Instituciones oratorias: Prólogo

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O hemos de negar la necesidad del estudio de las buenas letras, desterrando de la humana sociedad los conocimientos que más nos adornan, o es preciso confesar que a todo hombre de buen gusto es punto menos que indispensable el de las Instituciones Oratorias de Marco Fabio Quintiliano. En todos tiempos los hombres sabios, no como quiera las han leído, sino que, mirándolas como una mina rica e inagotable de los conocimientos más sólidos que contribuyen a formar el juicio del hombre, les hicieron el debido honor de colocarlas en la clase de aquellos libros que no bastando leerlos una sola vez y de galope, es necesario estudiarlos con la más profunda meditación y de continuo. Quintiliano trató con tanto acierto de la oratoria, que su autoridad en este punto es decisiva y corre pareja con la del mismo Cicerón: y con tanta dignidad, y tan de propósito (en lo que tal vez le saca alguna ventaja), que de los preceptos que prescribe para formar un orador perfecto, claramente se colige que el que aspire a serlo debe estar abastecido del conocimiento de todas las ciencias. Las Instituciones de Quintiliano son como un lienzo, donde con los colores más vivos retrata al orador, no como vulgarmente se le concibe, sino con toda la perfección de que es capaz. Desvaneciendo la idea común de que el oficio del orador sólo se reduce a hablar en público, ayudado de ciertas reglas pueriles, nos le pinta tan recomendable por su ciencia y conducta, que no menos triunfe del corazón humano por la persuasiva de las costumbres, que por el nervio de las razones. Miradas por este lado, hallamos en ellas una cosa que, cierto, arrebata la admiración de cualquiera; al ver que un hombre nacido en el seno del paganismo prescriba reglas tan acertadas, que no menos cuadran al que ha de ocupar dignamente la cátedra del Espíritu Santo, que al que ha de manejar con loa la elocuencia en las causas forenses. Los primeros hallarán en Quintiliano unos preceptos tan ajustados para el desempeño de tan alto ministerio, como si para ellos solos se enderezasen: lo que no tendrá reparo en conceder el que vaya careando la doctrina de nuestro paisano con la del padre de la elocuencia española fray Luis de Granada en su Retórica eclesiástica. Por lo que hace a los abogados, ocioso parece el decirles que no pueden ejercer la oratoria forense sin la doctrina de tan sabio maestro: puesto caso que para ellos principalmente encaminó sus preceptos.

Quintiliano, como que tenía bastante práctica en las contiendas del foro, hace ver cuánto se distingue el abogado perfecto del mediano; el que posee una elocuencia nerviosa y varonil del que va fiado en una retórica pueril, y que no pasa de la corteza de las palabras; el que defiende al reo con cierta no mal fundada esperanza de enseñorearse del corazón del juez, del que fría y secamente hace su oficio, granjeándole su misma ineptitud el desprecio y la risa; finalmente, el que sabe valerse de las riquezas del arte para vencer con una fuerza irresistible la repugnancia de la humana voluntad, del que por falta de caudal no puede sacar a salvo al reo, si ya no empeora la causa. Y como en estos choques de los tribunales es donde más campa y luce la destreza del abogado (tratándose, no ya de un asunto político, no del mejor acierto en una deliberación, sino de los intereses, honor y vida de un hombre), por tanto Quintiliano adiestra y provee, digamos así, de todo género de armas defensivas y ofensivas a su orador, no para un lance solo, sino para cuantos son imaginables; y a la manera que un astuto general, desviándose tal vez de la especulativa de la táctica militar, ordena su gente según las circunstancias que le rodean para salir con la victoria, así nuestro insigne maestro advierte al abogado los lances en que, con alabanza suya y utilidad del reo, debe apartarse de los preceptos del arte, disimular el artificio y caminar con cierta sencillez, que teniendo tanto más de astucia cuanto menos lo aparenta, le conduce al vencimiento por los mismos pasos que al parecer le apartan del fin principal.

Para esto no solamente se vale de las observaciones y práctica de los más hábiles oradores y abogados griegos y romanos acomodadas a todos los géneros de elocuencia, sino de innumerables lances y ejemplos particulares: haciendo ver cómo se manejaron para vencer dificultades insuperables; cuándo negaban el hecho sobre que se litigaba; cuándo lo confesaban llanamente, pero con mayor ventaja; cuándo convenían con el contrario en ciertas menudencias, para merecer el crédito del juez en el punto cardinal de la causa; cuándo combatían abiertamente al adversario, y cuándo con estratagemas y medios disimulados; cuándo manifestaban cierta flaqueza y falta de fuerzas para hacer más odiosa la prepotencia y presunción de la parte contraria, y cuándo asestaban contra ella toda la artillería de la oratoria; finalmente, cuándo convenía usar de cierto disimulo con aquélla, y cuándo manifestar que calaban sus más secretas intenciones.

