Historia de un español y dos francesas

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Historia de un español y dos francesas
de José Zorrilla



LEYENDA SEGUNDA edición de 1840-1841 de Cantos del Trovador

HISTORIA DE UN ESPAÑOL Y DOS FRANCESAS. (entrega III)[editar]

CAPITULO I. DE COMO UN ESPAÑOL SE ENAMORO DE UNA FRANCESA.[editar]

En un dia de febrero
Como á las tres de la tarde
Del rio Arlanza mirando
Los fugitivos cristales,
Y entre el camino de Francia
Y el rio humilde paseándose,
Víase á un hombre vagando
Por su solitaria márgen,
Hidalgo y rico á juzgar
Por su gentileza y traje.
En secretas reflexiones
Abismado y sin curarse
De cuanto en redor pasaba
Seguia, cual si ocupasen
Su mente graves cuidados
(132)
O duelos su ánima graves.
Parado estaba del puente
Cabe los altos pilares,
Cuando llamó su atencion
Ruido y polvareda grandes
Que alzaban muchos ginetes
Por el camino adelante.
Alargó pues el hidalgo
Sus pasos para encontrarles
Bien fuese curiosidad
O bien que les aguardase.
Salió al lindel del camino,
Y á la turba aproximándose
Peregrinos vió y juzgóles
Gente de noble linage.
Dos damas y un caballero
Eran, y con antifaces
Traian cubierto el rostro
Costumbre de tiempos tales.
Caballos traian recios,
Cruces de plata, y por pages
Quince ginetes armados
Del casco á los acicates.
Llegados ante el incógnito
El caballero parándose
Díjole: Dios sea loado,
Buen hombre.---Y él con voz grave
(133)
Repuso: Loado sea
Por siempre, buen caminante.
---¿Por dónde voy al palacio
Del conde Garci Fernandez?
---¿Pensais en él hospedaros?
---Si que pienso.
                ---Muchas calles
Hay que cruzar, y yo mismo
Es mejor que os acompañe,
Si la atencion no os enoja.
---Si ese camino lleváreis
Para ir á vuestros quehaceres
Consiento, y Dios os lo pague.
---Voy tambien hácia palacio.
---Entonces echad delante.

Tomó el de á pié en este punto
La vuelta á los arrabales,
Y sin que hubiesen los guardias
Ocasion de demandarle
Sino de hacerle gran honra
Como á ilustre personage,
Entró en Burgos por la puerta
Que á Santa Maria cae.
Y aqui con los peregrinos
Que le seguian juntándose
Conversacion introdujo
(134)
Con palabras semejantes.
---¿Y á donde es el derrotero?
---A Santiago.
             ---Es una imagen
Y una iglesia milagrosas.
¿Y de que tierra se parten?
---Desde Tolosa de Francia.
---¡De agradecer es el viage!
¿Es devocion ó promesa?
---Es devocion y eso baste,
Que habeis hecho tres preguntas
Sin que os preguntara nadie.
---Perdone el buen peregrino.
---Vaya el buen guia adelante.
Y en esto el de á pie teniéndose
Ante un edificio grande
Alzado en una plazuela,
Dijo entre sério y afable:
---Vea lo que habla el Romero,
Pues aqui es fuerza que pare
Quien á mi palacio llega
A demandar hospedage.
---¡Como! ¡Sois por vida mia...
---El conde Garci Fernandez.
---El de Castilla perdone.
---El de Tolosa demande,
Que anduvo el guia indiscreto
(135)
Y hará el conde castigarle
Pero pie á tierra señores
Que esta es su casa.
                   Y con tales
Palabras ayudó el conde
A las damas á apearse;
Y entrándose por sus puertas
Con corteses ademanes
Las dió el brazo en la escalera
Sin que ellas se le esquivasen.


Como entra amor en el alma
En verdad que no se sabe
Pero ello es que el tiene llave
Para abrir el corazon;
Y una palabra, un suspiro
Dicha ó exalado apenas
Son á veces las cadenas
Con que ata nuestra razon.

Cadenas echas de flores
De deseos y de antojos
Forjadas en unos ojos
De pudoroso mirar
O en unos labios de púrpura
Que sonrien tiernamente
Ensayados diestramente
En sonreir y en hablar.

(137)
¡O amor! que bien escogistes
Aunque niño, loco y ciego
Lugar dó esconder tu fuego
Y tu irresistible iman!
Porque ¿cómo recelarse
De unos ojos inocentes,
Y de unas indiferentes
Palabras que al alma ván?

¡Ay! poco á poco se miran
Y se escuchan poco á poco,
Y nace un deseo loco
Que aunque aislado y sin valor
Tras él otro y otros trae,
Que ardientes y decididos
Nos despeñan impelidos
Por las simas del amor.

Asi al conde de Castilla
Labraba su desventura
La peregrina hermosura
Que en su palacio hospedó.
Y él que esquivó los alhagos
De castellanas hermosas
En las redes codiciosas
De la francesa cayó.

(138)
Aspid fatal que introdujo
El mismo conde en su seno,
Y cuyo dulce veneno
Bebia con avidez
Tan ciego y desatentado,
Que cuanto mas le apuraba,
Mas el infeliz dudaba
Que fuese poco á su sed.

Si, porque ¿quien no le apura
Ofrecido en rico vaso
Que incita á beberle acaso
Con su esquisito primor?
¿Quien fascinado no corre
Tras unos ojos de fuego
Que nos roban el sosiego,
La prudencia y el valor?

Y á fé que era encantadora
La dichosa peregrina!
Bellísima era Argentina,
Y de prosapia real.
Y él que vió sus ojos cándidos
Sin los dobleces del velo
Creyó su azul como el cielo
Signo de dicha inmortal.

(139)
Y vió una vez fascinado,
Miró luego respetuoso,
Amó despues silencioso
Y amó con ansia despues;
Primero dispuso fiestas,
Luego presentes y galas,
Y al fin de su amor en alas
Cayó sin fuerza á sus pies.

Y una noche entre los mirtos
Del jardin de su palacio
Cuando á solas y despacio
Por fortuna la encontró,
Tomó sus manos de nieve
Y doblando la rodilla,
La corona de Castílla
Loco de amor la ofreció.

Oh bellísima Argentina
(La dijo el rendido amante)
Desde el fortunado instante
En que por dicha te ví,
Mi voluntad, mi deseo
A mas ventura no alcanza
Que á la débil esperanza
De tenerte junto á mi.

(140)
De noche allá en mis delirios
Tu imagen se me aparece,
Y el alma se me estremece
Con tan dichosa ilusion.
La luz que radia tu rostro
Mi corazon ilumina,
Y aun tu sombra ¡oh mi Argentina!
Acrecienta mi pasion.

De dia ansioso te busco,
Bajo tus rejas paseo
Y venturoso me creo
Si de la reja á traves
Alcanzo tu sombra errante,
Aun sabiendo ¡vida mia!
Que mi amorosa agonía
Ni te imaginas, ni ves.

Creí que podría un tíempo
Mas que mi destino fuerte
Olvidarte ó no quererte,
Mas neciamente creí.
Yo te amo sí, cada dia
Que por mi existencia pasa
Mi pasion crece sin tasa,
Y no hallo vida sin tí.

