Igualdad Capítulo 8

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Igualdad
Capítulo VIII.
La mayor maravilla hasta ahora- la moda destronada

de Edward Bellamy


"Seguro que no puedes hacerte ni la más mínima idea del éxtasis corporal que me produce el haber acabado con esa horrible farsa con ropas de momia," exclamó mi acompañante según salíamos de casa. "¡Pensar que esta es la primera vez que realmente caminamos juntos!"

"Seguro que olvidas," repliqué, "que hemos salido juntos varias veces."

"Salido juntos, sí, pero no caminando," respondió; "al menos yo no estaba caminando. No sé cuál sería el término zoológico apropiado para describir el modo en que yo me movía por encima del suelo dentro de esas bolsas, pero ciertamente no estaba caminando. Las mujeres de tu época, ya ves, eran entrenadas desde la niñez en ese modo de avanzar, y sin duda adquirían alguna destreza en ello; pero yo nunca en mi vida he llevado falda, excepto una vez, en una función de teatro. Fue la cosa más dura que he tratado de hacer jamás, y dudo si volveré a darte nunca una prueba tan fuerte de mi consideración. Estoy asombrada de que no parecías notar qué momentos tan angustiosos estaba pasando."

Pero si, estando acostumbrado, como lo había estado, al modo de andar de mujeres cuyos movimientos estaban restringidos por los ropajes, no había observado nada inusual el el modo de andar de Edith cuando habíamos salido en ocasiones anteriores, la boyante gracia de su porte y el elástico vigor de su paso según ahora daba zancadas a mi lado era una revelación de las posibilidades de una compañera atlética lo cual era bastante embriagador.

Para describir en detalle lo que vi en mi recorrido ese día por las fábricas de procesado de papel sería contar una vieja historia para los lectores del siglo veinte; pero lo que me impresionó más que toda el ingenio y veriedad de las adaptaciones mecánicas fueron los propios trabajadores y las condiciones de su trabajo. No es necesario que diga a mis lectores lo que las grandes fábricas son en esta época--nobles, pabellones bien ventilados, con hermosos diseños en azulejos y metal en sus paredes, guarnecidos como palacios, con todas las comodidades, con la maquinaria funcionando casi sin ruido, y cada circunstancia del trabajo que pudiese ser ofensiva en cualquier sentido, reducida al mínimo mediante ingeniosos dispositivos. Ni es necesario que os describa los principescos trabajadores de estos palacios de la industria, los fuertes y espléndidos hombres y mujeres, con sus rostros refinados y civilizados, llevando a cabo con el entusiasmo de un artista la tarea que ellos mismos eligieron que conjuga utilidad y belleza. Todos sabéis lo que son vuestras fábricas hoy; sin duda no encontráis ninguna demasiado agradable o conveniente, habiendo estado acostubrados a tales cosas toda vuestra vida. Sin duda incluso las criticáis, en diversos sentidos, de quedarse cortas de lo que deberían ser, porque así es la naturaleza humana; pero si quisieseis comprender lo que me parecen a mi, cerrad vuestros ojos un momento y tratad de concebir con vuestra imaginación cómo eran nuestras fábricas de algodón y lana y papel hace cien años.

Imaginad recintos con el techo bajo de tablones bastos y mugrientos y con las paredes de ladrillo al descubierto o pintado a la cal. Imaginad el suelo tan abarrotado de maquinaria para economizar el espacio como para dejar escaso sitio para que los trabajadores se retuerzan entre los brazos y mandíbulas de acero al vuelo, un falso movimiento significaba la muerte o la mutilación. Imaginad el espacio de aire que había por encima no lleno de aire, sino de una mezcla de hedores de lubricantes y mugre, cuerpos humanos sin lavar, y ropas asquerosas. Imaginad continuos sonidos y golpes metálicos de maquinaria como el chirrido de un tornado.

