IV. Una etapa de guerras imperialistas y la lucha internacional contra la guerra

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Tesis Programáticas para la Cuarta Internacional de Jorge Altamira

IV. Una etapa de guerras imperialistas y la lucha internacional contra la guerra[editar]

16. La guerra imperialista en los Balcanes ha dado inicio a un nuevo período mundial de crisis internacionales, guerras y revoluciones. La IV Internacional no pone un signo igual, como lo hace el pacifismo, entre las diferentes clases de guerras. Denuncia que las guerras son el producto de un régimen social determinado y expresan la explosividad de sus contradicciones, de ningún modo una tendencia particular de gobierno. Son engendradas por el régimen capitalista de producción y por las rivalidades entre los diferentes grupos capitalistas y son un instrumento de dominación económica y de opresión nacional del imperialismo. La IV Internacional combate las guerras imperialistas con el método de la revolución social. La IV Internacional señala la obligación de caracterizar a las guerras de acuerdo a la estructura social de las naciones enfrentadas. Combate las guerras entre naciones imperialistas mediante la organización de la guerra civil de los explotados contra la burguesía dominante del propio país, de un lado, y mediante la colaboración revolucionaria con los trabajadores de los países enemigos, del otro. Combate también como reaccionarias a las guerras entre naciones oprimidas y llama a la confraternización entre sus trabajadores y al frente unido contra el imperialismo. Denunciamos el apetito estrecho de las burguesías locales y su manipulación por parte del imperialismo para reforzar la dominación semicolonial prevaleciente. La IV Internacional apoya incondicionalmente las guerras de las naciones oprimidas contra el imperialismo y participa prácticamente del lado de la nación oprimida. Apoya asimismo la lucha organizada y de las masas contra el esfuerzo militar y político del imperialismo contra las naciones oprimidas. Dentro de estas últimas apoya toda colaboración política y militar con las tendencias que combaten al imperialismo con métodos populares y colabora efectivamente con ellas sin resignar en ningún momento la independencia política. Las situaciones nacionales donde la opresión del imperialismo mundial se combina con una opresión colonial o nacional interna, de parte de las burguesías o incluso pequeña burguesías locales (como, por ejemplo, en los Balcanes, en Siria o en los países del Golfo Pérsico), no se diferencian sino en cuestión de grado de las naciones oprimidas donde dominan dictaduras sangrientas. En todos estos casos apoyamos la unidad de la lucha contra el imperialismo, incluida la colaboración práctica con los opresores locales contra los opresores internacionales, sin resignar para nada, ni en ningún momento la reivindicación de la libertad nacional y de la democracia política contra los opresores nativos. La derrota del imperialismo capitalista internacional es la condición necesaria para la conquista de la libertad nacional. Defendemos la unidad de los pueblos de la ex Yugoslavia contra la OTAN, así como la libertad nacional para kosovares, macedonios, montenegrinos en el marco de una Federación socialista de los Balcanes (con Albania, Rumania, Grecia y Bulgaria). Impulsamos la unidad de todos los pueblos que componen Irak contra la coalición imperialista yanqui y la libertad y autodeterminación nacionales, por ejemplo para los pueblos turcomano y kurdo. Denunciamos las limitaciones insalvables del enclave kurdo apoyado por el imperialismo yanqui en Irak y las contradicciones insalvables, desde el punto de vista de la nación kurda, que supone el propósito de integrarlo en una federación iraquí bajo protectorado norteamericano. La libertad y unidad nacionales del pueblo kurdo suponen, antes que nada, el derecho a la unidad libre con los kurdos de Turquía (y de Siria, Irán e Irak), derecho que es incompatible con la dominación del capitalismo turco, del imperialismo yanqui y de la OTAN. La expulsión del imperialismo de Irak exige la movilización de todos los explotados del Medio Oriente por la independencia y liberación nacionales y plantea la lucha por una Federación Socialista del Medio Oriente.