Esto se llama elocuencia: en esto la pone Quintiliano, y en todo aquello que en cualquier asunto que trate el orador, contribuye para persuadir sin resistencia; no en los preceptillos de escuela y de las retóricas vulgares, tolerables solamente en los jovencitos, cuyos estómagos no pueden llevar tan grueso manjar ni digerir tan sólida doctrina como los robustos y varoniles. Esto le movió a Quintiliano a escribir sus Instituciones, fruto de veinte años de enseñanza y muchos de práctica: el ver que la elocuencia, habiendo degenerado no poco de su antiguo vigor y brío, iba tomando un aire de puerilidad, afeminación y locuacidad impertinente. Pensaban muchos que el buen decir consistía en ciertos conceptillos, agudezas, retruécanos, juguetes de palabras y flores del lenguaje; veían que semejantes pueriles adornos y pensamientos, que no pasaban de la corteza, no sólo caían en gracia a muchos destituidos del buen paladar para discernir entre el mucho hablar y bien decir, sino que merecían los aplausos en tanto grado que ya se tenían por bellezas del arte lo que en tiempo de Augusto ni aun en los principiantes hubiera sido tolerable. Porque cuando llega a corromperse el gusto en una facultad (cualquiera que sea), sucede poco menos que con los estómagos estragados, que para nada tienen más despierto el apetito que para lo que les daña. Animó a muchos este buen suceso para llevar adelante su corrompido sistema. Formose en poco tiempo una como secta de corrompedores de la verdadera elocuencia, mancomunándose, al parecer, para destruirla del todo.

Lo hubieran logrado muy a su placer, según el séquito que tenían, y según esta facultad se hallaba ya debilitada y sin fuerzas; pero prevaleció la razón contra el error, como es justo que así suceda. Y si bien Séneca, español, fue, como quiere Rollin, el corifeo de esta corrompida escuela, tenemos la gloria de que otro español (disputen lo que quieran en este punto los extranjeros), manteniendo los fueros de la elocuencia, no sólo la libró de su total ruina, sino que resarció muy cumplidamente los daños que había recibido. Así fue: levantó la cabeza por los esfuerzos de Quintiliano, respiró y logró por fin, valiéndose de sus armas naturales, enseñorearse de sus mismos enemigos.

Ésta fue la utilidad que por el pronto resultó a la elocuencia romana de las Instituciones Oratorias del español Quintiliano. Digo por el pronto, porque las que resultaron en lo sucesivo a las bellas letras de este precioso monumento de la antigüedad, no hay para qué decirlo, constando por el unánime consentimiento de todos los siglos el aprecio que de él hicieron todos los sabios. Solamente digo que aun cuando no nos ofreciera más que unos preceptos sólidos de la oratoria, eran muy dignos de recomendación; pero como para ser perfecto orador se necesitan otros muchos agregados de educación y conocimientos de todas facultades, se propuso Quintiliano señalar el camino para conseguir todo esto.

Mirados por este lado sus escritos, son el método de estudios más completo que pueden desear los que se ocupan en enseñar a la juventud; y aun me atrevo a decir que encierran las máximas de la más cristiana educación de la primera edad. En prueba de ello, adviértase que Quintiliano toma la instrucción de su orador nada menos que desde la cuna. Y para conseguirlo, ¿qué medios no practica de los que conducen al fin deseado, ya tocante al conocimiento de las ciencias, ya a las buenas costumbres? ¿Qué defecto, ya natural, ya adquirido, puede impedir el ser orador consumado, a que no aplique los remedios más oportunos? ¿Qué cosa hay, por menuda que nos parezca, en que no prescriba las reglas más acertadas? ¿Qué padre se muestra tan vigilante en la educación de su hijo como él lo es en la de todos? ¿Qué edad hay tan tierna que él no conserve de todo contagio? ¿Por ventura se olvida de ella aun en los juegos más inocentes? Aun en los mismos entretenimientos quiere que sin perjuicio del desahogo que es natural, encuentre el niño instrucción y pasto del ánimo. Y si no, ¿no le aparta cien leguas de las truhanerías y dichos pegadizos de los criados? ¿No le pone al lado un ayo (no de aquellos que acompañan al niño como la sombra al cuerpo, sino un ayo instruido, virtuoso, diligente e industrioso), para indagar el ingenio de los años más tiernos? En el juntarse con sus iguales, ¿no usa de las mayores precauciones? Ello es evidente, que en materia de educación, ni a los padres ni a los maestros les queda más que desear si se proponen el método de Quintiliano.