(141)
Y pues te brinda el destino
¡Oh bellísima francesa!
Sé en Castilla la condesa
La luz de mis ojos sé,
Y piensa que en compañía
De quien tan fino te adora,
Tú serás reina y señora
Yo tu esclavo viviré.

Y asi diciendo el buen conde
Las manos la acariciaba
Y el rostro la contemplaba
Con amorosa ansiedad;
Y ella inmovil y en silencio
Con angélica sonrisa
Contemplábale indecisa,
Mas confiada en verdad.

Sus manos le abandonaba
La hermosa sin defendellas,
Y el conde estampaba en ellas
Sus labios con harto ardor,
Mientras la luna que huia
Y las auras que sonaban
Prestaban luz y armonia
A aquella escena de amor.

(142)
Y quien sabe lo que pueden
La solitaria frescura
La ilusion y la ventura
De una noche y un jardin;
Quien vé el empeño del conde,
Y la paz con que ella escucha
El si con que le responde
Imagínese por fin.

Un si pronunciado apenas
Fugitivo y balbuciente,
Pero espresivo, elocuente,
Espontáneo, abrasador.
Un si cuyo eco encantado,
Cuyo sonido improviso
Abrió al conde un paraiso
De deleites y de amor.

Cayó Argentina en sus brazos,
Dobló en su pecho la frente
Y un beso, aunque puro ardiente
En ella el conde posó,
Y la niña no ofendida
Mas cautelosa apartándose,
De su buen padre, ausentándose
El dulce nombre invocó.

(143)
El conde que era entendido
Aprovechando el momento
A poco en el aposento
Del huesped se hizo anunciar,
Y alli con el encerrado
Y de Argentina en ausencia
La importante conferencia
Comenzaron á entablar.

EL FRANCES: Generoso castellano,
¿Que puedo hacer por serviros?

EL CASTELLANO: La dicha vengo á pediros.

EL FRANCES: Si está en mi mano os la doy;
Mas decidme ¿en que manera
Alcanzo á vuestro destino?

EL CASTELLANO: Oidme, buen peregrino
(144)
Que á descifrároslo voy.

Yo os dí por vuestra nobleza
En mi palacio hospedaje,
Y os vino á hacer homenage,
Cuanto en Castilla hay mejor.
Ardió mi tierra en festejos
Por los condes de Tolosa,
Y solo existe una cosa
Con que pagarme, señor.

EL FRANCES: Decidla pues, que aunque sea
La mitad de mi corona
Mi fe desde aquí os la abona
Para delante de Dios.

EL CASTELLANO: Pues bien, teneis una hija,
Yo apelo á vuestra promesa
Y quiero hacerla condesa
Sin que lo herede de vos.

EL FRANCES: ¡A Argentina!

(145)
EL CASTELLANO: Si por cierto.
Y ved que de otra manera
Haceros cargo pudiera
Como á huesped desleal,
Porque yo os franqueé mi casa,
Y os dí cuanto poseia
Y robaisme el alma mia,
Con que me pagais muy mal.

Quedó el francés á estas voces
Sombrío y meditabundo,
Pues que no habia en el mundo
Cosa que irle á demandar
Que él diera de peor gana
Ni á un conde, ni á un estrangero,
Porque el acaso altanero
De conde aspiró á pasar.

Mas mirando que le estaba
Del hospedaje obligado
Y que el español honrado
Vivía y con gran poder
(146)
Pensó que andaria necio
En negarla al castellano
Que si no era un soberano,
Honrara harto á una muger.

Tendió pues la mano al conde
Con cortesana sonrisa,
Y sentando por precisa
Y absoluta condicion
La voluntad de Argentina,
Contestó que le otorgaba
Puesto que en dársela obraba
Conforme á su obligacion.

La boda pues, acordóse,
E impaciente don Garcia
Casóse en Santa María
Aun no trascurrido un mes;
Castilla y Tolosa hicieron
En las fiestas competencia
Y hubo festin y licencia
Muchas semanas despues.

Vino á ofercerse rendida
A su nueva soberana,
La nobleza castellana
Siempre á sus condes leal;

(147)
Y cumpliendo el de Tolosa
En Santiago su promesa
Volvióse á tierra francesa,
Siendo el gozo universal.

CAPITULO II. DE COMO SE LAS HUBIERON LA FRANCESA Y EL ESPAÑOL.[editar]

Mas ¡ay del necio que fia
En la muger y en el viento
Que cambian en un momento
De rumbo y de fantasia!

Y ¡ay de quien fia en estraños
Que aunque halagarnos pretendan
Preciso es que al fin nos vendan
O con fuerza ó con engaños!

Dos años y no cabales
Vivieron ambos esposos,
Tiernos siempre y cariñosos
Alegres siempre é iguales.

Amábala el español
Con tan ciega idolatria
Que antes que en ella creeria
Que hubiera mancha en el sol.

(149)
Y amábale la francesa
Con intensidad tan rara
Que mejor se la juzgara
Favorita que condesa.

No habia para él mas gloria
Que su amor, y en tal esceso,
Que cambiára por un beso
La mas preciada victoria.

No habia gusto para ella
Si con el no le partia,
Y el vulgo en fin los creia
Nacidos bajo una estrella.

Tambien lo creia el conde,
Pero al fin dió en un abismo
Que ¿quien por otro responde
Si aun duda uno de si mismo?

Vino dos años despues
Desde tierras de Tolosa
De los padres de la esposa
Con regalos un frances.

Para mas ostentacion
De la amistosa misiva
Vino con gran comitiva
De gente de estimacion.

(150)
Toda hidalga y opulenta
Que entre ella nobles venian
Que provincias mantenian
Con sus tropas y á su cuenta.

Trageron mil invenciones,
Refinamiento elegante
Del lujo, heraldos delante
Pages detrás y bufones.

Y en fin entre su equipage
Con esplendidez estraña
Hasta tiendas de campaña
Para las siestas del viage.

Cuyas cosas en Castilla
Por gente sóbria habitada
Tuvieron boga sobrada,
Rayando en la maravilla.

Tomaron de ellos los trages
Por gusto de la condesa,
Y armáronse á la francesa
De bufones y de pages.

Diéronse mútuos festejos,
Y fué con tanta porfía
Que cada cual ir quería
En lo liberal mas lejos.

(151)
Su ventaja al conocer
En caballos los de Francia
Abrieron con arrogancia
Un campo donde correr.

Con lo cual los Burgaleses
Gente en los combates ducha,
Abrieron campo á la lucha
De apie contra los franceses.

Bajaron de la montaña,
De tal fiesta á los rumores
Los mas fuertes lidiadores
Que daban honor á España.

Y al fin mas pronto ó mas tarde
De mil diferentes modos
De su bizarría todos
Vinieron á hacer alarde.

Hubo castellanos nobles,
Que en cabalgar muy maestros
Con los franceses mas diestros
Ganaron apuestas dobles.

Y hubo muchos castellanos
Que en lucha franca y leal
Se la hubieron harto mal
De los franceses á manos.

