Historia general de la República del Ecuador I: Capítulo V

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Historia general de la República del Ecuador: Tomo primero
Capítulo V: Influencia de los incas sobre las antiguas naciones indígenas del Ecuador
 de Federico González Suárez
Observaciones sobre la historia de los incas en general.- Juicio acerca de las leyendas relativas al origen de los incas.- Tiempos anteriores a la dominación de los incas.- El culto del Sol.- Modificaciones introducidas por los incas en las creencias religiosas de los quichuas.- Diferencia entre los scyris y los incas en punto a sus creencias religiosas.- Dos clases de culto en el imperio.- Los mitimaes.- Costumbres y manera de vida de las tribus conquistadas.- Gobierno de los incas.- Mejoramiento de la agricultura.- Caminos de los incas.- Palacios.- Casas de posada o tambos reales.- Ciudades principales en el territorio del Ecuador.- Quito.- Tomebamba.- Condición social de los indios bajo el imperio de los incas.- Carácter de los antiguos indios ecuatorianos.


I[editar]

En una historia general de la República o Nación ecuatoriana no es oportuno ni necesario referir menudamente todas las tradiciones, que los indios del Perú solían contar respecto al origen de los incas; ni sería conveniente tampoco narrar todas las hazañas y conquistas de los monarcas del Cuzco: basta exponer tan sólo aquellas noticias que sean indispensables para comprender bien los resultados de la conquista y la influencia, que ejerció la civilización incásica sobre las antiguas tribus o naciones indígenas del Ecuador.

Si una crítica severa e ilustrada examina despacio las narraciones, que en punto al origen de los incas, nos han dejado Garcilaso y otros historiadores antiguos, no podrá menos de desecharlas inexorablemente, como fábulas, desnudas no sólo de verdad, sino hasta de verosimilitud. ¿Cómo podrá aceptar un historiador discreto ese súbito aparecimiento de los dos misteriosos hermanos, que llegan de repente a la llanura del Cuzco? ¿Cómo no rechazar lo que refiere la leyenda de los prodigios de civilización, que en beneficio de las behetrías indianas obraron tan fácilmente ese hermano y esa hermana, ambos, por añadidura, hijos del Sol? Lo mismo podemos decir respecto de todas las demás leyendas relativas al origen de la dinastía divina de Manco Capac.

Esas leyendas fueron, sin duda ninguna, forjadas por los poetas o romanceros de la corte del Cuzco, para dar mayor prestigio ante el pueblo a la afortunada familia de sus monarcas, y, por lo mismo, la Historia no puede salir por garante de la verdad de ellas.

La civilización de los incas no pudo ser idea de un hombre solo; antes, por el contrario, la empresa de Manco Capac supone un pueblo ya formado, imbuido de antemano en las mismas ideas, adorador del Sol y dispuesto para la obediencia a un jefe, astuto y afortunado. La vida misma, y hasta la existencia de Manco Capac como persona individual, pudiera poner en duda y aun negar una crítica severa; pues la índole de la lengua materna de los incas, de la lengua quichua, es una prueba invencible de que la civilización de los hijos del Sol fue el fruto espontáneo, o, acaso, el reflorecimiento de una cultura anterior, lentamente elaborada. En las altas mesetas de los Andes peruanos hubo, pues, indudablemente una raza antigua, de cuya civilización, y cultura quedaron vestigios notables: el imperio de los incas en el Cuzco aparece, cuando el poderío de esas antiguas tribus había decaído completamente. ¿Podremos creer que el fundador de la dinastía del Cuzco no debió nada a esas antiguas razas? El iniciador de la civilización incásica ¿sería, como sostiene la leyenda de Garcilaso, sin precedentes ningunos en la historia del pueblo, en medio del cual apareció? No podemos suponerlo, y así creemos muy probable, que la civilización de los incas fue el resultado de otra civilización, mucho más antigua, que desapareció de las altas llanuras meridionales del Perú, dejando rastros y vestigios, que, andando el tiempo, volvieron a tomar vida nueva, modificados por la astucia previsora y la sagacidad política de los sucesores de Manco Capac.

Así, pues, al primer Inca no se debe atribuir la civilización del Cuzco tal como la encontramos en tiempo de los dos últimos, del gran Tupac Yupanqui y de su hijo Huayna Capac. En la civilización incásica hay cosas que no pudieron concebirse ni ponerse por obra, sino cuando ya el poder de los monarcas del Cuzco se hubo aumentado mucho, y cuando su despotismo teocrático hubo echado hondas raíces en la conciencia de sus súbditos. El comunismo socialista absorbente y la adoración tributada al soberano fueron, sin duda, inventados y puestos en práctica no en los principios de la monarquía, sino cuando ésta hubo prosperado ya mucho y héchose fuerte con las victorias y poderosa por sus conquistas.