Pero estas eran sólo las condiciones materiales de la escena. Cerrad los ojos una vez más, para que podáis ver lo que de buena gana olvidaría que he visto jamás--las interminables filas de mujeres, pálidas, con hoyos en sus mejillas, con rostros vacíos y apáticos, salvo por el acento de la miseria, con sus ropas hechas harapos, descoloridas y asquerosas; y no solamente mujeres, sino multitudes de niños pequeños, harapientos y con el rostro arrugado--la leche de cuyas madres apenas brotaba de su sangre, niños cuyos huesos todavía eran ternillas.

* * * * *

Edith me presentó a la superintendente de una de las fábricas, una mujer agraciada de quizá cuarenta años. Ella me mostró amablemente la fábrica y me explicó todo, y estaba muy interesada a su vez en conocer lo que yo pensaba de las fábricas modernas y sus puntos de contraste con las de épocas anteriores. Naturalmente, le dije que había quedado impresionado, mucho más que por cualquier cosa de los nuevos dispositivos mecánicos, por la transformación en las propias condiciones de los trabajadores.

"Ah, sí," dijo, "por supuesto que iba usted a decirlo; ese debe ser ciertamente el gran constraste, aunque la manera actual parece una cosa tan completamente natural para nosotros, que olvidamos que no siempre ha sido así. Cuando los trabajadores establecieron cómo debía hacerse el trabajo, no es asombroso que las condiciones fuesen las más agradables posibles. Por otro lado, cuando, como en su época, una clase como sus capitalistas privados, que no participaban en el trabajo, establecieron sin embargo cómo debería hacerse no es sorprendente que las condiciones de la industria fuesen tan crueles como fueron, especialmente cuando el funcionamiento del sistema competitivo obligaba a los capitalistas a conseguir el máximo de trabajo posible de los trabajadores en los más baratos términos."

"¿Entiendo," respondí, "que los trabajadores de cada profesión regulan por sí mismos las condiciones de su trabajo específico?"

"De ningún modo. El caracter unitario de nuestra administración industrial es la idea vital del mismo, si la cual se haría impracticable al instante. Si los miembros de cada profesión controlaran sus condiciones, estarían inmediatamente tentados de conducirlo egoístamente y de manera adversa al interés general de la comunidad, buscando, como los capitalistas privados de ustedes, conseguir tanto y dar tan poco como fuese posible. Y no sólo cada diferente clase de trabajadores estaría tentada de actuar de esta manera, sino cada subdivisión de trabajadores de la misma profesión estaría inmediatamente siguiendo la misma política, hasta que todo el sistema industrial se desintegrase, y tendríamos que llamar a los capitalistas para que salieran de sus tumbas y viniesen a salvarnos. Cuando he dicho que los trabajadores regulaban las condiciones de trabajo, he querido decir que los trabajadores, en conjunto--esto es, las personas en general, que hoy en día son todas ellas trabajadores, ya sabe. La regulación y mutuo ajuste de las condiciones de las diversas ramas del sistema industrial son hechos por completo por el Gobierno General. Al mismo tiempo, sin embargo, la regulación de las condiciones de trabajo de cualquier ocupación es efectivamente, aunque indirectamente, controlada por los trabajadores que la realizan a través del derecho que todos tenemos a elegir y cambiar nuestra ocupación. Nadie elegiría una ocupación cuyas condiciones no fuesen satisfactorias, así que debe hacerse que sean satisfactorias y que se mantengan satisfactorias."

* * * * *

Mientras estábamos en la fábrica llegó el mediodía, y pedí a la superintendente y a Edith que salieran a comer conmigo. De hecho, quería constatar si la tarjeta de crédito que había adquirido recientemente valía de verdad para algo o no.

"Hay una cuestión sobre sus vestidos modernos," dije, según nos sentábamos en nuestra mesa en el pabellón de comer, "sobre la cual siento bastante curiosidad. ¿Pueden decirme quién o qué establece la moda?"

"El Creador determina la única moda que ahora se sigue generalmente," respondió Edith.

"¿Y cuál es?"

"La moda de nuestros cuerpos," respondió.

"Ah, sí, muy bien," repliqué, "y muy cierto, también, dicho de sus prendas de vestir, como ciertamente no lo era de las nuestras; pero mi pregunta sigue en pie. Admitiendo que tenéis una teoría general del vestir, hay mil diferencias en los detalles, con posibles variaciones de estilo, hechura, color, material, y todo lo demás. Ahora, la confección de las prendas de vestir es llevada, supongo, como el resto de todas vuestras industrias, como asuntos públicos, bajo gestión colectiva, ¿no?