(152)
Pero sobre todos uno,
Gallardo Alcides frances
Luchó una vez contra tres
Y no le rindió ninguno.

Mozo era de sangre noble
Chico de cuerpo, mas fiero,
Como los vientos ligero,
Y robusto como un roble.

El fué siempre el vencedor,
Y en la liza al presentarse
Los demas no retirarse
Era solo por honor.

Llamábase el tal, Lotario,
Y para amorosos lances
Nadie le iba á los alcances
Pues rayaba en temerario.

Y aunque cortés y cumplido,
En su fortuna fiado
Jamás respetó sagrado
De padre ni de marido.

Hipócrita mas que fiero,
Con una segura táctica,
Los medios ponia en práctica
Mas infalibles primero.

(153)
Iba tras de las devotas
A las iglesias rezando;
Con opulentas tratando
Gastaba con manos rotas.

Donde habia un padre viejo
Idólatra del honor,
Por la palabra menor
El duelo era su consejo.

Donde familia pacífica,
Via que aunque retirada
De oro y de bienes sobrada
Le recibia magnífica,

El, con gravedad enfática
Cada visita que hacía,
Por lo grave parecía
Una mision diplomática.

Y por fin de astucia estrema
Dotado, el refran usaba
Que á cada paso encajaba,
Cada loco con su tema.

Con esto y con ser al par
Gran músico, no hubo dama
Que al reclamo de su fama
No le viniera á admirar.

(154)
El, de las galas francesas
Llevaba la palma toda,
Y el era el galan de moda
Con las damas burgalesas.

La plática principal
De las mas hermosas niñas,
Eran las rondas y riñas
Del amante universal.

Y todas de sus amores,
Anhelando ser objeto
Disputábanse en secreto
Sus mas mínimos favores.

Mas él de su fiel fortuna
Audaz siguiendo las huellas
Se olvidó de las estrellas
Al postrarse ante la luna.


¿Qué tienes paloma mia?
Preguntaba el conde un dia
A solas á su condesa,
¡Bien sabe Dios que me pesa
Mirar tu melancolía!

Si tal vez por un descuido,
Imprudente ó no advertido,
Vida mia, te ofendí,
Perdon de hinojos te pido:
Sino ¿que te aqueja, dí?

Comprender la causa quiero
Del dolor que te atormenta;
Ni esposo ni caballero
Seré sino te prefiero
A las cosas de mas cuenta.

No Argentina, en mi condado
No hay objeto que me importe
Lo que tu amor regalado;
Díme pues ¿quién te ha enojado?

¿Algun chisme de la corte
(156)
De alguna dama envidiosa
O de algun necio me infama?
¿Pudiste olvidar, hermosa,
Que tu á la par de mi esposa
Has sido siempre mi dama?

Y cuando no hay en Castilla,
Otra como tu tan bella
Que pienses me maravilla
Que en mi tu amor amancilla
Ni casada ni doncella.

No por Dios, paloma mia!
¿El conde asi vendería
El amor de su condesa?
Que lo imagines me pesa
Mas que tu melancolía.


Tal dijo el conde á su esposa,
Mas no logró una respuesta
Que pusiera manifiesta
A su ojos la verdad.
Pasó un dia y otro dia,
Y á su mismo afan tornando
Volvió á porfiar quedando
En la misma oscuridad.

Tornábale el pobre esposo
Con la candidez de un niño
A ponderar su cariño
Con minucioso placer.
Llamábala con los nombres
Mas sentidos y alhagüeños,
Sol, arcangel de sus sueños...
Cuanto halaga á una muger.

(158)
Y tomando entre sus manos
Su peregrina cabeza
Contemplaba su belleza
Con alegria infantil:
Y estático en sus hechizos
El purísimo reflejo
De sus ojos le era espejo
De su sonrisa pueril.

Besaba su frente pálida,
Sus párpados transparentes
Y sus mejillas ardientes,
Y sus labios de coral,
Y los rizos olorosos
De su flotante cabello
Suspendidos por el cuello
En complicada espiral.

Y el triste de cualquier modo
Y aun á su costa quisiera
Una sonrisa ligera
De sus labios arrancar;
Mas era empeño insensato!
El embozo impertinente
Con que nublaba la frente
No pudo nunca apartar.

(159)
El, que como amante, ciego
Por falso cristal veia
Capricho amante creia
Lo que era abierto desden,
Y aguardaba á cada instante
La esplicacion de un misterio
Que le robaba el imperio
En el alma de su bien.

Que mas que advertido amante
Juzgaba el mal de Argentina,
Hijo de duda mezquina
En su inalterable amor,
Y en la pureza fiado
De su tranquila conciencia
Aguardaba con paciencia
Que saliera de su error.

Ella de continuo tétrica,
Los sitios mas solitarios
Elejia por santuarios
De su secreto pesar;
Y se la via en la noche
Cual sombra que arrastra el viento
A solas con paso lento
Por los jardines vagar.

(160)
A veces cabe una fuente
Reclinada largas horas
De las corrientes sonoras
Adormida con el son,
Sollozaba tristemente
Las secretas agonias
Que envenenaban sus dias,
Royéndola el corazon.

A veces del pardo muro
Perdida en la sombra oscura,
O entre la hojosa espesura
De la parra y del rosal,
Parecia que con alguien
Conversacion entablaba
Aunque qué y con quien hablaba
Se comprendia muy mal.

Y el rumor de estos misterios
Entre el vulgo propagado,
Por el vulgo interpretado
Con ruin malicia vulgar
A mil fábulas audaces
Crédito asaz infundia,
Y á cada punto crecia
En la chusma popular.

(161)
Porque de antiguo Castilla
Ya escarmentada de estraños
Imagina siempre engaños
De la estrangera doblez;
Y luego (decia el pueblo)
Por mas que nació condesa
Siendo al cabo una francesa
No hay que fiarse pardiez!

El conde en tanto creia
Que la memoria de Francia
Con el tiempo y la distancia
Avivada sin sentir,
Y la vista de sus gentes
Y el recuerdo de su lengua
A las manias presentes
La pudieron conducir.

Y en su bien solo afanado
La aseguró que acabada
Una contienda empeñada
Con el árabe Almanzor,
Darian vuelta á Tolosa
Donde pronto espantaría
Su oculta melancolía,
Devolviéndole su amor.

(162)
Partióse pues el buen conde
Contra Almanzor á campaña
Y fué con tan justa saña
Y con valor tan audaz,
Que aún humeando del moro
Con la sangre harta de afrenta
Su campo feráz ostenta
Sansisteban de Gormáz.

Que en aquel dia glorioso
Para el honor de Castilla
Ni quedó ginete en silla,
Ni peon quedó de pié.
Allí cayeron á impulso
De las lanzas castellanas
Las falanges Africanas
Enemigas de la fé.

Y aun vienen alguna noche
Los lobos en turba hambrienta
A hozar la tierra sangrienta
Regada ocho siglos há;
Y aun pasan los calvos buitres
Sobre el valle en banda espesa
Avarientos de la presa
Reducida á polvo ya.

