Justicias del Rey D. Pedro

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Justicias del Rey D. Pedro de José Zorrilla
del tomo octavo de las Poesías.



- I -

Cuando su luz y su sombra
mezclan la noche y la tarde,
y los objetos se sumen
en la sombra impenetrable,
en un postigo excusado
que a una callejuela sale,
de una casa cuya puerta
principal da a la otra calle,
dos hombres que se despiden
se ven, aunque no se sabe
ni cuál de los dos se queda,
ni cuál de los dos se parte.
Ambos mirándose atentos,
ambos un pie hacia adelante,
parados en el dintel
están, y entrambos iguales.
Por fin, el más viejo de ellos,
hundiendo el mustio semblante
entre el sombrero y la capa
en ademán de marcharse,
torció la cabeza a un lado,
pronunciando un no tan grave,
que bien se vio que era el fin
de las pláticas de enantes.
Sin duda el otro, entendido,
no encontró qué replicarle,
pues bajando la cabeza,
callóse por un instante.
«Buenas noches», dijo el viejo;
tartamudeó un «Dios le guarde»
el otro, mas decidiéndose,
hizo hacia el viejo un avance:
—Mírelo bien, y cuidado
no se arrepienta, compadre.
—Nunca eché más que una cuenta.
—Piénselo bien, y no pase
sin contar lo que va de él
a don Juan de Colmenares.
—Señor, replicó el anciano,
en tiempos tan deplorables,
ya sé que lo pueden todo
los ricos y los audaces.
—Pues mire lo que le importa,
que rico y audaz, señales
son con que marca la fama
a los que en mi casa nacen.
Callaron por un momento,
y continuando mirándose,
dijo el viejo tristemente,
aunque en tono irrevocable:
—Nunca lo esperé de vos,
mas tampoco vos ni nadie
puede esperar más de mí.
—Pues entonces, adelante;
idos, buen viejo, con Dios,
que estoy de prisa y es tarde.—
Cerró la puerta de golpe,
a escuchar sin esperarse
una respuesta que el viejo
tuvo tentación de darle;
y acaso por su fortuna
quedó a tal punto en la calle,
para dársela a la puerta,
donde la deshizo el aire.
Volvió el anciano la espalda,
y en dos golpes desiguales,
sus pasos descompasados
pueden de lejos contarse;
porque sus pies, impedidos,
deben a su edad y achaques
una muleta que marcha
un pie que los suyos antes.
La esquina a espacio transpuso,
y a poco, otro hombre más ágil,
saliendo por el postigo,
siguió en silencio su alcance;
túvose al volver la esquina,
tendió los ojos sagaces
y enderezó los oídos
atento por todas partes;
mas no oyendo ni escuchando
de qué poder recelarse,
tomando el rastro del viejo,
echó por la misma calle.



- II -

En un aposento ambiguo,
medio portal, medio tienda,
que hace asimismo las veces
de cocina y de despensa,
pues da su entrada a la calle,
y en confuso ajuar ostenta
camas, hormas y un caldero
colgado en la chimenea,
hay seis personas distintas,
que hacen al pie de la letra
(salvo el padre, que está ausente)
una raza verdadera.
Un mozo de veinte abriles,
una muchacha risueña
de diez y seis, tres muchachos
y una anciana de sesenta.
Y aunque a las veces nos turban
engañosas apariencias,
zapateros son de oficio,
si a espacio se considera,
que está la estancia aromada
con vapores de pez negra,
que ribetea la moza,
y que el mozo maja suela.
—Mucho tarda, dijo el último,
padre esta noche, Teresa.
—Ya ha tiempo que ha anochecido.
—Muchacho, atiza esa vela
y deja quieto ese bote.
Y esto diciendo en voz recia
el mozo, siguió en silencio
cada cual en su tarea:
el chico sitiando al bote,
ribeteando la doncella,
majando el mozo a compás,
y dormitando la vieja.
Con monótonos murmullos
arrullaban esta escena,
el son de la escasa lluvia
de un aguacero que empieza,
el no interrumpido son
con que hierve la caldera,
y el tumultuoso chasquido
con que la luz chisporrea.
—¿Las nueve son? dijo el mozo.
—Eso las ánimas suenan
con sus campanas, repuso
santiguándose Teresa.
—¡Las ánimas, y aun no viene!
Y echando atrás la silleta,
se puso el mancebo en pie
y encaminóse a la puerta.
Al ruido que hizo en el cuarto,
despertándose la vieja,
dijo: —¿Rezáis a las ánimas?
—Sí, señora; estése queda
Asió el mancebo la aldaba,
mas la había alzado apenas,
cuando un espantoso golpe
venció la puerta por fuera.
—¡Muerto soy! dijo una voz;
cayó un embozado en tierra,
y vióse un hombre que huía
al fin de la callejuela.
En derredor del caído
se agolparon, que aun conserva
algún resto de la vida
que le arrancan a la fuerza;
mas no bien le desenvuelven
por ver, piadosos, si alienta,
un grito descompasado
lanzóla familia entera.
Blasfemó el mozo con ira,
desmayóse la doncella,
y la anciana y los muchachos
en llanto a la par revientan.
—Padre, ¿quién fue? preguntaba,
sosteniendo la cabeza
del anciano moribundo,
el hijo, que llora y tiembla.
Echóla triste mirada
su padre, como quien lega
su razón y su justicia
en quien se fija cori ella.
—Juan…
—¿Qué Juan?
—De Colmenares,
balbuceó con torpe lengua;
y sobre el brazo del hijo
dobló la faz macilenta,