El culto del Sol, la adoración de este astro como una suprema divinidad, y, acaso, también las nociones astronómicas relativas a la duración del año y a la sucesión de las estaciones en esta parte del hemisferio occidental, fueron obra de la raza quichua antigua, de en medio de la cual surgió en tiempos posteriores la dinastía de los incas. Éstos fueron quienes discurrieron más tarde el sistema religioso y la mitología política del imperio. Inventaron la personalidad divina del Sol, atribuyeron vida, semejante a la humana, al astro y se hicieron tener por descendientes de una primera pareja, que, según la leyenda imperial, había sido el fruto de los celestes amores del Sol y de su hermana y esposa la Luna.

Hay, por tanto, una diferencia muy notable entre la religión de los incas y la religión de los scyris: los incas y los scyris adoran al Sol, como a la primera y suprema divinidad de su culto; pero los incas modifican notablemente las nociones relativas a la naturaleza del astro, y fundan en esas nociones toda un sistema de gobierno; los scyris tributan adoración al Sol, rinden culto a la Luna, haciendo de entrambos astros las principales deidades de su religión, pero no se divinizan a ellos mismos, ni inventan genealogías divinas para su raza.

La conquista de los incas modificó, pues, radicalmente las teorías religiosas de los caras, que dominaban en Quito, porque propagó y difundió la idea de que la familia misma de los soberanos era divina y de una naturaleza superior a la de los demás hombres; y, acaso, esta propaganda, que los incas habían hecho en beneficio de su raza, contribuyó poderosamente a facilitar la conquista de los españoles, a quienes no les costó trabajo hacerse pasar ante los fanatizados indianos por seres sobrenaturales e hijos también ellos del Sol, como sus Incas.

Donde quiera que asentaban su dominación, allí enseñaban los incas el culto del Sol, según su teoría religioso-política; levantaban templos a la divinidad visible, de la que se proclamaban descendientes, y regularizaban el sistema de administración gubernativa, fundado en la adoración del Sol y del Inca. Así vino a modificarse la manera de ser de los caras de Quito, respecto de su sistema religioso.

Los conquistadores peruanos consideraron a Quito como ciudad sagrada, Huayna Capac la prefirió constantemente para su residencia habitual, e hizo de ella la segunda corte de su imperio y hasta cierto punto la rival del Cuzco, como lo referimos ya en otro lugar. No tuvo necesidad de construir templo al Sol, bastándole solamente enriquecer el que habían edificado los scyris; y, acaso, para deleitarse tanto en Quito, le estimuló un sentimiento supersticioso hacia esta ciudad, donde, por su situación geográfica, parece como que el Sol se complace en reposar, lanzando a plomo sobre ella desde el cenit sus rayos esplendorosos. A lo menos no carece de fundamento la opinión de los que piensan que esta antigua capital de los scyris, por su posición casi matemática debajo de la línea equinoccial, fue mirada con supersticioso respeto por los caras y los quichuas, adoradores del Sol.

Por el testimonio del analista Montesinos, sabemos que el inca Tupac Yupanqui, quiso hacer a Quito semejante en todo al Cuzco; y que, conquistada la ciudad, puso a los cerros que le rodean los mismos nombres que tienen los que ciñen a la ciudad del Cuzco: así al del Oriente le llamó Anachuarqui; al del Occidente, Huanacauri; al del Norte, Carmenga y al del Sur, Yavirac, nombres que han desaparecido completamente con el tiempo.


II[editar]

En el territorio del Reino de Quito edificaron los incas varios templos al Sol, y entre ellos los más famosos fueron el de Caranqui al norte y el de Tomebamba al sur. Los que levantaron en Latacunga, Liribamba y Achupallas debieron ser sencillos, sin adorno alguno que mereciese llamar la atención. En esos templos fundaron el culto del astro del día con todas aquellas ceremonias, fiestas y prácticas supersticiosas que se acostumbraban en el Cuzco; instituyeron colegios de sacerdotes empleados en el ejercicio del ministerio religioso, y edificaron casas de escogidas, que se ocupaban en trabajar las cosas necesarias para el servicio del templo y que no podían hacer por sí mismos los sacerdotes.