(163)
Gloriosa fue la jornada!
Mas ¡ay pobre don Garcia!
El solo lloró aquel dia
La gloria que á España dió.
Mas le valiera mil veces
Caer en Gormaz con honra
Que cargar con la deshonra
Con que Burgos le acogió.

Si, pasó bajo sus puertas
Al doblar de los tambores
Con mas aplausos y honores
De los que el soñó jamas;
Pero llegó á su palacio
Y al entrar por sus dinteles
Sus merecidos laureles
Maldijo, y su ser quizas.

Las puertas vió de su alcazar
Para recibirle abiertas,
Mas nadie salió á sus puertas
Para darle el parabien.
Y los siervos y las damas
Que dejó en él, en su ausencia
Esquivaron su presencia
Cual de su gloria en desden.

(164)
En vano se entró iracundo
Por sus puertas adelante
Llamando con voz pujante
A su gente desleal;
Solo el eco que en las bóvedas
Cóncavas se guarecia
A sus voces respondia
Con lamento funeral.

Rabioso decia---«¿dónde
Mi servidumbre se encuentra?»
Y el eco decia---entra
Y entraba el conde en furor.
Decia con voz doliente:
«¿Qué es de mi esposa querida?»
Y el eco decia:---ida
Con acento de dolor.

Y el triste Garci Fernandez
De sus amigos cercado
Su alcazar abandonado
Pisando medroso vá.
Y su ánima vigorosa
De una sospecha asaltada
En su pecho arrinconada
Ni aun esperanza le dá.

(165)
Volvió á los suyos y díjoles:
»¿No hay quien me dé una respuesta?
Y el eco repitió, ---esta
Y él mirando en derredor
¿Quién, gritó, en mi casa propia
Me mofa con arrogancia?
Y el eco retumbó » Francia
Por el largo corredor.

Lanzóse por él el conde
Por un instinto guiado
Cruzó el corredor aislado
Y al oratorio llegó:
Abrió la puerta con ímpetu
Y al tender dentro los ojos
Entorno al altar de hinojos
A sus siervos encontró.

¿Qué es esto? dijo asombrado
El infeliz don Garcia
¿Pensabais pues que vendria
Mi palacio á conquistar?
¿Porqué os acogeis al templo?
¿Que es esto gente menguada?
Pero la turba callada
Ni aun la vista osaba alzar.

(166)
Hasta que entrándose el conde
En la mansion religiosa,
Y el semblante de su esposa
No alcanzando á ver allí
Asió con ira del cuello
Al que topó mas cercano
Y con la daga en la mano,
Le dijo iracundo así:

¿A dónde está la condesa?
Dí ó mueres tras mi demanda.
Y el eco murmuró ---anda;
Porque la turba calló.
Hablad por Dios, dijo el conde;
Vuestro dolor ¿que me arguye?
¿Dó está mi Argentina? ---huye
El eco sordo gimió.

Rompió en sollozos la gente
Y humillada y temerosa
Dobló la faz vergonzosa
Con la tierra hasta tocar;
Y entendiendo don Garcia
Todo el valor de su duelo,
Los ojos puso en el cielo
Gimió... y los tornó á bajar.

(167)
En vano por consolarle,
Sus amigos se afanaron,
Sus pueblos le victorearon,
Y la gloria le aduló;
El se encerró en su aposento
Y en soledad noche y dia,
La razon y la porfia
Igualmente desoyó.

Al hacerle reflexiones,
Amigos, fieles y viejos
»No necesito consejos
Respondió, sé como obrar.»
Y aunque adusto y cabizbajo,
Bien en su faz se veía
Que algo resuelto tenia
Imposible de mudar.

CAPICULO III. EN QUE SE CUENTA MALAMENTE UNA AVENTURA DIGNA DE SER MEJOR CONTADA.[editar]

De un montecillo estraviado
Sobre la empinada loma,
Como escondida atalaya
Puesto entre Francia y Borgoña
Hubo segun un cronista
Allá en edades remotas
Un castillo inhabitado
De manos Francesas obra.
Pertenecia en los tiempos
A que alcanza nuestra historia,
A un segundon pendenciero
De familia poderosa.
De modo que en su recinto
Roido por la carcoma,
(169)
No habia mas que un alcaide
Con guardia holgazana y poca.
Y como donde hechos faltan
Fábulas del vulgo sobran,
De él relataban mil cuentos
Los pueblos á la redonda.
Todo invenciones acaso,
Mas siempre lo falso apoya
Alguna verdad oculta
Entre mentiras de monta.
Y es asi que no hay castillo
Ruinoso, ni ermita sola
Donde mil negras visiones
Crédulo el vulgo no esconda.
Mas no hay una de esas fábulas
Imposibles y espantosas
Que no haya tomado origen
De un hecho que el vulgo embrolla.
Tal era nuestro castillo,
Mansion solitaria y lóbrega
Vivienda segun el pueblo
De fantasmas y de sombras.
Jamas se abrian sus puertas
Sino á medias y á deshora;
Jamas por ellas entraban
Sino á lo mas dos personas.
Nadie por ellas salia
(170)
Tras conversacion sabrosa,
Ni aun en busca de viandas
De gente que existe propias.
Todo lo cual era cierto,
Porque el alcaide en Perona
Almacenaba por años
Su provision, que aunque corta
Bastaba para su gente,
Que descuidada y ociosa
En la cuidad se ocupaba
Todo el año sin zozobra.
Y en esto siempre sus amos
Hicieron la vista gorda
Pues nunca anduvo la paga
De la guarnicion de sobra.
Ellos se buscaban vida
En la ciudad mas gustosa
Donde hallaban amos ricos,
Juegos, pendencias y mozas.
Y en caso de una imprevista
Necesidad poderosa,
Siempre en el castillo hallaban
Casa grande y mesa sobria.

Los años de nuevecientos
Y ochenta y seis, (ó era próxima)
Corrian cuando una noche
Oyó el alcaide á deshora
(171)
Al otro lado del foso
Producida en una trompa
Aguda señal de aviso
Que redoblaba imperiosa.
Bajó el puente y en el patio
Entróse sin ceremonia
Un hombre que dijo á voces
Desde el caballo que monta.
---¡Ola alcaide! vuestros amos
Llegan mañana á estas horas.
---Mañana! escalamó el alcaide
Válganos nuestra Señora
Del Hoyo, y están las gentes
En la ciudad.
            ---Nada importa
Buen viejo, repuso el otro,
Los amos traerán su escolta
Y á mas el secreto encargan
Y grande.
        ---Secretos...¡oiga!
---Y asi que todo esté listo,
Y nada de ir á Perona
A garlar como mugeres.
¿Con que lo oye? punto en boca.

Metió su jaco en la cuadra,
Tomó la escalera lóbrega
(172)
De la torre y pidió al punto
Cena fuerte y cama cómoda.
Y por mas que ensartó el viejo
Unas preguntas tras otras
No le sacó mas palabra
Que estad listo y punto en boca.

Y no mintió el mensagero
Pues de su lecho de rosas
Del dia siguiente apenas
Se levantaba la aurora,
Cuando el señor del castillo
Sobre una yegua fogosa
Cruzaba el puente seguido
De unas catorce personas.
Dos eran damas cubiertas
Con largos velos, las otras
Criados, y gente de armas
De faz amenazadora.