"Ciertamente. La gente, desde luego, puede hacerse su propia ropa si lo desea, al igual que pueden hacer cualquier otra cosa, pero sería una gran pérdida de tiempo y energía."

"Muy bien. Las prendas de vestir producidas por las fábricas han de ser hechas a partir de algún diseño o diseños particulares. En mi época la cuestión de los diseños de prendas de vestir era establecida por líderes sociales, revistas de moda, edictos que venían de París, o Dios sabe cómo; pero de todos modos la cuestión estaba establecida para nosotros, y no teníamos nada que hacer salvo obedecer. No digo que era un buen método; al contrario, era detestable; pero lo que quiero saber es ¿qué sistema tenéis en su lugar, porque supongo que ahora no tenéis líderes sociales, revistas de moda, o edictos que vengan de París? ¿Quién establece la cuestión de qué vais a vestir?

"Nosotras," replicó la superintendente.

"Quiere decir, supongo, que lo determinan colectivamente mediante métodos democráticos. Ahora, cuando miro a mi alrededor en este pabellón de comer y veo la variedad y belleza de las prendas de vestir, estoy obligado a decir que el resultado de su sistema parece satisfactorio, y aun así creo que al más firme creyente en la democracia le daría la impresión de que la ley de la mayoría apenas debería extenderse al vestir. Admito que el yugo de la moda ante el que nos doblegábamos era muy oneroso, y aun así era cierto que si hubiésemos sido lo suficientemente valientes, como unos pocos lo eran en efecto, habríamos podido desafiarlo; pero con el estilo de vestir determinado por la administración, y solamente fabricando ciertos estilos, deben ustedes o bien seguir el gusto de la mayoría o bien quedarse en la cama. ¿Por qué se ríen? ¿No es así?"

"Estábamos sonriendo," replicó la superintendente, "a cuenta del leve malentendido por su parte. Cuando he dicho que nosotras regulábamos las cuestiones del vestir, he querido decir que las regulábamos no colectivamente, por mayoría, sino individualmente, cada una por sí misma o cada uno por sí mismo."

"Pero no veo cómo pueden hacerlo," insistí. "El negocio de producir tejidos y de transformarlos en prendas de vestir es llevado por el Gobierno. ¿No implica esto, prácticamente, un control o iniciativa gubernamental en la moda del vestir?"

"¡Dios mío, no!" exclamó la superintendente. "Es evidente, Sr. West, como de hecho dice la historia, que la acción gubernamental llevaba consigo en su época una implicación arbitraria de la que carece ahora. El Gobierno es ahora en realidad lo que nominalmente era en la América de su época--el servidor, herramienta, e instrumento mediante el cual la gente hacía efectiva su voluntad, no teniendo voluntad por sí mismo. La voluntad popular se expresa de dos maneras, que son totalmente diferentes y están relacionadas con diferentes esferas: Primero, colectivamente, por mayoría, con respecto a intereses conjugados, mutuamente implicados, tales como los grandes intereses económicos y políticos de la comunidad; segundo, personalmente, cada uno por sí mismo o cada una por sí misma en el fomento de asuntos privados o tocantes al propio individuo. El Gobierno no es más absolutamente el servidor de la voluntad colectiva en relación a los intereses conjugados de la comunidad que lo es de la conveniencia individual en asuntos personales. Es a la vez el augusto representante de todos en intereses generales, y el agente de cada uno, chico de los recados y factotum para todos los fines privados. Nada es demasiado elevado o demasiado bajo, demasiado grande o demasiado pequeño, para que no lo haga para nosotros.