Fundado el culto del Sol, a la manera del Cuzco, dejaron, no obstante en libertad los incas a las naciones ecuatorianas para que cada una continuase practicando su propia religión y a adorando sus propios dioses. El imperio de los incas se componía de innumerables naciones indígenas, que hablaban lenguas distintas, tenían costumbres propias y practicaban ritos y supersticiones locales; así es que no sólo en lo que se conoce con el nombre de antiguo Reino de Quito, sino en toda la dilatada extensión del imperio, había realmente dos religiones distintas o dos maneras de culto diversas: el culto oficial, que toda la nación practicaba, según las enseñanzas y prescripciones de la corte; y el culto local particular, que cada parcialidad, cada tribu y aun podríamos decir cada familia continuaba dando, a su modo, a los dioses de sus mayores. Conviene distinguir muy bien estas dos especies de culto, para formarse idea exacta de la situación religiosa de las naciones indígenas bajo el cetro de los monarcas del Cuzco; por esto, subsistieron en el Ecuador prácticas religiosas muy distintas de las que acostumbraban los incas.

Entre las naciones de nuestro litoral podemos asegurar con toda verdad que se conservó sin alteración el culto particular de cada tribu, pues la influencia de los incas sobre esos pueblos fue muy débil y no alcanzó a modificar profundamente sus costumbres.

La fundación de las casas de escogidas o monasterios de las vírgenes del Sol, que hacían profesión de castidad y vivían encerradas en perpetua clausura, fue obra exclusiva de los incas en el Ecuador, pues no la conocían siquiera los caras y las otras naciones indígenas de estas provincias. Hubo en el Ecuador monasterios de vírgenes del Sol en Caranqui, en Latacunga, probablemente en Liribamba y, acaso, también en Tomebamba. El de Quito, fundado por Huayna Capac, se conservó hasta la entrada de los españoles en esta ciudad, y es el único cuya fundación y existencia puede asegurar con toda certidumbre la Historia.

Como la dominación de los incas fue introducida por la fuerza de las armas en estas provincias, tanto Huayna Capac como su padre Tupac Yupanqui emplearon medidas extremas para conservar su poder y hacer acatar su autoridad por las tribus vencidas. Huayna Capac condenó al exterminio a los belicosos Caranquis e hizo degollar millares de ellos en el lago próximo a su fortaleza. Con los pueblos de Cochasquí, Puembo y Cayambi sostuvo guerras largas y tenaces, porque se resistían a abandonar su propio país, para ir a formar poblaciones en otra provincia, cediendo la suya a los mitimaes traídos de fuera.

Tupac Yupanqui sacó algunos miles de familias de los cañaris y las trasportó al Cuzco: sostuvo una lucha muy reñida con las tribus de los puruhaes, venció a Toca, cacique de Dunji, y se lo llevó preso en rehenes a su corte, donde lo tuvo hasta que aquel murió.

Deseando más tarde Huayna Capac mantener sujetos a los mal domados puruhaes, sacó tantas familias de la provincia del Chimborazo y las desterró a las mesetas de Bolivia, que muchos pueblos quedaron completamente desiertos, y fue necesario hacer venir colonias de aymaraes, para poblarlos de nuevo. Asimismo, con mitimaes traídos del Cuzco formó el Inca un pueblo aparte, el de Quero, quedando de este modo los restos de la antigua nación de los puruhaes mejor vigilados y más sujetos y tranquilos. Tan severo se manifestó Huayna Capac y tan considerable fue el número de indios desterrados, que la provincia llamada hoy de Latacunga cambió entonces de nombre.

Se cuenta que a los extranjeros que mandó venir de otras partes para poblarla, al establecerlos en su nuevo país, les dijo el Inca: de hoy más éste será vuestro territorio; he aquí vuestro hogar. Llactata cunani!! Palabras de las que se apoderó la tradición de los mitimaes, formando de ellas el nombre con que principiaron a designar la nueva provincia, donde establecieron su residencia.

A los inquietos yaruquíes se los dividió, llevando algunos a formar una población nueva en medio de las tribus puruhaes, a fin de que los unos espiasen a los otros, y así la provincia se mantuviese quieta. Tribus hubo que, como la del cacique Píntac, prefirieron expatriarse antes voluntariamente que someterse a Huayna Capac. Píntac era de la raza esforzada de los caras, y de las llanuras de Cayambi se trasladó con su pueblo a las breñas del Antisana, y quiso allí morir más bien de hambre, que rendirse al Inca. Desde la falda del Antisana hacía sus acometidas a Quito y daba sorpresas a las tropas de Huayna Capac, causando en ellas algún destrozo, hasta que hecho prisionero y traído a esta ciudad se mató, sin querer tomar alimento, prefiriendo la muerte a la sumisión al Inca.

