Informe de Pueyrredón a la Junta sobre la retirada de los caudales de Potosí

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CUENTA QUE DA EL CORONEL PUYRREDON,

JEFE DE LA EXPEDICIÓN MILITAR QUE HA CONDUCIDO EN RETIRADA DE POTOSÍ CON LOS CAUDALES DEL REAL ERARIO,

Á LA JUNTA DE LAS PROVINCIAS UNIDAS.

Excmo. Señor,

Apenas se supo la derrota de nuestro ejército en Guaquí, ó mas bien su increible disolución, empezó la mas sofocada influencia de nuestros enemigos interiores á hacer prodigiosos progresos en los ánimos de los naturales del Perú, y la libertad que á costa de tantas fatigas les habia dado Vuestra Excelencia fué ya un objeto de poco interés para unos, y de abominación para otros, desde que concibieron que debían sostenerla con sus pechos, y á precio de algunas gotas de su sangre... Así es que vimos al momento á todo el pueblo de Oruro convertido en nuestro daño, y posteriormente á otros varios que nada han perseguido hasta aquí con tanto encarnizamiento como al infeliz soldado de nuestro ejército, que han podido sacrificar impunemente. Debo entre todos en honor suyo hacer justicia al pueblo de Chuquisaca, pues por las noticias que he tenido después de mi separación de él, es el que mejor se ha comportado, sin duda porque es el mas ilustrado del Perú.

Con estos conocimientos fué mi primer cuidado velar sobre el pueblo de Potosí, por el crecido número de enemigos conocidos que en sí encerraba, por poner en algún orden la porción de tropas que se habían levantado desde la anterior conspiración, y solo servían para comerse el sueldo, y porque á mas de ser una posición militar, encerraba en sí el patrimonio del Estado, que debia servir al sosten de nuestro ejército; y de acuerdo con la junta de Charcas, resolví trasladarme á él, y lo verifiqué luego que llegó el anterior representante de Vuestra Excelencia Dr. D. Juan José Castelli.

Posesionado del mando militar de aquella provincia, empezé á tocar males sin término, y por mas que me esforzé en cortarlos, ni las circunstancias me favorecían, ni tuve el suficiente tiempo para conseguirlo: ellos continuaron bajo diversos aparatos, hasta que la revolución del 5 y 6 contra los restos de mi ejército me hizo conocer el ningún fruto de mis afanes; pues habiendo en la plaza como 900 soldados á sueldo, no tuve uno solo que me sirviese en aquel conflicto, á excepción de muy pocos oficiales, porque todos andaban por las calles dando fomento á la revolución, ó se encerraban en las casas por temor de que los lastimasen.

El enemigo avanzaba en nuestros territorios, y nuestro estado político empeoraba todos los dias en el Perú. Ya no quedaba mas esperanza de salvación para las provincias interiores que los esfuerzos de Cochabamba, pero como ellos podían tener un término poco feliz, me aconsejó la prudencia esperarlo con precaucion.

No me quedaba en tal caso mas arbitrio que replegarme con alguna tropa, salvando los caudales, artillería, municiones, armamento y demas que hubiese de precioso entre las propiedades del Estado. Pedí para ello á la junta provisional que se me aprontasen 400 mulas de carga y silla con toda presteza, y en efecto dio sus órdenes al intento, y mandó un comisionado á Chichas. Esta medida era muy lenta, y los sucesos precipitábanse con rapidez. El enemigo se adelantaba sobre Cochabamba, y las posiciones que ocupaba me hicieron desde luego recelar, lo que despues se ha realizado, cuando me hicieron conocer que estaba muy inmediata la decision de nuestra suerte en aquella parte, y preveía los riesgos á que me exponía, si me encontraba en Potosí la noticia de haber sido sojuzgada Cochabamba, y resolví en precaucion con muchos dias de anticipacion establecer mi cuartel en Puna, por tener las tropas en la sujecion de disciplina y libres de la seduccion, y para poner allí los caudales y demas objetos en seguridad de actitud de conducirlos sin contradiccion; pero no me fué posible veritícarlo, porque el gobierno provisional y el cabildo confiaban mucho en la fidelidad de su pueblo, y se me opusieron abiertamente. Ellos han pagado bien caro su imprudente confianza, viendo sus personas y familias ultrajadas y encarceladas, y sus casas saqueadas.