Pasemos más adelante, cuando la edad comienza a ser capaz de mayor instrucción. Aquí es donde Quintiliano se interesa tanto en el aprovechamiento de unos años tan capaces de todo, como él mismo demuestra, que no quiere que se pierda instante. Porque, si bien dirigida esta edad es indecible cuántos conocimientos útiles puede aprender, por tener entonces las potencias (digamos así) nuevas y desembarazadas de cualquier otra idea; así malograda, adquiere resabios que duran toda la vida. Por tanto, encarga a los padres y maestros que los primeros conocimientos sean útiles, sólidos y relativos al fin adonde aspiran; y para lograrlo, les dice qué libros han de leer y con qué orden; qué distribuciones han de hacer de ejercicios y tareas; cómo los han de acostumbrar desde el principio a una pronunciación fina y delicada, evitando aquellos resabios que a poca costa se corrigen; y dejándolos tomar cuerpo van a decir no poco para impedir el fin de la oratoria. En todo esto y en otras cosas a este tenor Quintiliano es nimio y prolijo; si puede haber nimiedad cuando se trata de guiar sin torcimiento ni vicio estas plantas racionales: las cuales, cuanto más tiernas, tanta mayor delicadeza requieren en los que las manejan. Por tanto, desterrando Quintiliano de la educación todo terror y encogimiento que los haga apocados y rastreros en el modo de pensar, encarga el mayor cuidado en inspirarles la emulación, el honor, el deseo de la verdadera alabanza y la hidalguía en los pensamientos.

Por este camino ameno, y sembrado de conocimientos útiles, va conduciendo como por la mano al niño al estudio de la gramática, de la geometría, de la música, de la historia, de los autores más clásicos, y de todas las bellas artes. Aquí le dice cómo ha de entender al poeta; allí, cómo ha de leer al historiador. Por una parte le muestra las bellezas que ofrece la gustosa lección; por otra los tropiezos de que debe apartarle la luz de la crítica. Con esta gustosa enseñanza y útil recreo le pone en estado de poder ya caminar sin andadores, aunque acompañado del sabio maestro: quiero decir, capaz de componer por sí alguna pieza, pero mirando el modelo, que tendrá delante. Aquí encarga mucho Quintiliano la conducta que debe observarse con el discípulo. Como es forzoso que al principio sean más los yerros que los aciertos, la prudencia del que le guía, dice él, debe disimular mucho y alabar aquellas primeras producciones, aunque defectuosas, de sus ingenios tiernecitos, para animarlos a cosas mayores.

Nunca desampara Quintiliano a su orador, por más adelantamientos que haya hecho; antes esto le mueve a enseñarle siempre cosas nuevas, y por mucho camino que haya andado, le muestra ser más lo que queda. Aun cuando ya está ejerciendo la oratoria, o en los razonamientos hechos al pueblo, o en los tribunales, le corrige los defectos, ya naturales, ya adquiridos; le anima cuando va derecho; si se desmanda, le trae suavemente al camino recto; le inspira pensamientos sublimes, y sentencias que hagan mella en los ánimos; le comunica cuántos medios hay para enseñorearse de la voluntad ajena; le reviste de todos los afectos de la naturaleza con tanta viveza y propiedad que pueda a su arbitrio despertarlos en el ánimo de los jueces u oyentes sin que puedan resistirse. Tanta es la fuerza y valentía de la elocuencia para excitarlos. Le comunica sobre lo dicho energía en el decir, y estilo agraciado para ser oído con gusto; le arregla la voz y se la entona; le compone el ademán y todos los movimientos de cabeza, ojos, manos, pies; y para decirlo de una vez, no puede imaginarse hombre tan bronco y poco favorecido de la naturaleza para la oratoria, que ayudado de las reglas de Quintiliano no se civilice y corrija.

He aquí una idea muy por encima de las Instituciones de Quintiliano, y una centésima parte de los infinitos conocimientos que nos ofrecen; de las cuales se han tomado todas las reglas de que están llenos los innumerables artes de retórica y métodos de estudios que andan impresos. Pero cualquiera que vaya cotejando estas reglas con la doctrina de éste, conocerá que, contentándose sus autores con aquellos preceptos que miran a dar a la juventud alguna idea del artificio retórico, escasean lo principal, que son los medios para convencer al entendimiento y mover la voluntad: en lo que consiste la verdadera elocuencia de griegos y romanos. Las demás artes, tratando por lo común de tropos y figuras, que, en sentir de todos, es la parte más débil de esta facultad, tocan muy por encima la invención, que es el alma, y la que da valor a todo lo demás; haciendo por otra parte poco caudal de otros requisitos, en que Quintiliano hace tanto hincapié.