Con los mitimaes se introdujeron en el Reino de Quito varios idiomas, porque cada grupo de extranjeros hablaba, el suyo, y como todos estaban obligados a aprender el quichua, que era la lengua oficial del imperio, resultó que se generalizasen en algunas provincias muchas lenguas diversas. Así sucedió en la de los puruhaes, donde se hablaban tres idiomas a un mismo tiempo: el quichua del Cuzco, el aymará del Collao y la lengua nativa de los puruhaes, que era diferente de las dos anteriores. Los aymaraes y los cuzqueños trajeron también sus quipos; así es que, muchos años después de la conquista, los indios de las provincias del Chimborazo, de Tungurahua y de Latacunga se servían de ellos, como en tiempo de los incas. Para esto empleaban de preferencia el hilo de la cabuya, que tanto abunda en esas provincias y que tan hábilmente lo saben extraer y beneficiar sus naturales. Esta industria era conocida por todos los pueblos de la nación Puruhá antes de la conquista.

La ganadería adquirió en la misma provincia de los puruhaes un muy notable incremento, o acaso se estableció entonces, con la introducción de las llamas o carneros de la tierra que trajeron consigo los mitimaes del Collao. Antes de la dominación de los incas no se conocían en el territorio habitado por las antiguas naciones indígenas ecuatorianas, más que dos clases de animales domésticos, los cuyes o conejillos de indias y los perros, de los cuales se hace mención hasta en las tradiciones religiosas de los antiguos quitos. Cuando los incas trajeron colonos aymaraes para repoblar la provincia del Chimborazo, entonces fueron introducidas en estos pueblos las llamas peruanas y se aclimataron en los páramos y pajonales de la Cordillera Occidental, en la misma provincia del Chimborazo.

También aquí como en el Perú los indios empleaban a las llamas como acémilas a bestias de carga, comían de su carne y utilizaban la lana hilándola y tejiéndola en mantas para vestirse. Los indios comían ordinariamente poca carne, prefiriendo alimentarse de vegetales. Los de la costa tenían pescado, que sabían coger con redes y anzuelos en el mar, y por medio del narcótico de ciertas hiervas, envenenando las aguas de los ríos. Así en el litoral como en los valles calientes interandinos, comían también la carne del armadillo, del cual en el Ecuador hay más de dos especies. No obstante, parece que ni los incas ni los caras ni ninguna otra tribu de indios antiguos se aprovechó par a su comida de los huevos de las aves, ni pensaron jamás que podrían alimentarse con la leche de los rumiantes, que habían domesticado y reducido a servidumbre. Contribuyó también la dominación de los incas en el Ecuador a mejorar la agricultura; se labraron campos que estaban abandonados, porque Huayna Capac y su padre los aplicaron a los templos del Sol y a las necesidades de la corona; se cultivaron mejor otros y se hicieron productivos algunos, que, por falta de riego, eran estériles, pues se construyeron canales y abrieron acequias, por medio de las cuales, desde distancias enormes se conducía el agua para regar los campos. Hasta hoy se admiran en la provincia del Azuay los restos de algunos acueductos trabajados por los antiguos indios: ahora son tierras improductivas, por falta de agua, algunas que, sin duda, eran muy fecundas, cuando las regaban las aguas que los cañaris hacían descender por canales del monte al valle.

El trabajo aislado de cada tribu se multiplicó por medio de la asociación y las parcialidades enemigas, depuestas las armas, se abrazaron en las faenas del trabajo común. Los treinta años que duró el reinado de Huayna Capac se gastaron muy útil y gloriosamente en la formación del camino de los incas o de la vía real de las cordilleras, que unía a Quito con el Cuzco, las dos capitales del imperio, separadas por más de quinientas leguas. Los antiguos cronistas de América, que alcanzaron a ver esta obra con sus propios ojos, no se cansan de engrandecerla y ponderarla, con palabras de mucho encarecimiento; y Humboldt, que observó algunos vestigios de ella, no vaciló en compararla con las antiguas vías romanas, trabajadas por los dominadores del mundo entonces conocido.

Los caminos de los incas fueron dos, el uno llamado de los llanos y el otro, la vía real de las cordilleras. El primero iba a lo largo de la costa y recorría de sur a norte una considerable extensión de terreno, dilatándose por algunos centenares de leguas. El segundo seguía la dirección de la gran Cordillera oriental de los Andes y servía para poner en comunicación las provincias de la sierra. Ésta es la obra más famosa llevada a cabo por los incas: no fue empresa de un solo soberano, sino trabajo continuado sucesivamente por varios de ellos y coronado, al fin, por Huayna Capac.

