Idilio - 1

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Sencilla y grata vida de la aldea 
levantarse al nacer de la mañana 
cuando su luz en la extensión clarea 
y se quiebra en la cúpula lejana, 
vagar a la ventura en el boscaje... 
Espiar en los recodos del camino 
el momento en que el ave enamorada 
oculta en el follaje 
sus esperanzas y sus dichas canta. 
En rústica vasija 
coronada de espuma 
libar la leche, contemplar la bruma 
que en el fondo del valle se levanta, 
el aire respirar embalsamado 
con los suaves olores 
de la savia y las flores, 
tomar fuerza en la calma majestuosa 
donde la vida universal germina, 
en ignotos lugares 
que no ha hollado la vana muchedumbre 
en el bosque de cedros seculares 
del alto monte en la empinada cumbre; 
después, tranquilamente 
bañarse en el remanso de la fuente. 
Con el rural trabajo 
que a los músculos da fuerza de acero 
y que las fuentes abre de riqueza 
endurecer el brazo fatigado 
y devolverle calma a la cabeza, 
sin fatigas, sin penas, sin engaños 
dejar correr los años 
y en la postrera 
descansar, no en lujoso monumento 
sino bajo el follaje 
del verde sauce a su tranquila sombra, 
cabe la cruz piadosa.