Yo instaba sin cesar por los auxilios pedidos, pero el momento crítico se acercaba, y todo permanecía en el mismo estado. Tal lentitud me desesperaba, y resolví en este estado no guardar mas consideraciones: pasé á la junta el 20 de agosto, le expuse el riesgo de las circunstancias, y dije á sus miembros, que si en tres dias no estaba todo pronto para caminar en caso de ser necesario, todo se habia perdido, y ellos habian de ir conmigo á dar descargo al gobierno superior. En el instante resolvieron ponerlo todo á mi cargo, para que dispusiese á mi arbitrio, y allí mismo hice se extendiesen las órdenes en consecuencia. Inmediatamente pedí se me nombrasen tres comisionados de probidad conocida, para que recibiesen los caudales, y lo fueron D. José Mariano Toro y D. José Trujillo, que aceptaron, y D. Ignacio de la Torre, que se excusó: los dos primeros empezaron desde luego á recibirlos, y hacerlos enzurronar, trabajando dia y noche, y el 23 habiéndome pedido Trujillo que se nombrase otro en su lugar, porque estaba enfermo y no podia seguirme, se puso al alcalde de minas D. Roque Quiroga, único que me ha acompañado, y á cuya diligente eficacia se debe mucho.

En aquellos dias mandé embargar cuantos arrieros entrasen en la villa, de modo que el 24 en la tarde tenia ya cerca de 90 mulas de carga prontas. Nada se sabia del estado de Cochabamba, porque la multitud de noticias que antes corrían habian hecho una repentina suspension, de que yo deducía fatales consecuencias.

Serian las 4 de la tarde del dia 24 cuando se me presentó el capitan D. Mariano Nogáles con los pliegos de un correo de Cochabamba detenido en el camino de Oruro por las compañías de Potosí, que yo habia hecho salir en numero de 600 hombres, para cortar toda comunicacion, y privar la internacion de víveres al enemigo: me dió parte que todas aquellas tropas con la noticia de la derrota de los Cochabambinos habian vuelto sobre la retaguardia, y entrarian al dia siguiente sin poderlas contener. Yo vi en esto un nuevo riesgo para mi salida, porque contemplé unidas aquellas tropas á la generalidad del pueblo, de que eran una parte, y no la menos temible; y encargando estrechamente á Nogáles el mayor sigilo sobre el estado de Cochabamba, pasé incontinente orden á Yocalla á los jefes de dichas compañías, para que se detuviesen en aquel punto hasta nueva orden. La correspondencia detenida contenia entre varias cartas particulares de ningun interes un oficio de aquella junta provisional, otros iguales para los de Potosí y la Plata, y la importante carta del señor Rivero en que manifiesta á su amigo Quintana de Potosí....

El populacho pudo traslucir nuestra desgracia, y supe que ya sin freno empezaba á armarse, á pesar de un bando militar que yo acababa de publicar, imponiendo la pena capital á cualquiera que de hecho ó de palabra entorpeciese mis acciones. Los males eran de la última gravedad, y mi confianza no podia ser muy firme, cuando solo me veía sostenido por los granaderos de la Plata: pero los caudales en manos del enemigo aumentaban su poder y su influencia, cuando el nuestro en la importancia del obrar era preciso salvarlos, ó perecer en la empresa. Desde luego resolví mi salida para el dia 26, ocupando todo el 25 en comprar ó quitar del vecindario las mulas que me faltaban para el completo de las cargas; pero á cosa de las 7 y media de la noche de aquel dia, vino con precipitacion el capitan de granaderos de la Plata, á darme parte que toda su compañía se habia desertado, dejando las armas tiradas en el cuartel. Este golpe habría sin duda trastornado mi firmeza, si el amor de mi patría no me hubiese sostenido. Mi ruina era segura, si al amanecer del dia siguiente me encontraba el pueblo desarmado, faltándome los granaderos, que por su disciplina era la única fuerza que lo mantenía hasta allí en respeto, porque aunque tenia dos compañías de Cinti, acababan de llegar de su país. En consecuencia empezé á dar mis disposiciones para salir en aquella noche sin descubrir, sino á los de mi entera confianza, esta determinacion. Armé y cubrí con las armas y gorras de los granaderos desertados á los Cinteños, y les mandé estar prontos para caminar á las 2 de la mañana, sin que nadie desde la hora de segunda lista saliese del cuartel por pretexto alguno, y todo se ejecutó puntualmente por el singular zelo y eficacia de sus capitanes D. Juan Francisco Rivera y D. Pedro Romero, y puntual obediencia de sus demas oficiales subalternos. Hice reunir algunos soldados del ejército que conservaba como escondidos, por el decidido empeño de la junta provisional en hacerlos salir de la villa, pasándome repetidos oficios al efecto; y sin mas fuerza que 45 hombres de armas, como se ve en las listas números 1o y 2o pasadas en la Laba, resolví internarlo todo. Es cierto que tambien tenia las dos compañías de Cinti, que componían el número de mas de 70 hombres, pero también lo es, que acabados de llegar de su país, apenas eran hombres, y de ningún modo soldados; y aunque su natural humilde y docilidad podia tenerse por un equivalente de la militar subordinación, no era posible sacar partido de ella por su total ignorancia del manejo de armas.

