Juan, el de la mala suerte

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Los milagros de la Argentina
Juan, el de la mala suerte
 de Godofredo Daireaux


«Si! ¡sí! ¡ponderen los milagros de la Argentina! -decía Juan-; para los que tienen suerte, puede ser que sean ciertos, pero yo todavía no los he visto».

Y era verdad que este pobre Juan, venido al país, hacía muchos años no había tenido suerte. Cuando llegó, se fue al campo; y como era tiempo en que la tierra valía poco y las ovejas menos, le dio su patrón una gran majada al tercio; lo que hubiera podido serle de gran provecho, si hubiese tenido un poco de suerte, siquiera. Pero ninguna tenía el pobre.

El pago donde trabajaba estaba plagado de cuatreros. No era cosa rara, es cierto, en aquellos tiempos y en aquellos campos tan desiertos; pero parecía que con preferencia de su majada carneaban; y hasta le robaron a veces puntas de ovejas, mientras que a otros puesteros casi nada les hacían. El patrón le solía decir que así era porque ellos cuidaban bien y pastoreaban sus majadas, cuando se iban lejos o se perdían entre las pajas; y que si él hiciese lo mismo, tampoco le faltarían ovejas. Pero no; no era por esto, sino sólo que Juan no tenía suerte y nada más.

Por ejemplo, una vez que, después de esquilada su majada, vino un aguacero con viento, una tormenta repentina de los mil diablos, que se la arreó a una legua, deshilándose las peladas como cuentas de rosario, por supuesto, antes que él hubiese podido volver de la pulpería donde había ido -por casualidad,- a tomar la tarde, se habían acalambrado más de cien. ¿Es tener suerte esto, o desgracia? Que hubiera debido fijarse en que amenazaba tormenta; que no se deja así sola una majada recién esquilada; que no era momento de irse a la pulpería que si hubiese estado con ella y la hubiera atajado, nada le sucede. -Sí, claro; después de agua, es fácil decir que ha llovido. Digan más bien que si hubiese tenido suerte, entonces sí, nada le sucede.

Por lo demás, no escapaba él a ninguna; cuando parecía haber desaparecido la sarna de los alrededores y que -luchando, es cierto, los puesteros-, quedaban sanas las demás majadas, la de Juan estaba todavía atestada de ella, cayéndosele la lana por todas partes, y enflaqueciéndosele las ovejas.

Para él no había cosa buena, nunca, y parecía que, al contrario, siempre le quedaba reservado todo lo malo. Inundación o sequía, todo le resultaba desastre, y en tiempo de parición se le perdían o se le aguachaban dos veces más corderos que a los demás puesteros. Ahí también el patrón le salía diciendo que era por falta de asiduidad en el cuidado; que si apartase las madres con sus crías y las cuidase solas, cerca de las casas, en el mejor campo, no se le perdería ninguna. Pero, ¡cuándo!

-«Mire, patrón -decía-; al que no tiene suerte, todo le va mal por mucho que haga».

Al cabo de tres años, lo despidió el patrón. Los campos subían, las ovejas también; había resuelto cuidar con peones a sueldo y no quería más tercianeros. El pobre Juan pudo ver que de sus compañeros, el que más, el que menos, todos se iban con algo. Los que tenían poco aumento lo vendían al patrón y se iban alegres con la plata en el bolsillo; y algunos hubo que se fueron con una verdadera majada, un buen plantel como para empezar a trabajar por su cuenta; pero Juan, él, se fue con una mano por detrás y la otra por delante... Cuando uno no tiene suerte...

Un paisano suyo, que había tenido suerte y tenía muchas vacas, lo habilitó entonces con un tambo. Le dio campo y lecheras, y corral y tarros, y todo. El tambo quedaba cerca de un pueblo ya de cierta importancia, en el cual podía haber un buen despacho de leche y de manteca. Pero Juan ¿qué iba a hacer con la mala suerte que le perseguía? Todos los clientes que hubiera podido conseguir se surtían de otro tambo que le hacía competencia. El tambero éste parecía que realmente lo hacía adrede; madrugaba que era una barbaridad y así llegaba al pueblo siempre antes que Juan; ¡qué gracia! éste no tenía al fin y al cabo, por qué apurarse tanto y se quedaba un rato por las pulperías y boliches del camino, a tomar la mañana y echar un párrafo; el hombre no es un esclavo y hay que vivir, ¡diablos! Pero, como él no tenía suerte, por supuesto, el otro se acaparó toda la clientela, y Juan se fundió. Dejó el tambo, más bien dicho, el tambo lo dejó; y como, si le faltaba la suerte, tenía bastante charla, pudo convencer a un pulpero que quería componer un parejero, que no había criollo capaz de hacerlo mejor que él.

El otro le entregó el animal; y después de algún tiempo hizo carrera con uno de sus clientes que tenía fama de chambón para correr, pues casi siempre perdía.