17. La autodeterminación, unidad e independencia nacionales de Palestina constituyen el centro histórico de la cuestión del Medio Oriente. La guerra de Irak se inscribe en el marco de las tentativas reiteradas del imperialismo para liquidar los derechos nacionales palestinos. El imperialismo ha injertado en el Medio Oriente un monstruoso estado cliente, el Estado sionista, que se encuentra en las antípodas de la liberación y desarrollo nacionales de los pueblos de la región. La independencia nacional del Medio Oriente es incompatible con el Estado sionista; una derrota del imperialismo en la presente guerra lo barrería del escenario meso-oriental. La lucha del pueblo palestino resume la determinación histórica de la emancipación nacional en el Medio Oriente. Ha ganado este derecho en la lucha viva contra la opresión imperialista moderna. El sionismo no tiene un carácter nacional progresivo; su tarea histórica ha sido la confiscación económica y territorial de los pueblos nativos, financiado por una agencia internacional que es la propietaria del 99% del suelo que ocupa. El sionismo constituye un obstáculo contrarrevolucionario para un desarrollo libre y universal del pueblo judío. La situación social de las masas judías en el estado sionista ha empeorado enormemente, de un lado como consecuencia de la crisis económica internacional, del otro como consecuencia de la competencia económica entre los trabajadores inmigrantes, árabes y judíos. El nuevo impasse mortal que enfrenta el pueblo judío sólo puede ser resuelto por medio de la unión con los trabajadores árabes para destruir políticamente al estado sionista y forjar una República socialista única de Palestina en todo su territorio histórico, de uno y del otro lado del Jordán. La IV Internacional denuncia la posición que sostiene que la descomunal militarización del sionismo opone una barrera infranqueable a una lucha nacional palestina y condena a las masas palestinas a una larga colaboración histórica con el sionismo. Por el contrario, destacamos la artificialidad y fragilidad históricas del sionismo y señalamos su dependencia de la crisis mundial en curso. La lucha política contra el sionismo no se restringe al ámbito regional del Medio Oriente sino que debe tener un carácter internacional, tanto entre las masas de obediencia musulmana como entre los judíos, en especial los trabajadores y la juventud. La lucha contra el racismo y el antisemitismo debe servir para unir a los trabajadores musulmanes y judíos y para hacer avanzar la causa de la expulsión del imperialismo mundial y del sionismo del Medio Oriente.

18. La IV Internacional denuncia el carácter imperialista y opresor del laicismo en los Estados que han dejado atrás hace mucho tiempo su época de formación nacional y de combate contra el clero, y son, en la actualidad, Estados opresores de naciones y nacionalidades. La neutralidad religiosa en los Estados imperialistas, al igual que lo que ocurre con la democracia, tiene un contenido opresor. Es un arma de combate, no contra el clero y el oscurantismo clerical, sino contra el ateísmo y la ciencia. Es también un instrumento de la lucha de las confesiones de las naciones opresoras contra las confesiones de las naciones oprimidas. El laicismo occidental escamotea también los lazos que se refuerzan cotidianamente entre los Estados y la iglesia histórica oficial, así como con el Vaticano. Dada la hegemonía del capital financiero, esos lazos son históricamente más estrechos en la actualidad que en la época en que aún no se había sancionado la separación de la Iglesia del Estado. Toda una gama de corporaciones y fundaciones, que financian el progreso imparable del clero en el campo de la educación y la cultura y de la asistencia social, aseguran una relación estrecha creciente entre el clero y el estado democrático. La ofensiva del estado imperialista francés contra los jóvenes y trabajadores que no comulgan con las religiones establecidas, en especial contra los de obediencia musulmana, es una herramienta del capital contra la unidad entre los diversos sectores del proletariado y refuerza la tendencia comunitarista entre quienes no comulgan con la religión oficial, como lo es, a todos los fines prácticos, la católica. Los Estados imperialistas laicos se valen de la neutralidad religiosa, no como un medio de lucha contra el oscurantismo sino contra el ateísmo y el comunismo. La circunstancia de que esa neutralidad puede entrar en conflicto con tendencias confesionales extremas no atenúa en nada el hecho de que es un medio de dominación cultural y político de la burguesía imperialista e incluso de la religión oficial, a través del apoyo que recibe del capital financiero. La misma finalidad de división de la clase obrera expresa, en especial en los países imperialistas o desarrollados, la promoción del "multiculturalismo" por parte del Estado, alegando la necesidad de proteger las "diversidades" étnicas o religiosas. Se pretende, en realidad, confinar a los trabajadores inmigrantes y a sus descendientes en una suerte de ghettos, controlados por una burocracia tutelada por el Estado, y disimular de este modo la brutal discriminación de que son objeto tanto desde el punto de vista de los derechos formales como de las condiciones sociales. La IV Internacional llama a la clase obrera de los países imperialistas a fortalecer los lazos con los trabajadores de obediencia musulmana mediante la lucha de clases común contra el capital y a valerse de esa lucha y de la organización que ella exige para emanciparse a si mismos y a sus hermanos de clase de toda forma de oscurantismo religioso, en primer lugar contra la iglesia dominante, y de toda dominación clerical comunitarista. La IV Internacional llama a los trabajadores de obediencias no católicas a no dejarse engañar por los reclamos de la igualdad cultural y a poner en el primer plano de sus esfuerzos y de sus luchas las reivindicaciones sociales, contra el capital, por la igualdad de acceso a las conquistas obtenidas por los trabajadores del país en el curso de una larga lucha histórica. La IV Internacional destaca como un ejemplo la persistencia de oposición de las masas de Bolivia a la dominación clerical católica, y llama a convertirla en una bandera que sirva a la participación de millones de indígenas en la revolución social y de ningún modo para reivindicar un particularismo étnico que no tiene futuro positivo bajo el capitalismo.