Reinó un silencio solemne
por un instante en la escena,
y a reunirse empezaron
vecinos de ambas aceras.
Llegó la justicia al punto,
y mientras justicia ella,
partió por la turba el mozo
en faz de intención siniestra.
—¿Dónde va? dijo un corchete.
—Siendo yo su sangre mesma,
¿adónde, sino al culpable?
—Soy con vos.
—Enhorabuena.
—(Por si acaso, va seguro),
dijo para sí el de presa,
mientras el mozo, resuelto,
ganó a una esquina la vuelta.



- III -

Son treinta días después,
y el mismo lugar y hora,
la misma vieja y los chicos,
con mesa, mancebo y moza.
Cada cual en su tarea
sigue en paz, aunque se nota
que todos tienen los ojos
del mancebo en la faz torva.
Él, sin embargo, en silencio
prosigue atento su obra
sin levantar la cabeza,
que sobre el pecho se apoya.
Tan doblada la mantiene,
que apenas la llama roja
que da la luz, alumbrarle
las cejas fruncidas logra;
y alguna vez que el reflejo
las negras pupilas toca,
tan viva luz reverberan,
que chispas parece brotan.
La verdad es que, una lágrima
que a sus párpados asoma,
viene anunciando un torrente
en que el corazón se ahoga.
Y el mozo, por no aumentar
de los suyos la congoja,
a duras penas le tiene
dentro el pecho y le sofoca.
Largo rato así estuvieron
en atención afanosa,
todos mirando al mancebo,
y éste mirando a sus hormas;
hasta que, al cabo, Teresa,
más sentida o más curiosa,
lo dijo: —¿Estás malo, Blas?
Y a su voz limpia y sonora,
siguió otro largo intervalo
de larga atención dudosa.
Nada el hermano responde,
mas ella su afán redobla,
que no hay temor que la tenga
la valla de una vez rota.
—¡Como estás tan cabizbajo!.—
Y aquí Blas interrumpióla:
—Y ¿qué tengo que decir
a quien sin padre y sin honra
debe vivir para siempre?—
Y aquí la familia toda
rompió en ahogados sollozos
a tan infausta memoria.
Sosegóse, y siguió Blas
en voz lamentable y honda:
—Él rico y nosotros pobres,
débil la justicia y poca,
y el Rey en caza y en guerra,
¿qué puede alcanzar quien llora?
—Qué, ¿por libre se atrevieron…
—Poco menos, pues sus doblas
pudieron más con los jueces
que las leyes.
—¡Las ignoran!
dijo indignada Teresa.
—No, hermana: ¡las acogotan!
contestó Blas, sacudiendo
su mazo con ciega cólera.
Siguió en silencio otro espacio,
y otra vez Teresa torna.
—Mas la sentencia, ¿cuál fue?
dijo, y calló vergonzosa.
—¿La sentencia? gritó Blas,
revolviendo por las órbitas
los negros y ardiente, ojos.
¿La sentencia pides? Oyela.—
Todos se echaron de golpe
sobre la mesilla coja,
que vaciló al recibirles
a oír lo que tanto importa.
—Sabéis que el de Colmenares
hoy pingüe prebenda goza
en la iglesia, y que, a Dios gracias
y a mi diligencia propia,
se le probó que dió muerte
a padre (que en paz reposa).
Pues bien; no sé por qué diablos
de maldita jerigonza,
de conspiración que dicen
que con su muerte malogra,
dieron por bien muerto a padre,
y al clérigo…
—¿Le perdonan?
—No, ¡vive Dios! le condenan;
mas ¡vez qué dogal le ahoga!
Condénanle a que en un año
no asista a coro, mas cobra
su renta; es decir, le mandan
que no trabaje y que coma.
Tornó a su silencio Blas
y a sus sollozos la moza;
ella cosiendo sus cintas,
y él machacando sus hormas.