El camino de los llanos no existió en el territorio del Ecuador ni se trató de trabajarlo, sin duda, por temor del clima mortífero de nuestras costas, por la mala condición de los terrenos, que en invierno se convierten en pantanos profundos y también, porque en las tribus del litoral ecuatoriano, como ya lo hemos dicho en otra parte, los incas no lograron establecer su sistema de gobierno de una manera vigorosa y definitiva. Pizarro, acompañado de su hueste de conquistadores, recorrió despacio toda la costa del Ecuador, desde la bahía de San Mateo donde desembarcó hasta la isla de la Puná; y en ninguna parte encontró señales del camino de los llanos. Los cronistas castellanos alguna noticia nos hubieran dado acerca de semejante camino, si los conquistadores lo hubiesen encontrado en el Ecuador.

No así el camino de la sierra o la vía real de las cordilleras. Ésta principiaba en el Ecuador desde el territorio de Tulcán cerca del pueblo de Huaca, y, atravesando toda la extensión de la República, entraba en el Perú, llegaba al Cuzco, pasaba adelante y se dilataba hasta los últimos términos meridionales del imperio. La obra fue acometida en el Ecuador por Tupac Yupanqui y continuada por su hijo y sucesor, el famoso Huayna Capac: años debieron haberse empleado en obra tan difícil y prolongada; seguramente, toda la vida de Huayna Capac, y, cuando éste falleció, la obra, acaso, no estaría terminada todavía.

Respecto de la anchura del camino varían los historiadores, pero todos ponderan lo admirable de la obra y lo laborioso de su ejecución: puntos había, donde primero se había formado el suelo y dado consistencia al terreno para labrar después el camino: se habían llenado abismos, tajado rocas durísimas y secado tremedales; en unas partes el suelo estaba apelmazado a golpes de maza y endurecido con artificio; en otras, como en los terrenos cenagosos del páramo del Azuay, se lo había embaldosado con grandes sillares, ajustados por medio, de una mezcla de cal y arena, cuyo secreto pereció con los incas. Obra verdaderamente notable y digna de admiración. ¿Podrá la Historia calificar de bárbaros a los monarcas que la concibieron y que la llevaron a cabo?

Se mejoró mucho el sistema de puentes sobre los ríos caudalosos; se pusieron tambos u hospederías en la vía real y se establecieron las postas para llevar y traer con celeridad al Inca las noticias de todo lo que pasaba en su imperio.


III[editar]

Dos clases de edificios levantaron los incas en estas provincias: unos comunes y ordinarios, otros grandiosos y notables. Los primeros estaban destinados para utilidad común y eran posadas u hospederías en el camino real; los otros eran palacios para los soberanos.

Los tambos debían ser muchos indudablemente en todo el territorio del Ecuador, desde Huaca al norte en la provincia del Carchi, donde principiaba el gran camino real, hasta más allá de Loja al sur; pero en nuestros días no se conservan más que los vestigios de cinco de ellos. Uno en Mocha entre las dos provincias del Tungurahua al norte y del Chimborazo al sur: debió estar en el mismo punto en que hoy está el pueblo, y, las piedras labradas, que se conservan en las paredes y gradas de las casas de la población, manifiestan que fue de los mejores, y, acaso, hubo también allí algún palacio para los incas. En Achupallas a la falda setentrional del cerro del Azuay, se conservan señales y vestigios de otro, construido también con piedras labradas.

Sobre la Cordillera del Azuay, en lo más desierto de aquellos páramos, están todavía visibles los cimientos de otro, grande, de piedra tosca, sin labrar. La construcción de este edificio se atribuye al padre de Huayna Capac.

En las cercanías del pueblo de Deleg, entre el pueblo de Nabón y el de Oña y encima de éste hacia el sur ha habido otros tres tambos, cuyos vestigios existen todavía en la provincias de Cuenca.

Antes de la ciudad de Loja, una jornada, en el punto que llaman Las Juntas, por la confluencia de dos ríos, se ven todavía en pie los restos de las paredes de piedra de otro tambo de los incas. Todos tienen un plano muy sencillo y sus paredes están formadas de piedras sin labrar, unidas con un barro consistente, que hace las veces de mezcla. El tambo del Azuay, el de Achupallas y el que existía en Pomallacta se atribuyen al inca Tupac Yupanqui: los otros son indudablemente del tiempo de Huayna Capac.

Los palacios que construyeron los incas en el Reino de Quito no debieron ser muchos y, acaso no pasaron de cinco o cuando más de seis: uno levantado por Atahuallpa, donde ahora está la ciudad de Cuenca, y los otros edificados por su padre el inca Huayna Capac. De éstos, el de Cañar se conserva todavía en pie y puede juzgarse lo que sería, por lo que aún existe sin destruirse; los otros han perecido casi por completo. En el de Caranqui nació Atahuallpa; y en el de Cañar recibió el inca Huayna Capac la primera noticia de la aparición de los españoles en las aguas del Pacífico.

