Igualdad Capítulo 30

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Igualdad
Capítulo XXX.
Lo que significa la cultura universal

de Edward Bellamy


Era una de esas tardes del "Indian summer" cuando parece impío no aprovechar la ocasión de pasar una hora perdida disfrutando de ella. No teniendo ninguna prisa, el doctor y yo alquilamos un coche a motor para dos en la siguiente estación, y nos dirigimos a casa en términos generales, dándonos el gusto de tomar tantos desvíos por el camino como complaciera a nuestra imaginación. Poco después, mientras rodábamos silenciosamente por las suaves calles, por donde las hojas se esparcían desde las columnatas de árboles que las bordeaban, comencé a proferir exclamaciones en relación a la precocidad de los niños de la escuela, que a la edad de trece o catorce años eran capaces de manejar temas habitualmente reservados en mi época a los institutos superiores y las universidades. El doctor arrojó la luz sobre ello.

"La economía política," dijo, "desde el momento en que el mundo adoptó el plan de igual reparto del trabajo y de sus resultados, se convirtió en una ciencia tan sencilla que cualquier niño que sepa cómo dividir adecuadamente una manzana y repartirla entre sus hermanitos ha llegado a dominar su secreto. Por supuesto, señalar las falacias de una falsa economía política es un asunto muy sencillo también, cuando uno solamente tiene que compararla con la verdad.

"En cuanto a la precocidad intelectial en general," prosiguió el doctor, "no creo que sea particularmente perceptible en nuestros niños, en comparación con los de tu época. Ciertamente no hacemos ningún esfuerzo para desarrollarla. Un niño que fuese brillante en la escuela a la edad de doce años en el siglo diecinueve podría compararse bastante bien en sus conocimientos con un niño corriente de doce años de nuestras escuelas. Sería al compararlos diez años más tarde cuando la diferencia en los sistemas educativos mostraría su efecto. A los veintiuno o veintidós años, el joven corriente estaría en tu época poco más por delante en educación que a los catorce, habiendo probablemente dejado la escuela para ir a la fábrica o la granja a esa edad aproximadamente, o un par de años después, a menos que quizá fuese uno de los niños de la minoría rica. El niño correspondiente, bajo nuestro sistema, habría continuado su educación sin interrupción, y a los veintiun años habría adquirido lo que solíais llamar una educación superior."

"La extensión de la maquinaria educativa necesaria para que todos tengan educación superior debe haber sido enorme," dije. "Nuestro sistema de escuela primaria proporcionaba los rudimentos a casi todos los niños, pero ni uno de cada veinte llegaba a leer y escribir, ni uno entre cien llegaba a la escuela superior, y ni uno entre mil se vio jamás que llegase a la universidad. Las grandes universidades de mi época--Harvard, Yale, y el resto--deben haberse convertido en pequeñas ciudades para recibir a los estudiantes que acudan a ellas."

"Necesitarían ser ciudades muy grandes ciertamente," replicó el doctor, "si fuese una cuestión de que asumiesen la educación superior de nuestra juventud, porque cada año se graduan no los miles o decenas de miles a que ascendía la cantidad anual de graduados universitarios de tu época, sino millones. Por esa mera razón--es decir, los números con los que hay que lidiar--no podemos tener más centros de educación superior que los que vosotros teníais de educación primaria. Cada comunidad tiene su universidad, justo como antiguamente tenía sus escuelas, y tiene más alumnos del distrito que una de las grandes universidades de tu época podría reunir con su red de arrastre desde los confines de la tierra."

"¿Pero la reputación de maestros concretos no atrae a los estudiantes a ciertas universidades en particular?"

"Ese es un asunto que se soluciona fácilmente," replicó el doctor. "La perfección de nuestro teléfono y electroscopio hace posible disfrutar a cualquier distancia de la instrucción de cualquier maestro. Uno que sea muy popular da conferencias para millones de pupilos susurrando, si se queda ronco, mucho más fácilmente de lo que cualquiera de los profesores de tu época hablando ante una clase de cincuenta con buena voz."