Á las 12 de la noche mandé pasar las mulas á la moneda del banco con la orden a los comisionados que empezasen a cargar, y entre las sombras de una de las mas tenebrosas se hizo la operación con mejor suceso que yo esperaba, quedando cargadas todas á las cuatro de la mañana del 25. Cuando tuve tomadas todas mis medidas, mandé al teniente de artillería D. Juan Pedro Luna que clavase toda la que habia en la plaza, y fué ejecutado en el momento por este recomendable oficial, que desde mi llegada á Potosí me ha servido incesantemente con un zelo distinguido.

El populacho dormía descuidado, ó preparaba tal vez en el silencio de la noche los cordeles con que intentaba atarme al yugo de su infelicidad, pero yo velaba entre los cuidados de salvar el patrimonio de mi madre patria. Serian las cuatro y media de la mañana cuando hice mi salida, ordenando estrechamente el mayor silencio á la tropa, y mandando quitar todos los cencerros á las recuas, para que el ruido no advirtiese de mis movimientos á los que ya miraba como mis enemigos; mas sin poder evitar la desgracia de que se extraviasen tres cargas de plata al tiempo de salir, y que pudieron haber sido siete, si el zelo de D. Roque Quiroga no hubiese salvado cuatro mas, que ya estaban robadas y escondidas en un cuarto de los patíos interiores de la casa de moneda, á donde entró con una luz para evitar cualesquiera casual ó malicioso extravío, que favorecían tanto las tinieblas, y el mismo desorden en que las circunstancias me obligaban á salir.

Tomadas todas las avenidas de la plaza, y reunidas en ella orden de marcha las cargas, di la orden de marchar, colocando mi fuerza á vanguardia y retaguardia: así atravesé las calles de aquella grande población, sin mas bullicio que el indispensable que causaba el pisar de los animales, y cuando la luz del dia 25 vino á mostrarme el estado de mi caravana, ya la habia puesto fuera del riesgoso paso del Socabon. Mi corazon respiró al verme ya en el campo, y libre de los peligros que cada calle y cada casa me ofrecian. El populacho despertó en fin, y viendo burladas sus preparaciones, manifestó ya sin freno su furor; corrió á los campanarios de toda la villa, y alborotó con sus toques de arrebato, y reunido en multitud, acudió á las casas de gobierno y mia para sacar la artillería que en ella habia, con la que vino presuroso en mi alcance, en la segura confianza de despedazarme; pero cuando ya en las inmediaciones del Socabon empezó á cargarla y cebarla, fué sin igual su desesperacion al encontrarla clavada é inutilizada; lo que hasta allí no habia conocido por su bárbara precipitacion, segun me informaron varios individuos de aquella villa que salieron algunas horas despues que yo.