Estos palacios eran inmensos y abarcaban en su circuito una extensión considerable de terreno, con la casa principal destinada para el soberano y los edificios del contorno, donde se alojaba la regia servidumbre. El plano era distinto, a juzgar por el de los dos palacios que todavía se conservan; y las paredes son muy anchas y construidas de piedra labrada.

En el de Cañar hay piedras enormes, principalmente en el cuerpo de la elipse, y están unidas con tal arte y con tanto primor, que en la juntura de sus caras no es posible introducir ni la hoja de un cuchillo delgado. En la labor de las piedras predomina siempre una misma forma, pues todos los lados son toscos y conservan su figura natural y solamente uno está labrado en forma convexa. Sea cualquiera el tamaño de las piedras, la labor es la misma, lo cual da a los edificios de los incas un aspecto exterior que no carece de hermosura. La techumbre era siempre de paja con bastante inclinación para dar caída a la corriente de las aguas: los aposentos no tenían comunicación interior unos con otros, y las puertas eran muy altas, anchas en la base y angostas en la parte superior: de umbrales servían unas losas grandes de piedra; no había ventanas para dar luz a los aposentos, pero en las paredes de éstos estaban dispuestas unas como alacenas pequeñas de la misma figura que las puertas. En el palacio de Cañar había algunos departamentos, cuyas paredes se hallaban cubiertas de una pasta de barro muy delgada, pintada de roja bastante claro.

El palacio de Pachuzala en la llanura de Callo era de menores dimensiones que el de Cañar, pero idéntico por su estilo y manera de construcción. Tanto en el de Callo como en el de Cañar, llaman la atención ciertas piedras con unas prolongaciones cilíndricas gruesas, labradas a manera de clavos en las mismas paredes donde están dispuestas simétricamente.

Estos edificios son, pues, sólidos y grandiosos, pero carecen absolutamente de belleza en el conjunto. Los incas no conocieron ni los arcos ni las bóvedas ni las columnas en su arquitectura, y lo suntuoso de sus edificios debió estar, sin duda, en la riqueza de las piezas de plata y de oro que adornaban los muros en lo interior de las habitaciones.

Huayna Capac y su padre, para honrar la ciudad de Quito y la provincia de los cañaris, hicieron traer desde el Cuzco las piedras con que levantaron sus palacios, medida que llenó de orgullo a los indios, quienes se tuvieron por muy felices, viendo que los incas mandaban llevar de la ciudad sagrada del Sol piedras para los edificios que construían en sus provincias.

Por desgracia, nada sabemos respecto del número cierto de ciudades que había en el Ecuador en tiempo de los incas, ni podemos formarnos una idea clara acerca de la manera cómo estaban dispuestas y arregladas. En la provincia de Atacames parece que había uno u otro pueblo, cuyas calles eran rectas y tiradas a cordel: de la famosa ciudad de Tomebamba en la provincia de los cañaris, sólo conocemos la particularidad de que estaba asentada a la margen de tres ríos, y por las ruinas que aun quedan a las orillas del Rircay, del Minas y del caudaloso Jubones, se puede conjeturar que era muy extensa y populosa.

Tupac Yupanqui y Huayna Capac construyeron en ella templos y palacios; pero, a decir verdad, el carácter de las ruinas es tan singular que no pueden confundirse con las de las construcciones de los incas.

La ciudad de Quito, fundada en un plano desigual, con anchas quebradas, debió presentar un aspecto muy variado; con sus grupos o hileras de chozas pajizas y los extensos palacios de Huayna Capac construidos de piedra labrada con muros macizos y cenicientos.

Los incas aplicaron, sin duda, a las naciones conquistadas en el Ecuador el sistema de gobierno así económico y político como administrativo y religioso, que tenían establecido en todo el imperio. El Reino de Quito fue la última conquista de los incas, y los dos postreros soberanos de la dinastía del Cuzco fueron quienes la llevaron a cabo. Así, pues, durante medio siglo debió regir en todas estas provincias el mismo calendario religioso que se guardaba en el Cuzco, distribuyendo los doce meses del año en las fiestas al Sol, que precedían, acompañaban o seguían a las faenas de la agricultura, principalmente al cultivo del maíz. El sistema militar para la organización del ejército, la celebración de los matrimonios en un día dado, el desapropio de los bienes de todos los individuos y familias para darles casa, heredad y trabajo, todo medido, tasado y reglamentado, la alternabilidad sucesiva en el servicio del soberano y la vigilancia de unos sobre otros por medio de la distribución de todos los súbditos del imperio en decenas, centenas, millares y decenas y centenas de millar, he ahí el régimen que la política vigorosa del último de los incas debió plantear en el Ecuador; pero es imposible descubrir ahora hasta qué punto de perfección y de rigor se logró hacer observar semejante régimen por las naciones conquistadas. La dominación de los incas dejó, sin duda, impresas huellas profundas en el carácter y en las costumbres de las naciones indígenas ecuatorianas; pero, a nuestro juicio, no las modificó completamente ni las amoldó a esa condición enervante de puros autómatas; en que venía a perderse la personalidad humana.