Y en verdad que su talante
Y aparicion misteriosa
Nada de bueno auguraban
A hablar como gente de honra.


Tenia aquel castillo
Todo en redor del monte en que se alzaba
Un frondoso y ameno parquecillo
Donde una arroyo limpio murmuraba;
Y entre guijas bullendo,
Por entre árboles mil serpenteando,
Ya en remansos sus aguas deteniendo,
Ya por cuestas sus aguas despeñando,
El parque por do quier iba cubriendo
De gruesos chopos ó de cesped blando
Dando al par su corriente cristalina
Música y sombra á la mansion vecina.

El espeso follage
Y la fresca estension de su ramage
Entoldando la yerba en el estío,
Y en el invierno crudo
Guardando el valle contra el cierzo frio
Penetrante y agudo,
A la paz y al reposo convidaban;
(174)
Y asi á su rica amenidad venian
Y en su centro anidaban
Mil avecillas que hasta alli llegaban
Y contentas en él se guarecian.
No habia allí tocado por fortuna
Del hombre protector la torpe mano;
Y sin lesion alguna
Prosperaba en invierno y en verano.

En sus cuadros campestres
Sin ayuda de riegos, ni semillas,
A su capricho y voluntad brotaron
Mil rosales silvestres,
Que del agua las márgenes bordaron
Con varia multitud de florecillas;
Y en medio de ellas sin pudor se alzaron
Tal vez de sus colores envidiosas
Amapolas y malbas temblorosas
Romero y madreselvas amarillas.
Ni tampoco faltaron
En el vicioso cesped escondidos
Los lirios por el sol descoloridos,
Los jacintos morados,
Las anchas hacederas,
Las pródigas junqueras,
Y las altivas y sonantes cañas
Rodeadas de mimbres y espadañas;
Y aun al pie de una peña guarecidas
(175)
Del cierzo y de las ráfagas inquietas,
Se levantaron de perfume henchidas
Tempranas y odoríferas violetas.

Aqui pues una tarde
Ya cercano á su fin el claro dia,
Al pie de una cascada
Que la corriente hacia
Por cima de una peña despeñada,
En el mullido cesped recostada
Una niña hermosísima se vía.
La sien sobre la mano,
Sobre la yerba el codo
Permanecia inmovil, de tal modo
Que alguno la juzgara fácilmente
De acertado escultor obra escelente
Trasunto de un modelo soberano.
Sus dulces ojos de tristeza llenos
Fijos en la corriente fugitiva
No brillaban amantes y serenos,
Antes ¡ay Dios! de lágrimas henchidos,
Y á través de una lágrima ardorosa
Miraban la corriente distraidos
Con espresion doliente y lastimosa.
Y su frente nublada
Con hondos pliegues de dolor sulcada,
Su faz descolorida y ojerosa,
Y sus mejillas faltas
(176)
De su matiz purísimo de rosa,
Demostraban bien claro
Que en su cándido espíritu inocente
El pesar se cebó traidoramente.
Ella en sus pensamientos embebida
De su propio aislamiento se olvidaba,
Y aura estremeciéndole atrevida
Los ligeros adornos,
Conque cubierta su beldad llevaba
Sus puros y bellísimos contornos
Descubria á traicion cuando pasaba.
Y el hombro torneado,
Y el transparente cuello,
Y el pecho entre los rizos mal velado
De su rubio cabello
Por la espalda y los hombros destrenzado,
Y sus menudos pies mal escondidos
Entre los pliegues de la suelta falda
Deshechos á los soplos atrevidos
Del aura licenciosa,
Todo sin gran pesar lo descubria
La vista cuidadosa
De un viejo peregrino que subía
Por la empinada cuesta trabajosa.

Y aunque avanzaba el viejo
Cada vez con mas prisa y mas recato
La niña sin consejo
(177)
No curaba abismada en su amargura
Los hechizos velar de su hermosura.
Y asi mientras el viejo peregrino,
Por la cuesta subia
Con cada pie menguando su camino,
La hermosa niña sin temor yacía
A sus solas llorando su destino.

Llegó por fin donde el arroyo manso
Para rodar mejor por la cascada
Parándose tenáz labró un remanso,
Y con voz cariñosa
Y sonrisa halagüeña
Dijo á la niña »¿Que haces, Blanca hermosa
Tan sola en esa peña?---»
Y en sí volviendo con su voz la niña
Los ojos en redor tendió asombrados
Y ¿Quien me nombra? preguntó risueña.
---¿Quién sino yo, la replicó el viagero
Que de tu mal dolido
Librarte dél ó consolarte quiero.
---¡Ay señor! dijo Blanca suspirando,
Que completo mi mal no habeis sabido
Cuando me estais remedios augurando.
---¿Quien sabe ¡pobre niña! si mi ciencia
Podrá alcanzar para tu mal remedio?
---¿Tan sabio sois?
                  ---Tan sabio,
(178)
Que tal vez si me cuentas por tu labio
Todo el mal que padeces
Creo tener para curarle medio.

Quedó Blanca mirando al peregrino
Tal promesa y palabras escuchando,
Y á su lado sentándose el buen hombre
Desta manera á Blanca siguió hablando.
---¿No es tu padre un hidalgo poderoso
Señor de ese castillo?
Dí ¿no es tambien tu madre
Esa hermosura de quien es esposo?
---¡Ay! ni él parece á la verdad mi padre,
Ni ella fué nunca sino monstruo odioso
Que me robó mi paz y mi ventura,
Envidiosa tal vez de mi hermosura.
---¿Con que es tan bella y tan...
                       ---No hablemos de ella.
Que solo con oir su nombre infando
Se me estremece el corazon temblando,
Y por ella no ceso
De vivir suspirando.
---¿Tan dañina ha de ser quien es tan bella?
---Creedme que lo es: por ella solo
Yo que nací contenta y virtuosa,
Yo que siempre viví tranquilamente
¡Ay! de oveja inocente
(179)
Me he trocado en serpiente venenosa.
Porque nací señora
Y ella esclava me ha hecho,
Menos que esclava si, que á cada hora
Con el puñal agudo
De una injuria mortal me hiere el pecho.
Ella me hizo á mi padre aborrecida,
Y asi ¡ay de mi! cuando á mi padre acudo
El maldice colérico mi vida.
Porque todo su amor, por ella hurtado
Ella sola lo tiene, y avarienta
Del cariño y del oro
Que mi mísero padre la ha mostrado,
Las tristes horas de mi vida cuenta
De su amor heredera y su tesoro.
Y asi paso la vida
Viéndome á todas horas despreciada,
Sin duelo castigada
Mi belleza si existe y maldecida.
Y dan por hijas de una mente loca
Las sentidas razones de mi boca,
Llamándome si mísera me quejo
Atrevida mozuela sin consejo.
Y los viles vasallos que me miran
Tan sola y sin amparo
No hallan en injuriarme algun reparo,
Y olvidando el respeto que me deben
(180)
Todos á la hija del señor se atreven,
Y yo ¡triste de mi! sin mas consuelo
Que llorar á mis solas con mi duelo,
De los mios mofada y los estraños,
Sin esperar favor de tierra y cielo
Huir contemplo mis floridos años;
Y á solas me consumo,
Y en lágrimas mi vida se deshace
Cual flor que el rayo desvanece en humo.