No los retrajo de este acontecimiento, y reuniéndose con toda la indiada del cerro, que estaba de antemano convocada para el efecto y yo lo sabia, vino á atacarme apresurado. El ruido de las campanas que habia yo oido me tenia ya advertido de los movimientos del populacho, y en consecuencia coloqué toda mi fuerza á la retaguardia de las cargas, sin descontinuar la marcha. Pocos minutos se pasaron, cuando ya vi venir una gruesa multitud en mi alcance. Ya no era tiempo de reflexiones, sino de defender á balazos lo que con tanta fatiga habia salvado: ordené pues que marchasen las cargas al cuidado de los comisionados D. José Toro y D. Roque Quiroga, y con la escolta de 16 Cinteños caminasen á paso apresurado, y yo quedé á esperar la chusma rebelada. Ocupé una pequeña altura sobre el camino real, formé en ala mis contrahechos granaderos cinteños, y dividiendo en pequeñas guerrillas mi ejército de 45 hombres de fuerza efectiva, me fui sobre el populacho, que no bajaba de dos mil armados de palos, lanzas, hondas y algunas armas de fuego. Resistieron por algun tiempo el de mis divisiones, pero atemorizados sin duda con la vista de mi cuerpo de reserva que habia dejado formado sobre la altura, se pusieron en fuga, ganando los cerros para salvarse, y dejando algunos muertos en el campo, cuyo número no puedo informar, porque lo ignoro.

Reuní mi gente y continué mi marcha. La chusma hizo lo mismo, y siguió en mi alcance: la esperé de nuevo, y la escarmenté como la vez primera, con solo la desgracia del alferez D. Gaspar Burgos, que salió contuso en una mano de un golpe de honda, de que ya está sano. Repetí mi operacion de marchar, y aquella maldita chusma con la facilidad de gamos se dispersaba por los cerros para reunirse con la misma, luego que observaba mis espaldas: me ataca tercera vez para ser rechazada como las anteriores, pero en esta tuve la desgracia de que mi ayudante, el teniente graduado D. Ignacio Orgas, recibiese un balazo en la cabeza, de que me aseguran haber muerto ya en Tarija, á donde pude hacerlo llegar á favor del mas prolijo y humano cuidado del físico D. Diego Paroicien, y sin haberlo podido dejar hasta aquella villa, porque en todas partes quedaba entre enemigos, y era cierto su sacrificio. Así seguí por todo el dia en una continuada repetición de acciones, hasta que las sombras de la noche disiparon los varios grupos de mis cobardes enemigos en las iamediaciones de la Laba, y sin mas desgracias por mi parte que otro muchacho mas herido gravemente en la cabeza.

Serian las nueve de la noche cuando llegué á la Laba con la tropa, con la incomodidad de una lluvia tan copiosa como extraordinaria en aquella estacion, pero que no dejaba de consolarme, porque calculaba que ella contribuiría á la total dispersion de mis enemigos, que habian quedado por los cerros inmediatos. Fué sin igual mi desconsuelo cuando deseando en aquella parada dar algun alimento á mis soldados, que estaban rendidos de la fatigosa jornada de nueve leguas hechas á pié, y en un ataque continuado, mojados y muertos de necesidad, me encontré sin mas auxilio que un arroyuelo de agua, que la naturaleza habia colocado por fuerza en aquel lugar, porque la grande casa de la Laba y algunos ranchos inmediatos á ella habian sido abandonados de sus dueños; de modo que fué preciso acostarnos, para engañar con el sueño nuestra comun necesidad, y sin tener una astilla de leña con que secarnos y abrigarnos en aquella frígida region. Allí se me reunieron como 150 Tarijeños, que la junta de aquella villa mandaba á Potosí, pero sin armas...; por la dificultad de encontrar alimentos á estos y á toda la demas tropa que allí tenia, hice dar una gratificacion de dinero, para pagarles de algun modo el servicio que hacian con tanta fatiga, y alentarlos á continuar. Seguí mi marcha para Caisa, á donde llegué el 26 á la entrada de la noche, y allí pude alimentar mis soldados, que hasta mas de cuarenta y ocho horas no probaban bocado de comida. Reparados un tanto, continué mi camino, internándome por el de Cinti con el objeto de salir lo mas pronto posible del territorio de Potosí, y librarme de las influencias precisas de aquella capital, pero me engañé.

Al salir de esta parada, me hizo presente el principal comisionado D. José Mariano Toro, que hasta allí me habia acompañado desempeñando su encargo con señales del mas decidido interes por nuestro feliz suceso, que le era forzoso detenerse algunos instantes, para esperar una carga de equipaje, que aun no habia llegado; pero que me alcanzaría en muy pocas horas. Yo no pude sospechar su mala fe, pero ello es cierto que desde alli regresó para Potosí, llevándome cerca de mil pesos, que por venir sueltos habia guardado en sus petacas, con mas los principales papeles relativos al recibo de los caudales que él habia hecho, dejándome con esta accion en una absoluta ignorancia de las cantidades que él recibió en plata y oro. Una desgraciada ocurrencia experimentada en este puesto, de que doy parte á Vuestra Excelencia en su lugar por separado, me ha hecho comprender cuál debió ser el motivo de haberme acompañado hasta fuera de Potosí, y regresado á un pueblo que ya era nuestro enemigo.