No permiten los reducidos límites de un prólogo dilatarnos más, para declarar lo mucho que ofrecen las Instituciones de Marco Fabio Quintiliano; pero no podemos menos de condolernos con todos los sabios, de que habiendo tenido nuestra nación la gloria, que nos envidian, de haber sido este español el primero que a expensas del erario enseñó en Roma la elocuencia, y después a los sobrinos de un emperador, haya sido más conocido y apreciado de los extraños que de los nuestros. Así es que habiéndose hecho traducción de él en varias lenguas, sola su patria (y con bastante sentimiento de los amantes de las letras), por no sé qué mala estrella, ha carecido de este bien, sin atrevernos a determinar el motivo de esta omisión, cuando apenas hay autor griego y latino que no haya merecido esta honra, no en una, sino en repetidas traducciones. Quien más ha dado a conocer a nuestro español, ha sido M. Rollin en la edición que publicó para el uso de la universidad de París, adoptada por las universidades y seminarios de Francia, Italia y Portugal; la misma que nosotros hemos seguido, por las razones que insinuaremos.

Cuando este sabio extranjero pensó entablar en aquella universidad las Instituciones de Quintiliano, advirtió que entre las útiles materias que trata, había algunas de ninguna manera adaptables a nuestros tiempos, y que sería impertinencia digna de risa el tratarlas, por más que en tiempo de Quintiliano trajese alguna ventaja su conocimiento. Porque como entonces se enseñaba la elocuencia al estilo de escuela, como ahora la filosofía, se introdujeron (porque así lo pedían las circunstancias que entonces reinaban) no pocas cuestiones sobre cosas frívolas, que el reproducirlas al presente, el menos mirado lo graduaría, y no sin razón, de afectada antigüedad o extravagancia. Otras cosas de las que omitió, miran precisamente a la ortografía antigua del idioma latino, y que no tienen la menor relación o parentesco con un tratado de elocuencia. Otras, finalmente las escribió Quintiliano por acomodarse a la práctica de sus tribunales, de sus leyes y jueces. Y ¿qué diremos de aquéllas que miran precisamente a la manera y forma de los panegíricos de los héroes y dioses del paganismo y a otras necedades que constituían una gran parte de su teología? Cualquiera se reiría del que en circunstancias tan contrarias se pusiese a escribir semejantes cavilaciones en una obra seria; porque es regla de prudencia el acomodarse al uso presente, como lo haría Quintiliano si ahora escribiese. Todo esto cercenó juiciosamente Rollin en su edición, que hemos seguido: de forma, que suprimiendo todo lo que servía para abultar, escogió la nata de este precioso monumento. Y este mismo pensamiento tenía proyectado una persona de las más ilustres y eruditas de nuestra nación, empleada por nuestro católico monarca en su servicio en una de las repúblicas extranjeras. Con esto quedó la obra más cómoda para todos (si es que no nos engaña la pasión), sin echarse menos en ella cuanto puede contribuir al perfecto y cabal conocimiento de la verdadera elocuencia.

Marco Fabio Quintiliano al librero Trifón[editar]

Me andabas importunando todos los días, para que diese principio a la publicación de mis libros sobre la instrucción del orador, que había dirigido a mi amigo Marcelo. Por lo que a mí toca, no pensaba estar la obra en sazón, habiendo empleado en trabajarla como eres buen testigo, poco más de dos años, pero embarazado en varias ocupaciones; tiempo que por la mayor parte he gastado en discurrir sobre esta materia casi infinita, y en la lectura de innumerables autores, más que en escribir. Siguiendo por otra parte el precepto de Horacio en su Arte Poética, que aconseja no apresuremos la publicación de nuestro trabajo, sino que le tengamos reservado por el discurso de nueve años, dejaba descansar la obra, para que, calmando aquel amor que tenemos a lo que es parto de nuestro entendimiento, la pudiese yo examinar con menos pasión, leyéndola como si no fuese cosa mía. Poro si es tan deseada su publicación como me aseguras, salga enhorabuena al público, y deseemos que tenga buena ventura, pues confío que por tu cuidado y diligencia llegue a sus manos muy enmendada.