"Realmente, doctor," dije, "no hay hecho acerca de su civilización que parezca abrir tantas perspectivas de posibilidades y de resolver de antemano tantas posibles dificultades en el ordenamiento y funcionamiento de su sistema social como esta universalidad de la cultura. Me veo obligado a decir que nada que sea racional parece imposible en los ajustes sociales una vez que se supone la existencia de esa condición. Mis propios contemporáneos reconocían completamente en teoría, como sabe, la importancia de la educación popular para asegurar un buen gobierno en una democracia; pero nuestro sistema, que como mucho apenas enseñaba a las masas a leer, de hecho era una farsa comparado con la educación popular de hoy."

"Así es necesariamente," replicó el doctor. "La base de la educación es económica, requiriendo el mantenimiento del pupilo sin retorno económico durante el periodo educacional. Si la educación ha de ser significativa, ese periodo debe cubrir los años de la infancia y la adolescencia hasta la edad de por lo menos veinte años. Eso implica un gasto muy grande, que ni un padre entre mil era capaz de soportar en tu época. El estado podría haberlo asumido, por supuesto, pero eso habría supuesto para los ricos sostener a los niños de los pobres, y naturalmente no querrían ni oir hablar de ello, al menos más allá de los grados primarios de la educación. E incluso si no hubiese sido cuestión de dinero, a los ricos, si querían retener su poder, les habría parecido una locura proporcionar nada a las masas destinadas a hacer el trabajo sucio--proporcionar una cultura que podría haberles convertido en rebeldes sociales. Por estas dos razones, vuestro sistema económico era incompatible con cualquier educación popular que mereciese llamarse así. Por otro lado, el primer efecto de la igualdad económica fue el de dar iguales ventajas educacionales a todos y las mejores que pueda permitirse la comunidad. Uno de los capítulos más interesantes de la historia de la Revolución es el que cuenta cómo inmediatamente después de que el nuevo orden fuese establecido, los jóvenes menores de veintiún años de edad que habían estado trabajando en los campos o en las fábricas, quizá desde la niñez, dejaron su trabajo y volvieron masivamente a las escuelas e institutos tan rápidamente como se podía hacer sitio para ellos, para que pudiesen reparar lo que perdieron de niños, tanto como fuese posible. Al igual se reconoce, ahora que se ha hecho que la educación sea económicamente posible para todos, que fue la mayor bendición que trajo el nuevo orden. También está registrado en los libros que no sólo los jóvenes, sino los hombres y mujeres, e incluso los mayores que habían carecido de ventajas educacionales, dedicaron todo el tiempo libre que les dejaban sus deberes industriales para compensar, tanto como fuese posible, su anterior falta de ventajas, para que no estuviesen demasiado avergonzados en presencia de una generación que surgía, que iba a estar compuesta toda de graduados.

"Al hablar de nuestro sistema educacional tal y como es ahora," continuó el doctor, "debería prevenirte contra el posible error de suponer que el curso que termina a los veintiuno completa el curriculum educativo del individuo corriente. Al contrario, es únicamente el mínimo requerido de cultura que la sociedad insiste en que todos los jóvenes reciban durante su minoría de edad para hacerles justo adecuados para su ciudadanía. De hecho, consideraríamos una educación muy precaria la que terminase ahí. Según lo vemos nosotros, la graduación en las escuelas al alcanzar la mayoría de edad significa meramente que el graduado ha alcanzado una edad a la cual puede suponerse que es competente y tiene el derecho como adulto a seguir con su educación posterior sin la guía o impulso del estado. Para proporcionar los medios para este fin, la nación mantiene un inmenso sistema de lo que vosotros llamaríais cursos optativos de estudios de posgrado, en cada rama de la ciencia, y estos están abiertos libremente para todos durante toda la vida, pudiendo seguirse tanto o tan poco, tan constantemente o tan intermitentemente, tan en profundidad o tan superficialmente, como se desee.