Yo seguía mi derrota lleno de penalidades, escaseces y trabajos, pero contento porque mis valientes soldados y oficialidad que me seguian me daban el ejemplo de la mas virtuosa conformidad en las necesidades que padecían. Nadie sabia la direccion que yo tomaría, porque la ocultaba con cuidado, aunque la tenia resuelta por Libilibi y Yabi á Cangréjos, pero recibiendo en las inmediaciones de Cinti la noticia cierta de que el punto de Tupiza habia sido evacuado enteramente por nuestras tropas, me vi forzado á variarla, y resolví tomar el camino de Tarija sin descubrir portante mis proyectos. La repentina salida de Tupiza de los restos de nuestro ejército, cuando yo habia pedido al general desde Caisa por expreso que se mantuviese allí por lo menos diez dias para guardarme la retaguardia, me hizo calcular con facilidad que alguna fuerza enemiga lo amenazaba inmediatamente, y que no pudiendo él resistirla con un número de tropas tan superior al que yo tenia, iba forzosamente a entregarme en sus manos, y en consecuencia fué mi determinación de viajar por Tarija y desiertos de Oran.

Todos los dias recibía noticias de crecidas partidas enemigas que venían en mi alcance, y de reuniones formidables que me esperaban para atacarme en los lugares por donde debia forzosamente pasar, inventadas sin duda por nuestros enemigos para hacerme desmayar; y aunque en esto nada consiguieron, lograron por lo menos hacerme desertar las compañías de Cinteños, que quedaron reducidas á seis hombres la una, y á once la otra, pero sin que esto me diese mayores cuidados, porque su fuerza era solo aparato.

Entre las infinitas malas noticias que me daban, vi que tenia algún carácter de verdad la de que en el rio de San Juan se hacía una formal reunión por órdenes de los Caveros de Cinti, y á nombre del conde de San Javier como regente y presidente de Charcas. Yo despreciaba sus armas, pero temía que sus hostilidades lograsen dejarme á pié en alguna atropellada nocturna, y así es que mis pobres soldados marchaban de dia con trabajos, para velar de noche en custodia de las mulas.

Llegué por fin el 31 á la tarde al rio de San Juan, donde debia acampar aquella noche, y á la distancia de media legua del pueblo destaqué una partida, para que fuese á reconocerlo. Observé que á su entrada en él salieron atravesando la quebrada, y á todo correr de sus caballos, cuatro hombres en ademan de huir por ganar los cerros del frente. Inmediatamente destaqué cinco de los mios para cortarlos, de los que me hicieron prisioneros al ayudante mayor de infantería del número 6, teniente D. José Montes de Oca, al cadete de dragones D. José Olivera, y al cabo de infantería José Bertuzo, que obstinados en perseguirlos fueron á caer en la emboscada que tenían preparada en un caserío que aparecía á la vista de la otra banda del rio, y de donde empezó á salir en formacion en número como 150 hombres para batirme. Reuní mis cargas, dejé en ella á los Cinteños que me habian quedado, y atravesé á pié el rio para encontrarlos: rompieron ellos el fuego desde una altura, y les contesté seguro de la victoria, á pesar de sus ventajas en el terreno y monturas: ántes de una hora no aparecía un enemigo: la noche se acercaba, y yo no podía, ni debia detenerme en perseguirlos con abandono de mi precioso encargo. Hicé señal de reunion, y continué mi marcha por fuera del pueblo, para acampar con luz en buena posicion; mis prisioneros fueron restituidos sin lesion alguna, ni yo la tuve en mi demas tropa; pero de ellos quedó uno muerto en el campo, y muy mal herido un D. Mauricio Baldivieso, que hicé curar en mi campamento, y despues supe ser uno de los principales insurgentes: ignoro si tuvieron alguna otra pérdida, que calculo indispensable por el vivo fuego que sufrieron en su dispersion.