19. La IV Internacional rechaza cualquier forma de subordinación política de los obreros y campesinos árabes respecto a sus burguesías y feudales, que es propiciada en nombre de la unidad de la Nación Árabe, y destaca la importancia de la lucha política contra los explotadores teniendo en cuenta las peculiaridades de los diferentes Estados árabes. Señala, fundamentalmente, que la lucha por la emancipación nacional sólo puede triunfar por medio de la toma del poder por los trabajadores, o sea que ponemos en un primer plano la lucha por el derrocamiento de las burguesías y feudales árabes y sus gobiernos. La liberación nacional palestina enfrenta una colosal crisis de dirección; la totalidad de su dirección pequeño burguesa ha pasado a un compromiso con el imperialismo y el propio sionismo. La llamada Autoridad Palestina es una barrera política para la lucha contra el sionismo y para la lucha por unir a los trabajadores de toda la región, en especial de Siria, Líbano y Jordania, contra la opresión del imperialismo y las dictaduras semi-feudales, burguesas o pequeño burguesas. La IV Internacional pone todas sus energías en la construcción de un partido obrero revolucionario en Palestina.

20. En el ámbito de las actuales guerras internacionales, denunciamos la colaboración entre el imperialismo y la burocracia restauracionista de Rusia en la guerra llevada adelante contra la nación afgana, que se manifiesta en el arriendo o cesión de bases militares a la OTAN en varios países de Asia Central. Esta colaboración fue comprada a la burocracia rusa a cambio de su derecho a continuar una de las guerras en curso más crueles y despiadadas, contra la nación y el pueblo chechenos. Denunciamos, asimismo, que esta guerra de opresión se lleva a cabo en el marco de una negociación inconclusa entre la burocracia rusa y el imperialismo yanqui, que puede detonar nuevas guerras regionales con alcance internacional, por el reparto económico y político de la región en torno al mar Caspio y del Cáucaso, en particular en relación a la explotación y el transporte de petróleo. La IV Internacional apoya la lucha guerrillera del pueblo checheno contra el opresor ruso, apoyado por la Unión Europea y Estados Unidos, por su derecho a la autodeterminación e independencia nacionales. La IV Internacional llama a los pueblos del Cáucaso a luchar en común tanto contra el imperialismo yanqui, la OTAN, la Unión Europea y la burocracia rusa, por la construcción de una Federación Socialista del Cáucaso.

21. El campo de lucha fundamental contra la guerra debe tener lugar en las propias metrópolis imperialistas. La lucha contra la guerra ha dado lugar a movilizaciones de masas extraordinarias y al inicio de crisis políticas de los gobiernos imperialistas. Esto ya ocurre en España e Italia y en una medida un poco menor en Gran Bretaña. La guerra tiene un efecto confiscatorio sobre los pueblos de las naciones de Europa, cuyos estados no pueden lidiar con déficits fiscales crecientes (¡Italia ha comenzado a poner en venta su patrimonio cultural!). Los botines que ofrece la guerra imperialista no compensan el costo que ésta le ocasiona a los golpeados presupuestos nacionales y el agravamiento de la bancarrota de los sistemas de previsión y de salud, tanto estatales como privados, e incluso de estos últimos especialmente. El acaparamiento de los principales negocios de la guerra por parte de los monopolios norteamericanos y el prodigio de los Estados Unidos para financiar la guerra y cebar una reactivación económica mediante el aumento de la deuda pública, acentúa aún más la vulnerabilidad de los Estados europeos. Estas contradicciones se encuentran potenciadas, a su vez, por la agudización de la rivalidad entre el imperialismo yanqui y, en particular, los imperialismos francés, alemán y, en parte, inglés. Se van acumulando de este modo la acción de los factores que precipitarán crisis políticas aún mayores y movimientos populares de lucha de mayor envergadura. La IV Internacional señala la incapacidad del pacifismo para acabar con las guerras que son engendradas inevitablemente por el régimen de explotación del hombre por el hombre, y denuncia, de un lado, su carácter homeopático y, del otro, su carácter, anestesiante. Los revolucionarios propugnamos convertir el crimen de la guerra en crisis políticas cada vez más intensas en las metrópolis, especialmente mediante el señalamiento a las masas de que esas crisis políticas crecientes son la consecuencia inevitable de sus luchas anti-bélicas y sociales y de que ellas representan, no solamente un mal menor con relación a la libertad de acción que pretende la burguesía para continuar sus guerras, sino el marco más propicio para acabar con la guerra mediante la acción revolucionaria obrera. En la lucha práctica contra la guerra, la IV Internacional plantea la huelga y el boicot a los envíos militares de los países imperialistas, desarrolla una agitación contra el imperialismo en las fuerzas armadas y reclama la inmediata nacionalización sin pago de todos los capitales promotores de la guerra, bajo control obrero, en primer lugar de la industria de armamentos, pero igualmente de la petrolera o la farmacéutica, conforme fueron denunciadas internacionalmente. En la medida del crecimiento de la conciencia y de la organización de los trabajadores, estas crisis políticas deben ser convertidas en revolucionarias. La lucha contra la guerra imperialista devuelve al primer plano a la lucha de clases en las naciones capitalistas avanzadas.