Y asi diciendo la apenada Blanca,
Con iracunda mano
Los bellos rizos de su frente arranca,
Y ofende su semblante soberano,
Maldiciendo á la faz del peregrino
La injusticia fatal de su destino.
Hasta que él sujetándola los brazos
Y teniéndola en nudo cariñoso
Asida dulcemente,
Con amorosa voz y acento amigo
La dijo asi teniéndola consigo:
---Serena hermosa mia!
Serena sí, tus ojos de paloma,
Que ya feliz de tu ventura el dia
Por el oriente purpurino asoma.
Escucha ¡Blanca bella!
La voz enamorada
(181)
De tu libertador, y oirá en ella
Tu alma acongojada
Consoladora música encantada.

Yo nací oh ¡Blanca! en tierras muy remotas
Rico y feliz, pero la suerte avara
Dicha muy breve me vendió muy cara:
Todas al fin mis esperanzas rotas
Juguete de la suerte me hallé un dia,
Y en brazos me lancé de la fortuna
De ella y de mi sin esperar ninguna.
Largo tiempo á través de las fatigas
Erré cruzando el arenal del mundo
Yá por campo feráz rico de espigas,
Ya por campo erial lleno de espinos,
Ya por montaña estéril,
Ya por valle fecundo
Surcado por arroyos cristalinos,
Del invierno arrostrando los furores
Y espuesto del verano á los ardores.
Pasé al fin por tu patria ¡Blanca hermosa!
Y al punto en que te ví, ciego y sin tino
Corriendo tras tu huella luminosa
Perdí mi pensamiento y mi camino.
Lancéme tras de tí, segui tus pasos
Atravesé la Francia
Y llegué de Borgoña á la frontera
Siempre en pós de tu rápida litera.

(182)
Ahora responde ¡oh Blanca! yo soy dueño
De un pais rico y fértil y lejano,
Esto que vés en mí todo es un sueño;
Este viejo disfraz con que me embozo
Encubre como ves un noble mozo;
Si me quieres seguir, esta es mi mano.

Y asi hablando el fingido peregrino
El bizarro semblante
De su postiza barba separaba,
Y su semblante juvenil mostraba
De valor nobilísimo radiante.
Y la niña infeliz le contemplaba
Cual bella aparicion que ante la vista
El viento cruza y en el viento posa,
Y vá sobre una ráfaga imprevista
Iluminando el aura vagarosa.
 
Con sonrisa pueríl, con mano incierta
La creida vision contempla y toca,
Y á concebir no acierta
Una idea su mente, un ¡ay! su boca.
Que la triste al pesar acostumbrada
Inaccesible al bien escucha y mira
Y á la voz del placer embelesada
Tal vez por no ahuyentarle no respira.

(183)
Mas mientras ella goza
Con la idea del bien que aun no comprende,
Y el pensamiento con los ojos tiende
Por el azul espacio cristalino,
Siguió de esta manera el peregrino:
---Blanca pura y hermosa!
Yo te puedo tornar rica y dichosa:
Yo puedo sustraerte
Llevándote conmigo
De una existencia triste y trabajosa,
Que acaso ¡ay Dios! te llevará á la muerte.
Pero tu honra es primero,
Y pues nací con honra y caballero
Obtendré de tu padre la licencia,
O forzaré su gusto
Si á nuestro bien opone resistencia.
---¡Ay! si de él esperais consentimiento
Jamás le otorgará!
                 ---Con tiempo y maña
Todo es fácil. Yo tengo un pensamiento
Que ayudándome tú ¡querida mia!
O neciamente el corazon me engaña,
O de tu libertad despunta el dia.
Escucha Blanca bien, en el sosiego
De una tarde serena
Cuando tu gente salga
Por la floresta amena,
(184)
Al compas de un laud el peregrino
Cantará dulcemente
Los himnos del monarca penitente.
Y la música ¡oh Blanca!
Es talisman que lo imposible vence
Y del alma mas terca y mas bravia
El pensamiento mas feroz arranca.
Por una sola noche
Demandaré un albergue en el castillo
Y sin que nadie á sospecharlo alcance
En el silencio de la noche umbría
A solas con tu padre razonando
Lograré que consienta; y mas llegando
A saber con mi nombre
La razon de dejar la patria mia.


Y aqui corta el cronista
De quien copio esta historia
El hilo de su cuento, y no hallo justo
Poner yo lo demas de mi memoria.
Solo nos dice al cabo de dos hojas
De inutil razonar, que ambos amantes
De una acacia á los pies se despedian,
Jurándose por vida ser constantes
Al amor que los dos se prometian.
Lo que el viejo hablaria no se sabe
Mas creo que seria bueno y mucho
Pues era en tales lances harto ducho
El tal Romero, y el negocio grave.

Ello es, caro lector que anochecia,
Y apartados al fin, con paso lento
Cada cual á su albergue se volvia,
El al lugar á meditar su intento,
Y ella á sus torres á esperar el dia.

CAPITULO IV. EN DONDE VERA EL LECTOR, SI TIENE PACIENCIA, EL FIN DE LA COMENZADA HISTORIA.[editar]


Era una noche del abril serena,
La luna en el cenít resplandecia
Y el aura erraba de perfumes llena
Que en las tempranas flores recogia.
De esas noches azules, deliciosas
Que solo ideas de placer producen,
Y que solo para almas venturosas,
Para escenas de amor voluptuosas
Con fugitivos resplandores lucen.
Todo yacia en lánguido reposo
En torno del castillo solitario,
Circundado de ambiente vaporoso
Cuyo velo entoldaba misterioso
La lejana estension del campo vario.

(187)
Todo en tranquila soledad yacia,
Y solo alguna vez lánguido y lento
Partido en frases sin compas se oia
Un pausado cantar que se perdia
Por la tranquila cavidad del viento.
Y esta es la única voz que en muchos años
El nocturno silencio ha interrumpido
De este castillo triste abandonado,
Y esta es la única voz que han repetido
De sus bóbedas hondas por los huecos
Los recónditos ecos
Yá á los acentos del placer estraños.

Las aves que se anidan
En sus rotas almenas
El insólito canto oyen medrosas,
Los pardos ojos asomando apenas
Por las grietas añosas.
Y con el son estraño desveladas
Sus ecos por el aire desparcidos
Alguna vez apoyan asustadas
Con graves y monótonos graznidos.

Y el castellano en tanto
Señor de aquella antigua fortaleza
Paga de un viejo trobador el canto
Haciendo ostentacion de su grandeza.

(188)
Y le paga el cantor el hospedage
Dejando á un lado su bordon bendito
Para cantar la historia de su viage
Mientras el huesped sacia su apetito.
En medio de un salon entapizado
Sobre mesa anchurosa
Y delante de una ancha chimenea
Magro tasajo humea,
Y de las llamas al amor sentado
Enfrente de la hermosa castellana
El baron se harta del castillo dueño;
Y dá al placer el tiempo que es del sueño,
La voluntad torciendo soberana
Con que Dios hizo al mundo
Cuando animando el caos do yacia
La negra noche separó del dia.

