Horizontes rebeldes de la guerra

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Horizontes rebeldes de la guerra
de Ernesto Bark

Nota: «Horizontes rebeldes de la guerra». (El Radical, 30 de octubre de 1914, año V, núm 1.657)


Horizontes rebeldes de la guerra
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                    LATINOS Y GERMANOS

 El equilibrio entre el mundo latino y el germano está roto, y los que creemos los dos factores indispensables para el progreso de la humanidad, debemos trabajar en que se restablezca el equilibrio necesario.
 Italia está encadenada por su dinastía, que había aceptado compromisos con los dos imperios, cuyo fin dinástico se apercibe ahora claramente. España, y sobre todo la España republicana de Europa y América, está obligada á cumplir su deber como uno de los sostenes vitales del mundo latino, y vergonzoso es que los portugueses hayan dado una lección al Gobierno del Sr. Dato.
 No se dan cuenta cabal los partidarios de la no intervención de lo que significa el aplastamiento de Francia y el predominio del káiser. No es la ciencia alemana, que se impondría, ni el predominio de Goethe, Lessing y Heine sobre Hugo, Balzac y Zola, sino el de la Alemania oficial imperial,que representa el principio monárquico en lo político; la reacción religiosa, con su cristianismo medioeval; y en lo social, el retroceso antidemocrático de castas privilegiadas, el feudalismo del capitalismo dominador.
 Estos factores reaccionarios están exaltados hasta lo absurdo por la guerra, la apoteosis del espíritu militarista. Si antes era repugnante respirar aquella atmósfera de adulación al káiser y á todo superior jerárquico, de hipocresía evangélica y de adoración al oro, al capital; desde luego tendrían que emigrar de su patria los alemanes que sienten la dignidad del hombre libre y que desprecian la vileza y lo degradante de la adulación, es decir, la mayoría de los países germánicos porque la atmósfera actual es respirable sólo para los momentos de exaltación bélica, y muy pronto veremos apoderarse del país una reacción antimilitarista, donde el concepto moderno del Estado y de la vida de la gran corriente demócrata podría surgir de su letargo de ahora.
 De modo alguno decidiera el resultado del terrible duelo actual respecto á la superioridad de la nación victoriosa. Grecia fué vencida por Roma, y quedará eternamente el ideal de armonía y del arte. Sin embargo, para los internacionalistas se presenta el problema: ¿Era prudente y necesario llegar á este duelo?, y, ¿han obrado bien los directores de los destinos de Francia en medir su nación con la alemana por la bárbara lucha violenta de las armas? ¿Tenían el derecho de exponer la cultura francesa al choque tremendo de la guerra y la rica y floreciente Francia á la invasión de los tres millones de germanos, cuyas batallas contra las tropas francesas é inglesas están devastando para largos años las comarcas más bellas del país?
 Nada demuestra en cuanto á la cultura la superioridad guerrera, la del arte de matar, y pueril sería demostrar por tantas víctimas y tan tristes sacrificios en vidas y bienes que la República supiera mejor defender la patria que lo hizo el Imperio. Tampoco hacía falta demostrar el patriotismo y la abnegación sublime de la nación, porque nadie dudaba de ellos, quien conocía un poco el carácter heroico francés.
 Si los organizadores de la terrible hecatombe querían demostrar esto, ya han conseguido su fin, puesto que los ejércitos de Joffre, Galiani, Pau y Castelanu se han elevado á gran altura haciendo frente á las tropas del káiser. Francia ha vuelto á ganar los laureles guerreros marchitos en 1870.
 Repito que este duelo bárbaro y cruel ha sido absolutamente innecesario para el esplendor y la gloria de Francia. Si resulta favorable el éxito final saldrán gananciosas en primer término Rusia á Inglaterra; ésta, porque su comercio sustituirá al de Alemania en gran parte, y el imperio moscovita, por consolidar su dominio sobre los eslavos de Austria y de los Balkanes y conquistar quizás Costantinopla y Asia Menor por la parte Armenia.