"El departamento de corte y confección mantiene su vasta provisión de fábricas y maquinaria a la absoluta disposición de los antojos de cada hombre o mujer de la nación. Puedes ir a uno de los almacenes y pedir cualquier traje del que exista una descripción histórica, desde la época de Eva hasta ayer, o puedes proporcionar un diseño de tu propia invención para un traje completamente nuevo, designando cualquier material que exista hoy en día, y se te enviará a casa en menos tiempo incluso que el que cualquier modista del siglo diecinueve prometía para cumplir con un encargo. Realmente, hablando de esto, quiero que vea en operación nuestras máquinas de hacer prendas de vestir. Nuestras prendas de vestir de papel, por supuesto, no tienen costuras, y están hechas por completo mediante maquinaria. Siendo el aparato ajustable a cualesquiera medidas, un traje producido para ti puedes tenerlo completado mientras inspeccionas la máquina. Hay, desde luego, algunos estilos generales y hechuras que son habitualmente populares, y los almacenes tienen a mano un suministros de ellos, pero eso es por conveniencia de la gente, no del departamento, que siempre está listo para seguir las inciativas de cualquier ciudadano y proporcionar en el menor tiempo posible cualquier cosa que se pida."

"¿Entonces cualquiera puede establecer la moda?" dije.

"Cualquiera puede establecerla, pero el que sea seguida depende de si es buena y realmente tiene algo nuevo que sea relevante con respecto a la conveniencia o la belleza; de otro modo no se convertirá en moda. Su boga será precisamente proporcional al mérito que el gusto popular reconozca en ella, justo como si fuese un invento mecánico. Si una idea nueva en el vestir tiene algún mérito, se acoge con gran prontitud, porque nuestra gente está interesada en extremo en realzar la belleza personal mediante las prendas de vestir, y la ausencia de cualquier arbitrario estándar de estilo tal como la moda establecía para ustedes nos deja a la expectativa del encanto y las novedades en la hechura y el color. Es en su variedad de efecto como nuestro modo de vestir parece de hecho diferir más del de ustedes. Los estilos de ustedes eran cambiados constantemente por los edictos de la moda, pero como sólo un estilo era admitido a la vez, solamente tenían una variedad sucesiva, y no simultánea como la tenemos nosotros. Imagino que esta uniformidad de estilo, que se extendía del mismo modo, según entiendo que lo hacía a menudo, al tejido, al color, y a la hechura, debe de haber causado que sus grandes colecciones presentasen un deprimente efecto de monotonía.

"Ese era un hecho completamente admitido en mi época," repliqué. "Los artistas eran los enemigos de la moda, y ciertamente lo era toda la gente sensata, pero resistir era en vano. Sabe, si volviese al siglo diecinueve, quizá no hay ninguna otra cosa que pudiera decir a mis contemporáneos acerca de los cambios que han hecho ustedes que les impresionase tan profundamente como la información de que han roto el cetro de la moda, que ya no había ningún estándar arbitrario reconocido en el vestir, y que ningún estilo tenía ninguna otra boga que pudiese otorgársele salvo mediante el reconocimiento individual de sus méritos. Que la mayoría de los otros yugos que la humanidad llevaba puestos podrían ser rotos algún día, lo creíamos los más esperanzados de nosotros, pero nunca esperamos liberarnos del yugo de la moda, excepto quizá en el cielo."

"El reino de la moda, como le llaman los libros de historia, siempre me pareció una de las cosas más absolutemente incomprensibles del viejo orden," dijo Edith. "Parecería que debía de haber tenido alguna gran fuerza tras él para imponer una sumisión tan abyecta a un dominio tan tiránico. Y aun así parece que no se utilizaba ninguna fuerza en absoluto. ¿Nos dirás cuál era el secreto, Julian?"

"No me preguntes", protesté. "Parece que estábamos sujetos a algún encantamiento--es todo lo que sé. Nadie entendía por qué hacíamos lo que hacíamos. ¿No puede decirnos," añadí, volviéndome hacia la superintendente--"cómo diagnostican ustedes los modernos la manía de la moda que hizo de nuestras vidas semejante carga para nosotros?"