A sus pies y en un pico de la alfombra
De la llama á la sombra
Entonaba su cántico divino
Un sonoro laud pulsando diestro
El mismo misterioso peregrino,
Que de figura y caracteres muda
De Blanca por amor, y que sin duda
En música y amor es gran maestro.
Las viandas gustaba
Blanca en silencio mientras él cantaba,
Y si su padre el cántico aplaudia
(189)
Con recelosos ojos le miraba,
Y en silencio seguia:
Mas si el baron la copa le alargaba
El peregrino sin temor bebia.
Y el baron al compas de las canciones
Doblaba sin pensar las libaciones.
Hasta que ya exaltada la cabeza
Y alegre el corazón con el Borgoña
Que á dejarse sentir acaso empieza,
Perdió su gravedad mal simulada
Rompiendo en poderosa carcajada.
Y necia ostentacion echando fuera
Interrumpió al cantor de esta manera:
---Dejad los salmos, que en verdad buen hombre
Que aunque santos son pocos divertidos
Para halagar con ellos
De un hidalgo que cena los oidos.
Decid ¿como os llamais?
                      ---No tengo nombre.
---Qué ¿no os han bautizado?
---El nombre que me dieron
En la pila, señor, se me ha olvidado.
---¿Tambien el suyo vuestra gente ignora?
---No hay de mi gente ahora
Ni un individuo, todos perecieron
A manos de una peste asoladora.
---Mas con nombre ó apodo
(190)
Os han de distinguir de cualquier modo.
---Llámanme, gran señor, Juan del Desierto.
---Y es un nombre magnífico por cierto.
---Y otro no he de llevar, por vida mia!
Hasta que un voto que ofrecí, cumpliendo,
Con el nombre y la faz que antes tenia,
Pueda á mi patria con honor volviendo
Salir ufano ante la luz del dia.
---¿Y cual es vuestra patria?
---El desierto, señor, ¿Pues no os lo dige?
---¡Por Dios que sois bizarro!
No alcanzo en el desierto que os aflije
Volvais ó no volvais, en él ninguno
Habrá que os eche en cara
Mancha ó desdoro en vuestro honor alguno
Desde vuestro bautismo.
---Negocios son de casa y de familia
Que se han de consultar consigo mismo.
---Teneis razon buen hombre
Porque asi como asi por un negocio
De familia tambien, no uso mi nombre.
---Gózome pues, de haceros compañia
Pareciéndome á vos, mas con permiso,
¿Cuando le cobrará su señoria?
---Por ser con vos galan, al mismo tiempo
Que vos le recobreis.
                    ---De esa manera
(191)
Vuestro nombre postizo echad á fuera
Que yo lo haré mañana antes del dia.
---Que me place! brindad con ese vaso
Para cantar mejor.
                 ---En ese caso
Decid á quien el brindis se destina
O dadme vuestros nombre será á ellos.
---Brindad pues á Lotario y Argentina.
---Lo merecen ¡pardiez! que son muy bellos.


Y levantando las copas
A la par ambos á dos
Al mismo tiempo brindaron
Todo apurando el licor.
Volver al canto enseguida
El peregrino intentó
Mas se trababa su lengua
Sin dar con otra cancion.
Hasta que al dar á una estrofa
Un tono desgarrador
Los párpados poco á poco
Sin concluirla cerró:
El cuerpo desfallecido
Tendiendo al dulce calor,
Y en sueños tal vez luchando
Con su enronquecida voz,
A quien ahoga la estrecha
Dificil respiracion.

Esto que vió del castillo
El soñoliento señor
---«Lo entiende! dijo mirándole
(193)
»Sigámosle voto á Dios!
Y asiéndose de su esposa
Para tenerse mejor
¡Alúmbrame! dijo á Blanca
Y en su cámara se entró.
Quedó la estancia en silencio
Sin oirse al derredor
Mas que el chispear de los tizos
Y de las llamas el son.
Mas apenas en la puerta
Blanca otra vez pareció,
Cuando el peregrino alzándose
Con rápida precaucion
Asiéndola de las manos
Hablóla en este tenor:
Blanca, esta noche conmigo
Otro peregrino entró,
Búscale y á este aposento
Tráemele al punto.
                 ---Señor
¡Que intentais!
              ---Que no haya obstáculo
En tu padre á nuestro amor.
Yo sé que tengo palabras
Con que ponerle en razon
Y es un secreto que importa
Consultarlo entre los dos.
(194)
---Pero
      ---¿Me amas...¿quieres necia
A tu vida de dolor
A tus antiguos pesares
Volver para siempre?
                   ---Ah no.
---Pues obedéceme y calla,
Que te juro por mi honor
Que has de ser esposa mia
Tras esta conversacion.

Y hablando asi el peregrino
Blandamente la empujó
Y á la puerta la condujo
Cerrándola de ella en pós.


De este negro castillo abandonado
En cómodo y recóndito aposento
Triste y opacamente iluminado
Con la luz amarilla
De escasa y embozada lamparilla,
Vino á esconder su amor á otro robado
La que antes fué condesa de Castilla.

¿Qué importa que su esposo
Llore en su yermo y despreciado lecho
La herida que ella le dejo en el pecho,
Si ella rie su impúdica torpeza
En brazos del amante licencioso
Que goza en paz de su fatal belleza?
¿Que importa, si, que llore y desespere
Como ella con su amante nunca espere
Que sepa el infeliz su oculto asilo,
Para que nunca pueda
Ir á turbar su porvenir tranquilo?

(196)
Mas ¡ay! que mal discurre quien mal obra;
Y al fin burlada su esperanza queda
Cuando tal vez la precaucion le sobra.

Ignoraba tal vez el mundo entero
De la esposa perdida la morada,
Del pérfido galan el paradero,
Y Castilla indignada
Y la misma Tolosa avergonzada
Las huellas les seguian,
Y topar con su rastro no podian.
Y Argentina y Lotario
Reposaban en blando y dulce sueño
Dentro de su castillo solitario.
Y ella apenas dormida
Del fuerte cuello de su amante asida,
Y á medias descubierta,
Leve sonrisa sobre el fresco labio
Y en él palabra produciendo incierta
De amante pensamiento concebido,
Con el cabello en rizos destrenzado
Y en la almohada tendido,
Y el pecho contornado levemente
Tras el lino sutíl y transparente,
Estaba ¡vive Dios! cual nunca hermosa,
Como nunca á la mente de algun niño
La casta imagen del primer cariño
En sueños se ofreció resplandeciente.
(197)
El reclinado entre sus brazos bellos
Y tal vez harto de placer, dormia
Mullido cabezal hallando en ellos.
Pero sonó á deshora
Confuso son de pasos por la estancia,
Y faltando la luz consoladora
Menguaba de los pasos la distancia.
Y una persona que llegaba á oscuras
Con pie callado y precaucion traidora
Del lecho asió las anchas colgaduras.
¿Quién va? dijo Lotario despertando,
Mas no oyendo respuesta
Iba á saltar del lecho
Cuando su golpe por su voz guiando
Un agudo puñal llegó á su pecho,
Ante sus ojos vengador brillando.
Lanzóse al punto la infeliz belleza
Un socorro á implorar desatinada,
Y en brazos del incógnito cayendo
¡Amparadme! gritó desalentada.
Mas en la sombra sujetarse viendo
Transida de terror, y maravilla
---¿Quien está aqui? pregunta vacilando,
Otra voz á la suya contestando:
¿quien ha de ser? El conde de Castilla.

