los hijos de Héctor, luego de expulsar a los descendientes de Antenor, reinaban en Troya y en Italia lo hacía Silvio Eneas, hijo de Eneas, tío de Bruto y el tercer rey de los latinos.