"La mente no está hecha en realidad para muchas ramas importantes del conocimiento, el gusto por ellas no se despierta, y el intelecto no es capaz de entenderlas, hasta la edad madura, cuando un mes de aplicación da la comprensión de un tema que habría supuesto perder años enteros intentando impartirselo a un joven. Nuestra idea es que se posponga, tanto como sea posible, el estudio serio de tales ramas hasta el posgrado. Los jóvenes deben adquirir nociones de cosas en general, pero realmente para ellos no es el momento de la vida para el estudio ferviente y efectivo. Si quisieses ver estudiantes entusiastas para quienes la consecución del conocimiento es el mayor deleite en la vida, deberías buscarlos entre los padres y madres de la edad madura, en las escuelas de posgrado.

"Para el uso adecuado de estas oportunidades, para la consecución de conocimiento a lo largo de la vida, encontramos que el tiempo libre de nuestra vida, que a ti te parece tan amplio, es demasiado corto. Y aun así, ese tiempo libre, inmenso como es, con la mitad de cada día y la mitad de cada año, y la mitad final por entero, de nuestra vida, consagrada a usos personales--incluso la suma de esos grandes espacios, creciendo con cada invento que ahorra trabajo, que están reservados para los usos más elevados de la vida, nos parecería de poco valor para la cultura intelectual, salvo por una condición solicitada por casi nadie en tu época, pero asegurada para todos por nuestras instituciones. Quiero decir la atmósfera moral de serenidad resultante de una absoluta liberación de la mente de ansiedades perturbadoras y preocupaciones opresivas concernientes a nuestro bienestar material o el de aquellos a quienes queremos. Nuestro sistema económico nos pone en una posición en la cual podemos seguir la máxima de Cristo, tan imposible para vosotros, para 'no tener preocupación por el mañana'. No debes interpretar, por supuesto, que ahora todas las personas son estudiantes o filósofos, pero debes entender que somos estudiantes más o menos asiduos y sistemáticos y vamos a la escuela durante toda nuestra vida."

"Realmente, doctor," dije, "no recuerdo que nunca me haya dicho nada que haya sugerido un contraste más completo y sorprendente entre su época y la mía que esto del persistente y creciente desarrollo de los intereses puramente intelectuales a lo largo de la vida. Después de todo, en mi época había solamente una diferencia de seis o siete años en la duración de la vida intelectual de los hijos de los pobres, reclutados para la fábrica a los catorce años, y la de los jóvenes más afortunados que iban a la universidad. Si unos dejaban de estudiar a los catorce, los otros lo hacían por completo a los veintiuno o veintidós. En vez de estar en situación de empezar su educación real al graduarse en la universidad, ese acontecimiento significaba el final de ella para el estudiante corriente, y era la marca del máximo nivel de su vida, en lo que a la cultura y el conocimiento de las ciencias y humanidades se refiere. A este respecto, a partir de entonces el estudiante corriente nunca sabía tanto como el día de su graduación. Porque inmediatamente a partir de entonces, a no ser que fuese de la clase rica, debía necesariamente zambullirse en la confusión y conflictos de la vida de los negocios y dedicarse a luchar por los medios materiales de subsistencia. Si fracasaba o tenía éxito, no había mucha diferencia en cuanto al efecto que ello tenía para atrofiar y marchitar su vida intelectual. No tenía tiempo y no podía dirigir ningún pensamiento hacia nada más. Si fracasaba, o casi evitaba el fracaso, la ansiedad perpetua le comía el corazón; y si tenía éxito, su éxito habitualmente le hacía un materialista más burdo y más desesperadamente satisfecho consigo mismo que si hubiese fracasado. No había esperanza para su mente ni su alma en ningún caso. Si al final de su vida sus esfuerzos le hubiesen dado un pequeño espacio para respirar, no sería para él de ninguna utilidad elevada, porque las partes espirituales e intelectuales se habrían atrofiado por falta de uso, y ya no sería capaz de responder a la oportunidad.