Cayó de hinojos Argentina al suelo
Con dolorosa voz y amargo duelo
(198)
Piedad clamando al conde
Pero él con ronca voz, en vano esperas,
En la sombra responde,
Que resolví tan bien tu desventura
Que por no vacilar con tu hermosura
Maté la luz porque á mis pies murieras.
Y animando su ofensa á su venganza
Se dispuso á cumplirla
De la infeliz muger sin esperanza
Buscando el corazon antes de herirla.

Siguióse un ¡ay! que se apagó en el viento,
Y un momento despues del golpe duro
En su recinto oscuro
Solo guardaba sangre el aposento.


Cuando entró Blanca otra vez
De la cena en el salon,
Tranquilamente sentado
Al peregrino encontró,
Que la barba sobre el puño
Y el codo sobre el sillon
Una cancíon castellana
Entonaba á media voz.
Tendió tras Blanca al sentirla
El ojo escudriñador:
Y viendo á su compañero
Con ella entrar, sonrió.
Y á él dirigiéndose al punto
Con siniestra precaucion
«¿Cumplistes?»---dijo---y el otro
«---Todo está ya»---contestó.
A cuya respuesta asiendo
De su capa y su bordon,
Con voz reposada á Blanca
(200)
De aquesta manera habló:
---Blanca mia: todo lo hice
A medida de mi honor;
Ya no te queda en la tierra
Otro apoyo mas que yo;
Ya no se opone tu padre
Dueño mio, á nuestro amor.
Ya somos entrambos libres,
Vamos pues donde otro Sol
Con mas benéficos rayos
Alumbre para los dos.
---¿Cónque mi padre?...
                      ---No puede
Ya oponerse.
           ---Los pies voy
A besarle.
         ---Tente, Blanca,
Que es con una condicion.
---¿Cual?
        ---Que se esparza entre el vulgo
Con preparado rumor
Que él no consiente, y que huyes
Vencida á mi seduccion.
Sígueme pues, Blanca mia,
Que te juro por mi honor
Que si tus padres te vieran
Mudarian de intencion.
(201)
---¡Ay! yo no se peregrino
Que encanto hay en vuestra voz
Que a un mismo tiempo me halaga,
Y me hiere el corazon.
---Partamos Blanca.
                  ---Llevadme
Donde gustareis señor,
Vos sois quien solo en la tierra
Cariño tal me mostró,
Y no creyera en el cielo
A poder dudar en vos.

Y siguiendo el ciego impulso
De su puro corazon
Del bravo conde en los brazos
Blanca llorando cayó.
Tomóla en ellos el conde,
Y en el mas leve rumor
De sus pisadas poniendo
Esquisita prevision,
Del castillo atravesaron
Uno y otro corredor,
Unos y otros aposentos,
Y uno y otro caracol.
Y asi despacio llegando
A la muralla esterior,
El puente echaron, saliendo
(202)
De tan lóbrega mansion.
Cruzaron el parque aislado,
Bordearon en derredor
Un montecillo de abetos,
Y hallando tras un peñon
Dos caballos que sin duda
El peregrino apostó,
Montaron á toda prisa,
Y al repentíno aguijon
De la espuela se lanzaron
En un escape velóz.
De ellos en breves instantes
Solamente se alcanzó
La sombra, que de la atmósfera
Se atenuaba entre el vapor;
Y un punto negro por último
Al lejos se oscureció,
Quedando otra vez en calma
La solitaria estension.


Y cuando al dia siguiente
Ya casi al ponerse el Sol
La gente que en el castillo
Quedaba se despertó,
Vió asombrada que su sueño
Tan tenáz, fue en conclusion
(203)
Obra del fatal narcótico
Que el peregrino les dió.
En vano desatentados
Por uno y otro salon
En busca de ambos corrieron
Con iracundo furor;
Al aposento llegando
De Argentina y del baron
Solo hallaron sus cadaveres,
Cuya vista daba horror.

CONCLUSION[editar]

A pocas noches en Burgos
Luminarias se encendian,
Dulces músicas se oian
Y alegres danzas do quier;
Y á las puertas del palacio
La multitud agolpada
Pedia desaforada
La nueva condesa ver.

En tanto tras de los vidrios
De sus calados balcones
De los suntuosos salones
Irradiando el resplandor,
En cuadros de luz brillante
En la plaza se pintaban,
Y mil sombras los cruzaban
En tropel encantador.

(205)
Y esto que vía la turba
El gozo ageno envidiando
Desde la plaza gritando
Seguia con doble afan,
Cubriendo á veces el ruido
De sus multiples acentos
El son de los instrumentos,
Que dentro sonando están.

Se abrió por fin á sus voces
Un balcon en el palacio,
Colocáronse en su espacio
Dos personas á la vez
Y conociendo á sus condes
Rompió á una voz de repente
En un aplauso la gente
Espontáneo y sin doblez.

---«¡Viva el conde de Castilla!
Gritaba la muchedumbre,
Y allá del aire en la cumbre
Se oia el ¡viva! sonar.
---«¡Viva la condesa Blanca!»
Gritando el pueblo seguia,
Y allá en el viento se oia
«¡Blanca! ¡viva!» retumbar.

(206)
Y al son del aplauso ronco
En el balcon recostado
Asi en tono sosegado
El conde á su esposa habló:
«Blanca, á la infame Argentina
»Del mismo modo aplaudieron,
»Y al cabo la maldijeron
»Y al cabo la maté yo.

»Pues tan de lejos te traje
»Para sentarte en su silla
»Haz que se olvide en Castilla
»Quien la ocupó antes que tú:
»Que de otro modo, condesa,
»De mi trono hereditario
»No será mas que un sudario
»El pabellon de tisú.»

Dió el conde un ósculo amante
En la mejilla á su esposa,
Y los ojos ruborosa
La bella Blanca bajó;
Aplaudió la turba al punto
Tan cortés galanteria,
Y al son de su voceria
El conde el balcon cerró.

(207)
Siguió el placer con la fiesta
Prolongado hasta la aurora
Y de Castilla señor
Quedó Blanca desde allí.
Y de la torpe Argentina
Borrada al fin la memoria,
Se guareció de la HISTORIA
De donde á sacarla fuí.


Lector: Si has visto con gusto
Como mis lindas Francesas
Vinieron á ser condesas,
Por un bizarro Español.
Léelas, cómpralas y apláudelas,
Y los cielos son testigos,
De que quedamos amigos
Para mientras dure el sol.

FIN DE LA LEYENDA SEGUNDA Y TOMO I.