Intrusos

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Intrusos
de Godofredo Daireaux



Sebastián Aguirre había nacido en la Pampa, al sur, no muy lejos de Chascomús, muchos años antes de que el pueblo fuera puesto en comunicación con la capital, por el ferrocarril. El campo, en estas alturas, era entonces poco poblado, las estancias extensas y mal delimitadas; muchas tierras -la mayor parte- pertenecían al Gobierno, y éste las vendía o las arrendaba con facilidades de pago a los que las pedían; pero muchos, todavía despreciaban estos campos del sur, anegadizos que eran en muchas partes, poco seguros, expuestos siempre a las incursiones de los indios, pudiendo allí, el gaucho, entregado a sí mismo, vivir a sus anchas, errante, haragán, vicioso y peleador, en medio de una abundancia extrema de lo único que necesitase: carne, sebo y cuero.

Y en la choza paterna, edificada en campo fiscal, hirviendo, bajo su techo de paja, de la prole de sus viejos, anual y patriarcalmente aumentada, había aprendido Sebastián, desde chico, a vivir de lo ajeno, en campo ajeno.

Consideraba la pampa como bien propio y también las vacas que en ella andaban; y las aprovechaba a su modo, voraceando con ellas, como con cosas sin valor, ya que no las podía vender, pero indispensables para la vida.

Cuando cundió la población y que todos los campos de las cercanías llegaron a tener dueños, se empezó a disolver la familia, buscando cada uno de sus miembros el medio de seguir viviendo como había acostumbrado: y Sebastián se fue hasta los cañadones inmensos formados por los derrames del Azul, del Chapaleofú, de los Huesos y de tantos otros arroyos, que buscando, sin encontrarla, su salida hacia el mar, se juntan y se mezclan, y ahí quedan, remolineando como trozos de hacienda entrados a la vez, por varias tranqueras, en un mismo corral, cubriendo con sus aguas estancadas, durante varios meses, área tan fértil y tan extensa que podría vivir en ella media nación.

Pero la llegada del ferrocarril y la venida de miles y miles de inmigrantes hicieron que toda la tierra tomase valor, y que hasta los cañadones se volvieran objeto de codicia para los que, aunque viviendo en la ciudad, no ignoran que del campo viene la riqueza, y conocen al dedillo las oficinas enlaberintadas, en zaguanes y corredores, misteriosos escondrijos donde se elaboran las combinaciones enriquecedoras. Sin mayor trabajo, llenan éstos los trámites exigidos por la ley, amparados por amistades de alquiler, y, sin más gasto que algunas propinas oportunas y unos cuantos papeles sellados, borroneados de mala prosa, brotan, a veces, de las obscuras bóvedas del avenegrismo habilidoso, los aristocráticos millonarios del porvenir.

Y tuvo Sebastián que mandarse mudar del rinconcito donde, durante algunos años, había dejado deslizarse su vida de suave holgazanería, únicamente ocupado en criar a su vez, toda una nidada de gauchitos, enseñándoles lo que él mismo sabía: jinetear, enlazar, carnear, esquilar, y cuidar la hacienda paterna de tal modo que aumentase a la vez por los medios lícitos que proporciona la naturaleza y por los ilícitos que, a escondidas, facilita la Fortuna.

Y se fue. ¡Oh!, ni por un momento le entró en la mente la idea peregrina de arrendar un retazo de campo para seguir, ahí mismo, cuidando, con toda tranquilidad, su pequeño rebaño. Sus instintos de independencia, la convicción innata de que la llanura toda más pertenece al que libremente la recorre que al que tiene la pretensión de poseerla, le impidieron solicitar alguna locación fija o un puesto a interés; y armó viaje para fuera, llevándose la familia, la hacienda y los trastes, hasta que, muy lejos, y después de innumerables jornadas de indolente ganduleo pastoril por la llanura solitaria, volvió a encontrar otro campo fiscal. Cuatro leguas eran, de buena tierra, con buenas aguadas, cañadas fértiles y lomas que, aunque todavía de pastos muy duros, prometían un porvenir halagüeño. Era la reserva de toda una vasta comarca recién entregada a la ganadería, y había sido realmente previsor el Gobierno, al elegir tan bien el sitio donde, más tarde, se levantaría seguramente algún próspero centro de población, rodeado de quintas floridas y de chacras bien cultivadas.

En esa reserva -como bien se sabía que, antes de muchos años, no se formaría pueblo- se habían amontonado los pobladores, como vizcachas en la loma, y nuevos ranchos, cada día, surgían del suelo. Sebastián ahí levantó también el suyo. Las pequeñas majadas de esa gente se mixturaban a cada rato; eran tantas, que no se podían extender, ni, por consiguiente, prosperar; pero -consecuencia legítima de su situación irregular- el recurso de casi todos estos pobladores sin campo propio, ni esperanzas de tenerlo jamás, más era la hacienda de los vecinos ya establecidos en las estancias linderas que sus propios animales, y se habían vuelto plaga para los hacendados de buena ley, para aquellos que, antes de poblarla, habían sabido conquistar la tierra, en las oficinas del Gobierno.

Y como presentaran repetidas quejas vecinos expectables, el ministro de Gobierno resolvió tomar contra los intrusos que así se habían apoderado de estas tierras fiscales, tan previsoramente reservadas para ejido del futuro pueblo, medidas eficaces.

Hubiera podido, por cierto, consagrar los derechos de los ocupantes, repartir entre ellos, en equitativo prorrateo, las cuatro leguas que habían poblado, moralizando de golpe, con radicarlas en el suelo, treinta familias de vagos; pero no le pareció esto bastante radical: prefirió decretar la venta del campo y el desalojo por la fuerza, haciendo que, a las buenas o a las malas, tuvieran que volver a desparramarse a todos vientos, estos intrusos perjudiciales, con sus familias numerosas y sus pequeños rebaños; y, entre ellos, Sebastián Aguirre, fiel a su destino de gaucho nómada, se fue a meter en una lonja angosta, sobrante de un campo vecino, donde con la resignación de siempre, esperaría que lo echaran otra vez.

Pronto se supo que las cuatro leguas de buen campo, tan previsoramente reservadas, en otros tiempos, para ejido del futuro pueblo, y libres ya de todo intruso, según afirmaban los partes de la policía, habían pasado a ser propiedad personal del enérgico ministro de Gobierno.


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Nota de WS[editar]

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