"Ya que usted apela a mi," replicó nuestra acompañante, "puedo decir que los historiadores explican el dominio de la moda en su época como el resultado natural de una disparidad en las condiciones económicas que prevalecían en una comunidad en la cual las rígidas distinciones de casta habían dejado de existir. Ello resultó de dos factores: el deseo del rebaño común de imitar a la clase superior, y el deseo de la clase superior de protegerse de esa imitación y preservar la distinción de la apariencia. En tiempos y países donde clase significaba casta, y estaba fijada por ley o férrea costumbre, cada casta tenía su distintiva forma de vestir, cuya imitación no se permitía a otra clase. Consecuentemente las modas eran estacionarias. Con la llegada de la democracia, la protección legal de las distinciones de clase fue abolida, mientras la disparidad real en los rangos sociales existía todavía, debido a la persistencia de desigualdades económicas. Ahora había libertad para todos para imitar a la clase superior, y de este modo parecer al menos que se es tan bueno como ella, y ninguna clase de imitación era tan natural y fácil como el vestir. Primero, las ambiciones sociales lideraron en esta imitación; inmediatamente después los menos pretenciosos se vieron forzados a seguir su ejemplo, para evitar una aparente confesión de inferioridad social; hasta que, finalmente, incluso los filósofos tuvieron que seguir al rebaño y seguir la moda, para evitar llamar la atención a causa de una apariencia excepcional."

"Puedo ver," dijo Edith, "cómo la emulación social hacía que las masas imitasen a las clases ricas y superiores, y cómo las modas debían establecerse en este sentido; pero ¿por qué cambiaban tan a menudo, cuando debía de ser tan terriblemente caro y lleno de dificultades el hacer los cambios?"

"Por la razón," respondió la superintendente, "de que la única manera mediante la cual la clase superior podía escapar de sus imitadores y preservar su distinción en el vestir era adoptando nuevas modas constantemente, únicamente abandonándolas por unas más nuevas y tan pronto como eran imitadas. --¿No le parece, Sr. West, que esta explicación corresponde con los hechos tal como los observaba usted?"

"Completamente," repliqué. "Podría añadirse, también, que los cambios en las modas estaban fomentados y acompañados en gran medida por el egoísmo de vastos intereses industriales y comerciales ocupados en proveer los materiales de las prendas de vestir y los objetos personales. Cada cambio, creando una demanda para nuevos materiales y haciendo obsoletos los que estaban en uso, era lo que llamábamos bueno para el negocio, aunque si los comerciantes eran lo suficientemente desafortunados para verse atrapados por un cambio repentino de la moda con muchos artículos en sus manos significaba la ruina para ellos. Grandes pérdidas de esta clase, de hecho, acompañaban cada cambio en la moda."

"Pero hemos leído que había modas en muchas cosas además del vestir," dijo Edith.

"Ciertamente," dijo la superintendente. "El vestir era el baluarte y la esfera principal de la moda porque la imitación era más fácil y más efectiva en el vestir, pero en casi todo lo que pertenecía a los hábitos de vivir, comer, beber, recreación, a las casas, muebles, caballos y coches, y sirvientes, a la manera de hacer reverencias incluso, y estrechar las manos, al modo de comer la comida y de tomar té, y no sé qué más-- había modas que debían ser seguidas, y eran cambiadas tan pronto como eran seguidas. De hecho era una carrera triste, fantástica, y, los contemporáneos del Sr. West parece que lo habían comprendido completamente; pero en tanto en cuanto la sociedad estaba constituída por desiguales sin barreras de casta para evitar la imitación, los inferiores estaban empeñados en imitar a los superiores, y los superiores estaban empeñados en frustrar la imitación, tanto como fuese posible, buscando artificios siempre naturales para expresar su superioridad."

"En resumen," dije, "nuestra tediosa monotonía en el vestir y en los modales a ustedes les parece haber sido el resultado lógico de nuestra falta de igualdad en la posición social."

"Precisamente," respondió la superintendente. "Porque no eran ustedes iguales, se hicieron desdichados y desagradables intentando parecerlo. El equivalente estético del mal moral de la desigualdad era la artística abominación de la uniformidad. Por otro lado, la igualdad crea una atmósfera que aniquila la imitación, y está preñada de originalidad, porque cada uno actúa por propia iniciativa, no teniendo nada que ganar imitando a ningún otro."