"Y esta apología para una existencia," dijo el doctor, "era la vida de los que se decían más afortunados y con más éxito--de los que se contaban como ganadores de los premios de la vida. ¿Puede sorprenderte que miremos atrás, a la gran Revolución, como una especie de segunda creación del hombre, en tanto que añadió las condiciones de una adecuada vida de la mente y del alma, a la escueta existencia física bajo condiciones más o menos agradables, que era todo lo que la vida de la mayoría de los seres humanos, ricos o pobres, había conocido hasta entonces? El efecto de la lucha por la existencia, para detener, con sus preocupaciones, el desarrollo intelectual en el mismísimo umbral de la vida adulta, habría sido suficientemente desastroso aunque el caracter de la lucha hubiese sido moralmente aceptable. Cuando llegamos a considerar que la lucha no sólo impedía la cultura mental, sino que estaba atrofiando totalmente la vida moral, entonces comprendemos totalmente la desafortunada situación de la humanidad antes de la Revolución. La juventud es visitada por nobles aspiraciones y elevados sueños de deber y perfección. Ve el mundo como debería ser, no como es; y es bueno para la humanidad si las instituciones de la sociedad son tales que no ofenden esos entusiasmos morales, sino que en cambio tienden a conservarlos y desarrollarlos durante toda la vida. Creo que podemos proclamar que el moderno orden social hace esto. Gracias a un sistema económico que ejemplifica la más alta idea ética en todos sus trabajos, la juventud, entrando en el mundo, encuentra una escuela práctica de todas las moralidades. Encuentra pleno espacio y alcance, en sus obligaciones y ocupaciones, para todo entusiasmo generoso, para toda aspiración altruista que alguna vez acariciase. No hay posibilidad de que pueda haber formado una idea moral más elevada o más completa que la que domina nuestro orden industrial y comercial.

"La juventud era tan noble en tu época como ahora, y soñaba con los mismos grandes sueños sobre de las posibilidades de la vida. Pero cuando el joven entraba en el mundo de la vida práctica, era para encontrar que sus sueños eran burlados y sus ideales ridiculizados a cada paso. Se veía obligado, lo quisiese o no, a tomar parte en una lucha por la vida, en la cual la primera condición para el éxito era poner su ética en la estantería y cortar el conocimiento de su conciencia. Teníais varios términos con los cuales describir el proceso por el cual el joven, dejando a regañadientes sus ideales a un lado, aceptaba las condiciones de la sórdida lucha. Lo describíais como 'aprender a aceptar el mundo como es,' 'superar las ideas románticas', 'volverse práctico', y todo eso. De hecho, no era nada más ni nada menos que la corrupción de un alma. ¿Es ésto decir demasiado?"

"No es más que la verdad, y todos lo sabíamos," respondí.

"¡Gracias a Dios, aquellos días terminaron para siempre! El padre ya no necesita instruir al hijo en el cinismo por miedo a que fracase en la vida, ni la madre a su hija en mundana sabiduría como protección contra el instinto generoso. Los padres son merecedores de sus hijos y son adecuados para ser asociados con ellos, como nos parece que no lo eran y no podían serlo en tu época. La vida es, todo a lo largo del tiempo, tan espaciosa y noble como le parece al ferviente niño en el umbral. Los ideales de perfección, el entusiasmo del autosacrificio, el honor, el amor, y el deber, que emocionan al chico y a la chica, ya no ceden con el paso de los años ante motivos más bajos, sino que continúan animando la vida hasta el final. Recuerdas que Wordsworth dijo:


"El cielo está por encima de nosotros en nuestra infancia.
Las sombras de la prisión comienzan a cerrarse
Sobre el muchacho que crece.

Creo que si él participase de nuestra vida, no se habría sentido inducido a exaltar la niñez a expensas de la madurez, porque la vida no deja de ampliarse y elevarse, hasta el final."