Historia del monasterio de Santas Creus

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Historia del monasterio de Santas Creus
de Vicente de la Fuente



<< Regresar a: Real Academia de la Historia


D. Teodoro Creus y Corominas ha presentado á nuestra Real Academia, su libro sobre la célebre Abadía cisterciense de Santas Creus, intitulado: Santas Creus, descripción artística de este famoso monasterio y noticias históricas referentes al mismo y a los Reyes y demás personas nobles sepultadas en su recinto. El libro impreso en Villanueva y Geltrú, en este mismo año de 1884, en buen papel y con buenos tipos, forma un elegante volumen en 4.º de 222 páginas, más XIV de preámbulo. Acompañan al texto seis preciosas láminas heliográficas representando el costado de la iglesia fortificada y almenada, al estilo estratégico monacal del siglo XIII, del cual es una bella muestra, otras del sepulcro de D. Pedro el Grande, con la inmediata tumba de Roger de Lauria, que á sus piés quiso enterrarse, de las lindísimas ventanas góticas del claustro llamado nuevo y otra con sus severas arcadas que el autor llama arcuaciones, y la portada de la sala capitular, de estilo románico, y que recuerda las de otros monasterios cistercienses coetáneos, como los de Rueda y Veruela, la subida á las reales viviendas donde á veces se hospedaron los Reyes de Aragón, y finalmente un gran plano del conjunto del monasterio y edificios adyacentes.

El autor refiere sencillamente en su preámbulo la causa ocasional de su libro: la publicación de algunos artículos en la revista La Renaixensa, en 1876, llamó la atención de la Asociación Catalanista de Barcelona, que tan bellos resultados está dando para las artes y las letras de aquel país, con gran honra suya y provecho para los amantes de ellas. Alentado por aquella Asociación el Sr. Creus, sintióse noblemente estimulado á más prolijo estudio y concienzudo exámen, de cuyas resultas publicó su libro en catalán con el modesto título de Ensayo monográfico. -Ensaitg monográfich sobre lo monastir de Santas Creus, el cual mereció los aplausos no sólo de la Comisión directiva del Album monumental de Cataluña, sino también de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, nuestra hermana. La excitación que esta hizo para que diese el libro vertido al castellano ha dado por feliz resultado este libro, aumentado además en su parte histórica, lo cual le hace ya entrar en el terreno de la jurisdicción y competencia de nuestra Academia, á la cual limitaremos nuestro informe, juzgado como está ya el libro en su parte artística, de la que no siempre podemos prescindir, según que las artes se hermanan con la historia.

Sentimiento causa ver al frente de la introducción, un pensamiento falso de Renan, que desdice del libro y de su contenido. «Es cierto, dice el escritor francés, que perdiendo la institución de la vida monástica el espíritu humano, ha perdido una gran escuela de originalidad...» ¿De dónde saca el pretendido racionalista que los monjes se despojaran del espíritu humano? ¿Acaso se dejaban la carne y las pasiones al entrar en el claustro? Pues qué, ¿el culto, la predicación, el confesonario, el cuidado y labor de sus haciendas les permitían despojarse del espíritu humano? Y esto ¿á qué cuento viene hablando de Santas Creus, cuyos monjes tenían que estar en contacto con la andariega corte de los Reyes de Aragón?

En la 2. ª cláusula dice Renan lo contrario de la anterior, asegurando que el «espíritu monástico es á pesar de todo digno de respeto por haber conservado en la humanidad una tradición de nobleza moral, siquiera fuese esto á costa de abusos y preocupaciones.» Sin duda el Sr. Creus, quiso cubrir su introducción con ese yelmo racionalista, á guisa de prólogo galeato, á fin de que los antropólogos le perdonen sus invectivas contra los profanadores de la riqueza histórica artística acumulada en Santas Creus por los que, despojados del espíritu humano, habían perdido allí la gran escuela de originalidad; pues el escritor Sr. Creus, impresionado como artista, al ver aquellas ruinas y su salvaje profanación, entra disparando bala roja contra los que llama con razón bárbaros del siglo XIX, raza que no se acaba, á pesar de esas y otras justísimas diatribas, y que promete mayores actos de brutalidad para en adelante; porque dado el materialismo científico, sórdido y grosero de las clases cultas, y aun de los que pasan por sabios y filósofos ¿qué puede esperarse del vulgo que ya pide, no, pan y toros, sino toros y pan?

Pero bueno es que se levanten esas voces generosas, aunque se pierdan en el vacío, que peor fuera no se alzase alguna; y ¿cómo no había de comenzar así el Sr. Creus al describir la perdida riqueza de Santas Creus, sus profanadas tumbas, sus ruinosas bellezas artísticas?

Oscura es la historia de Santas Creus, y mezclada con inverosímiles leyendas al estilo feudal del siglo XII, que la crítica no admite fácilmente, regalándoselas á la poesía, de la cual salieron en romances de trovadores y menestrales. Lo más sencillo es lo más cierto, pero la imaginación no siempre se aplaca con aquello que satisface á la razón. La casa de Moncada ofrece fundación á mediados del siglo XII (1150) á unos monjes provenzales, para erigir en honor de la Virgen María un monasterio en su montaña de Cerdañola, y los cirtercienses vienen de la Gran Selva á fundar el monasterio, que primero se llama de Valldaura ó Valle laurea. Los monjes se hallan allí estrechos, y se trasladan á un paraje que limita los obispados de Tarragona y Barcelona; los prelados litigan por quién ha de ejercer allí jurisdicción, y acudiendo los monjes á la Santa Sede, apela esta al medio usual entonces, dejando á los dos prelados sin derecho, eximiendo el monasterio y sujetándolo á la Santa Sede. Era esto lo que se usaba por entonces y medio muy expedito.