Luego que me hube situado para pasar la noche, mandé á un piquete de húsares al mando del alférez D. Manuel Gundin, con orden de pegar fuego á la casa en que estuvo la emboscada, y otras inmediatas, pertenecientes todas á unos Morales, secuaces principales de Cavero y convocadores de la gente reunida en mi daño, como se verificó inmediatamente. Y aunque tambien pensé destruir de igual modo las dos casas que estos malvados tenían en el pueblo, me retrajo la consideracion de que podía comunicarse el incendio de ellas á los de otros infelices vecinos, que en nada eran culpables de aquel exceso; por lo que me contenté con entregarlas al saqueo de la tropa, aunque inútilmente, porque se encontraron del todo vacías. La noche se pasó en constante vigilia, y al amanecer del dia siguiente me puse en movimiento para caminar.

No bien estaban cargadas las mulas, cuando mis centinelas y avanzadas me dieron aviso que por el camino de Cinti se veían gruesas polvareras. Subi á una altura, y observé que en efecto venían tres gruesos trozos por la quebrada en mi demanda, cien de ellos de caballería. Aquel era precisamente el paraje en que se dividen los caminos de Libilibi y Tarija, y aquel fué el primer momento en que se supo la direccion que yo tomaba por las órdenes que di. Despaché todas las cargas al cuidado del zeloso D. Roque Quiroga, y con ellas á los pocos Cinteños que quedaban, y yo con los húsares, artilleros, y piquete de seguridad, que ya compondrían el número de 60 hombres, con algunos dispersos que se me habian reunido en el camino, quedé á esperarlos, colocando mi gente algo dispersa entre unos pequeños matorrales, para que la caballería enemiga no tuviese un objeto fijo á que embestir.

Confieso á Vuestra Excelencia que tuve cuidado en esta ocasion, porque los movimientos que habia observado en los trozos enemigos, denotaban una formal resolucion de atrepellarme, y su número pasaba de cuatrocientos hombres; pero cuando vi que al llegar al alcance de mis fuegos suspendieron el ímpetu con que venían, los conté desde luego deshechos. Rompí incontinenti el fuego, á que me contestaron con bastante viveza, pero muy mala direccion, por espacio de media hora. Yo estaba observando que mis oficiales y soldados, llenos de fuego y ardor, se iban avanzando voluntariamente, y creí muy oportuno aprovechar tan feliz disposicion. Di en consecuencia la voz de avance con tan favorable suceso, que el arrojo de nuestras tropas puso en completa fuga á los enemigos, y en tal confusion que abandonaron muchos sus caballos, para salvarse á pié por las montañas. Yo no tuve la mas pequeña desgracia en esta accion, pero el enemigo tuvo varios muertos, entre los que se encontró un oficial tarijeño, que habia sido sorprendido en la noche anterior por los Caveros, que venían con su gente de Cinti, y fué obligado á atacarme con algunos otros Tarijeños, que con él y otros oficiales venían á reunirse conmigo.

Habia olvidado decir á Vuestra Excelencia en su lugar, que á las dos jornadas de la Laba me vi precisado á dejar las compañías de Tarijeños al mando de sus oficiales, y con el dinero que calculé suficiente para su mantenimiento hasta Jujuí, porque fatigados con sus marchas á pié desde Tarija, embarazaban las mias, aumentaban la escasez de alimentos en las paradas, y no me eran de la menor defensa.

En todo fui feliz en estas dos acciones, porque á mas de no haber perdido un solo hombre, logré montar algunos de los mios con los caballos y mulas quitados á los enemigos.

Concluido el fuego, y reunidos los mios, seguí con prisa mi marcha, para alcanzar mis cargas, que se habian alejado una buena distancia, y apenas me junté con ellas, cuando llegó á nosotros uno de los hijos del conjuez de la real audiencia de Charcas D. Silvestre Icazate (que habia encontrado en aquel paraje) con la noticia de que los enemigos habian saqueado todo el equipaje de su padre, detenido á su hermano menor, y herido él de un sablazo en la cabeza, de cuya desgracia fueron ellos solo culpables, por haber andado mas morosos en seguirme que su padre, que al rayar el dia estuvo ya en mi campamento.

