Idilio 4

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Idilio IV - El despechado


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    Desdenes, que el amor de acíbar llena,
destierran de tu margen, blanco río,
a quien sin duda fue cisne en la pena,
pues la supo llorar sonoro y pío.
Pero si quieres hoy verle en tu arena,
deja las ovas del retrete umbrío
que por último vale a tus orejas,
invía estas palabras y estas quejas. 

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    Najerilla que vas libre y seguro
de retratar mis ansias y mis penas,
pues lágrimas te di de cristal puro,
vuélvemelas a dar, que son ajenas,
así deste desdén de mármol duro
estén libres tus márgenes y arenas,
y los ojos alegres con que ries
exentos de mirar sus carmesíes. 

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    ¿Qué paz agora no dará tranquilo,
olvidado de amor tu paso lento?
y más negando orejas al estilo
de la que a suavidad reduce el viento,
sirena infiel, ingrato cocodrilo,
que para sojuzgar el pensamiento
con voz que canta y lágrimas que llora,
enlaza, engaña, encanta y enamora. 

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    Con más quietud y con cuidados menos
ondas pisé del Tormes cristalino,
y ondas que en surcos de verdosos senos
ramas fecundan de coral muy fino.
Vi los jacintos de su prado amenos
mostrar el ¡ay! de su cruel destino
bien sin amor, y vime entre las flores
alegre sin tratar celos ni amores. 

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    Y así como se alegra en la tormenta
el que en el puerto la esperó futura,
no por ver a los otros en afrenta,
sino por ver su libertad segura,
tal allí mi pasión estaba exenta
de la que causa amor, severa y dura,
notando entre las aguas y las flores
desdén, esquividad, celos, y amores. 

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    Vine a tu margen, donde hallar solía
dulce quietud y amigo acogimiento,
agora fuese al respirar del día,
agora fuese al despertar del viento,
o ya en los brazos de la noche fría,
cuando más se aligera el pensamiento,
o ya en el gremio del mejor regazo,
que Venus fomentó con dulce abrazo. 

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    Pero luego a mis ojos, cual si fuera
la juvenil deidad de la mañana,
o, desparcida al sol su cabellera,
la Venus bella, o la feliz Diana,
aldeana ocurrió, que si no era
de los cielos de amor tierna aldeana,
era a lo menos por lo blanco y bello
luna en la frente, sol en el cabello. 

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    Sobre pureza más que de azucena,
candor que puso en riesgo a la blancura,
rosa del Mayo plácida y serena,
que aumenta mi dolor y su hermosura,
cuelga de sus mejillas tan amena,
que ya de nácar, ya de nieve pura
hace una mezcla tal, que a ser comienza
ni bien honestidad, ni bien vergüenza. 

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    Arcos, que a veces el amor estira
para criar enamoradas quejas,
y agudas flechas, con que al alma tira
dulce inquietud sin alterar orejas,
por quien el eco de mi voz suspira,
eran sus ojos dos y sus dos cejas,
que en ser negras las dos y los dos bellos,
estuvo la prisión de muchos cuellos. 

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    Nácares, que horadó perla eritrea,
mostrando ya dobleces, ya blancura,
orejas son allí, que dan librea
a la vecina sien con su hermosura,
sobre cuya aptitud el viento emplea
parte de las madejas que asegura,
hasta que, bien por gusto o por sentencia,
las manda despeñar de su eminencia. 

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    Y porque no se aumenten los enojos,
que los pudiera haber si ambos se vieran,
puso un palenque en medio de sus ojos,
que los ciegos de amor gozar debieran,
a quien ya por nariz sus rayos rojos
y sus mejillas de clavel veneran,
o ya por ser depósito del viento
que inspira algalias en lugar de aliento.

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    Ay Dios, si vieras luego en dos corales
repartirse el agrado de su boca,
en quien se miran perlas orientales,
más transparentes que cristal de roca,
sin duda que las ansias fueran tales,
que tu cuerda razón volvieran loca,
pues luego que de mí fue consentido,
ni la mente advirtió, ni obró el sentido.
 
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    Pellico azul en túnica de nieve,
trenzado en rubio sol, cayado en mano,
abarca en pie de compostura breve,
donaire asaz feliz, cuerpo lozano,
todo esto contemplé, pues si se mueve,
ni fénix sirio, ni pavón romano,
imitarán la pompa que ella hacía,
aunque les preste su compás el día. 

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    Y como el que de luz estuvo ajeno
en oscura prisión por tiempo largo,
que al ver la claridad del sol sereno,
parece que despierta de un letargo,
tal me miré, tal vi su rostro ameno,
dulce principio para fin amargo,
y entre estupor y miedo, quedé entonces
más yerto que los mármoles y bronces. 

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    ¿Qué diligencias no tentó el deseo?
¿Qué disfavores no mostró el desvío,
después que se cegó mi devaneo,
después que se amplió su señorío?
y pues en ella y en mis ansias veo
ira mayor, más loco el desvarío,
Najerílla, que vas ríendo agora,
quédate a dios, y mis desdichas llora.