La resistencia a los conquistadores españoles prueba clara es de que aún conservaban brío en su ánimo y amor a la independencia.

La existencia y conservación de algunas fortalezas indica también que había necesidad de emplear constantemente la fuerza, para mantener en la obediencia a los pueblos conquistados. Entre estas fortalezas merece especial mención en la Historia la de Rumi-Chaca, al norte, levantada en el territorio de los antiguos quillasingas, pues, para hacerla más cómoda y guarnecerla mejor, mandó Huayna Capac taladrar las rocas y desviar la corriente del Angasmayo, echándolo todo por bajo de aquel puente natural de piedra, obra verdaderamente digna de admiración.

Finalmente, otra industria emplearon los incas para no permitir la confusión entre las diversas naciones sometidas a su imperio, y fue el obligar apretadamente a que cada una conservara el color del vestido y la forma de tocado que le era peculiar. De este modo, al ver un indio, se conocía al punto la nación a que pertenecía los puruhaes llevaban la cabeza ceñida con la honda de cabuya, porque eran diestrísimos honderos; y los cañaris usaban a manera de corona un aro de calabaza, con que recogían la cabellera. Por esto en el Cuzco, según refiere Garcilaso, a los cañaris les solían llamar por apodo mati-uma, que equivale a cabeza de calabaza.


IV[editar]

La dominación de los incas sobre las naciones indígenas ecuatorianas no fue, pues, de muy larga duración ni logró producir sobre ellas todos los efectos que en otras partes, por lo cual los indios nativos de estas provincias conservaron casi sin alteración ninguna su propio carácter. Robustos, más bien altos de cuerpo que no pequeños ni medianos, enjutos de carnes, pero gruesos de miembros, de color oscuro bronceado, de facciones toscas, frente estrecha, nariz ancha, cabellos negros, lacios y abundantes; taciturnos y disimulados, amigos del descanso, rencorosos y crueles en sus venganzas; asiduos en el trabajo cuando había quien los vigilara y oprimiera; resueltos, tenaces y hasta heroicos en su propia defensa, una vez enardecida su natural apatía, tales eran, los indios ecuatorianos, sobre quienes ejercieron su dominación los incas.

Los caras, valientes, atrevidos que preferían el exterminio a la sujeción a un príncipe extranjero, que intentara arrancarlos de sus hogares: los puruhaes, cavilosos y sanguinarios; los cañaris, astutos y traicioneros, volubles y vengativos; los chonos y huancavilcas, débiles de cuerpo y enfermizos, pero enemigos de toda sujeción; la raza de los de la Puná y Manabí fortificada contra toda dominación extranjera, ya por las condiciones mismas del terreno y del clima, ya por su energía y refinada disimulación; en fin, los paltas y quillasingas, acostumbrados al aislamiento y a la independencia, sometidos a la dominación y gobierno de los hijos del Sol, obedecieron a las armas victoriosas de Tupac Yupanqui y de Huayna Capac, se sujetaron a la organización política que les fue impuesta por el conquistador; domados por una disciplina militar bien organizada, se conformaron con el nuevo género de vida a que el vencedor trabajaba por amoldarlos, pero, a pesar de todo, conservaron en el fondo el carácter moral y la manera de ser a que estaban acostumbrados.

El sistema administrativo de los incas dividía la sociedad en clases superiores e inferiores; las superiores traían su origen de la raza y del poder: las inferiores estaban condenadas a vivir perpetuamente en la condición humilde que habían heredado de sus mayores o a que las había condenado la fortuna. El yanacona, el siervo, tenía en la sociedad el último lugar, y su destino era ocuparse siempre en lo más vil y penoso; el pueblo o la gente común y vulgar, de la que salían los soldados y los artesanos; los hijos y familia de los caciques de cada lugar; los hijos y los descendientes de los curacas o régulos de cada provincia: la estirpe real en la que se distinguían los hijos bastardos de los monarcas y los hijos legítimos de éstos, que formaban un especie de casta sagrada aparte, tales eran las jerarquías sociales en que estaba dividida la nación en los postreros tiempos del imperio, y cuando éste por las conquistas de los incas había llegado al apogeo de su grandeza.

