Insisto

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Aunque me llamen pesado, vuelvo a mis trece.

Cuando un pillo expira en un patíbulo, todas las personas honradas que llevan su apellido se apresuran a decir que el del difunto era de otra rama y aun de distinto tronco.

Cuando muere un héroe, sucede todo lo contrario.

No aludo en este caso al espeluznador de la condesa de Reus, pero sí me refiero, en lo de codiciada, a la gloria nacional del «2 de mayo de 1808».

Ya he dicho más de dos veces que los campeones de la nueva idea están haciendo, meses hace, su tabernáculo del obelisco del Campo de la Lealtad.

Hoy necesito añadir que la revolución de septiembre también aspira a identificar su gloria con la que aquel montón de piedras simboliza.

Sugiéreme esta observación el bando del alcalde popular de Madrid y el sinnúmero de periódicos liberalísimos que he visto enlutados en la pasada semana, al hablar de las victorias del «2 de mayo», lanzando el gemido y el sollozo, que no parece sino que los llorones son de la casa mortuoria.

¿Calculan ustedes el efecto que les haría a ustedes mismos ver en un entierro, e inmediatamente detrás del cadáver, gimiendo y llorando, a su médico de cabecera?

Pues ese mismo efecto me produce a mí la revolución de septiembre presidiendo el duelo en un aniversario de la muerte de los heroicos varones del 2 de mayo.

Justificaré esta aprensión:

¿Qué nombre, qué castigo darían los liberales de hoy al desdichado que en la Puerta del Sol enarbolase la bandera abatida en Alcolea y la defendiera a cintarazos al grito de «¡Viva Isabel II! ¡Abajo los intrusos!»?

¿Cómo calificarían al ciudadano que, poniéndose a su lado, gritase por su parte: «¡Mueran los blasfemos! ¡Abajo las Constituyentes, en donde se niega a Dios y se insulta a la Virgen!»?

Pues una cosa idéntica hicieron los hombres a cuya tumba acudió la revolución septembrina vestida de luto y haciendo que lloraba.

Se batieron por un rey, que les quitaban, contra otro rey, extranjero, que se les quería imponer; debiendo advertir que el rey expatriado se llamaba don Fernando VII, cuya memoria es mucho más odiada por los septembrinos que el nombre de su hija doña Isabel.

Pero lo mismo da para el caso que el rey por quien luchaban se llamase Fernando VII que Isabel II, y que el intruso fuese Pepe Botellas; que Antonio de Orleáns o Fernando de Coburgo. Todos son extranjeros; y con respecto a los españoles, tanto los soldados de Napoleón, o los generales de la Unión liberal, o la camarilla de don Salustiano, o las legiones de don Juan Prim.

El hecho es que, dados los puntos de semejanza que existen entre los enemigos de Daoíz y Velarde y los hombres de la actual situación, con respecto a aquel suceso memorable, todavía comprendo mejor al médico en el entierro de su asistido que a la revolución de septiembre de duelo en la solemnidad del 2 de mayo, al lado de la familia de los mártires.

Al primero puede salvarle la intención, pero a la segunda...

¿Qué va a ofrecer Serrano, qué el general Prim, qué Topete, qué Izquierdo...; qué tantos otros que deben cuanto son a la inconcebible munificencia de su víctima, la dinastía por ellos derrocada; qué van a ofrecer, digo, sobre la tumba de los que murieron por su rey?

¿Qué va a hacer el blasfemo Capdevila, y el presuntuoso impío García Ruiz y otros tales sobre las cenizas de los que expiraron con el nombre de Jesús entre los labios?

¿Qué hay de común entre estos hombres ambiciosos, volubles, ingratos y descreídos y aquellos dechados de fe y de lealtad?

¿Aceptáis su grito de Dios, rey y patria en el sentido en que ellos le dieron?

No, cuando en vuestro credo político, cuando en vuestra ley fundamental apenas se menciona a Dios sino lo necesario para dar ocasión a que los vuestros le nieguen y le injurien; y en vuestros actos ofrecéis la patria, que no os pertenece, a un reyezuelo extranjero que la ultraja despreciándola.

¿Admiráis, sin embargo, su gloria?

Pues obrad como ellos para merecerla, y, al efecto, empezad por combatiros a vosotros mismos como a los mayores enemigos de los patricios de 1808.

Entre tanto, ya que no justos con la patria, sedlo cuando menos con la lógica; declarad neos a Daoíz y Velarde y huid de su sepulcro con la sublime repugnancia con que, en vuestra alta flamante sabiduría, huís de la vieja religión de vuestros padres y de las rancias preocupaciones tradicionales que sin cesar socavan la piqueta de Romero Ortiz y el azadón de Ruiz Zorrilla, para ofrecer sus escombros en los altares que alzó la revolución de septiembre a las nuevas creencias, cuyos apóstoles más inspirados son Quintero, García Ruiz y Capdevila.



(De El Tío Cayetano, núm. 26.)

9 de mayo de 1869.