22. El imperialismo ha llevado adelante la guerra hasta ahora bajo el patrocinio, la cobertura y la protección de la democracia. No ha necesitado recurrir al fascismo. No solamente esto; ha actuado, además, para contener y disipar los brotes fascistizantes o nacional-imperialistas, como ha ocurrido en Alemania, Dinamarca, Francia y Austria. Ha preferido los recambios políticos de centroizquierda a los golpes de estado de la extrema derecha. El pseudo-fascismo actual, en el viejo continente, tiene un campo limitado de acción porque representa una tendencia de oposición nacionalista a la Unión Europea, que sigue siendo el arma principal de la burguesía para luchar por un lugar en el mercado mundial y para disputar la restauración capitalista en el este. La burguesía no tiende, en Europa, a una guerra entre sus intereses nacionales, sino que se orienta a la creación de un directorio político de sus Estados más fuertes. El imperialismo, en sus metrópolis de dentro y fuera de Europa, se considera mejor servido, por ahora, por la democracia. Esto demuestra el grado de la colaboración de clases de la socialdemocracia, la burocracia de los sindicatos y la pequeña burguesía izquierdizante. Lejos de ser un precio de libertad que le hubiera impuesto la burocracia obrera a su burguesía imperialista, es una extorsión del imperialismo para mantenerla como rehén de la política y de la guerra imperialistas. La democracia no es de ningún modo el sinónimo de la paz cuando se trata de la democracia burguesa y menos todavía de la imperialista. La guerra y la democracia imperialistas se encuentran, sin embargo, recíprocamente condicionadas por la capacidad para mantener la "paz social" en sus metrópolis. En la medida en que las contradicciones capitalistas y las de la propia guerra minan esa "paz social", el régimen democrático se ve comprometido. Se encuentra fuera del alcance de la burocracia obrera la posibilidad de regular o mitigar las contradicciones objetivas del capital; por eso, si aún quiere conservar la "paz social" en condiciones menos favorables para ello, debe recurrir a la división de las masas que hacen frente a la ofensiva capitalista, a la paralización de las organizaciones obreras y a la capitulación lisa y llana ante las patronales y el Estado. Es lo que han hecho los sindicatos y la izquierda en Europa y la AFL-CIO en los Estados Unidos. Desde mediados de los 90 la dirección de los sindicatos norteamericanos se encuentra en manos de una dirección reformista y centroizquierdista, que incluso llegó a coquetear con las manifestaciones de masas "contra la globalización". Un ala izquierda de esta dirección intentó plantear la construcción de un Labor Party. Esta nueva dirección ha sido un sólido baluarte del imperialismo yanqui en todo el curso de la presente crisis mundial. La medida en que va siendo minada la "paz social" en las metrópolis lo ofrece el creciente empobrecimiento de las masas, por un lado, y en particular el carácter crónico, con una curva creciente, de la desocupación de masa, y la fuerte tendencia al cercenamiento de las libertades democráticas, por el otro, con características propias de un Estado policial, que se desenvuelve en nombre de "la lucha contra el terrorismo". Desde el Pentágono norteamericano, especialmente, se procura convertir al anti-terrorismo en el pretexto para la completa subordinación de las fuerzas armadas del resto de los países. Por todo esto, mientras denunciamos la dependencia completa de la democracia burguesa al imperialismo, llamamos a la lucha por la defensa de las libertades democráticas formales y de organización en las naciones imperialistas, incluida especialmente la defensa del derecho de resistencia a las guerras y a la opresión étnica o nacional por medios revolucionarios. Denunciamos a la campaña "contra el terrorismo" como dirigida contra la independencia nacional de las naciones históricamente atrasadas. Denunciamos que la reacción política en las metrópolis se nutre del sometimiento nacional y señalamos que la lucha por la emancipación de estas naciones es la forma más alta del combate por la democracia formal.