 Si España, Italia y Rumanía no acuden en apoyo de Francia, quedaría debilitado por esta guerra el latinismo, frente al germanismo; y aunque la rama teutona pierda al eslavismo mucho de su influencia, la rama anglosajona obtendría una victoria y preponderancia en el mundo, en perjuicio de la influencia de las naciones neolatinas.
 Largos años necesitaría la Francia triunfante para reponerse de las pérdidas en vidas y bienes materiales, y de la vencida no hay que hablar. Esta guerra es ahora ya mucho más destructora que la de 1870; y parece que los alemanes extreman la barbarie de estos criminales «juicios de Dios», destruyendo todas las comarcas que pisan sus caballos y arrasan sus cañones, y todavía nos espera los más horrible: la devastación de Londres por 300.000 kilos de un explosivo cien veces más destructor que la dinamita, arrojados sobre la capital inglesa por los 50 «zeppelines» que existen, según cálculos británicos.
 ¿Extreman la barbarie para quitar á los franceses las ganas de pedir otra revancha ó para fundamentar su hegemonía posible mundial sobre el terror, como lo han hecho todas las tiranías?
 Sea como fuere, lo indiscutible es que la estrella de Francia, que empezaba á palidecer en 1870, no ha recobrado nuevo brillo á pesar de la bravura y el heroísmo de toda la nación; y ahora se impone á los latinos el problema: ¿cómo ganar el terreno perdido por los provocadores frívolos de este duelo mortal?, y digo provocadores porque notorio es que Poincaré y Nicolás II habían concertado la guerra para 1916; pero era pueril suponer que los alemanes esperarían dócilmente hasta que sus enemigos estuviesen preparadoros para vencerles.
 Háblase de la ambición de los neutrales para contrarrestar el egoísmo feroz del vencedor final y garantizar el patrimonio de las naciones débiles contra la rapiña de los grandes beligerantes. Parece que Italia y los Estados Unidos son el centro del movimiento, que muy posiblemente llevaría á nuevas complicaciones bélicas después de que los actuales beligerantes hayan concluído su obra nefasta de mutuo exterminio.
 Y si esta nueva conflagración fuese muy posible y parezca cada día más probable, ¿no sería previsor y prudente tomar ahora ya posiciones y ayudar al probable aliado de mañana?
 ¿Dónde están nuestros Tallayrands capaces de escudriñar el futuro? La política es un cálculo de probabilidades, y el talento del político es calcular bien, basándose en la exactitud de sus observaciones y el estudio cabal de los factores.
 En 1808 era el pueblo que inició la regeneración nacional contra la invasión extranjera. Los hombres de Estado no comprendieron las aspiraciones populares, y hasta las combatieron. Exactamente lo mismo aperciben ahora: los unos son germanófilos y los otros francófilos; como en 1808, faltan españoles, entre los directores del país, desde los Gobiernos y de igual modo desde la oposición.
 Nunca quizás se ofrecerá la ocasión propicia de afirmar su personalidad nacional latina ante la caída triste de Francia, sumergida en los horrores de esta guerra sin igual. Hay que laborar por el gran ideal, genuinamente popular, de la unión iberoamericana, porque ante el crepúsculo de la nación francesa debe levantarse el nuevo sol de la inmensa nación iberoamericana, que sumará más de 200 millones de habitates dentro de cincuenta años durante los cuales Francia tal vez no llegará á más de 50 millones, sin contar con los elementos extraños: italianos y germanos, que suplirán las deficiencias de la natalidad francesa.
 Muchas y gravísimas responsabilidades deben exigir los pueblos á sus directores, por no haber sabido evitar esta conflagración absurda y criminal. Que los gobernantes tengan presente que la paciencia tiene un fin y que los momentos graves que pasamos deben encontrar hombres de Estado á la altura de las circunstancias.

     Ernesto BARK