Viene luego la disputa de antigüedad con el otro monasterio de Poblet: esto era también de rigor, y el autor la resuelve á favor de Santas Creus. Entra en seguida á describir la parte arquitectónica de la iglesia en su exterior estratégico y su interior desnudo de belleza en su nave central.

Hay observaciones que hacer respecto á estas dos cosas. En el extranjero se ha escrito ya bastante sobre lo que se ha dado en llamar arquitectura estratégica eclesiástica. Que esta obedecía á veces á la necesidad de la defensa es indudable, cuando los monasterios estaban cerca del mar ó de fronteras enemigas. A veces y por motivos análogos, se explica este género de arquitectura por las luchas con los señores feudales y los obispos, y los pleitos entre unos y otros. Pero yo creo que en muchos casos no pasaba de ser un capricho. ¿Qué significaban por ejemplo las murallas y fortificaciones de los monasterios de Piedra y de Veruela, levantadas por el abad D. Fernando de Aragón en el siglo XVI, cuando de nadie tenían que defenderse? Había allí mucha y buena piedra, y en vez de las primitivas tapias hicieron altas y sólidas murallas almenadas, para que no las escalaran fácilmente los que quisieran molestarles, ó arrebatarles sus frutos ó sus muebles.

En cuanto á la desnudez de las primitivas iglesias cistercienses, debe tenerse en cuenta que San Roberto y sus discípulos y San Bernardo, se separan de los cluniacenses, huyendo de sus privilegios, exenciones, lujo y riquezas. Las cartas de San Bernardo sobre esto fueron el pasto delicioso de los jansenistas del siglo pasado, que se sabían de memoria sus enérgicas invectivas contra aquellos. Pero hay frases en la pluma de los santos, que debemos mirar con reparo cómo las usamos los que no somos tales ni con mucho. Por eso los primitivos cistercienses no querían iglesias grandiosas, ni adornos en ellas, ni esbeltos arcos ni agimeces, ni grandes ventanas caladas, sino que todo lo construían sólido pero sin ornato, ni menos con lujo arquitectónico, siendo modelo todavía de este género la iglesia de Fitero, aunque ya ha perdido en gran parte su carácter primitivo. Lo mismo sucede con las de Santas Creus y Poblet, y aún más con otras célebres cistercienses desfiguradas en los siglos XVII, y aun en el pasado.

En Santas Creus hubo de cambiar todo esto desde el momento en que su iglesia hubo de pasar á ser panteón regio.

¿Por qué motivo los hijos de D. Jaime el Conquistador prefirieron el enterrarse en Santas Creus, mejor que en Poblet junto al sepulcro de su padre? Ni D. Pedro el Grande, ni sus hermanos corrieron siempre bien con éste, ni aquél se mostró siempre muy afectuoso con sus hijos legítimos, cegado por la pasión desmedida á favor de los espúreos y adulterinos, alguno de los cuales se tomó la molestia D. Pedro el Grande, de hacer que lo ahogaran en el Segre, por haberse sublevado contra él y contra su padre, á quien castigaba Dios por do más pecado había.

Pero muertos estos dos Reyes, D. Pedro y su hijo D. Jaime, los Reyes siguientes continuaron enterrándose en Poblet.

Las noticias históricas que ilustran el texto del tomo en su parte 5.ª y última, son tan interesantes ó más que las del resto de aquel libro, y comprenden una tercera parte de él (páginas 115 á 208).

En el número 20 está la tradición relativa al cautiverio y libertad milagrosa del almirante D. Galceran de Pinos, en la que hay petición de cien doncellas para librarle. Los moros no se ponían por poco, pues pedían todo por cientos: cien caballos blancos, cien vacas, cien paños de brocado y 100.000 doblas de oro. Ya iban andando las cien doncellas catalanas dispuestas y resueltas á ser mártires, á pesar de los halagos que les hicieran los moros, cuando quiso Dios que se libraran de tan terrible prueba, sacando milagrosamente del cautiverio al dichoso almirante, que se halló cerca de Tarragona con los conductores de todos aquellos centenares de personas y cosas pedidas por su rescate.

Los documentos más curiosos entre otros varios, son los contenidos en los números 30 y 31. En el primero consta el nombramiento


de capellán mayor, hecho á favor del abad de Santas Creus, por D. Jaime II en 1297, dejando desde entonces de serlo los de San Victorian y los canónigos de Montearagón y otros que habían venido siéndolo hasta entonces. En virtud de este nombramiento debían ir siempre con el Rey dos presbíteros cistercienses para su dirección espiritual y culto de su capilla; lo cual se observó hasta la muerte de D. Fernando el Católico, que oía la misa según el rito cisterciense, distinto del latino, que era el de la Real Capilla Castellana y Leonesa. Este documento con otros varios curiosos, como también el de la Real Capilla de Mallorca, deberán constar en el tomo de Capillas Reales, proyectado entre los de la España Sagrada, si llegara á publicarse.

En el 31 se prueba la prelación y precedencia de Santas Creus sobre Poblet, con documentos irrecusables sacados del mismo monasterio de Claraval, varias sentencias rotales, y la bula de Benedicto XIV fallando á favor de Santas Creus, é imponiendo perpetuo silencio á la parte de Poblet, en 1751.

Merece pues plácemes el autor de la historia de Santas Creus por el libro con que ha venido á enriquecer nuestra literatura histórica, y no creo perdido el tiempo invertido por la Academia en escuchar este juicio acerca de su mérito histórico, á no ser por lo desaliñado del informe.


VICENTE DE LA FUENTE.


Madrid 29 de Diciembre de 1881.