Sin perder de vista estas circunstancias, será fácil formarnos una idea bastantemente exacta del estado de civilización y de adelanto moral en que se encontraban las antiguas naciones indígenas del Ecuador, en los últimos años del reinado de Huayna Capac. ¿Cuál habría sido la suerte de estos pueblos, entregados a sus propios esfuerzos? Si la conquista española no los hubiera sorprendido tan de improviso, ¿a dónde habrían llegado, siguiendo abandonados únicamente a sus ideas propias? No es fácil conocerlo. En su manera de vida y en las condiciones de su organización social había muy pocos y débiles elementos de prosperidad y de verdadero engrandecimiento.

La influencia del gobierno de los incas fue, no obstante, provechosa para estos pueblos y contribuyó eficazmente a darles unidad social, conservó avasalladas varias tribus, que antes vivían en guerra constante, y las acostumbró al trabajo, haciéndoles gustar las dulzuras de la paz, en una vida quieta y sosegada. La enseñanza de la lengua quichua y la uniformidad de régimen administrativo fundió poco a poco a las tribus en un solo cuerpo social. Reconocía éste en la persona del soberano la fuente de todo derecho y de toda moralidad, y le obedecía ciegamente.

Todo estaba reglamentado en el imperio de los incas, desde los grandiosos trabajos emprendidos para el servicio del monarca, hasta la hora de comer y de descansar en el retiro del hogar doméstico. El indio vivía para el imperio, y aun en el fondo de su cabaña era vigilado por la autoridad, que no lo perdía de vista ni un solo momento. El soberano era el dueño de todas las minas, de todas las tierras de labor, de todos los ganados y hasta de toda la caza que podía perseguirse en los montes.

De manos del soberano recibía el indio el terreno que había de cultivar, el algodón y la lana, de que había de tejer su vestido, y, lo que es más, hasta la misma esposa, con quien había de vivir en matrimonio, la cual le era dada por la autoridad en un día determinado. Cuando el indio llegaba a cierta edad, se le obligaba a tomar esposa, y, para esto, los matrimonios se contraían en un mismo día, todos los años, en la basta extensión del imperio. La actividad personal de los individuos estaba, pues, bajo el régimen administrativo de los incas, enteramente sometida a la voluntad del soberano. Fácil es comprender, que semejante sistema de gobierno debía modificar profundamente el carácter moral de los pueblos: el indio llegaba a perder ese amor innato, esa adhesión fuerte, que la naturaleza ha puesto en el corazón del hombre a la tierra donde nació, y se consideraba siempre dependiente de una voluntad superior, absoluta y poderosa; de este modo, mirándose, en cierta manera, como extraño en la tierra donde vivía, acababa por ser indiferente a la suerte de ella. Por esto, vio llegar al conquistador europeo y le allanó el camino, para que se apoderara de la tierra de sus mayores. Si aquí en Quito no sucedió cosa semejante, eso debe atribuirse a que nunca lograron los incas establecer completamente su sistema de gobierno sobre varias de las tribus de los antiguos caras.

Éstas, principalmente en el norte y en el este, opusieron una resistencia tenaz a la dominación de Huayna Capac, y hasta la muerte del Inca estuvieron todavía con las armas en la mano, prontas siempre a sacudir el yugo de los hijos del Sol.

Nos falta un rasgo muy notable, para acabar de dar a conocer el carácter moral de las tribus indígenas del Ecuador. Los incas habían establecido un sistema discreto en la distribución del trabajo, que pesaba sobre sus súbditos: convertían las faenas de la labranza del campo en fiestas y regocijos. Los indios acudían vestidos de gala con los mejores vestidos que tenían; el tambor no cesaba de resonar ni un instante, y su ruido ronco, monótono y acompasado, a una con el chillido penetrante y gemebundo de la flauta, comunicaba animación a los trabajadores. El canto alternado, repitiendo en coro exclamaciones de aliento, estribillos y donaires, les estimulaba a no desmayar en la fatiga; y la chicha, que se repartía con prodigalidad suma, alegraba los ánimos y hacía terminar en ruidosa algazara y borrachera común toda reunión para el trabajo de los campos. ¡Triste condición la del indio! Pero ello es cierto: el estímulo para el trabajo ha de ser siempre su vehemente propensión a la bebida. Esa propensión a la embriaguez, parece connatural a la raza y constituye uno de los rasgos más pronunciados de su fisonomía moral. Rasgo, propensión que hace casi desesperar del progreso y adelantamiento de esta tan degradada clase social, para quien parece no tener halago ninguno la civilización.

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