Yo no puedo recomendar bastantemente á Vuestra Excelencia el valor, sufrimiento y virtuoso orden con que se han desempeñado todos los oficiales y soldados que han venido á mi mando, y en particular á los que salieron conmigo desde Potosí, de cuya valerosa conducta, como de la de todos los demás que se me han reunido en mi tránsito hasta aquí, informo á Vuestra Excelencia por separado. Los oficiales han hecho las veces de soldados, porque la escasez de estos me obligó á ponerles un fusil á cada uno, que han conservado como la mejor distinción de su grado. Los soldados han hecho prodigiosamente el ministerio de tales, y á mas el penoso oficio de arrieros, que la necesidad y su buen deseo de servir les ha hecho aprender. Algunos paisanos que también venían en mi compañía, como el secretario de Charcas Dr. D. Juan Antonio Sarachaga, el subdelegado de Cinti D. Isidoro Alberti, y el físico D. Diego Paroicien, han mostrado que el valor no está limitado á la profesión militar, pues con un fusil en la mano no han tenido que envidiar á los bravos.

Llegué por fin á Tarija, y entonces fué cuando pisé el primer país de amigos en mi concepto. Allí debi detenerme dia y medio para hacerme de mulas, que ya no tenia, por estar arruinadas las que traía, y no pudiendo conseguir á flete las que necesitaba, porque se me ocultaban artificiosamente por los pocos arrieros que allí habia, tomé el arbitrio de comprar cuantas se me presentasen, pagándolas al precio que el capricho de sus dueños quería ponerles, como lo habia venido haciendo por todo el camino desde la Laba, y hube de continuarlo hasta entrar en los desiertos, sin cuya medida no me veria hoy en salvacion.

Con las primeras noticias de nuestra derrota en Guaqui habia venido á Tarija en comision por la junta de Charcas el administrador de tabacos de aquella capital D. Pedro José Labranda y Sarberri, para pedir auxilios de gente y conducirla á Potosí. En esto habia estado ocupado, hasta que con noticia de mi salida de aquella villa y reunion que se hacía en mi contra en el rio de San Juan salió con el teniente coronel D. Martin Guémes á ofrecerme el auxilio de sus pechos, única fuerza de que podían disponer, pero no encontrándome por el camino que habian tomado, volvieron desde Tojo con precipitacion, luego que supieron mi entrada en Tarija, en cuyas inmediaciones se me reunieron, habiendo continuado despues hasta aquí ocupados en servicios de la mayor importancia.

A las dos jornadas de Tarija para acá me alcanzó un expreso con un pliego de aquella junta, en que me comunicaba, que aun no me hallaria á cinco leguas de distancia de la villa, cuando se conmovió el pueblo, y se hizo un cabildo abierto para tratar de quitarme los caudales, sin haber sido ellos convidados á él; pero que el dictámen de algunos sensatos habia disipado el fermento que empezaba: yo agradecí el aviso, sin que me diese cuidado cualquier resultado, porque mis soldados acostumbrados ya á vencerlo todo, ponían en completo reposo mi confianza.

Dejo á la consideracion de Vuestra Excelencia las penalidades que habrá costado esta expedicion á la pobre tropa de mi mando, viajando siempre por entre enemigos, las mas veces á pié, casi siempre sin el preciso alimento, por montañas y desiertos fragosos, apenas transitables, á esfuerzo devenir abriendo un camino que solo era conocido de uno ú otro montaraz del Baritú, por una región cálida en extremo, y poblada de insectos ponzoñosos, y cubiertos de desnudez y miseria, principalmente hasta Oran, en que la activa diligencia de la junta provisional de Salta me habia puesto con anticipación suficiente número de animales para mi conducción, y una compañía de sus provinciales para mi mejor escolta y seguridad; pero no puedo dejar de elevar á la memoria de Vuestra Excelencia, que la importancia del servicio que he hecho, salvando unos caudales que harán sin duda la restauración de nuestras desgracias, es en todo debida á la bravura, á la constancia y al noble sufrimiento de la oficialidad y tropa que constan de las adjuntas listas y estado mayor; y si Vuestra Excelencia se ha agradado de mis servicios en esta parte, le ruego haga recaer todas sus gracias sobre estos infelices, que son los que mas han sufrido y servido á la patria con tan repetidos riesgos de sus vidas y tanta utilidad del Estado.

Dios guarde á Vuestra Excelencia muchos años.

Campo Santo, 4 de octubre de 1811.

Excmo. Señor, Juan Martin de Puyredon.

SS. de la excma. junta gubernativa de estas provincias.