Juan, que hasta entonces sólo había cuidado el parejero como para prepararlo superficialmente, prometió a su patrón que en los quince días de plazo que tenía para la carrera lo iba a poner invencible. Hizo comprar maíz, cebada y alfalfa bien elegidos, cepillos y rasquetas, y cobijas, y morrales, y trompeta; y lo empezó a cuidar con el mayor esmero... de día. Pero le era muy penoso levantarse al alba, y de vez en cuando quedaba dormido y el parejero sin varear. El pulpero, muy confiado en su compositor, y muy lego en la materia, pensaba, como se lo aseguraba Juan, que su caballo iba a ganar cortando a luz; y en vez de contentarse con lo que le iba a producir la reunión, quiso también arriesgar pesos, y apostó fuerte; pero también obligó a Juan a jugar con él -era bastante natural-, todo el sueldo que le podía adeudar. Juan no podía hacer de otro modo, ya que tanta fe decía tenerle a su discípulo y consintió.

Cuando estuvieron en la cancha los dos parejeros, la gente fácilmente se dio cuenta de lo mal que había sido cuidado el caballo del pulpero y quisieron todos jugar al otro; y como sólo el pulpero podía sostener tantas paradas, y que naturalmente -por la mala suerte de Juan-, perdió lastimosamente la carrera, le salió el negocio clavo de remache.

Enojado, despidió al compositor y mandó echar a la manada el dichoso parejero. Juan salió de ese conchabo como de los demás, sin un peso en el bolsillo...¡Cuándo uno no tiene suerte!...

Pensó que ya que en todas sus formas la cría de animales le salía tan mal, su verdadera vocación sería quizás la agricultura; y como para todos abundan en la Argentina la tierra y demás elementos de trabajo, no tardó en encontrar quien le diera una chacra en una colonia en formación.

Pero, ¡vaya lo que es no tener suerte! le tocó un lote de mucha cortadera: tierra flor, claro, como de cortadera: negra, honda, liviana y fuerte; pero esos troncos, señor; un trabajo infernal. Su vecino también tenía tierra igual y de lo mismo se quejaba; pero él alcanzaba a deshacerlos quién sabe cómo, y resultaba linda la tierra. Juan, con su suerte de siempre, trabajaba en vario para deshacerse de esa plaga: se le cansaban los caballos o se le descomponía el arado, y tenía que dejar el trabajo dos o tres horas antes de la oración, pues de otro modo, ¿quién resiste? ¿y esos pobres animales?

El vecino, él, mientras tanto, muchas veces, bañado en la luz mortecina del astro nocturno, seguía surcando, a paso sereno, con sus tres yuntas de caballos, la interminable amelga principiada al aclarar.

-«¿Quién sabe cómo liaría cuestión de suerte -decía Juan- para tener asimismo los caballos en buen estado?»

Juan aró poco terreno, y lo aró poco hondo; no dio más que una reja porque le faltó tiempo; rastreó apenas... Sus caballos estaban flacos, y apurado no se dio el trabajo de elegir ni de curar la semilla.

El vecino ya tenía todo el trigo brotado cuando Juan iba a empezar la siembra. Llovió mucho entonces y Juan tuvo que esperar que se oreara el suelo; cuando pudo sembrar, el trigo del otro estaba alto ya, y Juan, una vez más, pudo quejarse con razón de la suerte.

¿Y cómo no, si entre la cosecha de uno y de otro había una diferencia enorme. En la tierra bien arada del vecino, el trigo bien elegido, bien curado y sembrado en buen tiempo, había brotado y crecido a las mil maravillas. La extensión era mucha, pues de todo su lote no había dejado sin arar una sola hectárea; el trigo maduró bien y dio un peso excepcional, consiguiendo el precio más alto de plaza. Casi con esta sola cosecha se enriquecía el hombre.

¡Pobre Juan! cuándo le iba a tocar a él semejante suerte? Su trigo fue poco: mal sembrado y tarde, en tierra poco y mal preparada, no podía esperar gran cosecha; muchos granos, por la mala calidad de la simiente y su falta de limpieza, tenían carbón o eran chuzos. Le pagaron el precio mínimo, y como los gastos de cosecha y de trilla son los mismos para el trigo malo como para el de primera calidad, no le quedaron más que deudas en la pulpería.

¡Pobre Juan! hombre de poca suerte, se va haciendo viejo ya; hace años y años que ha venido al país y está como el día de su llegada, sin un peso. Ha pasado la vida trabajando, sin embargo; nadie puede decir que no; y es cierto lo que dice que con todos sus patrones ha perdido el tiempo, lo mismo cuidando ovejas que ordeñando vacas, o componiendo caballos que sembrando trigo.

Cuando uno no tiene suerte, amigo, es inútil; y bien se comprende que Juan se ría amargamente al oír hablar de los milagros de la Argentina.


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