- IV -

Está la mañana limpia,
azul, transparente, clara,
y el sol, de entre nubes rojas,
espléndida luz derrama.
Toda es tumulto Sevilla,
músicas, vivas y danzas;
todo movimiento el suelo,
todo murmullos el aura.
Cruzan literas y pajes,
monjes, caballeros, guardias,
vendedores, alguaciles,
penachos, pendones, mangas.
Flota el damasco y las plumas
en balcones y ventanas,
y atraviesan besamanos
donde no caben palabras.
Descórrense celosías,
tapices visten las tapias,
los abanicos ondulan
y los velos se levantan.
Cuantas hermosas encierra
Sevilla, a su gloria saca;
cuantos bueno! caballeros
en sus fortalezas guarda;
ellos porque son galanes,
y ellas porque son bizarras;
las unas porque la adornen,
los otros para admirarlas.
óyense al lejos clarines,
y chirimías y cajas,
y a lengua suelta repican
esquilones y campanas.
Mas no vienen los hidalgos
armados hasta las barbas,
ni el pálido rostro asoman
las bellas amedrentadas;
que no doblan los tambores
en son agudo de alarma,
ni las campanas repican
a rebato arrebatadas;
que es la procesión del Corpus
que ya transpone las gradas
del atrio, y el rey don Pedro
acompañándola baja.
Padillas y Coroneles
y Alburquerques se adelantan
con Osorios y Guzmanes,
pompa ostentando sobrada.
Y bajo un palio don Pedro,
de ocho punzones de plata,
descubierta la cabeza
y armado hasta el cuello, marcha.
En torno suyo el Cabildo,
diez individuos encarga
que de escuderos le sirvan
en comisión poco santa;
mas tiempos son tan ambiguos
los que estos monjes alcanzan,
que tanto arrastran ropones
como broqueles embrazan.
Entre ellos se ve a don Juan
de Colmenares y Vargas,
que deja por vez primera
la reclusión de su casa;
no porque el año ha cumplido,
sino porque el año paga,
y doblas redimen culpas
si se confiesan doradas.
Rosas deshojan sobre ellos
las hermosísimas damas,
y toda es flores la calle
por donde la Corte pasa.
Envidia de las más bellas,
salió a un balcón del alcázar
la hermosísima Padilla,
origen de culpas tantas.
Hízola venia don Pedro,
y al responderle la dama,
soltó sin querer un guante,
y ¡ojalá no le soltara!
Lanzóse a tomar la prenda
muchedumbre cortesana;
muchos llegaron a un tiempo,
mas nadie tomarla osaba,
que fuera acción peligrosa,
aparte de lo profana.
Partiendo la diferencia,
salió de la fila santa
el bizarro Colmenares
con intención de tomarla.
Mas no bien dejó su mano
del palio el punzón de plata,
y puso desde él al Rey
cuatro pasos de distancia,
cuando un mancebo iracundo,
con irresistible audacia,
se echó sobre él, y en el pecho
le asestó dos puñaladas.
Cayó don Juan; quedó el mozo
sereno, en pie entre los guardias
que le asieron, y don Pedro
se halló con él cara a cara.
La procesión se deshizo;
volvió gigante la fama
el caso de boca en boca,
y ya prodigios contaban.
Juntáronse los soldados
recelando una asonada;
cercaron al Rey algunos,
y llenó al punto la plaza
la multitud, codiciosa
de ver la lucha empezada
entre el sacrílego mozo
y el sanguinario Monarca.
Duró un instante el silencio,
mientras el Rey devoraba
con sus ojos de serpiente
los ojos del que le ultraja.

—¿Quién eres? dijo por fin,
dando en tierra una patada.
—Blas Pérez, contestó el mozo
con voz decidida y clara.
Pálido el Rey de coraje,
asióle por la garganta,
y así en voz ronca le dijo,
que la cólera le ahogaba:
—Y yendo tu Rey aquí,
¡voto a Dios! ¿por qué no hablaste,
si con ocasión te hallaste
para obrar con él así?—
Soltóse Blas de la mano
con que el Rey le sujetaba,
y, señalando al difunto,
repuso tras breve pausa:
—Mató a mi padre, señor,
y el tribunal, por su oro,
privóle un año del coro,
que en vez de pena es favor.
—Y si vende el tribunal
la justicia encomendada,
¿no es mi justicia abonada
para quien justicia mal?
—Cuando el miedo o la malicia,
dijo Blas, tuercen la ley,
nadie se fía en el Rey,
medido por su justicia.

Calló Blas, y calló el Rey
a respuesta tan osada,
y los ojos de don Pedro
bajo las cejas chispeaban.
Tendiólos por todas partes,
y al fuego de sus miradas,
de aquellos en quien las puso
palidecieron las caras.
Temblaron los más audaces,
y el pueblo ansioso esperaba
una explosión en don Pedro,
más recia que sus palabras.
Rompió el silencio por fin,
y en voz amistosa y blanda,
el interrumpido diálogo
así con el mozo entabla:
—¿Qué es tu oficio?
—Zapatero.
—No han de decir ¡vive Dios!
que a ninguno de los dos
en mi sentencia prefiero.—
Y encarándose don Pedro
con los jueces que allí estaban,.
dando un bolsillo a Blas Pérez,
dijo en voz resuelta y alta:
—Pesando ambos desacatos,
si con no rezar cumple él
en un año, cumples fiel
no haciendo en otro zapatos.
Tornóse don Pedro al punto,
y brotó la turba osada
murmullos de la nobleza
y aplausos de la canalla.
Mas viendo el Rey que la fiesta
mucho en ordenarse tarda,
echando mano al estoque,
dijo así, ronco de rabia:
—La procesión adelante,
o meto cuarenta lanzas
y acaban ¡voto a los cielos!
los salmos a cuchilladas.

Y como consta a la iglesia
que es hombre el Rey de palabra,
siguieron calle adelante
palio, pendones y mangas.